El Diario Oficial de la República Francesa (JORP), en su edición del domingo 4 de julio de 1989 publicaba las candidaturas a las elecciones al Parlamento Europeo del 15 de junio de 1989. En la lista “Europe et Patrie”, liderada por Jean-Marie Le Pen, figura Jules Monnerot en la trigésima posición. Sus antiguos camaradas de la “Sociedad de Amigos de Roger Caillois” le someten por ello a un juicio de intenciones sumarísimo, un auto de fe, y le expulsan. Resabios surrealistas. En marzo de 1990 lidera el consejo científico del Frente Nacional, tanque de ideas del partido. Sin embargo, la oposición a la guerra del Golfo de Le Pen, favorable a Iraq y adverso a los Estados Unidos, le exaspera. Enemistado con el facundo bretón, abandona su partido a los pocos meses de militar en él. Enemigo del diabolizado y de sus diabolizadores, nadie está más solo y aislado que él en Francia en agosto de 1990.
Pero viene de atrás que su nombre nunca aparezca en los repertorios sociológicos. “O estoy muerto o nunca he existido”, escribe sin perder la compostura. Los saqueadores de sus textos, tan numerosos, ni siquiera le mencionan. Del resto se ocupa la censura, porque Monnerot no pasa el filtro y sus ideas están preventivamente embargadas desde la publicación de Sociologie du communisme en 1949. “Me ne frego”, dice en italiano del Ventennio, para incomodar a todo el mundo. Aun así, su presencia de hombre de letras, periodista, consejero de príncipes –al menos de uno– y político partisano es una constante de la vida intelectual francesa desde los primeros años treinta hasta los noventa. “Quieren torpedearme, pero debo ser insumergible”.
Asiduo del Club de l’Horloge (1983-1993), patrono de la revista Nouvelle École (desde 1970) y perfil nueva-derecha-francesa; partidario de los pieds-noirs de Argelia más que de una Argelia francesa y, consecuentemente, antigaullista (1958), pero gaullista casi desde el 18 de junio de 1940; excluido del servicio militar por enfermedad (1933), voluntario (1939), soldado desmovilizado (1940), resistente (1941-1944) y capaz de compadecerse de la Collabo (“colaboracionsimo”) y los épurés (los “depurados” en la gran purga francesa), “regularidades o constantes sociológicas” explotadas por el estalinismo; simultáneamente ha sido anticomunista (1939), amigo o compañero de ruta, pero nunca militante, del Partido Comunista Francés (1934), conocedor del marxismo libresco o teórico y surrealista (1933), pero un surrealista absolutamente incómodo por su pasión por una “seriedad” (“le sérieux”) … que no ve en sus camaradas; inclinado a su modo hacia los “no conformistas”, pero reticente porque estos le parecen jóvenes superficiales y sin formalidad (“dadaístas sorbónicos”); y por último, “hijo de la burguesía de color francesa, una de las cosas más lamentables del mundo”, es cabeza precursora (y cabecilla en París) de la “negritud” (1932), sustrato del poscolonialismo de ahora. Discretamente apartado de la fe católica, pero como a la espera de algo, se decía agnóstico; culturalmente católico, despreciaba el ateísmo. En la misa de cabo de año oficiada (vetus ordo) por el páter Guillaume de Tanoüarn, un cura tradi que es una fuerza de la naturaleza, es recordado, no sin buenas razones, como “servidor insospechado de la cristiandad”. Una biografía así es un enigma.
¿Quién es entonces este “Jules Monnerot”? Con sus proprias palabras: “Yo soy una perspectiva sobre el siglo XX”. El “perspectivismo” de Monnerot no es solo una posición metodológica, sino su manera de estar en el mundo. No es que no tenga un punto fijo, sino que el punto fijo es él mismo. Tal vez dura poco en las camarillas, pero como apunta en La poésie moderne et le sacré (1945), su primer libro, “los seres más singulares se encuentran a menudo en la periferia de muchos grupos”. Este llamativo y minimalista autorretrato capta la atención: Monnerot es un centro sin radio; el intelectual pancista, en cambio, un radio sin centro. Demasiado críptico, tal vez, no basta para vindicar la obra y la vida de este gran pensador político francés de cuya muerte, el 3 de diciembre de 1995, se cumplen ahora 30 años. Justamente el término que él mismo había fijado para que sus ideas desbordaran la censura.
El pensamiento político, la sociología y la filosofía de la historia de Monnerot, el disidente perfecto e íntegro, hace años que merece un libro que le rescate del olvido. Tanto más injusto cuanto que su damnatio memoriae viene impuesta por el cotarro, esa perfecta sociedad de socorros mutuos de las así llamadas “izquierda” y “derecha” que hieren y gripan la democracia en Europa. Provisionalmente, las noticias que aquí recojo de él solo pueden ser una invitación a la lectura de sus libros. Fuera de comercio, no resulta difícil encontrarlos en el mercado de lance, también en sus traducciones españolas.
Jules-Marcel Monnerot, francés de la Martinica, se ha presentado alguna vez como “descendiente de esclavos negros y de aventureros blancos”. Vástago de una familia de tradición militar con arraigo en el departamento de Charente Marítimo, nace en Fort-de-France el 28 de noviembre de 1908. Su tatarabuelo es un comerciante arruinado, perseguido por la Revolución y evadido a las islas en 1790. El bisabuelo, Jean François Monnerot, dueño de una plantación de caña de azúcar en la Martinica, se casa con una esclava liberta de las Antillas inglesas, Anna Niger. El primogénito de este matrimonio, abuelo de Jules Monnerot, es un funcionario colonial. Su primogénito, el abogado y periodista Jules Marie Monnerot (1874-1942), fundador del partido comunista de la isla, es el padre de nuestro Jules-Marcel, el mayor de tres hermanos.
Monnerot, curioso y buen estudiante, es enviado por su padre a París en 1926. En el liceo Louis-le-Grand frecuenta, entre otros condiscípulos, a Thierry Maulnier y Robert Brasillach. Después de una larga convalecencia antillana, forzada por una enfermedad pulmonar, regresa nuevamente a París en 1928. Matriculado ahora en el Henri IV, sigue con pasión las explicaciones de Alain, el preceptor de la juventud francesa de la III República. Aporta por su clase, mientras prepara el concurso de agregación (Agrégation), Simone Weil. Esta mujer, una presencia etérea (“nunca la veías llegar, aparecía de repente a tu lado, como en paracaídas”), se interesaba por “gente interesante” y Monnerot estaba en su lista.
Después del instituto se prepara para el ingreso en la Escuela Normal Superior, pero no tiene suerte y le falta prudencia, en su ejercicio oral, al presentar sus reparos al paradigma sociológico durkheimiano, predominante en la universidad francesa, con pocas excepciones, hasta después de la II Guerra Mundial: los hechos sociales, según su exposición ante el tribunal, no son cosas. Crimen de lesa sociología y caso antológico de suicidio académico.
Refractario a la carrera jurídica, estudia letras y sigue cursos de antropología, etnología y psicoanálisis. Es su “época de dispersión”. Francotirador inadaptado al cursus honorum universitario, da de lado la agregación, deporte nacional francés, y se deja llevar por el marxismo, que estudia a fondo, por el surrealismo, por la poesía y por la “sociología de lo sagrado” (sociologie du sacré). Correspondiente de André Breton, amigo de Roger Caillois y Georges Bataille, de Salvador Dalí y René Char, su nombre aparece en numerosos manifiestos de la revista Le Surréalisme au Service de la Révolution. Curiosa “confusión mental” la de sus amigos, dirá más tarde, pues la revolución necesita disciplina, no surrealismo.
Monnerot también está asociado durante un tiempo al movimiento del exdiputado radical socialista Gaston Bergery, impulsor de un «Front Social» en 1934 y, más tarde, hombre político y diplomático de Vichy. Un poco antes, en 1932, hace sus primeras armas en el mundo de la edición de revistas y junto al grupo de estudiantes antillanos en París –entre ellos Simone Yoyotte, su primera mujer y madre su primera hija, Léna– edita la revista Légitime Défense. En torno a su único número “se prepara la entrada en escena de la negritud” y empieza a conocerse la literatura negra de expresión francesa.
En el Congreso de Escritores para la Defensa de la Cultura (París, junio de 1935) Monnerot se hace portavoz de los escritores de las Antillas francesas y su alocución se recoge en Commune, una revista de la órbita del Partido Comunista Francés (PCF). Al año siguiente lanza Inquisitions, revista financiada también por el PCF y que codirige con Aragon, Tzara y Caillois. La revista solo conoce un número porque no todo su comité editorial está dispuesto a aceptar el papel de “compañeros de ruta” impuesto por el comunismo. En particular, Monnerot rechaza que la revista se convierta en un banderín de enganche para mandar voluntarios a la guerra en España, mientras que sus redactores y patrones se acercan al frente en camiones, excitan a los combatientes y se vuelven a toda prisa. Una conducta que a él le parece “ridícula e indecente”. Lo decía insuperablemente Louis-Ferdinand Céline: “Venit, vidit, vincit… embrassit (sic) la Passionaria et foutit (sic) le camp”. “Llegó, vio, venció… besó a la Pasionaria y se las piró”.
Aconsejado por Georges Bataille se matricula en la École des Chartes. Monnerot, apasionado por la semiótica, dedicará un curso entero al estudio del subjuntivo en las lenguas latina y griega. Como archivero interino de la Biblioteca Nacional de Francia trabaja en la catalogación de los dosieres parlamentarios de los países de la Commonwealth. Abandona el puesto que ha desempeñado desde 1936 hasta unos pocos meses antes de la guerra para no ser funcionarizado y trasladado a provincias. Casado de nuevo en 1937 con Marcelle Benoist, matrimonio del que nacerán Yveline (1940) y Thierry (1941), vive también del periodismo (Paris-Midi).
Entre 1937 y 1939, apartado del comunismo y del surrealismo y descartado el fascismo (nunca le tienta), se concentra en la sociología, particularmente en una sociología-registro de cualquier manifestación social de lo sagrado, pues el hombre tiene un hambre de lo sagrado (“función deificadora”) que nunca se sacia. “Ávido por encarnarse, lo sagrado merodea aquí y allá, hoy como ayer”. Es esa, la sociologie du sacré, su más característica afinidad intelectual. En cierto modo, toda su obra se engrosa, como los anillos del árbol, a partir de un núcleo que localizado en La poésie et le sacré, pero ya antes, sin duda, en su famosa encuesta para la revista Volontés (julio de 1939): “¿Marxismo y nacionalismo de posguerra le parecen el efecto de causas económicas o manifestaciones del inconsciente religioso?”
Monnerot pide ser reclasificado. Lo consigue y es adscrito a un regimiento de tiradores argelinos (2ème RTA) en 1939. En junio de 1940 asiste estupefacto y sin munición a la debacle francesa. Desmovilizado, se reúne con su mujer en la granja familiar de la Beauce. En otoño se incorpora al grupo de la resistencia conocido como “Ceux de la Libération”. Pasa información y armas hasta que es descubierto y escapa a París, en donde vive clandestinamente una temporada en la casa del fotógrafo Cartier-Bresson. Intoxicado gravemente por un escape de gas convalece hasta el final de la guerra.
Después de la Liberación participa activamente en el gaullismo de oposición a la IV República. También en la guerra cultural contra la subversión comunista de los espíritus. Su firma aparecerá en grandes revistas culturales de la postguerra: Critique, La Nef, Confluences, Preuves y Liberté de l’Esprit. Publica novela (On meurt les yeux ouverts [1946]. Fija su doctrina sociológica (Les faits sociaux ne sont pas de choses [1946] y ceo que arruina adrede su carrera académica. La sociología es una disciplina comparatista –a lo Georges Dumézil, uno de los grandes encuentros de su vida–. Que la sociología francesa desconozca a Pareto y Weber le parece un escándalo, por lo que pide el “despido motivado del método sociológico” de Durkheim. La universidad, el CNRS y la EHESS le cierran las puertas y abandona su proyectada tesis de Estado sobre Thomas Hobbes.
Con Sociologie du communisme, reacción al Golpe de Praga (1948), adquiere verdaderamente notoriedad internacional. Esta es su severa advertencia: el comunismo es la religión secular de un Estado universal y un comunista un fanático religioso al servicio de un Estado expansivo. Diagnosticada la amenaza comunista, un islam del siglo XX, se plantea inmediatamente qué hacer. La respuesta se encuentra en La guerre en question (1951): la subversión bolchevique es una “guerra de religión” y el comunista, que vive en un “estado religionario”, está blindado contra toda evidencia. Su estrategia es la de la “guerra psicológica”, concepto que Monnerot acuña y que consiste en hacer creer al enemigo que está todo ya perdido de antemano y que toda resistencia será infructuosa.
La guerre en question le lleva a la Escuela Superior de Guerra. Allí imparte un curso anual entre 1952 y 1958. En el 58 precisamente rompe con de Gaulle, que le ha pedido opinión muchas veces, aunque nunca atendiera su consejo. No es el caso de Konrad Adenauer, que recurre al autor de Sociología del comunismo para defender en el tribunal de Karlsruhe la constitucionalidad de la prohibición del partido comunista. Cancelados sus cursos de la Escuela Superior de Guerra y extrañado de los círculos gaullistas, Monnerot se “derechiza”. Ya ha tenido lugar Dien-Bien-Phu (1954). Empieza a escribir en La Nation Française, de Pierre Boutang, en L’Esprit Publique y en Monde Nouveau.
Monnerot sigue carburando. En 1968 entrega a la editorial Fayard un grueso tomo sobre la Sociologie de la Révolution –la historia y la sociología de la revolución son una parte de la historia y la sociología de las religiones–. Pero su publicación se retrasa, y no solo por la presión comunista, hasta la dimisión del general de Gaulle. Curiosamente, Monnerot publica cinco libros después de la guerra. Ninguno hasta la marcha del general. Otros seis entre 1969 y 1978. Y uno durante la cohabitación socialista. La censura es caprichosa y muchas veces es ignoto su origen. ¿Resentimiento antigaullista? Ninguno. “De Gaulle pertenece a la estirpe literaria de Bossuet, Montesquieu y Tocqueville y porfiaré para que se reconozca también su lugar en la historia de la teoría política francesa”. De Gaulle, escribe en otro lugar, personifica en Francia “la ley fundamental no escrita de la soberanía nacional”.
La de Monnerot es una lucidez trágica. Su ofensiva intelectual anticomunista ha sido como “avanzar bajo la metralla”, como el soldado que sale de su trinchera y no sabe hasta dónde podrá llegar, mientras sus compañeros van cayendo detrás de él. Ha sido castigado por transmitir a otros el espíritu crítico, “servicio ingrato, […] pero no inútil”. Con esa moral de servicio se incorpora en 1988 al Frente Nacional, “el único movimiento que se atreve a plantear en Francia el problema de la inmigración”. En las circunstancias políticas y demográficas de Francia a finales de los años 80, le parecía que el Frente Nacional era tan necesario como el gaullismo en 1940. De algún modo, contrarrestar la vasta operación de conquista psicológica en la que comunismo, islamismo y progresismo se han conjurado, requiere de una resistencia en todos los campos, lo que él denomina una “resistencia molecular” (“résistance moléculaire”), y una “defensa contra ideas” (“Défense contre Idées”), como quien dice “defensa antiaérea”. Problema arduo que viene montado sobre la “peste moral” de la culpabilización de Occidente y condicionado por el empleo del “gas paralizante del cargo conciencia” (Raymond Aron). Así opera el enemigo: “Sustituye un problema real –la presencia en Francia de seis millones de alógenos [en 1987]– por una homilía vengativa sobre el racismo”.
“El silencio se precipita, de pronto, sobre mis ideas”. Así se duele en Politique en connaissance de cause (1958), un prodigio de realismo político instruido en la escuela de Pareto y Mosca. Un ejemplo de ese ninguneo: no parece casual que François Furet, en Le passé d’une illusion. Essai sur l’idée communiste au XXème siècle (1995), no mencionara ni una sola vez Sociologie du communisme, obra capital en la materia.
Con todo, merece mucho la pena perseverar, pues la verdad tiene un poder vesicante. Una vez dicha o escrita, las cosas ya no pueden seguir igual. Es su particular “terapia de la luz”. Lo propio de Occidente es la verdad, el valor-verdad; lo del marxismo, la contraverdad. En Démarxiser l’université (1970), ha querido combatir la “propagación de la ideología subversiva en la universidad”, uno de los teatros de operaciones clave, y la “generalización en ella del error”. Convertida en “una productora en serie de cretinos artificiales (por oposición a los tontos de nacimiento) […] o de cretinos cultivados, como las perlas”, se hace necesario reintegrarla en su misión.
Les lois du tragique (1969) y los dos volúmenes de Intelligence de la politique (1977, 1978) son su obra de madurez. El fin de las acciones humanas, nos dice en esas páginas, es heterogéneo a la intención. Es la “heterotelia”. Ni conocemos nuestra verdadera motivación, ni hacemos todo lo que queremos, ni sabemos todo lo que queremos. Desazona que la historia no tenga una dirección que podamos determinar. No sabemos qué estados del mundo se verán alterados por nuestra acción. Es así como lo trágico moldea la vida. Y es una desgracia que los gobiernos lo ignoren.