Es frecuente en nuestros días que se achaque en parte el descuido de la literatura a las redes sociales, que han reducido la capacidad de atención del lector a unas pocas líneas. Y, sin embargo, es difícil leer a determinados autores sin pensar que hubieran sido magníficos tuiteros.
Chesterton hubiera brillado esplendente en X, como lo hubiera hecho Leon Bloy, al que imagino abriéndose una nueva cuenta después de que le hubieran cancelado las doscientas anteriores. Oscar Wilde, el autor irlandés de cuya muerte se cumplen ahora 125 años, hubiera eclipsado en brillantez sostenida a todos los demás.
Aunque es más que probable que el autor que deploró la instalación de cuartos de baño en las habitaciones del Hotel Savoy hubiera despreciado el mundo digital, incluso quienes nunca han leído a Wilde repiten con gusto sus aforismos. De hecho, quizá para una mayoría, Wilde fue sobre todo un orfebre de aforismos, frases felices que derrochaba tanto en su obra como en su vida.
Si Wilde hubiera muerto antes de 1895, año de su descenso a los infiernos de la cárcel de Reading, condenado por sodomía (por “grave indecencia”, por emplear el púdico lenguaje victoriano de la ley), esa fama derivada de sus frases lapidarias hubiera tenido alguna justicia, porque en ellas combinaba el ingenio decadente y la precisión estética que caracteriza su obra.
Hubiera sido, sin embargo, una gran pérdida para la literatura y, probablemente, para el destino eterno del pobre Oscar. Porque sus aforismos contrastan con los de su cuasi contemporáneo Chesterton en el sentido de que los del segundo ganan con la reflexión mientras que los de Wilde se asemejan a un charco bajo el sol alto en verano, tan brillante como somero. “La mejor manera de enfrentarse a la tentación es caer en ella” suena bien, pero como pensamiento es sencillamente erróneo. O, por fijarnos en un aforismo que el propio Chesterton criticó: “Los amaneceres no tienen valor porque nadie paga por verlos”. A lo que su coetáneo respondió: “Claro que pagamos por verlos. Para empezar, no actuando como Wilde”.
En su cuento El Congreso, Jorge Luis Borges imaginaba una asamblea de críticos que postulan que todas las obras literarias tienen un único autor, y analizan a continuación la enorme versatilidad de este escritor universal, alabando su capacidad para pasar de la deprimente solidez plúmbea de El mundo como voluntad y representación a la burbujeante inocencia prelapsaria de El Código de los Wooster.
En Wilde se reproduce ese contraste en la distancia que media entre la maliciosa ligereza de La importancia de llamarse Ernesto y la atormentada y lúgubre meditación que es su De profundis. Entre ambas se alza la cesura que habría de convertir su vida en una historia de auge, caída y redención: el juicio por sodomía y su posterior condena.
Nuestra era, campeona de las identidades anómalas, incide en la homosexualidad de Wilde y en la represión presuntamente hipócrita de la sociedad victoriana como temas principales en el aniversario de su muerte. Es el mismo particularismo odioso y obsesivo que se cierne sobre Lorca, eso de hacer de la homosexualidad de un genio literario la marca distintiva de su obra.
Así, la Biblioteca Británica ha homenajeado al escritor expidiendo una tarjeta de lector en su nombre, 130 años después de que la original fuera revocada debido a su condena por «ultraje contra la moral pública». Porque lo más significativo de Wilde, debemos concluir, es su desafío a la encorsetada moral y a las convenciones sociales, el machacón “non serviam” del que lleva viviendo dos siglos la divulgación histórica.
Para el crítico moderno, todo acaba con aquel desafío y aquella condena, lo que no deja de ser un modo de perderse la parte más interesante de la historia, como un Evangelio que terminara en el Sepulcro.
Como tantos autores, la vida y la obra de Oscar Wilde son una paradoja, o una sucesión de paradojas. Irlandés y católico, su figura parece en ocasiones un prototipo del inglés snob, navegando grácil en una sociedad aristocrática de emparedados de pepino y frases ocurrentes. Profundamente religioso, se hundió deliberadamente en una inmoralidad que defendía con criterios estéticos.
La parte brillante de la vida de Wilde fue un descenso voluntario. Cayó en todas las tentaciones para justificar su aforismo, y fue más aplaudido cuanto más se afanaba por oponerse a la moral de su época. Tras su caída, en cambio, pudo decir de sus amigos como Ovidio en sus Tristia: de muchos, quedaron uno o dos.
Su biografía fue una curiosa representación de la civilización occidental en el sentido de tener un principio de tragedia griega y un final de redención cristiana. Y lo que precipitó su caída fue esa arrogancia cegadora que los griegos llamaban hybris, justo cuando estaba en la cima de su gloria mundana.
Su obsesión del momento se llamaba Alfred Douglas, al que llamaba ‘Bosie’, hijo del noveno Marqués de Queensbury (el mismo que elaboró las reglas del boxeo). Y no corrió peligro ante la ley por el despliegue público de su relación, sino que fue él mismo quien forzó su fatal destino.
El Marqués de Queensbury, que veía comprensiblemente mal las relaciones de su hijo, envió una carta dirigida a “Oscar Wilde, que actúa como sodomita”. Bosie, al saberlo, animó a Oscar a denunciar a su propio padre por calumnia y difamación. En el juicio, cada declaración de Wilde fue una exposición de genialidad literaria, pero el padre de Bosie salió absuelto, y eso fue su perdición.
Porque si Queensbury era inocente de calumnia, eso significaba que, a los ojos de la ley, la acusación de sodomía contra Wilde era cierta, y el conocimiento del delito obligaba a encausar al escritor.
Fue condenado a dos años de trabajos forzados, en condiciones durísimas. El primer mes permaneció atado a una rueda de molino seis horas al día, apenas comía y sufría disentería. Dormía en un camastro de tablones, solo podía hacer «ejercicio» una hora al día, el cual consistía en caminar en fila india por el patio con otros presos, con privación de toda comunicación. Su mujer, Constance Lloyd, se cambió el apellido, aunque nunca se divorció de él, y se le prohibió volver a ver a sus dos hijos, Cyril y Vyvyan. Cuando supo que no podría volver a ver sus hijos, cayó de rodillas, agachó la cabeza, y lloró: “El cuerpo de un niño es como el cuerpo del Señor: no soy digno de ninguno”.
En la cárcel tenía prohibido escribir obras de teatro, prosa o poesía mientras cumplía su condena, aunque podía escribir cartas. Y de una de ellas hizo una de sus obras más desgarradoras, De profundis, el monólogo en el que desarrolla el principio de su redención y el reencuentro con una fe de la que siempre fue un enamorado renuente.
Lo había perdido absolutamente todo: carrera, prestigio, amigos, familia. Incluso Bosie, que negaba su supuesta homosexualidad, llegó a llamar a Wilde “la mayor fuerza del mal que ha surgido en Europa en los últimos trescientos cincuenta años”. Una curiosa ironía del destino hizo que los tres protagonistas del drama —Wilde, Bosie y el Marqués de Queensbury— acabaran convirtiéndose al catolicismo.
En Reading reencontró a Cristo, la fe tantas veces rechazada e incluso una virtud de la que había sido conspicuamente enemigo: la humildad. “La humildad es lo último que me queda, y lo mejor: el descubrimiento final, el punto de partida de un nuevo camino”, escribió. “Me ha venido del interior, y sé por eso que ha llegado a tiempo. Si me hubieran hablado de ella, la habría apartado; si me la hubieran traído, la habría rechazado. Como yo la encontré, quiero conservarla. Tengo que conservarla. No se puede comprar la humildad sin antes cederlo todo, y hoy es ella lo único que contiene los elementos de una vida nueva para mí”.
Oscar Wilde fue liberado en mayo de 1897 y murió tres años después. La redención de Wilde, su segunda vida, distó mucho de la coherencia o la hagiografía. Volvió a las andadas, ahora como un triste remedo su vida perdida. Nadie le confundiría por un segundo con un santo.
Moriría de una meningitis a los 45 años en París, en donde vivía bajo el nombre falso de Sebastián Melmoth. Cuando la enfermedad entró en crisis, un amigo católico que no se separó de su lado en los últimos días de su vida, Robert Ross, llevó junto a su lecho a un sacerdote irlandés, Cuthbert Dunne, de la iglesia parisina de San José.
Wilde era apenas consciente, pero el sacerdote testificó al final de su vida que el enfermo había asentido a sus palabras que expresaban actos de fe, esperanza y caridad, y dio muestras de satisfacción al recibir la Unción y la Comunión. Y nada me impide pensar que el brillante autor que en la cúspide de su fama mundana había dicho: “No quiero ir al Cielo, ninguno de mis amigos está allí”, entendió gozosamente que se había equivocado.