En septiembre de 2022, el primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson (¿le recuerdan?), tuvo que dimitir por montarse fiestas durante la crisis del Covid, y sentenció que dejaba el cargo con el «desempleo en mínimos no vistos”. No mentía, pero tampoco decía la verdad, como tampoco dice la verdad Pedro Sánchez cuando presume de la caída reciente del paro en España.
Lo de Sánchez es más de risa, porque España sigue siendo el líder europeo en tasa de desempleo juvenil y total. Pero este tipo de manipulación es cada vez más corriente en occidente, porque gente sin escrúpulos como Johnson prefiere no explicarle a la gente qué está pasando con las tasas de actividad en todo el mundo desarrollado.
La tasa de actividad es un concepto extremadamente importante y extremadamente simple: uno toma toda la población mayor de 16 años, y busca qué porcentaje de éstos está trabajando o buscando trabajo. Y eso es todo. La tasa de actividad mide qué porcentaje de gente se considera a sí misma parte de la fuerza laboral, y qué porcentaje está fuera por estar estudiando, incapacitado, jubilado o demasiado desesperado para seguir buscando trabajo.
Volvamos al caso de Johnson. Durante su mandato como primer ministro, tres años desde 2019, el número de personas económicamente inactivas aumentó en casi 400.000, y se produjo un enorme aumento en el número de personas que solicitaban prestaciones por enfermedad de larga duración. Habrá quien querrá recordar que ese fue el periodo de la pandemia, pero la cifra tiene poco que ver con la pandemia, ya que la caída de las tasas de actividad en Occidente viene desde mucho antes de que saliera el virus de Wuhan.
Como nos recuerda este artículo de la revista libertaria Reason, en el Reino Unido una cuarta parte de la población en edad laboral está actualmente sin trabajo. En EEUU la cifra equivalente es del 17%, aunque el desempleo esté solo en el 4,3%. En España, el 26%, un porcentaje que prácticamente no ha variado durante el mandato de Sánchez, al igual que la tasa de actividad. Ésta está en torno al 59%-60%, aunque es mucho mayor entre las comunidades inmigrantes (exceptuando los magrebíes) debido a su menor edad media y a que acaparan el 90% del empleo creado recientemente, casi todo él precario y mileurista.
En el Reino Unido, hasta 3.000 personas al día se dan de baja laboral al lograr prestaciones de larga duración por incapacidad, un estatus en el que están ahora mismo un total de alrededor de cuatro millones de personas. Según una encuesta publicada en 2024, una cuarta parte de los británicos afirman tener una discapacidad. El Departamento de Trabajo y Pensiones afirma que esto representa un aumento del 40% solo en la última década.
La verdadera sorpresa, tanto en el Reino Unido como en otros países (incluido España) son las decenas de miles de jóvenes que ahora se encuentran económicamente inactivos debido a enfermedades de larga duración. Un informe del Servicio Nacional de Salud (NHS) británico mostró que, en 2021-22, más de 63.000 personas pasaron directamente de estudiar a estar económicamente inactivas debido a enfermedades de larga duración. En 2002, los problemas mentales y de comportamiento eran la principal afección para el 25% de los solicitantes. En 2024, esa cifra ascendió al 44%.
Según el Instituto de Estudios Fiscales británico, más de la mitad del aumento de las solicitudes de prestaciones por discapacidad desde 2019 se debió a problemas de salud mental o de comportamiento. Alrededor del 69% de quienes solicitan prestaciones por enfermedad mencionan depresión, ansiedad o algún otro tipo de trastorno mental: del total de trabajadores británicos de baja por discapacidad, la mitad lo están por enfermedades mentales. Y el panorama en España es aún peor: lideramos la Unión Europea en absentismo laboral, en gran medida porque somos los reyes de las bajas médicas.
¿Estamos los occidentales más locos y deprimidos que nunca? Podría decirse que sí, si uno se fija en quién nos gobierna y qué hacen, y quiénes son las personas más valoradas en sociedades que, francamente, pueden calificarse como majaretas en términos históricos. ¿Pero estamos tanto más locos y deprimidos que, pongamos, en 1975?
Fíjense en la situación en EEUU, durante décadas el típico ejemplo de capitalismo desregulado donde todo el mundo puede aspirar a ser millonario. El sistema de bienestar social estadounidense cuesta más de 1,2 billones de dólares al año (el equivalente del PIB español), según la Oficina de Presupuesto del Congreso, abarcando más de 80 programas federales, y es un claro incentivo a no trabajar: en 1979, las familias estadounidenses que vivían por debajo del umbral de la pobreza obtenían alrededor del 60% de sus ingresos vía rentas de trabajo, eventual, temporal o como fuera; en 2021, esa cifra había descendido a un mínimo histórico de alrededor del 25%.
Casi la mitad de la población estadounidense vive en un hogar donde al menos una persona recibe algún tipo de prestación gubernamental, niveles que dejarían alucinados incluso a los burócratas soviéticos. Allí, como aquí, y como en el Reino Unido, el creciente tamaño del estado de bienestar, al igual que en Gran Bretaña, está creando una cultura de dependencia.
He discutido este tema con muchos expertos durante años, porque la caída de la tasa actividad (especialmente, la masculina) a medida que se acerca la jubilación es una tendencia generalizada que lleva años viéndose. En 2011, justo antes de las elecciones presidenciales de aquel año, recuerdo haber charlado con una secretaria de Estado del PSOE sobre el desempleo entre los mayores de 50: me explicó que no veía forma de evitar una paguita para cincuentones, a los que el modelo del mercado de trabajo literalmente echa a la calle. Y ahora, 14 años después, tenemos la paguita para desempleados de larga duración mayores de 52 años. Y lo escribo con pena, como me lo dijo aquella señora, no con orgullo como hace Sánchez.
Tenemos que sentir pena porque detrás de estas historias de gente desesperada que tiene que hacer mil papeles para recibir 480 euros mensuales, o de gente que busca como sea que les den una incapacidad, hay un gran desperdicio de potencial humano. Hablamos de gente a las que el Estado ha condenado a una vida de desempleo y de dependencia.
Ya sospechábamos que el siglo XXI iba a ir de distopias, pero la mayoría no sospechábamos que iban a ser tan cutres.