Aunque no se lo parezca porque vive en España, querido lector, en los últimos meses, el progresismo ha perdido varias de sus causas, como la ideología de género, rechazada por el COI, y la emergencia climática, al igual que sus vías de financiación, como la USAID y el petróleo venezolano.
Estas victorias se han obtenido gracias a la segunda presidencia de Donald Trump, y no gracias a la Iglesia (que no ha ganado una batalla ideológica desde que colaboró en derribar el ‘muro anti-fascista’), ni a los meritorios científicos que se han enfrentado a la dictadura académica, ni a los escasos periodistas, influencers y escritores que han sobrevivido a la censura y la ridiculización. Ha sido necesario otro Teodosio o un nuevo César Carlos que ha volcado su poder en el lado de la justicia.
Sin embargo, el progresismo, a diferencia de los conservadores o la gente de orden, nunca se rinde. Se levanta y planea una nueva batalla o fabrica un ‘arma definitiva’. ¡Las ventajas de estar liberado de trabajar para entregarse al mal! Mientras la humanidad estaba pendiente del estrecho de Ormuz, la crisis energética y la inflación, los privilegiados diplomáticos y funcionarios de la ONU han colocado una bomba que hará explosión en los próximos años.
LA COBARDÍA DE LOS EUROPEOS
El miércoles 25 de marzo, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución que califica la trata transatlántica de esclavos y la esclavitud de africanos como “el crimen de lesa humanidad más grave” de la historia. La resolución recibió 123 votos a favor, tres en contra (Argentina, Israel y Estados Unidos) y 52 abstenciones, entre ellas las del bloque occidental, incluido Japón, y, por supuesto, la España pacifista, progresista y prochina.
El documento, presentado por una coalición de 60 países africanos, caribeños y americanos, declara que este sistema de explotación, que se prolongó durante más de cuatro siglos, constituye una violación del derecho internacional imprescriptible y cuyas consecuencias siguen afectando a millones de personas en todo el mundo.
El presidente de la república deGhana, John Dramani Mahama, impulsor de la declaración, dio un discurso ante la Asamblea en el que afirmó que “sirve como salvaguarda contra el olvido” y como un paso hacia la sanación de las heridas históricas. Para esto último, se estable la obligación de reparar íntegramente el perjuicio causado, aunque no se determina ni la manera ni la cantidad.
Los profesores de los departamentos de ciencias sociales de las universidades norteamericanas y muchas europeas ya empiezan a babear al pensar en los ríos de dinero que va a entrar en ellos para pagar informes y montar congresos. Después de que los físicos, meteorólogos, geólogos y matemáticos convertidos en propagandistas del cambio climático se hayan llenado los bolsillos, ahora les toca a ellos. Y no digamos los bufetes de abogados.
El asunto apenas se ha mencionado en la prensa española, pendiente de las pataletas de los expulsados de VOX o de las intimidades sexuales que aparecen en los juicios a los mandamases socialistas. Por el contrario, en Gran Bretaña ha causado un estruendoso debate.
ESPAÑA, DE PRIMERA A ÚLTIMA
La esclavitud ha sido una institución universal, de todo lugar, de toda época y de prácticamente todo pueblo, hasta el siglo XIX, aunque de hecho aún existe en los países árabes del golfo Pérsico; en Pakistán, donde la mayoría musulmana puede esclavizar a los cristianos por deudas; en la India; o en Mauritania, donde se calcula que hay unos 600.000 esclavos.
Los españoles podemos presumir de haber sido el primer pueblo que eximió de la esclavitud a los conquistados. Así lo hizo la reina Isabel de Castilla, al prohibir la esclavización de los nativos de Canarias y de las Indias, a los que llamaba “mis súbditos”. En 1500, Francisco de Bobadilla apresó a Cristóbal Colón y lo devolvió a España por su conducta tiránica en La Española; le acusaba de vender esclavos, incluso cristianos endeudados.
Normas posteriores, como las Leyes de Burgos (1512), excluyeron a los indígenas americanos de la esclavitud, aunque no del trabajo forzado. Sin embargo, la Corona la permitía en tres supuestos: canibalismo, prisioneros de guerra y compra de esclavos a tribus que ya los tuvieran como tales. La trata de negros, legitimada por el dominico Bartolomé de las Casas, comenzó en seguida, para llevar mano de obra a las plantaciones. En este negocio participaron no sólo españoles, sino, además, portugueses, franceses (el filósofo Voltaire ganó mucho dinero con él), británicos y holandeses.
Una vez perdido el imperio en el continente, la esclavitud se mantuvo en las posesiones del Caribe, animada por la demanda de azúcar. La Sociedad Abolicionista Española, fundada en 1864, intervino en la política para conseguir su supresión, como se había hecho en otras naciones, y oponerse a las maniobras de los esclavistas, que, tanto en Cuba como en la Península, recurrían al soborno y la compra de políticos, generales y cortesanos, y también al atentado, como el que sufrió el obispo de Santiago, el catalán Antonio María Claret. El rey Amadeo la abolió en Puerto Rico en 1872 y la regente María Cristina lo hizo en 1886 para Cuba. Dos años después, la princesa Isabel de Braganza, regente de Brasil, promulgó la Ley Aurea, y el enfado de los hacendados condujo a un golpe de estado que derrocó el imperio.
A España le corresponde el mérito de ser la primera nación en poner en duda la esclavitud, ya en el siglo XV; pero, en una consecuencia de esa decadencia lastimosa del XIX, sufre la vergüenza de ser la penúltima del mundo atlántico en suprimirla. El mérito de iniciar el movimiento mundial de supresión corresponde al Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda.
EL GIRO BRITÁNICO
Los británicos, sobre todo los ingleses, antes que a negros, esclavizaron a blancos, como los irlandeses y los escoceses católicos, a los que en el siglo XVII el dictador Oliver Cromwell enviaba a Norteamérica, para poblar las colonias y trabajar en ellas. Uno de los motivos del estallido de la guerra de Sucesión española (1701-1714) fue la concesión por Felipe V del privilegio de envío de barcos negreros a las Indias a Francia, en vez de a Inglaterra.
El abolicionismo, limitado a grupos de cristianos reformados y a una minoría, se convirtió en una causa popular a finales del siglo XVIII, después de la pérdida de las trece colonias americanas y del inicio de la revolución industrial, para la que la esclavitud era más una carga que un beneficio.
En 1807, el Parlamento británico aprobó una ley que prohibía el comercio de esclavos. El rey de Benín protestó ante Jorge III, abolicionista desde su juventud, porque la venta de esclavos constituía la principal fuente de riqueza de su reino. A partir de la derrota de Napoleón (1815), los gobiernos de Londres impusieron la abolición a otras potencias y ordenaron a los barcos de la armada real detener, registrar y confiscar los buques de los negreros.
La persecución fue tan efectiva que otro soberano africano, el rey Ghezo de Dahomey, dijo a los ingleses hacia 1840: “El comercio de esclavos es el principio rector de mi pueblo. La madre arrulla al niño con cantos de triunfo sobre un enemigo reducido a la esclavitud”. Uno de los más conocidos mercados de esclavos en el siglo XIX fue el sultanato de Zanzíbar, en la costa oriental africana. Los británicos presionaron a sus gobernantes, árabes omaníes, desde 1822 hasta 1876, para que cesaran en el tráfico.
Los historiadores Chaim Kaufmann y Robert Pape calculan que los gobiernos británicos gastaron entre 1808 y 1867 un 1,8% anual del PIB del país en erradicar la esclavitud.
Por esto, el asombro y el enfado de tantos británicos con las exigencias de reparación y la abstención del gobierno del izquierdista Starmer en la votación de la ONU. Nigel Farage, jefe del partido Reform, declaró que es partidario de no conceder visados a los ciudadanos de los países que les pidan indemnizaciones, como han hecho ya Ghana y Jamaica.
OLVIDO DE LOS MUSULMANES Y AFRICANOS
De todas las civilizaciones y culturas de la humanidad, sólo la que tiene la tríada maldita de ser cristiana, occidental y blanca se empeñó en extirpar la esclavitud. Entre las medidas tomadas, destacan el Acta de la Conferencia de Bruselas (1890) y la Convención sobre la Esclavitud (1927), de la Sociedad de Naciones. Las Naciones Unidas han mantenido este tratado, modificado en 1953 y 1956.
Quienes respaldaron en la ONU la condena del tráfico de esclavos africanos a América no buscan sólo dinero, sino también imponer un relato y blanquear su pasado, al estilo de la memoria histórica que los españoles conocemos: sólo el bando nacional de la guerra civil bombardeó objetivos civiles y tuvo campos de prisioneros.
Los africanos quieren que se olvide que la trata de negros habría sido imposible sin la colaboración de los reyezuelos que capturaban a miembros de otros pueblos y los vendían a los europeos; cuando no tenían prisioneros suficientes, recurrían a sus súbditos. A cambio de este mercado de carne humana, recibían armas, tejidos y alcohol. Hacia 1750, se decía en Londres que el rey Tegbesu de Dahomey (Benín) obtenía unas 250.000 libras esterlinas anuales con la venta de esclavos, cantidad que hoy equivale a unos 45 millones de libras esterlinas.
Entre los compradores de esclavos también estaban los árabes. A partir del siglo VII, cuando el islam se expandió por el mundo, la esclavitud alcanzó la categoría de industria multinacional, como el tráfico de especias. Mahoma poseyó setenta esclavos: persas, coptos egipcios, sirios y etíopes.
Ochocientos años antes de que unos desdichados africanos atravesasen el Atlántico, otros cientos de miles de personas, tanto negras como blancas, habían padecido sufrimientos y humillaciones similares a manos de los árabes. Éstos no sólo capturaban africanos, sino también europeos, para los harenes, los ejércitos y los campos de cultivo. El destino más doloroso y sangriento era el de los varones castrados para convertirlos en eunucos. Solía sobrevivir en torno a la décima parte de los sometidos a la operación.
Una de las fuentes de riqueza de Al-Ándalus era el tráfico de esclavos. Almanzor debía su popularidad en Córdoba a que sus aceifas casi anuales llenaban el mercado de adultos, mujeres, niñas y niños.
En Christian Slaves, Muslim Masters, el profesor Robert Davis concluye que entre 1530 y 1780 hubo entre un millón o millón y cuarto de cristianos blancos europeos esclavizados por los musulmanes del Norte de África (algunos de los cuales eran europeos renegados). La piratería berberisca abarcó desde principios del siglo XVI hasta 1830 y alcanzó las islas británicas, Islandia y Terranova. Empobreció a las poblaciones de las costas y las islas de Portugal, España, Italia y Francia; detuvo el tráfico comercial; y obligó a esos países a dedicar enormes recursos a defenderse. ¿Por qué los marroquíes y los argelinos van a quedar exentos de indemnizar a los descendientes de los saqueados?
Lo mismo deberían hacer los omaníes, los saudíes y todos los árabes del golfo Pérsico, ya que sus antepasados se lucraron con el comercio de negros hasta entrado el siglo XIX. ¡Y encima tienen petróleo! Entre 650 y 1920, se calcula que los negreros desplazaron unos diecisiete millones de esclavos en el área del Sáhara, el mar Rojo y el África oriental. En cambio, los trasladados del continente a América entre 1519 y 1867 fueron alrededor de once millones.
Aparte de tener que pagar el mantenimiento de los millones de africanos, asiáticos y americanos acarreados a Europa por la oligarquía política para realizar el Gran Reemplazo, los europeos tendremos que vaciar nuestros bolsillos para pagar otra cuenta por los esclavos que dicen que tuvieron nuestros mayores. Y los que pretenden recibir esos millones son, ellos sí, descendientes de quienes los vendían. Podemos preguntarnos quiénes son los amos y quiénes los siervos.