Los caminos de la viralidad son inescrutables, de tal manera que quizá el programa de humor británico That Mitchell and Webb Look no resulte familiar a muchos, pero uno de sus sketches sí será conocido por cualquiera que frecuente las redes sociales. Se centra en un soldado alemán de las SS que pregunta a su compañero en una trinchera por qué llevan como insignia una calavera y, tirando de ese hilo, empieza a tomar conciencia de que, tal vez… ellos sean los malos de la película. Proyectada sobre los alemanes para que la broma no sea hiriente, está claro que el «are we the baddies?» es una desasosegante experiencia común a cualquier británico, una vez deja a un lado los libros de historia con los que se educó y se asoma a los escritos en el resto del mundo.
A veces ni tan siquiera eso es necesario porque, con todos sus defectos o tal vez por ellos, es una nación que permite y aún alienta la autocrítica hasta niveles deliciosamente ácidos, de forma que autores como Stuart Laycock en All the Countries We’ve Ever Invaded (debería traducirse al español) ya cuenta a sus compatriotas que, en algún momento de su historia, en torno al 90% de todos los países del mundo han sido invadidos por el Reino Unido. Por otra parte, el auge de industrias cinematográficas ajenas a la anglosfera permite que entremos en contacto con otras sensibilidades y puntos de vista. A ese respecto es muy significativo el éxito mundial de RRR, película rematadamente india que mete en un mismo puchero todo lo que encuentra a mano a la manera los puestos de comida callejera de allá: acción, romance, drama, fantasía, recreación histórica, números musicales y, sobre todo, exaltación nacionalista donde los ingleses ejercen el papel que Hollywood reserva a los nazis. No se la pierdan.
Bien es verdad que si nos llama la atención es por infrecuente. Durante décadas nos hemos acostumbrado a que la historia nos la contasen otros y en el cine, en toda narración, inevitablemente terminamos identificándonos con el protagonista: aquellos a los que combate son apenas muñecos sin alma, NPCs, mientras que los sufrimientos de él los tomamos como propios… y también sus intereses nacionales. En esto nos detendremos a continuación, dada la notable que han sabido mostrar los hijos de la pérfida Albión en esta clase de propaganda o, como dirían ellos, soft power. Particularmente, además, en un género literario y cinematográfico tan afín a dicha agenda británica como el del espionaje.
Suele considerarse Kim, de Rudyard Kipling, como la fundadora de esta categoría. En ella nos encontramos a un niño que sobrevive en las calles de la India con una astucia que remite al Lazarillo de Tormes, donde todos creen que es un local más, pero en realidad es huérfano de un militar británico que debe su color de piel a que está sucio (supongo que eso hoy en día no sería políticamente correcto). Según la película de Errol Flynn, cada vez que tiene que regresar a la sociedad blanca se bañaba a conciencia y para infiltrarse en la sociedad india se ensuciaba, tal capacidad para jugar a dos bandas será aprovechada por los funcionarios del Imperio británico para que les suministre información sobre el Gran Juego, es decir, la rivalidad con Rusia por el control de Asia. Su proceso de adiestramiento, esperando de él que sea extremadamente observador y sospeche de cualquier detalle, es algo que luego hemos visto muchas veces en el cine de este género, como en Juego de espías con Robert Redford y Brad Pitt.
Otra obra de Kipling que abordaba estas cuestiones, magistralmente llevada al cine, fue El hombre que pudo reinar. Esos dos aventureros, con su particular mezcla de idealismo y picaresca que remiten a Don Quijote y Sancho Panza («—¿Son ustedes dioses? —Algo parecido, somos ingleses»), se lanzan por su cuenta y riesgo a la conquista de Kafiristán, provincia del noreste de Afganistán, país que por la importancia de su localización y la dificultad de su conquista fue un quebradero de cabeza primero para los británicos, luego para la URSS y más tarde para Estados Unidos. De forma que, una vez más, los intereses particulares de los protagonistas con quienes nos identificamos son también los nacionales/imperiales de su país, si bien en la versión de John Houston había un fondo escéptico, una visión fatalista sobre la condición humana, que trasciende la mera propaganda patriótica.
Respecto a la necesidad de controlar Asia y el temor que causaba su levantamiento contra el imperio también especuló otro escritor coetáneo de Kipling, Sam Rohmer, autor del mítico personaje Fu Manchú, un audaz supervillano chino que estudió en las mejores universidades occidentales con el propósito último de levantarse contra «toda la raza blanca» y dominar el mundo. Un resentimiento anticolonial que nos remite a las Guerras del Opio y al llamado por los chinos «Siglo de la humillación»… aunque sin explicarlo, claro: recordemos que el enfoque es pro-británico, de manera que los que cuestionen su poder imperial es porque son malvados y están locos. El malo de la película, una vez más, es el bueno de la historia, o al menos la víctima.
De eso algo sabemos también los españoles. Habíamos mencionado antes a Errol Flynn, cuya carrera se forjó a base de personajes nobles y heroicos al servicio de la monarquía inglesa, lo cual significaba a menudo que el Imperio español era el malo de la historia al que vencer, desde El capitán Blood, pasando por La vida privada de Elizabeth y Essex hasta El halcón del mar. Frente al imperio donde nunca se ponía el sol, las islas donde raramente aparecía. Hace falta cuajo para mostrar a los piratas como los buenos, ciertamente, qué oportuno habría sido ahí que algún personaje, mirando la bandera con la calavera bajo la que luchaban, llegara a plantearse «are we the baddies?».
Lo que nos lleva a la gran influencia inglesa que ha existido siempre en Hollywood desde sus mismos inicios hasta llegar al presente. Por un lado, la sólida tradición teatral inglesa proveyó de un amplio número de interpretes a la industria norteamericana (Charles Laughton, Laurence Olivier, Vivien Leigh, Deborah Kerr, Peter O’Toole, Michael Caine, Elizabeth Taylor… la lista es interminable), que considera el acento british como un elemento de sofisticación y que a falta de una mayor tradición histórica y cultural propias adoptó la del país del que se independizó poco más de un siglo antes. Una tarea en la que ayudó la extensa nómina de guionistas y directores también originarios del sombrío lugar donde desayunan alubias. Por ejemplo, para que nos hagamos una idea de la enorme influencia de Shakespeare, el mejor guionista de Hollywood suele decirse, según la base de datos IMBd hay más de 1.800 películas que adaptan de forma más o menos libre su obra a la pantalla.
No es de extrañar, por tanto, que en los albores de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos permanecía neutral, la infiltración británica llevaba a Hollywood a estrenar numerosas producciones donde se buscaba identificar a los espectadores estadounidenses con lo que estaba pasando en Europa, tal como se recoge con detalle en el libro When Hollywood loved Britain: the Hollywood British film 1939-1945. Terminado el conflicto se consolidó una pléyade de escritores británicos con sus historias de espías en el contexto de la Guerra Fría como John le Carré, Graham Greene, Frederick Forsyth o Ian Fleming, siendo este último quien daría lugar a la más célebre saga sobre el agente menos secreto del mundo, descrito por su autor como «directo, poco romántico, anglosajón y, aun así, muy masculino».
Las peripecias de James Bond resultaron una formidable herramienta de propaganda (la URSS intentó imitarlo en 1968 con Temporada muerta), pues su audiencia no solo fue amplísima internacionalmente, sino también influyente. El mismo Kennedy declaró al llegar a la Casa Blanca que Desde Rusia con amor era uno de sus diez libros favoritos y fue precisamente su adaptación al cine la película que vio la noche antes de ser asesinado. Valga también como ejemplo el cortometraje estrenado durante la ceremonia de los Juegos Olímpicos de 2012, donde participó la mismísima reina Isabel, que estaba repleto de elementos patrióticos hilados todos ellos por la figura de James Bond (encarnado entonces por Daniel Craig), lo que nos dio la medida de la importancia que se le confiere en la identidad nacional británica.
En conclusión, señalaba hace unos días el periodista Tucker Carlson que «los únicos que no reciben el crédito que merecen por empeorar el mundo son los británicos». Pues bien, en vista de todo lo anterior ya sabemos por qué.