Margaret Thatcher en su centenario

El thatcherismo, que en algún momento pareció definitivo, cayó en la irrelevancia

Pegado a la Plaza de Colón de Madrid, alguien diría que incrustado en ella, hay un modesto espacio de titularidad muy oportunamente privada pero de uso público que, gobernando la alcaldía Ana Botella y siendo presidente del Partido Popular Esperanza Aguirre, recibió oficialmente el título rimbombante de Plaza de Margaret Thatcher. El sitio no tiene nada especial, e incluso para la gente del barrio posiblemente sea un lugar ignorado, tanto como la emblemática política de finales del siglo pasado que le dio el nombre.

Históricamente hablando, fue ayer por la tarde. Este mismo mes, el 13 de octubre, la primera ministra conservadora británica, Margaret Thatcher, hubiera cumplido cien años, una hazaña improbable pero no imposible. Y, sin embargo, se diría que han pasado eones en el panorama político de la derecha.

Fue un tiempo de triunfo arrollador, el regreso imparable de la derecha en el mundo de la mano de dos anglos a ambas orillas del Atlántico, Ronald Reagan y Margaret Thatcher, y con ellos llegaba el Fin de la Historia, se derrumbaban los muros, la Unión Soviética, que tantos comentaristas descontaban como eterna, izaba la bandera blanca en la Guerra Fría y liquidaba el comunismo. A China, pensaban todos, le quedaban dos telediarios, y la izquierda en general parecía condenada a languidecer, desmoralizada sin su referencia implícita, hasta desaparecer con un gemido, no con una explosión.

Hoy sabemos que aquellos años de vino capitalista y rosas liberales fueron un espejismo, una chispa en la sartén, como dicen los anglos, pero aún hoy la Dama de Hierro mantiene su condición de musa de la derecha liberal búmer. Volvió la izquierda con nuevos proletariados –mujeres, minorías sexuales, inmigrantes, bebés foca– y recuperó con nuevos bríos su superioridad cultural y moral, mientras los retratos de Thatcher y Reagan amarillean en los despachos de canosos liberales.

Como sucede a menudo en la historia de los héroes, Thatcher se elevó en un momento oscuro, de profunda crisis, en el partido político más antiguo del mundo, el conservador. La Gran Bretaña de la posguerra era un país marcadamente socialista, con un Partido Laborista en la cresta de la ola. Las principales industrias habían sido nacionalizadas y los sindicatos, verdaderos ‘padrinos’ del laborismo, imponían su voluntad a los sucesivos gobiernos. Y, va de suyo, nada funcionaba.

En octubre de 1975, en el primer Congreso del Partido Conservador que lideró, Margaret Thatcher, la hija de un tendero, pronunció un discurso en el que calificó al socialismo como el mayor enemigo de la libertad y se deshizo en elogios de la propiedad privada, los mercados, la libertad, los gobiernos pequeños y la libertad de elegir. Es decir, un mensaje a contracorriente de lo que se había convertido en dogma político. Y cuatro años después, en 1979, llegó al poder y tuvo la ocurrencia de poner en práctica todo lo que había defendido hasta entonces.

Empezando por desmantelar la estructura industrial del Estado. El éxito de su programa de privatización, de lo que llamaba “capitalismo obrero”, fue inmediato, y transmitió su entusiasmo a la población. El apoyo popular al sistema era tal que en 1991, cuando fue sustituida por John Major en el 10 de Downing Street, poco más de un tercio de los votantes apoyaban a los laboristas, la mitad que al final de la guerra.

El intervencionismo estatal había sido enormemente popular cuando empezó a aplicarse el Estado del Bienestar en la posguerra, pero a finales de la década de 1970, la esclerosis del sector público amenazaba con paralizar Gran Bretaña. Aquí es donde el antiestatalismo liberal encontró un terreno intelectual cada vez más fértil.

Alguien que, como Margaret Thatcher, se había hecho a sí misma, naturalmente prefería sujetarse a las fuerzas del mercado del sector privado que a una burocracia estatal. Las empresas privadas, que tienen que responder ante unos accionistas, apenas pueden permitirse caer en el clientelismo y el amiguismo. Por eso Thatcher se opuso frontalmente al conservadurismo paternalista del ex primer ministro Harold Macmillan, al que acusaba de elitista.

Con ella el gobierno vendió monopolios públicos, redujo impuestos gracias a las ganancias obtenidas y las cotizaciones se dispararon, generando beneficios para unos inversores en cuyas filas figuraban ahora millones de británicos del común –el capitalismo popular– que habían sido empleados o clientes de estas empresas.

Pero el entusiasmo no duró mucho, y en 1997 los conservadores fueron derrotados por uno de los mayores márgenes de su historia. ¿Qué había pasado? Thatcher había desplegado la misma fe ingenua en la ‘magia’ del mercado que caracteriza a la mayoría de los liberales, y las cosas no salieron como estaba previsto en los libros. Los precios cayeron, pero no proporcionalmente a los recortes de costos y las ganancias de productividad. Muchos servicios “no rentables” se suprimieron. La mayor empresa de autobuses privatizada fue acusada de prácticas monopólicas despiadadas. El sistema de agua se averió, mientras que las tarifas a los consumidores aumentaron. El precio de la luz bajó para las grandes empresas, pero subió para los particulares. Creció la desigualdad económica, los salarios se estancaron ante las crecientes ganancias de las empresas privatizadas. Los recortes de impuestos financiados por su liquidación resultaron beneficiar principalmente a los ricos.

Con Thatcher, Gran Bretaña había pasado de un dogma al contrario, de “el Estado siempre tiene la razón” a “el Estado siempre se equivoca”, al menos económicamente. Y no había mucho más en el mundo mental de Thatcher, nada que la derecha hoy en ascenso –la soberanista– reconozca como parte del núcleo duro de su ideario. Es cierto que Thatcher se oponía a la inmigración masiva, pero por un motivo asociado a la pérdida de identidad nacional o por problemas de convivencia, sino por una razón absolutamente pragmática: no caben.

De hecho, su acérrimo individualismo, su aborrecimiento hacia toda concepción colectiva, le llevó a afirmar que “la sociedad no existe”. Por tanto, tampoco la británica; solo existen individuos aislados, como átomos flotando en el éter. Curiosamente, su socio al otro lado del Atlántico mostró la misma ceguera, con la diferencia de que en Estados Unidos sí cabían más, y por eso fue uno de los presidentes que más ha hecho por alentar la inmigración masiva.

Lo fascinante de recordar la figura de Margaret Thatcher hoy es el enorme contraste entre el símbolo en el que se convirtió casi instantáneamente y su irrelevancia actual. Para quienes vivimos aquel tiempo, el thatcherismo tenía el sabor de lo definitivo. No era solo la derecha presente y triunfante del momento: era su único futuro posible. Después de Thatcher ya solo cabían matices, combinaciones con repetición de su mensaje, mientras el resto de las contestaciones a la izquierda moría una muerte rápida e inevitable.

Sin embargo, el colapso del thatcherismo fue casi tan veloz como su ascenso. No solo desapareció, sino que lo hizo sin dejar apenas rastro. Se convirtió ciertamente en un icono, mantuvo una cohorte de seguidores, pero no en la política real, operativa, salvo, quizá, paradójicamente, en el país al que se enfrentó en la última guerra que libraron ambos, Argentina.

Thatcher cambió irrevocablemente, al menos, la política de su país. El siguiente jefe de gabinete laborista, el incombustible Tony Blair, abolió el Artículo 4 de la carta fundacional de su partido que le obligaba a buscar la nacionalización de las grandes industria y, de hecho, no revirtió las privatizaciones.

Pero la derecha vuelve hoy a ser el bando emergente en la política nacional, el que surge con más fuerza, el único que ofrece ideas nuevas en un panorama dominado por una izquierda oficialista que hace tiempo dejó de aportar novedad alguna. Pero esta vez se trata de una derecha que no debe nada a la que abanderaba Thatcher, que se opone incluso visceralmente a su modelo con un olvido que tiene mucho de generacional.

Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

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