Max Weber y la política española como vocación clientelar

Un diagnóstico nacional y una teoría social a la luz de una de las obras clásicas de la ciencia política

La partitocracia es aquella especie de oligarquía arbitrada por

los gobernados en que los aparatos de los partidos monopolizan

la elaboración de las candidaturas y, por tanto, dictan la reducida

lista de personas que pueden ser votadas”.

Gonzalo Fernández de la Mora

No suelen estar los mejores. Estos, o se dedican a la función pública o a la iniciativa privada. Quizás encontremos a algún abogado del estado (aunque puede demostrar que solo sabe del temario estudiado), a alguien del mundo cultural o artístico (que no suelen durar mucho), a un auténtico servidor ciudadano o a un licenciado excelso, pero poco más. La inmensa mayoría de los “profesionales de la política” parecen nacer, reproducirse y morir en el seno de ese partido (o revivir con alguna “puerta giratoria” debida a esa militancia) donde colocarse y medrar, considerarse importantes y buscarse la vida. Porque esa puede ser, desde esta teoría, buena parte de la “vocación” política española en la era contemporánea: la supervivencia o realización económica personal, desde el clientelismo, a modo de “estatus” exitoso en el sistema partitocrático vigente.

¿Democracia? Una crítica habitual sobre la política española: en su cantidad (demasiados por lo que hacen) y en su calidad (insuficientes en lo que hacen). Los hay buenos, ética y estéticamente, pero quizás pagan estos pocos justos por tantos pecadores. Honrados o eficaces, que dejan hacer a quién sabe (rodeándose de especialistas contrastados), que se centran en las verdaderas necesidades de la población (dejando de lado experimentos o locuras ideológicas) o que resuelven a pie de calle las demandas ciudadanas (en tantos pueblos). Pero esta “vocación”, este cursus honorum hispánico tan particular y extendido, parece que lo llena todo: desde los parlamentos, en sus disputas fútiles en tantos plenos, hasta la prensa, en sus continuas noticias sobre corrupción. Weber nos ayuda a introducir la teoría con el siguiente análisis:

“Dado que, en toda organización, sujeta a liderazgos, la única condición del éxito es la del empobrecimiento espiritual, la materialización y, en definitiva, la proletarización del alma en aras de la «disciplina de partido», la corte victoriosa de un dirigente político suele transformarse de esta manera, con facilidad pasmosa, en un grupo común y corriente de cortesanos con influencia política”.

No han trabajado nunca antes o por lo menos no se han significado en empleos de media o alta cualificación. De las aulas de formación profesional, del bachiller o de la universidad directos a las juventudes del partido, a pegar carteles o a servir al caudillo de turno en la formación. “Políticos profesionales” dicen que, sin grandes conocimientos ni experiencias sustantivas, mandan en ministerios o consejerías sobre técnicos bien contrastados que saben más que ellos, y deciden, todos los días, por sus ciudadanos representados sin saber más que ellos. Ley de vida partitocrática no solo de España, confirmaba Weber.

“Toda empresa de dominación que requiera una administración continuada necesita, por una parte, la orientación de la actividad humana hacia la obediencia a aquellos señores que se pretenden portadores del poder elegido y, por la otra, el poder de disposición, gracias a dicha obediencia, sobre aquellos bienes que, en su caso, sean necesarios para el empleo del poder físico: el equipo de personal administrativo y los medios materiales de la administración”.

Es un ecosistema diferente. Las reglas de la oposición pública o de los procesos empresariales no tienen cabida. Lealtad. Solo eso, o por lo menos lo más importante. A la organización, al jefe, a la causa. Se estudió, desde la ciencia política, desde los inicios de la actual democracia parlamentaria. Y se descubrieron, en los resultados obtenidos, numerosos beneficios mutuos para unos y para otros. Para el meritorio desde una inquebrantable, y muy visible, fidelidad, conseguir una carrera política donde encontrar un oficio, aspirar a codearse con la élite y alcanzar ese estatus (y ayudar a sus más “próximos”); y para el líder, local o nacional, obtener a un grupo de personas adeptas que lo alaben sin dudar, que escondan sus miserias y que cumplan sus designios.

“La entrega al carisma del profeta, del caudillo en la guerra, o del gran demagogo en la Ecclesia o el Parlamento, significa, en efecto, que esta figura es vista como la de alguien que está «internamente llamado» a ser conductor de hombres, los cuales no le prestan obediencia porque lo mande la costumbre o una norma legal, sino porque creen en él, y él mismo, si no es un mezquino advenedizo efímero y presuntuoso, «vive para su obra». Pero es a su persona y a sus cualidades a las que se entrega el discipulado, el séquito, el partido”.

Corrupción, mentiras y audios grabados. Quizás la consecuencia inevitable de un régimen partitocrático que inunda portadas de los tabloides y enfada a una ciudadanía a la que le cuesta llegar a final de mes, amen de colapsar tribunales con una independencia siempre cuestionada. Aunque la corrupción parece olvidarse en la conciencia nacional a los pocos días del titular, como síndrome patológico incurable, tanto en ambos bandos de la lucha partidista como en el común de los mortales que pocas opciones tiene de mostrar su rabia. Lemas habituales: es lo de siempre, no son todos, es inevitable, no tiene solución, es un mal menor, los otros son peores…, o a lo mejor todos haríamos lo mismo para llegar a cierto poder cuando, de repente, tenemos acceso a recursos y medios que “no son de nadie”, ya que, como enseñaba Weber:

política significaría pues, para nosotros, la aspiración (Streben) a participar en el poder o a influir en la distribución del poder entre los distintos Estados o, dentro de un mismo Estado, entre los distintos grupos de hombres que lo componen”.

Política, económica, y moral. Corruptelas en todos los ámbitos: la encontramos empezando desde arriba, en la presidencia del gobierno, hasta terminar en lo más bajo, en la alcaldía de un pequeño pueblo de extrarradio. Realidad o percepción, señalan los estudios, sobre un fenómeno demasiado habitual. Se miente continuamente, y con descaro, esgrimiendo que solo se rectificó en las palabras dichas por un bien mayor; se gestiona de forma horrenda desastres y emergencias (de una epidemia a una Dana, pasando por incendios monstruosos) y casi nadie dimite; se contrata sin pudor a socios o colegas a los que algo se debe; se roba a espuertas, tanto por vicios como por amigos; se falsean contratos públicos por doquier sin saber, o eso se dice, que no se sabía lo que se firmaba; y, para colmo, se falsean los currículum personales para evitar mostrar que los que llegan no son, ni de lejos, los mejores.

“Es evidente que, en la realidad, la obediencia de los súbditos está condicionada por muy poderosos motivos de temor y de esperanza —temor a la venganza del poderoso o de los poderes mágicos, esperanza de una recompensa terrena o ultraterrena— y, junto con ellos, también por los más diversos intereses”.

Un diagnóstico nacional, y una teoría social, que se debe plantear a la luz de una de las obras clásicas de la ciencia política: El político y el científico de Max Weber (Politik als Beruf, Wissenschaft als Beruf, 1919).

Legitimidad tradicional, donde se vota a lo de siempre, aunque se nos robe como nunca; carismática; o dejarse seducir por cualidades personales bien construidas desde la propaganda; y legal; o pensar que leyes supuestamente objetivas, pero realizadas por esos mismos partidos, explican racionalmente el porqué de esas decisiones más bien subjetivas. Supuestamente, como establecía Weber, “en el Estado moderno se realiza, pues, al máximo—y esto es esencial a su concepto mismo— la «separación» entre el cuadro administrativo —empleados u obreros administrativos— y los medios materiales de la «administración»”; pero demasiadas realidades demuestran tendencias visibles y cronificadas donde esta “separación” no es real o total, y que convierte a la administración en “empresa propia del señor”, utilizando, como siempre, “a gentes dependientes de él, esclavos, criados, servidores, «favoritos» personales o prebendados, retribuidos en especie o en dinero con sus propias reservas”.

Sentirse poderoso o influyente, querido o elogiado, temido o respetado. Siempre es el estatus, o por decirlo de manera más hogareña: la apariencia. Porque esta “vocación” permite a quienes no son objetivamente los mejores, por méritos académicos o laborales, creerse los mejores en actos y cenas. La erótica del poder, decían. Y, por ello, puede provocar, también, ciertos efectos muy negativos que condicionan el pasado, presente y futuro de un país llamado España, en proceso de destrucción ante las denunciadas tendencias de desunión nacional, desigualdad creciente y e ilegalidad indultada. Porque esos que parecen que son los mejores, tienen acceso a los Boletines Oficiales.

Corrupción y soborno. La lista en la historia reciente de España es interminable, y solo pasa factura puntual o temporalmente a los grandes partidos. O casos aislados a juzgar o consecuencias inevitables del sistema o un fenómeno que utilizar contra el adversario. A nivel nacional, las crónicas recogen tramas enormes, finalmente amortizadas en el turnismo partitocrático: Filesa, el caso Roldán, Gürtel, el caso Bárcenas, Malaya, el caso Koldo, etc. A nivel regional, hechos bien conocidos como el caso de los Eres de Andalucía, del tres por ciento en Cataluña, de Imelsa en Valencia o de Púnica en Madrid. Y a nivel local, la nómina de acusados es muy extensa, sobre todo en temas relacionados como el gran tesoro nacional, de donde sacar dinero y prebenda: el urbanismo.

Nepotismo. Supuestamente, un presidente de gobierno que ayuda a su mujer y a su hermano a promocionar personalmente, beneficiándose de su poder; supuestamente, líderes todopoderosos que impulsan la carrera personal de sus parejas en el partido, dejando a antiguas parejas por el camino; supuestamente, secretarios de organización de una formación política que se corrompen en beneficio no solo de sus vicios, sino del bienestar de sus respectivas familias, más o menos extensas; supuestamente, líderes autonómicos que ayudan a cónyuges, amigos o empresarios muy cercanos; supuestamente, alcaldes acusados de beneficiar a vecinos que conocían desde bastante antes; supuestamente, diputados y diputadas que dicen tener estudios que no empezaron o no terminaron. Todo supuesto hasta que la justicie dicte su sentencia.

Jerarquías. La democracia interna y transparente en los partidos vino para irse pronto. Las primarias fueron un experimento temporal, verdaderamente plural y libre, hasta que todo volvió a su cauce (quedaron formalmente, aunque lejanas a su misión original). Unos mandan, y seleccionan la lista, y otros obedecen, y la votan casi unánimemente. Dieron problemas al PP (con Casado) y al PSOE (con Sánchez), por no hablar de Podemos y sus “confluencias”, y se volvió al liderazgo partitocrático habitual. La transparencia de los mismos (como de las administraciones) quedó en mero maquillaje burocrático, y la disciplina de partido se volvió sacrosanta, para evitar no solo cualquier sorpresa en las votaciones, sino cualquier disensión, debate o crítica en el interior de las formaciones. Incluso entre aquellas efímeras formaciones que, de vez en cuando, surgen para intentar modificar las opciones partitocráticas (como Ciudadanos, que en paz descanse).

Caciquismo. A esto se suma que, en el estado descentralizado español, cuasi federal, la casta de “políticos profesionales” ha llegado a superar los 80.000 cargos públicos remunerados. Y numerosos de ellos se centran, cada vez más, solo en los intereses de su pequeño terruño (regional o municipal) al que privilegiar con victimización o “hechos diferenciales” o donde privilegiarse (gracias a tantas transferencias y presupuestos). A ello responden posibles prácticas clientelares, algunas abiertamente ilegales como la compra de votos, y otras “tradicionales” como acciones institucionales demasiado oportunas, con anuncios y ayudas estratégicamente otorgadas cuando se acercan las elecciones.

Rectificaciones. O así llaman a las mentiras abiertas. Las “convicciones” que uno tiene, siempre acaban sometidas a las “responsabilidades” ineludibles para conseguir o mantener el tan ansiado poder. Todo vale para ello. Puedes prometer a tu electorado cambiar lo heredado para ganar las elecciones, y mucho después dejar en pie el edificio legislativo que considerabas nefasto (y denunciabas en los tribunales); puedes atacar la corrupción del otro en una moción de censura, y años más tarde ser procesado por corrupción masiva entre tus filas; puedes defender el feminismo más radical, y meses más tarde ser acusado de prácticas machistas con compañeras de partido o prostitutas pagadas con dinero público; puedes negar que vas a colaborar con los herederos de terrorismo, indultar a los separatistas o pactar con xenófobos, y semanas más tarde sentarte con ellos para alcanzar los diputados necesarios. El economista y sociólogo alemán lo dejaba claro, al respecto:

“en el plano de las realidades, observamos de continuo cómo aquéllos que proceden conforme a la ética de la convicción se convierten con gran rapidez en profetas quiliásticos; vemos, por ejemplo, a quienes han predicado repetidamente «el amor frente a la fuerza» acogerse en seguida a la fuerza, a la fuerza «definitiva» que trae implícito el aniquilamiento de la violencia total a semejanza de nuestros oficiales que, al emprender una nueva ofensiva, decían a los soldados que era la última, la del triunfo definitivo, tras la cual vendría la paz”.

¿Tecnocracia? Una palabra maldita, un concepto desechado, una realidad en otras partes del mundo. Profesionales o técnicos. Los que mejor se venden o los que mejor saben hacer las cosas. Debate fútil, seguro en España y en Occidente: quién los elegiría, quién los controlaría; mera dictadura, simple solución autocrática. Los mejores en sus materias no tienen sitio ante una “vocación” profesional que es el único modo de representar y participar, parece, en la vida política nacional. Es una casta aparte, muy aparte, salvaguarda de la verdadera democracia. Son los únicos portavoces, los únicos.

 Y ante sus fallos, sus errores o su corrupción, funcionarios y empresarios ya levantarán este país con sus conocimientos y sus impuestos. Además, respecto al caso español, otros están peor (mirando hacia el sur del Mediterráneo o el este de Europa), o es un pequeño precio que pagar por tantas y tan buenas libertades que nos han dado. En todo caso, podríamos olvidarnos de estos fenómenos, y dejarlo todo en manos de comisiones y tribunales, asumiendo con resignación que quizás, estas prácticas responden a la realidad antropológica y sociológica del “político profesional” español desde hace más de un siglo, o desde la misma noche de los tiempos hispana. Porque releyendo la obra magna de Joaquín Costa, Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España (1901), podemos entender muchas cosas que ha sufrido, sufre y sufrirá una ciudadanía que vota, mayoritariamente entre las opciones prediseñadas que pueden ganar, cada cuatro años:

“Oligarcas y caciques constituyen lo que solemos denominar clase directora o gobernante, distribuida y encasillada en partidos. Pero, aunque se lo llamemos, no lo es; si lo fuese, formaría parte integrante de la nación, sería orgánica representante de ella, y no es sino un cuerpo extraño, como pudiera serlo una facción de extranjeros apoderados por la fuerza de ministerios, capitanías, telégrafos, ferrocarriles, baterías y fortalezas para imponer tributos y cobrarlos”.

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