Si le digo, querido lector, que el Gobierno acusa a la derecha de desatar una caza de brujas contra el partido socialista, entenderá perfectamente a lo que me refiero: una búsqueda de culpables en una conspiración que no existe. Porque las brujas no existen, ahí está toda la gracia.
En su acepción moderna, la expresión se popularizó a raíz del estreno de una obra teatral de Arthur Miller, El Crisol (The Crucible) en 1953 en Estados Unidos. Ostensiblemente, la obra trataba del famoso evento histórico de las ‘Brujas de Salem’, un caso de histeria colectiva en torno a varias mujeres acusadas de brujería en 1692 en una aldea del Massachussetts colonial que se saldó con la condena a muerte de 19 personas.
En realidad, el autor estaba usando el caso histórico para denunciar un fenómeno contemporáneo que le había afectado directamente, un extendido proceso de delaciones, denuncias, procesos irregulares y listas negras contra personas sospechosas de ser comunistas desencadenado por el senador Joseph McCarthy.
Estamos en 1950, recién inaugurada la Guerra Fría contra la Rusia soviética, cuando un senador por Wisconsin, Joseph McCarthy, denunciaba una gigantesca labor de infiltración comunista en el mismo centro del gobierno americano, especialmente en el Departamento de Estado.
Lo que el senador dijo haber descubierto era asustante, una red de activistas al servicio de Moscú infiltrados en todos los estamentos de poder de Estados Unidos: periodistas, intelectuales, altos funcionarios e incluso militares.
Se produjeron delaciones y se acusó a un buen número de personas de simpatías comunistas, y de la Administración Pública a centros de investigación y, finalmente, Hollywood. Los empleados públicos debían someterse a un control de lealtad que costó la carrera a algunos de ellos como consecuencia de las ‘listas negras’ de sospechosos de comunismo. En la Cámara de Representantes se creó el Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC).
Alger Hiss, presidente de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional, fue acusado judicialmente acusado de haberle pasado documentos secretos a la Unión Soviética durante la época del New Deal. Uno de los episodios más célebres del periodo fue el proceso seguido a los esposos Ethel y Julius Rosenberg. Acusados de haber dado a la Unión Soviética el secreto de la bomba atómica, fueron condenados a muerte y ajusticiados.
Estados Unidos es muy propenso a estas oleadas de frenético entusiasmo, miedo o depresión –como los sucesivos ‘despertares’ religiosos– que luego pierden fuerza y terminan desapareciendo como si nunca hubieran sucedido, y para 1960 ya no quedaba nada de todo aquello.
Fue entonces cuando la izquierda comenzó a elaborar el mito. Todo había sido efecto del derechismo más vociferante y retrógrado con rivetes fascistoides, una historia de histeria autoritaria que buscaba enemigos y traidores donde no los había y que merecía sobradamente la etiqueta de ‘caza de brujas’.
Y así quedó en los libros de Historia el macarthismo como un ejemplo absurdo y autoritario de imponer la conformidad política a todo un país mediante el terror y la delación, y así hubiera quedado para siempre si la caída de la Unión Soviética no hubiera revelado detalles más que interesantes sobre la infiltración comunista en Estados Unidos.
Decir que la izquierda vive de mitos es cierto, pero ambiguo, porque el mito clásico no es exactamente una mentira. Y los mitos de la izquierda sí lo son, como este caso. Porque McCarthy no solo tenía razón: se quedaba corto.
En 1995, tras la disolución de la Unión Soviética, el gobierno de Estados Unidos reveló la existencia de un proyecto soviético secreto –Proyecto Venona– que detallaba la labor de infiltración comunista en Estados Unidos. Los documentos demostraban que la red de espías comunistas no sólo había sido real, sino mucho más extensa de lo que el propio McCarthy había imaginado.
A raíz de los documentos sobre el Proyecto Venona, publicados hace un cuarto de siglo, es difícil discutir que a principios de la década de 1940 el gobierno de Estados Unidos estuvo a poco de caer bajo el control de una estrecha red de Agentes soviéticos, y que la presunta ‘caza de brujas’ de McCarthy contribuyó poderosamente a desbaratar esa posibilidad.
Sin embargo, es improbable que el lector acceda a esta información en los medios convencionales, e imposible que Hollywood haga una película rigurosa sobre ese extraño espantajo. Oficialmente, en la narrativa canónica, los esfuerzos de McCarthy y del Comité de Actividades Antiamericanas fue sólo el trágico resultado de las pulsiones fascistas de la derecha americana, una verdadera ‘caza de brujas’. Solo que, en este caso, haberlas, haylas.