La popularización de mascotas como acompañantes de urbanitas se ha convertido en una plaga en occidente desde hace décadas, y ha creado nuevos tópicos como la solterona con gatos o las parejas acomodadas que pasean a perros gigantes por los parques públicos al atardecer. No es coincidencia que todo esto sea más prominente cuanto más baja la natalidad, porque las evidencias científicas muestran que las mascotas han evolucionado para sustituir a los niños en las familias.
Pongamos el caso de los gatos. El gato común – felis catus – es originario del Norte de Africa y hay todavía especies de gato salvaje, aunque cada vez menos, con las que se puede comparar. Una comparación chocante es que los gatos salvajes no maúllan (igual que los lobos no ladran) y, de hecho, los gatos domésticos no maúllan entre ellos: los gatos han desarrollado el maullido para ser una forma de comunicación con el humano, y hay un tipo de maullido específico, lastimoso y pidiendo comida o atención, que ha evolucionado para ser emitido en exactamente la misma frecuencia en la que lloran los bebés, específicamente para engañar al cerebro femenino.
Lo mismo ocurre con los perros. Son el animal que mejor demuestra el concepto de “neotenia” – conservación de rasgos infantiles en ejemplares adultos – ya que, después de miles de años de coexistencia con los humanos, la mayoría de razas caninas presentan características de cachorros para llamar la atención, compasión y cariño de los humanos. Entre estas características, del todo ausentes en los lobos adultos, están las orejas caídas, las patas proporcionalmente cortas respecto al tronco, los ojos proporcionalmente grandes y las manchas claras en el pelaje, en particular el pecho, que son típicas características de cachorros de lobo que estos animales pierden al crecer.
Por ello, no me extraña que, en un reciente estudio científico, varios profesores de psicología de las universidades estadounidenses de Chapel Hill y Ohio State hayan concluido que los dueños de mascotas típicamente muestran comportamientos patológicos que, en cualquier otro contexto, serían dignos de casi de visita al manicomio.
Yo mismo he sido dueño de mascota, cuando era adolescente, y desde luego me reconozco, al menos en parte, como el sujeto típico que analizan estos profesores no sin cierto asombro: como escriben en su estudio, muchos estadounidenses consideran a su perro como su relación más cercana (lo que nunca fue el caso, pero a veces casi), casi la mitad de los estadounidenses duermen con sus «bebés peludos» (lo que hice muchas veces: mi perrita, pequeñaja, se metía a los pies de la cama), varios millonarios han dejado sus fortunas a sus perros (como escritor, eso de las fortunas no me afecta), y la industria de las mascotas casi ha duplicado su crecimiento cada año durante la última década.
Recuerdo haberme dejado mucha pasta en el cuidado de mi perrita, y yo no era particularmente dadivoso, sobre todo en comida, correas y rollos por el estilo. Pero con los años he visto, como cualquiera que tenga dos ojos, la invasión de tiendas de productos para mascotas: cuando vivía en Singapur, había una enorme en el centro comercial que había más cerca de mi apartamento, que siempre tenía que cruzar para acceder al resto de tiendas, porque ocupaba el mejor local del centro comercial.
Como escriben los autores del estudio, “a medida que el trabajo se vuelve más automatizado y la sociedad se vuelve más segura, los perros rara vez son necesarios como trabajadores o protectores y ahora brindan principalmente compañía y apoyo emocional, a menudo llenando vacíos modernos en las relaciones humanas”.
Obviamente, como resultado de una evolución que ha hackeado los cerebros humanos para los cuides a ellos en lugar de tus (a menudo inexistentes) hijos, los perros se han convertido para millones de personas en Occidente en hijos sustitutos: en 2001, el 83% de los estadounidenses se refería a sí mismo como el «papá o mamá» de su mascota, en comparación con el 55% tan solo seis años antes.
Muchos millennials están adoptando mascotas en lugar de tener hijos, y gran parte de la Generación Z planea seguir su ejemplo, según el estudio. Los hogares sin hijos son responsables de aproximadamente el 70% de las compras relacionadas con mascotas y reportan vínculos emocionales más fuertes con sus perros que con sus padres (lo que puede explicar por qué yo, que vivía con mis padres y dos hermanas, no gastaba tanto en mi perrita).
Todo esto es tan grave que hasta el fallecido Papa Francisco, una persona notable por su extraordinaria capacidad para meter la cabeza en un agujero y hacer que no veía ninguno de los problemas que afectan a la cristiandad, criticó públicamente a las parejas que prefieren las mascotas a los hijos, llamándolas “egoístas” y advirtiendo de que este fenómeno «nos quita humanidad».
Lo peor, de hecho, no es que las mascotas reemplacen a los hijos. Lo peor es que se perciban como superiores a los niños, un fenómeno sobre el que llama la atención el estudio: para muchos de los entrevistados que tienen mascotas, los perros son mejores que los niños, más fáciles de manejar y emocionalmente más fiables que las personas, en parte porque «no regañan, nunca contestan y siempre están de buen humor». Es habitual, como añade el estudio, que los dueños con un fuerte vínculo con sus mascotas a menudo se socialicen menos con otras personas, optando por quedarse en casa con sus mascotas, o solo se socialicen con otros dueños de mascotas, de forma que entre ellos refuerzan sus prejuicios pro-animales y anti-humanos.
A nadie le puede extrañar que el estudio concluya que el gasto en mascotas se correlaciona directamente con la bajada de natalidad en occidente, y que los dueños de mascotas tienen menos hijos de media que los que no las tienen. Madrid, sin ir más lejos, ya tiene el doble de perros que de niños.
Yo, que tengo hijos adolescentes y estoy harto de haberlos protegido de perros sueltos, a menudo agresivos, en parques por todo el mundo; que he sido asaltado por un perro suelto en la acera al salir de mi casa (“sólo quiere jugar”) a las ocho de la mañana; que he crecido en Madrid esquivando cacas de perro y con olor a pis perruno permanentemente en mis fosas nasales; y que he llamado a la policía local para que la gente cumpla la norma de llevar a los perros con correa en las zonas urbanizadas, no me atrevería a sugerir que se prohíba la posesión de mascotas, o se les obligue a los dueños a caparlas ni nada por el estilo.
Pero, ¿saben qué? Si llegara a España un gobierno interesado en mejorar la natalidad, sugeriría que mire el ejemplo de Zamora, donde al ayuntamiento impuso una tasa anual de nueve euros a los dueños de mascotas registradas. Pero nueve euros no es nada. ¿Qué les parece 90? Noventa por mascota, y 180 para los dueños de mascotas menores de treinta años. Que salgan más baratos los niños, que raramente se cagan en la calle.