No recuerdo exactamente el año en que descubrí a Ozores, pero seguro que fue un domingo. Discapacitado por un fuerte bajón, decidí poner la tele y hacer un poco de zapping. Creo que fue en Antena 3 donde aparecieron los desencajados rostros de Esteso y Pajares cantando línea al grito de «¡Hilera! ¡Raya de esa!»; la película ya estaba empezada, pero sin duda era Los bingueros.
Durante la siguiente hora no pude parar de reír, contemplando a aquel puñado de locos que, con extraordinaria vis cómica, perpetraban una imparable sucesión de gags —a veces brillantes, a veces absurdos, siempre hilarantes— trufados con generosas dosis de erotismo bufo. Pero la gran sorpresa fue que, bajo esa gruesa capa de humor, había una crítica sociopolítica a la realidad española de la época: era obvio que a Ozores la transición no le parecía exactamente modélica. Ni muchísimo menos.
Desde ese día soy ozoriano de estricta observancia, y no he dejado de revisar las 96 películas de don Mariano. Hoy ha llegado el momento de destilar los hallazgos ideológicos que en ellas he ido encontrando. Valga como tardío homenaje a Ozores, pero también a Navarro, Arévalo, Esteso y demás actores fetiche que han pasado a mejor vida.
Caudillo de la comedia
Perteneciente a una casta de actores, Mariano Ozores Puchol (Madrid, 1926) empezó a trabajar a los 14 años en la compañía de teatro de sus padres. Como se le daba peor actuar que a sus hermanos, se conformó con escribir. En 1956 entró en la recién inaugurada Televisión Española, donde orquestó varios programas; y le fue tan bien que llegó a director del ente. Pero en 1959 renunció al puestazo para centrarse en su debut cinematográfico: Las dos y media y… veneno, sobre un anciano que planea fingir su propia muerte para hacerse con la herencia.
Ozores fracasó en su intento de hacer «cine serio», y no se sintió cómodo dirigiendo documentales propagandísticos, aunque Morir en España —una exaltación de las gestas nacionales con guión de Rafael García Serrano— no está nada mal. Pero su vocación era la comedia, y encontró un filón en la españolada, subgénero que satirizaba en tono ligero la realidad social de la clase media creada por el franquismo, y al que Ozores aportó clásicos como Objetivo Bi-ki-ni, ¡Cómo está el servicio! o Manolo la nuit.
En los primeros 70, el cineasta sentó las bases del «landismo», haciendo comedias que retrataban al típico español —encarnado por Alfredo Landa— y su pintoresca pero heroica forma de enfrentarse a la emergente liberación sexual. Como ya vaticinó don Paco Umbral, hoy conocemos mejor la España tardofranquista por aquellas películas que por el cine «de calidad».
Y tras la muerte de Franco, estalló el «destape»; ya en 1976, más de la mitad de las películas españolas incluían desnudos, y Ozores estuvo entre los pioneros: ese mismo año estrenó Alcalde por elección, donde Mirta Miller aparece como Dios la trajo al mundo. La carrera de Ozores toca techo en 1979, año en que ficha a Esteso y Pajares para rodar Los bingueros, descacharrante obra maestra que se convirtió en la película más vista en España ese año, por encima de Supermán y La guerra de las galaxias. Sería el primero de una larga serie de éxitos: con el viento a favor, Ozores llegó a rodar hasta seis películas al año.
Pero, en 1982, llegó al poder el PSOE; y, con él, la censura progre. Pilar Miró fue nombrada Directora General de Cinematografía y le preguntó a su espejito: «¿Cómo es posible que Ozores tenga tres películas proyectándose en la Gran Vía y yo ni una?». Un año después, los socialistas aprobaron la Ley Miró, que promovió películas «de calidad» frente a lo que ellos llamaban «cine para fontaneros»; no fue más que una excusa para potenciar films afines al régimen, como las fallidas «comedias madrileñas» de Colomo, Trueba y compañía. La bruja Miró recibió un kármico castigo cuando fue procesada por gastar un dineral público en lencería fina. Esto le hizo ganarse un ozoriano mote que la perseguiría hasta la tumba: «Bragas de Oro».
En la década de los 90, Ozores era el único que aún hacía españoladas, pese a la indiferencia de los productores, el desprecio de la crítica y la traición del público. Con presupuestos paupérrimos y estrenando directamente en vídeo, parió cintas tan afiladas como Pelotazo nacional, Pareja enloquecida busca madre de alquiler o Jet Marbella Set.
Y, en 1994, Ozores dio su canto del cisne: El Sexólogo, una serie de TVE que, tildada de «bodrio rancio y machista», fue cancelada debido a las protestas de Izquierda Unida y el Partido Popular. En ese momento, Ozores decidió colgar la cámara: «Los españoles han dejado de reírse de sí mismos», sentenció.

Gajes de la democracia
Más de un crítico ha tachado a Mariano Ozores de «franquista sociológico», término acuñado por Amando de Miguel que hace referencia a la pervivencia de rasgos sociales propios del franquismo en la España democrática. En realidad, Ozores era un ácrata de derechas, y si en su día no criticó a Franco fue porque, como él mismo dijo, «no tuve valor». Pero también fue de los primeros en darse cuenta de que el llamado «régimen del 78» hacía bueno al anterior.
El director considera a la democracia —o, mejor dicho, al sistema borbónico liberal— una auténtica estafa, donde las mieles de la «libertad» son avinagradas por los estragos del aborto, el separatismo, la ludopatía, la corrupción, el laicismo y el americanismo. Gane el partido que gane, los de abajo seguirán en el fango mientras los de arriba se pegan la vida padre. ¿Para qué, entonces, votar?
Eso mismo se pregunta Enrique Tolosa (José Luis López Vázquez), el protagonista de El apolítico (1977), jefe de administración de una pequeña empresa a quien la democracia pilla desprevenido: él siempre se ha dedicado a sus asuntos y nadie le había pedido opinión sobre nada. Pero, de repente, hay elecciones… y debe enfrentarse al insondable abismo de la urna.

Centralismo pa tu tía, queremos la autonomía
Iniciado en 1979 y culminado en 1995, el Estado de las Autonomías fragmentó España en un puzle de diecisiete comunidades y dos ciudades autónomas. A tamaño disparate, Fernando Vizcaíno Casas lo llamó «las autonosuyas» en su novela homónima de 1981, donde un avispado alcalde intentaba constituir su pueblo en un ente autonómico.
A buen seguro, Mariano Ozores tenía en mente la novela de Casas cuando escribió el guión de Los autonómicos, porque la historia es parecida: el alcalde de Reajo de la Sierra (Juanito Navarro) quiere convertir su pueblo en comunidad autónoma, «en nombre de la comisión nombrada a dedo democráticamente que yo presido». Pero un senador reaccionario (Antonio Ozores) se opone a esto en redondo, así que el alcalde le envía a una moza del pueblo para que lo seduzca y chantajee.
En Los autonómicos se tocan con sorna todos los problemas generados por la España de las mil fronteras: desde la creciente desigualdad entre autonomías —porque «cada uno tira para su patria chica, haciéndole la puñeta a la patria grande»— hasta el caos babélico que supuso que cada región se sacara de la manga su lengua: «¿Qué tenemos nosotros que no tengan los catalanes? Si tenemos hasta idioma, el reajeño, que es como el castellano pero a lo bestia».
El animal político
Ozores cree que, en España, la malversación de dinero público por parte de lobbies políticos es un problema endémico. No en vano, todos los políticos que salen en sus películas son unos auténticos sinvergüenzas. ¿Ejemplos? En Pelotazo nacional (1993) un diputado corrupto (José Sazatornil ‘Saza’) es chantajeado para que entregue sus propiedades a cambio de que la trama en la que está implicado no llegue al juez. Y en Los Chulos, Félix Rebolledo (Fernando Esteso) es un proxeneta que —adelantándose a Epstein y a Sabiniano— tiene dominados a los políticos de su pueblo, porque son asiduos de sus prostíbulos y los ha grabado bailando la conga con «señoritas putas».
Para Mariano Ozores, el buen político es aquel que puede estar más tiempo hablando sin decir nada, y el que mejor lo ha encarnado es su hermano Antonio, que pronuncia disparatados discursos mezclando batiburrillos verbales y frases absurdas que parodian la farragosa oratoria politiquera.
En ¡No hija, no! (1987), Antonio interpreta a un candidato a la alcaldía de Madrid que, en plena campaña electoral, sufre un comprometedor malentendido en una casa de masajes. En la actualidad, la política española se ha vuelto tan surrealista que los discursos de este personaje nos suenan casi sensatos: no miente cuando, por ejemplo, dice que «si gano las elecciones se creará un puesto más de trabajo, que es el mío».

Nuclear, sí, ¿cómo no?
Ozores siempre mostró una gran desconfianza hacia la energía atómica. Y en esto se equivocó porque —como bien intuyó el almirante Carrero Blanco— las armas nucleares habrían sido la salvación de España. Sin embargo, gracias precisamente a esta equivocación, el maestro engendró dos pequeñas joyas.
En los albores de su carrera, rodó La hora incógnita (1964), sobrio drama de ciencia ficción ambientado en una localidad española en la que está a punto de caer un cohete atómico que se ha salido de su órbita. La película cosechó varios premios y el aplauso de la crítica, pero fracasó en taquilla, cosa que empujó definitivamente a Ozores hacia el cine comercial.
Tres lustros después, rodaría Los energéticos, donde ofrece una visión más campechana de la cosa nuclear: Esteso y Pajares interpretan a dos rústicos paisanos que se enteran de que en sus terrenos baldíos va a ser instalada una central nuclear. Como temen por sus vidas y las de su ganado, y aunque pertenecen a dos familias rivales desde tiempo inmemorial —los Bellotos y los Mondongos— unen sus fuerzas al grito de: «Pero, ¿cómo van a poner una central nuclear aquí? ¡Se van a radiactivar las cabras!»
Con la izquierda hemos topado
Rodada a todo meter para ser estrenada en 1982, poco antes de las elecciones que darían el poder a Felipe González, ¡Que vienen los socialistas! es una muestra más del proverbial y providencial oportunismo de Ozores. La película transcurre en un pueblo en el que los representantes de los partidos de centro y derecha están aterrorizados ante la cantada victoria del PSOE, así que, temerosos de perder sus privilegios, se esfuerzan por cambiar de chaqueta y arrimarse al delegado socialista en la localidad, un modesto profesor de autoescuela interpretado por José Sacristán.
Las fuerzas reaccionarias del pueblo son encarnadas por Antonio Garisa, Alfonso del Real, Antonio Gamero, Raúl Sender, Antonio Ozores y Luis Escobar. Este último, viendo el pánico que provoca la llegada de los socialistas entre sus colegas, le pregunta a su sobrino: «Pero bueno, Ramiro, ¿el PSOE es un partido político o es el caballo de Atila?». En su día, tal pregunta sonaba a chascarrillo, pero hoy sabemos que allá por donde pasa el PSOE jamás vuelve a crecer la hierba.

¿Por qué las hipotecas fijas son tan convenientes?
Estrenada en 1971, Venta por pisos ofrece una visión jocosa y ligeramente crítica del auge de la vivienda en propiedad en la España tardofranquista. El propio régimen impulsó la construcción y el acceso a pisos, cosa que, junto a la congelación de las rentas de alquiler, facilitó que más españoles pudieran adquirir una casa propia.
Con actores tan sobresalientes como Saza, Laly Soldevilla o Álvaro de Luna, Ozores monta una comedia coral donde vemos una muestra de lo que sería esa nueva clase propietaria: desde un viudo que quiere casarse de nuevo hasta un oficinista que gracias a un anticipo de su jefe puede darle un hogar a su familia. La película no oculta los problemas de convivencia y construcción de los nuevos inmuebles, pero, finalmente, todo se apaña, porque cada uno tiene su casa y Dios está en la de todos.
Por desgracia, esta película se ha quedado completamente obsoleta: en 2026, pocos españoles pueden permitirse el lujo de comprar una casa, y son cada vez más los que malviven en carísimos habitáculos. En medio siglo, hemos pasado de la venta por pisos al alquiler de nichos.
Mujer tenía que ser
La imagen de la mujer y los modelos de masculinidad en el cine español de Mariano Ozores (1982 – 1996) es el título de un estudio financiado con dinero público, en el que los aliados feministas Ernesto Pérez y Javier Juárez condenan el cine de Ozores por machista y homófobo, acusándolo de trivializar la violencia de género, cosificar a las mujeres, ridiculizar la homosexualidad y reproducir un modelo de masculinidad basado en una heteronormatividad hegemónica.
Don Mariano solía tumbar estas paridas con una frase imbatible: «Mis guiones quizá sí eran machistas, pero porque los personajes lo eran». Es decir, que esos antihéroes en calzoncillos que persiguen mujeres desnudas al grito de «¡maricón el último!» son parte de una ficción… que no deja de ser un espejo chusco de la realidad de su tiempo.
Pero no todos los personajes de Ozores eran machistas. Es más, hay algunos feministas, como la karateka de Los autonómicos, que aprende artes marciales por correspondencia para que los mozos del pueblo no se la cepillen en la era: «Al que intente eso conmigo, lo descalabro. Yo soy feminista y me acostaré con quien quiera», advierte. Y es que, al final, como dijo la Angustias (Florinda Chico), asistenta de la serie El sexólogo que carecía de pelos en la lengua, «todas las mujeres llevamos dentro a una furcia dormida».
Con el sudor de tu frente
«Somos tres pobres paraos, somos tres desarrapaos, somos tres desarraigaos, somos tres parias», cantan a coro Antonio Ozores, Ferando Esteso y Andrés Parajes al principio de Los liantes. He aquí uno de los secretos del éxito de sus películas: representar al españolito medio que, estafado por el nuevo orden económico, afronta la vida con una mano delante y otra detrás.
Una de las escenas de Los bingueros transcurre, precisamente, en una oficina del INEM —hoy SEPE— donde se persona Fernando Esteso para ver si hay alguna oferta de trabajo que se ajuste a su oficio: sexador de pollos. Lo fuerte es que el funcionario que le atiende está interpretado por Álvaro Pérez Alonso, alias ‘El Bigotes’, años antes de convertirse en uno de los cabecillas del Caso Gürtel, trama de corrupción vinculada al Partido Popular que supera a la españolada más bizarra.
Ozores plasma en su cine las miserias del trabajador y las filigranas que tiene que hacer para llegar a fin de mes, muy a pesar de que un partido «obrero» gobierne el país. Ahí está Manolo (Andrés Pajares), el protagonista de El currante (1983), que debe pluriemplearse para pagar el colegio de su hija. Pero el desierto avanza: si hoy se hiciera un remake de esta película, el currante no tendría hija, sería esclavo de Glovo y malviviría en un piso patera.

Sólo la muerte es demócrata
Mariano Ozores Puchol murió mientras dormía en su casa de Madrid, el 21 de mayo de 2025, a la bíblica edad de 98 años. Días antes, en una de sus últimas entrevistas, pronunció estas lapidarias palabras: «No tengo ningún proyecto frustrado. He hecho todo lo que quería». Al parecer, se olvidó de ese guión nunca filmado sobre tres timadores que montan un tocomocho político llamado Podemos.
Ozores creía que se puede reír uno de todo. Y la muerte no es una excepción. Basta recordar la escena del velatorio de Los bingueros donde, tras los típicos pésames, los asistentes descubren un bingo casero en un cajón y se lían a jugar: «Unas bolitas… Hasta la hora del entierro… Por hacer algo… A él no le molestará, era muy aficionado…».
Y, sin embargo, al final de la escena la cámara se centra en el gran crucifijo que, junto al ataúd, permanece en pie, ajeno a pérdidas y ganancias. Más allá de la política.