Nostalgia de la tribu

'Avatar 3' y el gusto por las historias sobre vida tribal

Hace unos días se ha lanzado el trailer de la tercera parte de Avatar, que llegará a los cines a finales de este año, y hay que reconocer que difícilmente podrá decepcionar a nadie porque previamente deberíamos tener alguna expectativa. Ofrece otra vuelta de tuerca de la historia original (que tampoco era muy original en sí misma), recreando una estética kitsch que al parecer debería resultar fascinante y ambientada en el mismo inconsistente universo o lore que dicen ahora, por lo que cabe suponer que la cuarta y quinta —esperemos que última— entrega de la saga, previstas para 2029 y 2031 serán tan artísticamente innovadoras como Paquito el Chocolatero sonando en una verbena de pueblo. Si no quieres taza, toma cinco rebosantes de «unobtainium». Lo cual así a botepronto suscita dos reflexiones.

En primer lugar, sólo cabe sentir admiración por la perseverancia de su director. Si Miguel Ángel dedicó 4 años a pintar la Capilla Sixtina y Tolkien escribió en 12 años El Señor de los Anillos, James Cameron habrá empleado cerca de un cuarto de siglo de su vida a esta pentalogía, con el mérito añadido de que los otros eran conscientes de estar creando obras maestras, mientras que el último juega en la misma liga que aquel bibliotecario australiano que lleva 26 años coleccionando pelusas de ombligo. Ahí la tentación de abandonar es más fuerte. Es una Cecilia que tras restaurar de aquella manera el Ecce Homo, hubiera decidido que toda la Colección Permanente del Thyssen-Bornemisza necesitaba sus retoques. Una filmografía, la de nuestro Jaime, que comenzó con Piraña 2: los vampiros del mar y concluirá con la saga de pitufos hippies gigantones como si, entre tanto, auténticos clásicos como Aliens y Terminator I y II hubieran sido apenas un sueño. Así de caprichosas son las musas del arte… 

¡Pero recaudarán mucho en la taquilla!, se objetará, y ese es un argumento poderoso. Efectivamente las dos primeras entregas fueron rotundos éxitos y no es descartable que las restantes por venir también lleguen a serlo. No podemos desdeñarlo apelando a la falta de gusto del público, porque películas malas abundan y a menudo fracasan. Algo más hay, lo que nos lleva a una segunda cavilación.

Esta historia de tribus humanoides en conexión mística con su hábitat natural, resistiendo como David frente a Goliat frente al expolio de un imperio interestelar, resulta atractiva a tantos espectadores porque resuena en el interior de cada uno de ellos. Porque nos vuelve a contar narraciones ya conocidas y porque conecta con anhelos profundos. La civilización, con todo su artificio, complejidad y exigencia, se intuye como un castigo que nos aleja del paraíso originario, una edad de la inocencia que simboliza el recuerdo de la propia infancia, de la que fuimos expulsados para tener que ganarnos el pan con el sudor de la frente. Ante la pureza, la autenticidad y la satisfacción inmediata del deseo propias de nuestros primeros años, el deber adulto de cumplir convenciones sociales que en el fuero interno sabemos absurdas, desempeñar tareas aburridas junto a personas que detestamos, rellenar papeleo burocrático escrito en lo que parece una lengua muerta y soportar cada día medios de transporte congestionados. Barbarie y civilización no son una disyuntiva, sino la misma cosa.

Este pálpito rousseauniano ha estado largo tiempo revoloteando alrededor. Uno de los ideólogos de la Guerra de Independencia estadounidense, Thomas Paine, observaba que «si la civilización ha promovido o dañado más la felicidad general del hombre es una cuestión que puede ser fuertemente disputada. El más rico y el más miserable de la humanidad se encuentran en los países que se llaman civilizados». Un buen amigo y mentor suyo, también figura prominente de aquella revolución, Benjamin Franklin, señalaba que «cuando un niño indio se ha criado entre nosotros, se le ha enseñado nuestra lengua y habituado a nuestras costumbres, incluso si sólo va a ver a sus parientes y da un paseo con ellos, no hay manera de persuadirle para que vuelva». Por contraste, a los prisioneros blancos liberados de los indios era casi imposible retenerlos en casa: «aquellos rescatados por sus amigos, y tratados con toda la ternura imaginable para convencerlos de quedarse entre los ingleses, pues ocurre que al poco tiempo se sienten disgustados con nuestra manera de vivir […] y aprovechan la primera buena oportunidad que tengan para escapar de nuevo a los bosques».

A diferencia de la América española, en la conquistada por los protestantes anglosajones no hubo interés en evangelizar nativos, ni fueron percibidos en modo alguno como súbditos de la Corona, ni fue reconocido e institucionalizado el mestizaje, lo que propició un mayor extrañamiento entre ellos y los colonos. Dos mundos superpuestos en un mismo territorio (nunca acaba bien), por lo que pasarse al otro bando se volvía incomprensible, tal vez una tentación que la mentalidad puritana imaginaba difícil de resistir ¿Qué clase de placeres o ventajas podrían hallarse al otro lado?

El escritor francoestadounidense Crèvecoeur, que tanto contribuyó a forjar el llamado «sueño americano», escribía en Cartas de un granjero americano, obra de 1782:«pues miles de europeos se han hecho indios, y no tenemos ni un sólo ejemplo de uno solo de esos aborígenes que, por propia elección, haya querido convertirse en europeo. Tiene que haber algo más afín a nuestras disposiciones naturales en su modo de vida que en esa sociedad ficticia en la que vivimos; de lo contrario, ¿por qué habrían de volverse tan invenciblemente apegados a ella los niños, e incluso los adultos, en tan poco tiempo? Tiene que haber algo profundamente seductor en sus costumbres, algo muy hondo e imborrable, marcado por la misma mano de la naturaleza. Porque, tomad a un joven indio, dadle la mejor educación que os sea posible, colmadlo de vuestra generosidad, de regalos, incluso de riquezas; y, sin embargo, él sentirá en secreto nostalgia por sus bosques natales».

Si bien Pocahontas tiene más de mito que de realidad, hubo otros muchos casos mejor documentados. En 1763 un líder indio llamado Pontiac logró armar una coalición de tribus en lo que hoy es Michigan para hacer frente al imparable avance de los asentamientos ingleses. Tras duras batallas finalmente los colonos lograron imponerse y la primera condición fue el retorno de los prisioneros, muchos de los cuales ya llevaban años viviendo entre los indios y algunos apenas ya recordaban nada de su vida previa. Según un testigo de los acontecimientos: «no se puede negar que había incluso algunas personas adultas que mostraban poca disposición a volver. A los shawnees se les obligó a atar a varios de sus prisioneros… y unas cuantas mujeres, que ya habían sido entregadas, después hallaron la manera de escapar y regresar a las aldeas indias».

En la obra Captives Among the Indians podemos leer cuatro testimonios de cautivos que coinciden en describir una gran violencia y hostilidad inicial por parte de sus captores, seguida de un periodo de adaptación más o menos estrecha, siendo el caso más reseñable el de James Smith. Secuestrado a los 18 años por los Delaware, fue adoptado en la tribu y vivió con ellos durante cuatro años, desde 1755 a 1759, adquiriendo un amplio conocimiento de sus costumbres y creencias. Incluso llegó a protagonizar un rito de adopción, por el que el jefe de la tribu proclamó: «Hijo mío, ahora eres carne de nuestra carne, y hueso de nuestro hueso. Por la ceremonia que se realizó hoy, cada gota de sangre blanca fue lavada de tus venas… eres adoptado en una gran familia». Smith notó que «desde ese día, nunca les vi hacer ninguna distinción entre mí y ellos en ningún aspecto». Finalmente acabó fugándose, para descubrir al llegar a casa que su prometida se había casado con otro. Ya en 1763 participaría en el ejército que se organizó para repeler el mencionado ataque liderado por Pontiac. Muchos años después se rodó una película sobre su figura, La pequeña rebelión, donde lo encarnó nada menos que John Wayne.

Otro caso digno de mención es el de Mary Jemison, nacida en 1743 en el barco que llevaba a su familia desde Irlanda a las costas norteamericanas y secuestrada por los indios cuando tenía 12 años, que en el proceso mataron a toda su familia. Al llegar a la edad de merecer se casó con un Delaware, con quien tuvo un hijo. Posteriormente quedó viuda y se casó con otro hombre de la nación Séneca, de quien tuvo 7 hijos. Tras la proclamación de Independencia estadounidense, Mary sirvió de intermediaria para negociar en términos favorables con las nuevas autoridades una reserva para los Seneca. En 1824, ya en el crepúsculo de su existencia, narró su agitada biografía a un pastor protestante que la publicaría bajo el título A Narrative of the Life of Mary Jemison, tiempo después adaptada a un popular cuento infantil. Allí Jemison explicaba que «no teníamos un amo que nos supervisara o nos guiara, así que podíamos trabajar tan pausadamente como deseáramos. Ningún pueblo podía vivir más feliz que los indios en tiempos de paz… Sus vidas son una continua serie de placeres».

Pues bien, en todo este legado histórico-cultural se inspiró la novela Bailando con lobos, luego adaptada al cine con enorme éxito por Kevin Costner. Dos décadas después llegó James Cameron a reconocer en alguna entrevista que «sí, Avatar es un Bailando con lobos en el espacio». Tal como a los niños les encanta oír cada noche el mismo cuento, también de mayores nos gustan las historias que nos resultan familiares, de ahí la buena acogida de Avatar. Saga que, además, nos cuenta cinco veces lo mismo… ¡Miel sobre hojuelas! Así que podemos decir que, en todas las acepciones del término, Avatar es un pestiño.

Claro que fuera de Estados Unidos también funciona en taquilla y la causa habremos de encontrarla, aparte de la influencia cultural que ejerce sobre medio mundo, en que a aquellos que no sepan nada de Pocahontas la narración también les interpela porque el anhelo por la tribu ancestral, decíamos, es común para toda la especie humana. En Tribu: sobre vuelta a casa y pertenencia, Sebastian Junger apunta: «cuando una persona hace algo por otra —un acto prosocial, como se denomina—, es recompensada no sólo con la aprobación del grupo, sino también por un aumento de la dopamina y otras hormonas placenteras en su sangre. Por ejemplo, la cooperación grupal dispara niveles más altos de oxitocina, una hormona que promueve desde la lactancia en las mujeres hasta mayores niveles de confianza y vinculación grupal en los hombres. Ambas reacciones proporcionan una poderosa sensación de bienestar».

No estamos hechos para una sociedad de individuos atomizados, aislados, sin identidad común, sin lazos que nos vinculen a los demás. El discurso de ruptura con esos vínculos en nombre de la emancipación, la satisfacción hedonista y la modernidad termina generando frustración y soledad. Llevamos escuchadas demasiadas consignas apelando a la libertad del individuo y escasas a su pertenencia a la comunidad, a lo colectivo, a la familia, a la tribu, a la nación. Queda entonces, como consuelo, acomodarnos en la butaca o sofá a contemplar historias como la de estos habitantes de la luna Pandora.  

Nacido en Baracaldo como buen bilbaíno, estudió en San Sebastián y encontró su sitio en internet y en Madrid. Ha trabajado en varias agencias de comunicación y escribió en Jot Down durante una década, donde adquirió el vicio de divagar sobre cultura/historia/política. Se ve que lo suyo ya no tiene arreglo.

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