“Casi de incógnito ha atravesado Madrid el famoso Spengler filósofo de la Decadencia de Occidente”. Así reza en un suelto de La Gaceta Literaria del 15 de mayo de 1928. Oswald Spengler “viene de [pasar una larga temporada en] Málaga” y en su escala madrileña visita el monasterio de El Escorial y almuerza con José Ortega y Gasset, Manuel García Morente y Hugo Obermaier, prehistoriador afincado en España, catedrático de la Universidad Central y estudioso, entre otros yacimientos, de la cueva de Altamira. Ernesto Giménez Caballero, probable autor de la nota que fusila otra publicada antes en El Imparcial, se saca de la manga –o tal vez alguien se lo inspira– que el escritor de Blankemburgo “se propone retornar la primavera próxima a España y dar alguna conferencia”. No es fácil reconstruir las jornadas mayormente andaluzas de Spengler, pero alguna información más relevante y precisa se encuentra en su epistolario incompleto publicado en 1963 (Briefe 1913-1936).
En 1928, a primeros de año, un Spengler convaleciente aún del ligero infarto cerebral sufrido en julio del año anterior, ve frustrado su proyectado viaje a Egipto para el mes de abril. Mala fecha por el calor, razón por la que la mayoría de los hoteles al sur del Cairo, sin apenas viajeros en esas fechas, cierran. Hay que ir en enero y contar con tiempo suficiente para reservar los pasajes del vapor y obtener el visado del consulado egipcio en Berlín, que también lleva lo suyo. La alternativa, porque el filósofo busca sosiego para restablecer su salud –padece leves pérdidas de memoria, secuela del ictus–, pasa por la Provenza y tal vez las islas Baleares y el sur y el este de España, cuyo pasado prehistórico le atrae particularmente. Ese será finalmente su Osterreise, su recreo pascual.
Spiez, en Suiza, de camino a Francia, le merece un desvío. Allí se distiende y cena con el argentino Ernesto Quesada y su mujer alemana. Larga sobremesa (Tischgespräch) con novedades sobre su libro in fieri acerca de las “cuestiones últimas”, publicado póstumamente compilando fragmentos y aforismos de su archivo. Carcassonne y Avignon, “donde vivió Petrarca”. Semana Santa. En un Toledo decadente siente lástima por los moros y su cultura. Sevilla (“Aquí se está bien: calor, sol, morerías, corridas de toros y gente fetén”). Granada de palmeras y gitanos; por encima del Albaicín (“a 200 metros”) la Alhambra y por encima de sus torres bermejas “la soberbia cima blanca de Sierra Nevada (a 3 600 metros)”. “Creo que podría vivir aquí” le confiesa a su sobrina Hilde Kornhardt. Poco después, también en una carta dirigida a la sobrina, le hace saber que “cada día se encuentra mejor”. Málaga. El 30 de abril, finalmente, estaría en Madrid, en donde le da la bienvenida su amigo Obermaier.
Desconozco qué impresión sacó entonces el filósofo alemán de su promotor editorial (Ortega y Gasset) o de su traductor (García Morente). Se caerían bien mutuamente, supongo. Spengler no podía ignorar que esos dos hombres no eran cualquiera. Ortega y Gasset anda todavía publicando en folletones La rebelión de las masas, pero oficia ya desde la década anterior como el gran empresario cultural de una España invertebrada y enervada a la que querría meter en cintura con todos los remedios de la botica regeneracionista: europeización, injerto germánico (el “fermento rubio”), autonomía universitaria, incluso una república. García Morente no solo es epónimo de un nuevo estilo de profesor universitario –organizador solícito del crucero por el Mediterráneo de 1933 en el Ciudad de Cádiz–, hasta ese momento desconocido en España, sino también un traductor experimentado: “Yogui sabio, silencioso, de nuestra cultura. Benedictino y espiritual. [Que carga] sobre sus hombros tareas ciclópeas y antibrillantes” como la traducción de Spengler. Lo dice Giménez Caballero. Sin su alta mediación cultural los ecos spenglerianos en aquella España habrían tenido, exclusivamente acaso, el timbre del politiqueo y el zumbido de los dardos de las izquierdas contra las derechas y viceversa.
Ejemplo arbitrario: a la no muy sutil Federica Montseny, una de las vírgenes comunistas del santoral republicano, Spengler se le antoja una inteligencia mesiánica, patrón de Hitler, racista y traidor. ¿Qué más se puede decir? El Covarrubias le queda estrecho. Y otro. Felipe Alaiz, ingenio medio, una pasión anarquista, dice que La decadencia de Occidente es un “evangelio nazi anticipado” y su autor un “fascista alemán”. Y una ocurrencia más, la de Pío Baroja, que con más tino también porfía: Spengler es un “imperialista superhitleriano”, “un fascista […] más profundo […] que la palabrería vana de Mussolini”. Seguramente, para quien le conociese, no estaría del todo claro si lo de don Pío era vilipendio o piropo. Eugenio Montes, mentor de José Antonio Primo de Rivera, apunta al fondo de Spengler y no perdona, en sintonía de estilo con un mundo cuya agonía anticipa: “Aire estremecido y revuelto, polvo de concepciones devastadas, espectros de teorías muertas, cúmulos retóricos y confusión sobre confusiones”… ¿Pero no sopla también en su folletón ese mismo “aire estremecido y revuelto”? Unos días después alguien dice en el mismo periódico (El Sol) que Spengler es “anticristiano” y que los nazis le “acusan ahora de herejía [por] no creer en el racismo ni en el Estado”. Su mala fama está consumada: enemigo de Dios y de los enemigos de Dios. En resumen: reina sobre Spengler una gran confusión ideológica, política y hasta filosófica.
Su correspondencia publicada, sin embargo, muestra también a lo largo de unos quince años una recepción española indiciariamente académica –filosofía de la historia, historiología– y políticamente no problemática. Entre julio de 1923 y marzo de 1927 aparece en cuatro volúmenes La decadencia de Occidente (Calpe), magnífica traducción adelantada, por cierto, a la inglesa (1926-1928) y a la francesa (1931-1933). Dejando a un lado las reediciones, muy seguidas, de esa obra fundamental, en 1932 se pone a la venta El hombre y la técnica, también versionado por García Morente para las prensas de Espasa-Calpe. Rebaja el valor de ese ensayo el conocido juicio del autor, muy pronto vulgarizado: “El hombre, animal de rapiña” (“Denn der Mensch ist ein Raubtier”). Unos meses después, en la primera quincena de julio de 1934, se publica la traducción de Años decisivos,encargada a Luis López Ballesteros por la misma editorial.
Entretanto, consta que el rector de la Universidad de Zaragoza, Ricardo Royo Villanova, le había invitado a impartir unas conferencias por el centenario de la muerte de Francisco de Goya. La carta es del 22 de junio de 1927 y las conferencias se prevén para la tercera semana de abril de 1928. Las actividades de ese centenario coincidirán casualmente con las jornadas de Spengler en España. El rector no descarta investirle doctor honoris causa. Captatio benevolentiae… Si Spengler reacciona a la invitación, la respuesta no se recoge en su epistolario.
Las últimas noticias españolas alcanzan al enigmático escritor en Múnich. Termina 1935. Su amigo Walter Knoche, en combinación con Ortega y Gasset y respondiendo al interés expresado por Spengler de volver a España, le ofrece dictar unas conferencias, acaso tres, en la Universidad de Madrid y en la Residencia de Estudiantes, preferentemente en el mes de abril de 1936. Barcelona le parece destino problemático por el nefasto “catalanismo”. La conferencia, por último, tendría que leerla, a su elección, en español o en francés, en traducción del propio Ortega y Gasset. El proyecto no fructifica, parece que por falta de fondos.
No cabe la duda. Spengler impacta intensamente sobre la cultura española. En 1920 Luis Araquistáin, de la izquierda orteguiana, trae las primicias de Preußentum und Sozialismus, combinación de “socialismo y contrarrevolución prusiana” y al año siguiente, Julio Álvarez del Vayo, con un gran sentido de la oportunidad, le entrevista para El Sol en las navidades de 1921. Para Ortega y Gasset es motivo de reflexión permanente. En su España invertebrada son cegadoras las reverberaciones spenglerianas; tantas, que el ojo hispano ni las advierte. Spengler trasmina La rebelión de las masas. La misma noción de hispanidad deja de ser un neologismo pasadista cuando Ramiro de Maeztu y García Morente reaccionan a las incitaciones naturalistas (“biológicas”) sobre las culturas y se encaran con Spengler y su relativismo histórico. La hispanidad, tanto en Maeztu como en Morente, constituye una enmienda a la totalidad a la filosofía de la historia spengleriana.
Mención aparte merecería su impronta estética y retórica en el no-conformismo español (Falange Española). Tan intensa que ha hecho pasar por palabras del filósofo alemán una inspirada fórmula de José Antonio Primo de Rivera en la estela del golpe de Estado socialista: “Como dice Spengler, siempre ha sido a última hora un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización” (“Carta a un militar español” [noviembre 1934]). Spengler, como escribe Adriano Gómez, era para José Antonio, sobre todo el autor de Años decisivos, un “maestro seductor”. De ahí le viene su reflejo antirromántico, el ideal de la vida alta y la crítica al plebeyismo democrático y la vulgaridad. Lo que no le da ni le quita al magisterio cierto –ad modum recipientis– de Ortega y Gasset y Eugenio d’Ors. Por otro lado, la divisa falangista del “mitad monje, mitad soldado”, naturalizada por Rafael Sánchez Mazas en el Arriba del 9 de mayo de 1935, la formula Spengler en sus comentarios de Prusianidad y socialismo sobre la singularidad histórica de los hombres de España: o servir a Dios o servir al rey, o soldado o sacerdote (“Er ist Soldad oder Priester. Er dient Gott oder dem König”). Aventuraría incluso que la “dialéctica de los puños” no anda muy lejos de la jeirocracia (Polibio) discutida por Spengler en el segundo tomo de La decadencia de Occidente. Hasta el “Estado campamental”, aplicado por Ramón Serrano Suñer al Estado naciente del general Franco, es préstamo spengleriano. Es así como el personaje público (una “máscara”) devoró rápidamente entre nosotros a la persona. Pero hay un Spengler inaudito.
“Ningún amigo, ningún amor […]. Cerrado en mí mismo […]. En lucha con el suicidio”. Spengler es un hombre solitario y esquivo. Así se muestra en sus notas autobiográficas (Ich beneide jeden, der lebt. Die Aufzeichungen “Eis heauton” aus dem Nachlass). Tímido incluso, con una vida oculta y casi secreta antes de 1919. Reservado. “A la pregunta: «¿Usted qué opina?» me gustaría responder siempre con un «Y a usted qué le importa»”. En su fuero interno no se ve como el héroe crepuscular que muchos se imaginan y admiran o repudian ad libitum. Un sentimiento domina su vida, “toda ella, toda absolutamente: el miedo”, confiesa en sus apuntes personales. “Mamá, tengo miedo” es su padrenuestro infantil, recitado cada noche porque se ve solo, arrojado en el mundo. “El día más grande de la historia universal”, el primero de agosto de 1914… lo pasa “sentado en [su] casa y solo”. Qué gran decepción. El hombre que dice ver “más lejos que los demás” –“Ich sehe weiter als andere”– es, sin embargo, un soñador. Resulta, además, que desde niño disfruta mintiendo: “El gran vicio de mi vida ha sido mentir”. Porque “decir la verdad es aburrido y banal”. Cuando miente, su minerva hiperestésica siente la alegría primordial del salvaje, del campesino y de los más mendaces de los hombres: el cazador y el marinero.
Ni siquiera la confesión de parte borra o atenúa la sombra que sobre este espíritu curioso, noble y delicado han proyectado la vulgaridad de los partidos de masas, el romanticismo ideológico, el irracionalismo antiliberal y la zafiedad de ciertos intereses políticos caducados hace veinte o treinta años. Pero como decía Gaetano Mosca, no se puede entrar en el paraíso con el veto de los santos.