El libertarismo, tan de moda ahora, es una ideología concreta que surgió en un determinado país, con una tradición cercana a la defensa irrestricta de la propiedad y el autogobierno. Se trata de un país nacido de la mano de colonos individualistas que se adentraban en el Lejano Oeste sin nada que perder, formando comunidades independientes del poder político central.
Al final, era una nación recién surgida, basada en las tesis contractuales sobre la propiedad de John Locke. En ese contexto, surgieron también anarquistas individualistas como Lysander Spooner, defensores de una especie de derecho natural, que a la vez eran empresarios críticos con el Estado. Durante el siglo XX, tras el New Deal, una managerial revolution en términos de Burnham, afloraron diversos autores antiimperialistas como Albert Jay Nock. Todo ese batiburrillo fue lo que permitió a Murray Rothbard, no sin antes haberse basado en escritos de otros como H.L. Mencken, fundar esa ideología.
Pero el libertarismo no era en absoluto una especie de liberalismo cultural, sino más bien lo contrario, al menos en la concepción rothbardiana. Rothbard entendía el libertarismo más como un entramado de comunidades rurales, basadas en la familia como célula principal, cristianas y profundamente conservadoras. El principio de no agresión, el principio fundamental de la teoría política libertaria, según el cual nadie está legitimado a usar la fuerza si no ha habido un crimen previo, lo interpretaba más como un principio de independencia o autarquía de las distintas comunidades.
Se trataba de defender comunidades morales que requieren de unos valores previos para poder ser independientes del Estado y que, por tanto, no pueden tolerar los modos de vida contrarios a su preservación. Es por eso por lo que Rothbard se alejó de los llamados libertarios de izquierda, a los que llamó despectivamente libertarios modales, igualitaristas, que aceptaban los derechos civiles y la no discriminación, lo que Rothbard entendía que acabaría otorgando un mayor poder al Estado, como así ha sido.
Por tanto, la alianza natural de los libertarios, representados por el congresista Ron Paul, se situaría en la Old-right, a través de la conexión de su asesor Lew Rockwell como punto de unión con esa vieja derecha conservadora, mucha de origen confederado, y reconvertida al populismo de derechas. Intelectuales como Paul Gottfried, Sam Francis, o figuras como el populista David Duke o el conservador Pat Buchanan, profundamente antiglobalistas y defensores del modo de vida americano frente a las injerencias nuevas y extranjeras. Esa vieja derecha, sin entrar ahora mismo en ella, criticaba tanto el nuevo Estado surgido con el New Deal como las intervenciones militares norteamericanas en otros países.
En este marco, la globalización y la homogeneización de costumbres aparecían como fenómenos que menoscaban el ethos americano, junto con el multiculturalismo, la inmigración masiva de poblaciones con otras culturas, otros modos de vida, otras costumbres y, en diversos pueblos del tercer mundo, una mayor preferencia temporal, que les llevaba a pensar en el presente, sin preocuparse del futuro, el legado, la herencia. Rothbard y Rockwell sostuvieron además que una parte significativa de los libertarios pertenecía a la clase trabajadora, blanca y conservadora, que veía cómo su modo de vida se erosionaba, y que apelar a este segmento social constituía la estrategia política vencedora.
Como, de algún modo u otro, había que diferenciarse del libertarismo modal, Rockwell, escribió un artículo titulado The Case for Paleolibertarianism, donde sistematizó las ideas paleolibertarias, entendidas como un libertarismo original y realista.
Estas se podrían resumir en que el Estado Leviatán es la fuente institucional del mal, el libre mercado algo positivo, la propiedad privada una necesidad económica y moral para una sociedad libre, y el Estado burocrático una amenaza tanto para la libertad como para el bienestar social. El Estado de bienestar como una mafia dedicada al robo organizado, mientras que la ética igualitaria como moralmente repugnante y destructiva para la propiedad privada y la autoridad social.
Frente a ello, esa autoridad social, encarnada en la familia, la Iglesia, la comunidad y otras instituciones intermedias, es vista como la protección del individuo frente al Estado, y como condición necesaria para una sociedad libre y virtuosa. Además, la cultura occidental es, para Rockwell, digna de preservación y defensa, y las normas objetivas de moralidad, esas que critican tantos liberales, esenciales para un orden social libre y civilizado.
Quien lea a Murray Rothbard en The Irrepresible Rothbard, a Lew Rockwell, o a su propio discípulo Hans-Hermann Hoppe, entenderá que los libertarios, al menos los paleolibertarios, siempre han sido sociológicamente de derechas. Y tienen poco que ver con ciertos movimientos, entre los que se incluyen a los de Hispanoamérica, profundamente clasistas, que tienen más en común con los neoconservadores que con los paleolibertarios.
La única crítica que se puede hacer a los paleolibertarios es su defensa de la ética libertaria, que muchas veces acaba en contradicciones internas. Sin embargo, en sus últimos años Rothbard adoptó una postura más realista políticamente. Si antes había defendido cuestiones como que el aborto era legítimo (cuestión que otros libertarios han resuelto apelando a que se trata de otro ser humano con los mismos derechos de propiedad), en sus escritos posteriores, las diferencias con los paleoconservadores eran prácticamente nulas.
Aunque no deja de ser cierto que la concepción libertaria de los derechos puede llegar a tensionar el orden social. Es por eso por lo que una visión comunitaria basada en el deber podría haber sido también perfectamente antiestatista, pero resolviendo determinados problemas morales. Aunque, como digo, Rothbard terminó entrando de lleno en la alianza con los paleoconservadores, dentro de ese espacio que después se ha ido denominado Alt-right.
Para mí, dos ejemplos son claros. El libertarismo, en principio, trata de defender siempre el principio de no agresión, es decir, que cada uno pueda hacer con su cuerpo lo que quiera. Pero, a nivel político, Lew Rockwell explicó que el libertarismo no consiste, por ejemplo, en legalizar las drogas desde arriba. El libertarismo es más bien que las pequeñas comunidades sean independientes en sus decisiones, que los derechos y deberes sean diferentes según el lugar o la posición social. Lo verdaderamente problemático no es que las drogas sean ilegales en una pequeña comunidad, sino que un orden superior, sea la Unión Europea o la ONU, impusiera la legalización de las drogas contra los deseos de esa comunidad.
Otro ejemplo claro puede ser el acuerdo NAFTA, ese acuerdo comercial de los 90s con México. Si bien los paleolibertarios estaban a favor del libre mercado, lo criticaron al ser un acuerdo burocrático que otorgaba más poder a agencias de importación frente al deseo de pequeños consumidores que quizá no querían ver su mercado inundado de productos extranjeros ni de más burocracia. Desde esta perspectiva, la posición libertaria es también crítica con estos acuerdos de libre comercio estatal.
Es por ello por lo que, tanto sociológicamente como en la práctica, ambas derechas terminaban convergiendo. Y aquí es donde hay que diferenciar liberalismo del paleolibertarismo. El liberalismo, como el que se puede observar en Madrid, consiste en homogeneizar, en debilitar o directamente destruir los cuerpos intermedios y los vínculos comunitarios, en aras de un capitalismo global y financiero orientado a la gran corporación.
En este punto, Murray Rothbard también se situaba, por así decirlo, en el bando comunitario. Rothbard criticó a la Reserva Federal por funcionar como un cártel de emisión monetaria. En su análisis partiendo desde la Escuela Austriaca de Economía, la inflación perjudica a los más pequeños y protege a los más poderosos, especialmente a los bancos, al permitirles operar mediante un negocio privilegiado, la expansión del crédito sin respaldo, y favorece también a los empresarios más cercanos al poder político, que son los primeros en beneficiarse de la expansión monetaria.
Al mismo tiempo, criticó el crony capitalism, el capitalismo de amiguetes, entendido como aquel en el que ciertos empresarios no compiten realmente en el mercado, sino que dependen de contratos y privilegios estatales, prefiriendo la alianza con el poder político antes que la competencia abierta.
Por eso, mientras el liberalismo tiende a favorecer en la práctica a los más poderosos, a los oligarcas, y a los ricos apátridas, esa casta internacional presente en todo occidente, el paleolibertarismo se presentaba como una defensa de los derechos de propiedad de los más indefensos y débiles frente al Estado y frente a un gran capital que, en muchas ocasiones, actuaba y sigue actuando en connivencia con él.
De todas formas, no es necesario en España adoptar ideologías extranjeras, pensadas en un ethos diferente, ya que tenemos una rica tradición en la derecha. Como reconoce Miguel Anxo Bastos, representante del paleolibertarismo en España con su Asociación Xoán de Lugo, la tradición carlista tiene mucho en común con la libertaria americana. Sobre todo en el sentido de que ambas pretenden revertir el siglo XX. Y el carlismo fue profundamente antiliberal, ya que el liberalismo era centralización, homogeneización, anticlericalismo y destrucción de los cuerpos intermedios que mediaban entre el individuo y el Estado. Por algo Dalmacio Negro hablaba de la tradición de la libertad y citaba habitualmente al carlista Álvaro d’Ors. O Miguel Ayuso, que reconocía que lo más cercano al carlismo en ese otro contexto era el paleoconservador Paul Gottfried.
Y al igual que el paleolibertarismo se entendió con la vieja Old-right americana, el carlismo se entendió con el maurismo y el falangismo, debido a que la base sociológica era profundamente derechista. Con quien no hay entendimiento posible es con los liberales cuya concepción del ser humano es numérica, que admiten que si bajo contratos libres y voluntarios, se destruye la familia o la nación, es el mercado, amigo; y que la continuidad de un pueblo en la historia no importa. Como diría Erik von Kuehnelt-Leddihn en inglés, que suena mejor, right is right and left is wrong.