Pat Buchanan tenía razón

El paleoconservador, de larga influencia en la derecha norteamericana actual, hizo campaña con restricciones a la inmigración en 1992 y 1996

En política siempre son importantes aquellos pioneros que abren el camino. Si en Francia Jean-Marie Le Pen no hubiese dirigido durante tantos años el Frente Nacional, no tendríamos a Jordan Bardella en el 40% de los votos. Ni a Giorgia Meloni sin Giorgio Almirante en Italia. Ni a Herbert Kickl sin Jörg Haider en Austria. Y si Pat Buchanan no se hubiese presentado a las primarias del Partido Republicano en 1992 y 1996, definitivamente no habríamos tenido MAGA ni America First.

Hace unos meses, la Heritage Foundation propuso que Pat Buchanan recibiera la Medalla Presidencial de la Libertad, Presidential Medal of Freedom. Curiosamente, Donald Trump, cuando era demócrata, porque lo fue, llamó al católico, de misa tradicional, Pat Buchanan, “racist, anti-Semite, and Hitler lover”. Pero eso es agua pasada. Ahora las instituciones nacionalconservadoras reivindican su legado. ¿Y quién es? Un paleoconservador, un populista honesto, sin pelos en la lengua. Sus propuestas más polémicas eran las relacionadas con la inmigración, la soberanía y el imperio.

Paul Gottfried, uno de sus más importantes asesores y probablemente uno de los intelectuales conservadores más importantes de Estados Unidos, me contó en correspondencia privada cómo definiría a los paleoconservadores. Los paleos, en verdad, que ya no existen como coalición política concreta, eran regionalistas que defendían fuerzas heredadas. No eran nacionalistas, sino sólo frente a la izquierda globalista, apoyando lo local; de ahí la defensa de los aranceles y las restricciones a la inmigración, buscando la protección de las empresas locales frente a la competencia extranjera, al igual que la de los trabajadores frente a la mano de obra de fuera. Eran críticos del gobierno nacional, al que veían como una fuerza centralizadora que destruía las lealtades e identidades regionales.

Las carreras de personajes como Paul Gottfried, Pat Buchanan y Murray Rothbard se cruzaron en la crítica a los neoconservadores. El principal punto de acuerdo entre los más libertarios y los más conservadores fue el tema de la política exterior.

Pat Buchanan recordaría que el Imperio americano era insostenible. América no se podía permitir tener bases en Asia, Oriente Medio y Europa; tenía que preocuparse de los problemas que había en casa. Por eso, entre otras cuestiones, se opuso a la Guerra de Irak por considerarla completamente innecesaria e injustificada. Parece que el tiempo le ha dado la razón. Lo que los paleos decían era que Estados Unidos era una república constitucional, no un imperio. Las repúblicas se preocupan de sus propios problemas. Los gobiernos tienen poderes limitados y la gente está muy ocupada gestionando su gobierno como para preocuparse de los problemas de otros países. De ahí su crítica a lobbies como AIPAC, que consideraba que eran contrarios a los intereses americanos y que había que registrar como agentes extranjeros.

Los problemas en casa eran el libre mercado, la burocracia y la inmigración. El libre mercado que había desindustrializado el país: un mercado global con salarios cada vez más bajos y un coste de la vida más alto. Razón no le faltaba, aunque fuese por más por el crédito barato que por las dinámicas del mercado. Donde antes una familia se podía mantener con un sueldo y vivir una vida acomodada, ahora la mujer estaba obligada a trabajar, aunque quisiese quedarse en casa. Aunque Hoppe dijese que a Rothbard esto no le gustó, el libertario nunca dejó de defenderle, ya que lo consideraba el candidato más antiestatista, que podía eliminar la influencia neoconservadora y recuperar el legado de la República americana. Aun así, de la crítica al libre mercado nunca se puede decir que Pat Buchanan quisiera más burocracia. Los aranceles no significaban un gobierno más grande o intrusivo, y él se opuso a los sistemas de seguridad social.

Pero el punto más polémico de todos fue el de la inmigración, la crítica a la idea neoconservadora de que Estados Unidos era una nación de inmigrantes (en tal caso, como dice Matt Walsh, sería una nación de colonos). Pat Buchanan claramente criticó cómo todos los presidentes, incluidos los republicanos, se negaban a defender las fronteras, e hizo campaña con las restricciones a la inmigración en 1992 y 1996, cuando saltó la alarma tras haber ganado las primarias de New Hampshire.

Su visión de la inmigración estaba en línea con la novela El campo de los santos, que, para quien no la conozca, trata sobre el gobierno francés que, apoyado por los medios, la academia y las élites eclesiásticas, permite entrar a una masa del tercer mundo en Francia, multiplicándose, expandiéndose por el resto de naciones europeas y, finalmente, tomando el poder (más bien, colapsándolo). Nada que no esté ocurriendo actualmente en Norteamérica o Europa. Tras la Segunda Guerra Mundial, una nueva América emergía, una que iba a hacer que los conservadores se sintieran como extraños en su propio país. América ganó la guerra, pero estaba perdiendo su civilización.

Lo que los paleos explicaban es que ninguna civilización podía pretender sobrevivir recibiendo infinitas olas de inmigrantes de culturas ajenas a la suya. Como decía Thomas Fleming, su supervivencia dependía de la voluntad de mirar la realidad que tenían enfrente. Las ratios de inmigración no europea, pese a que los inmigrantes vinieran con las mejores intenciones del mundo, daban a entender que la inmigración era un problema más profundo: era la falta de fe de su gente en Norteamérica, la falta de fe de su civilización.

La revista Chronicles hizo una colección sobre inmigración. Para ellos, América era una extensión de la civilización occidental. Lo que pretendían los padres fundadores es que fuese una nación anglosajona influenciada por los ejemplos de Atenas, Roma y Jerusalén. La inmigración a gran escala de naciones no occidentales modificaba el sustrato de esa civilización, que no fue nunca un melting pot, ni ideas similares promovidas por las élites de Yale, que condenaron a uno de sus más brillantes alumnos, Gottfried.

Como volvió a añadir Fleming, la inmigración masiva procedente de naciones no occidentales arruinaría para siempre su civilización, ya que América es una cultura concreta y particular, arraigada en una experiencia histórica específica, en un conjunto de instituciones particulares, así como en ciertas creencias y valores, y en una única identidad étnico-racial; y, desconectada de esas raíces, no podía sobrevivir.

En fin, Pat Buchanan. Su influencia es variada. Hay quien dice que influyó sobre todo en la campaña electoral de Donald Trump en 2016; otros, que más bien ha influenciado a comentaristas como Tucker Carlson o Nick Fuentes, que le mencionan habitualmente. También a los nacionalconservadores de la Heritage Foundation. Lo único claro es que es alguien que ha dejado un legado.

Economista y politólogo, ha escrito también artículos en Chronicles y Mises Institute

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