Por qué perdemos la confianza en los ‘expertos’

Los científicos no tienen una mejor idea sobre la moralidad de las aplicaciones científicas que cualquier otro mortal

Se supone que el ser humano tiende a borrar de su memoria los sucesos traumáticos y a pesar de que la psicología es cualquier cosa menos una ‘ciencia dura’, estoy más dispuesto que nunca a creerlo.

Durante dos años, hace cinco años, el planeta entero vivió la situación pública más anómala de la Historia, con encierros de meses, permisos de movilidad e ingreso en lugares públicos, obligación de llevar la cara tapada, toques de queda, censura en redes, cierres de negocios e iglesias, vacunación semiobligatoria y una miríada de recortes menores de derechos elementales.

Y es como si nunca hubiera ocurrido, aunque buena parte de lo que se nos dijo sobre aquella pandemia se ha demostrado falso, desde el origen natural del virus hasta el 100% de eficacia de las vacunas. Ya es oficial: la Cámara de Representantes de Estados Unidos publicó en diciembre un demoledor informe que lleva preparándose dos años sobre la respuesta a la pandemia del coronavirus con conclusiones pavorosas.

Nos engañaron en casi todo, al menos parcialmente. Con toda probabilidad, el virus es artificial, creado por investigadores norteamericanos en el ya célebre laboratorio chino de Wuhan, y las medidas que se decretaron para detener la pandemia fueron caprichosas, arbitrarias, ineficaces y, en ocasiones, contraproducentes.

¿Por qué, entonces, fue tan sencillo convencer a la ciudadanía? ¿Por qué aceptamos con ovejuna sumisión las instrucciones más disparatadas y las actuaciones policiales más demenciales? El caso se estudiará durante décadas, y los factores son muchos, pero uno de los más importantes se resume en el lema más repetido de esos días extraños: Confía en la ciencia.

La modernidad se inició proclamando la victoria de la ciencia sobre la fe en esa batalla que nunca existió hasta entonces. Y el resultado final de esa evolución es la paradójica divinización de la Ciencia, así, con mayúsculas. Así tenemos, incesantemente repetidas en el discurso público, expresiones como «el consenso científico», la «ciencia asentada» y la citada orden inapelable «confía en la Ciencia».

No hay conciencia de que venerar el presunto consenso científico, cuando lo hay realmente, es algo absolutamente ajeno a la ciencia, que no entiende de argumentos de autoridad, o que la ciencia no puede estar nunca asentada, porque sólo avanza cuestionando lo anterior. Pero, sobre todo, quien nos pide «confiar en la Ciencia» parece no advertir dos falacias esenciales: que la Ciencia no es algo en lo que haya que «confiar», es decir, tener fe; y que la Ciencia es un proceso, no un oráculo. Confiar en la Ciencia es confiar en los científicos o, por mejor decir, en unos científicos concretos, cuidadosamente seleccionados por el poder.

Un ejemplo de esta selección la hemos visto durante la pandemia, cuando incluso premios Nobel perdían súbitamente su prestigio y eran tachados de charlatanes si planteaban cualquier objeción a la narrativa científica oficial. Pero aún es más claro en el apocalipsis de moda, el Cambio Climático. Cualquier ‘experto’ es perfectamente consciente de que tirará su carrera a la basura si pone en duda el dogma: no será publicado, ni financiadas sus investigaciones, ni se verá promocionado o consultado por los medios. Esa es la manera más obvia de conseguir el llamado ‘consenso científico’, porque un experto no es menos susceptible a la avaricia, la ambición, el deseo de fama y prestigio, el miedo al paro y al acoso social que cualquier otro profesional.

Una consecuencia inevitable de esa confianza ciega, cuando se ha visto tan rápidamente seguida por el desengaño oficial, ha sido una pérdida de fe en la ciencia.

Hace ahora algo más de un año, la demoscópica norteamericana Pew Research publicaba una encuesta que revelaba un descenso en la confianza del público en la ciencia de 8 puntos porcentuales desde noviembre de 2021 y 16 puntos desde antes del inicio del brote de coronavirus. El porcentaje de los que dicen que la ciencia ha tenido un efecto positivo o negativo en la sociedad pasó de un máximo del 73 % en enero de 2019, antes del pánico por la COVID, a sólo el 57 % a finales de 2023, cuando el pánico estaba desvaneciéndose.

Por supuesto, no es «la Ciencia» lo que ha fallado. Es que los expertos seleccionados por el poder han mentido. Y esa es la gran distinción que no se hace, la única que importa en este caso, entre ciencia y cientismo.

La ciencia es un método que nos permite conocer ciertas verdades sobre el mundo material, no el uso que se haga de ese conocimiento. Confundir ambas cosas es, precisamente, cientismo. Es presumir que de un «es» se deduce necesariamente un «debe ser», o que toda aplicación de lo que la ciencia nos permite conocer tiene que ser necesariamente bueno, incluso obligado, porque el conocimiento en sí es bueno.

En el pánico deliberado del covid, como en el que se intenta suscitar con el Cambio Climático, se está cayendo de lleno en el cientismo, con la colaboración de los ‘expertos’ de cámara. En parte porque los científicos, que deberían conocer la diferencia entre la ciencia y sus aplicaciones, entre la ciencia y el cientismo, son los más interesados en ignorarla.

La ciencia es la respuesta a una única pregunta: ¿Cuál es la causa de este fenómeno material? Pero no nos dice nada sobre la bondad o maldad de las cosas o las acciones, como realmente se pretende. Decir qué es bueno o malo en algo, o que esto es bueno y aquello malo, no es ciencia. Decir que debemos hacer esto porque es bueno y que no debemos hacer aquello porque es malo, no es ciencia, y pretenderlo es una falacia.

Los científicos no tienen una mejor idea sobre la moralidad de las aplicaciones científicas que cualquier otro mortal, pero la modernidad les ha colocado en una posición tecnocrática en la que a menudo deben tomar decisiones éticas para toda la sociedad. Eso es cientismo, y pretender que la gente debe «seguir la ciencia» es con frecuencia decir que debe seguir a un grupo de poder.

Por ejemplo, en la encuesta citada, cuando se preguntaba a los consultados si estaban de acuerdo con la afirmación de que los científicos (y otros profesionales) actuaban principalmente por el bien común, los profesionales de disciplinas científicas puntuaban por encima de cualesquiera otros. Los médicos alcanzaron un máximo del 43% al comienzo del pánico covidiano en abril de 2020, luego cayeron aproximadamente la mitad al 25% en octubre de 2023. Otro tanto sucedió con los científicos en general, que pasaron de un máximo del 39% al 23% en las misma fechas.

La creciente desconfianza pública en la ‘Ciencia’ es buena noticia, porque no es tanto verdadero recelo del conocimiento científico como la sospecha de que los sedicentes expertos potencian precisamente aquellas conclusiones, ciertas o dudosas, que favorecen a los grupos dominantes de los que dependen sus carreras y su bienestar. 

Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

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