Qué bonitas Españas

El mexicano Juan Miguel Zunzunegui hace una lúcida reflexión sobre el descubrimiento, la conquista y la huella mutua entre España y América

Ramiro de Maeztu decía que «No hay en la Historia universal obra comparable a la realizada por España, porque hemos incorporado a la civilización cristiana a todas las razas que estuvieron bajo nuestra influencia». Casi un siglo después de Defensa de la Hispanidad (y en el noventa aniversario del vil asesinato de Maeztu), Juan Miguel Zunzunegui toma esa tesis en Al día siguiente de la conquista: La historia de lo que España construyó en América (La Esfera de los Libros, 2025) para analizar la conquista y enfrentarse a los mitos asentados de la Leyenda Negra antiespañola.

La lectura –e interpretación– histórica del descubrimiento, conquista y expansión española en América puede parecer manida, agotada. Pero las desafortunadas declaraciones –casi siempre en tono negativo– de políticos y figuras públicas hacen que el debate rebrote y se avive a ambos lados del Atlántico. Una asidua de estas controversias es Claudia Sheinbaum –por citar uno de los ejemplos más notables–, presidenta de México, que no ceja en su empeño de exigir a España una disculpa oficial por su obra en América.

 Sin embargo, no todo lo que llega desde el antaño Nuevo Mundo lo hace en forma de Nuebas mentirosas (parafraseando el título de una de las obras de Iván Vélez, reconocido investigador de la historia de la conquista). Pues libros de autores hispanos como el argentino Marcelo Gullo y el mexicano Juan Miguel Zunzunegui están ganando un éxito notable entre aquellos que hablamos la lengua de Cervantes.

Y Al día siguiente de la conquista es uno de los que ha irrumpido con más fuerza en el ámbito literario. En él, Zunzunegui no da una visión sesuda de la conquista y legado español en América, al estilo de los artículos académicos cuyas tesis y discusiones quedan reducidas, en la mayoría de las ocasiones, al ámbito universitario.

En cambio, el investigador mexicano aporta una perspectiva apasionada, literaria y amplia, aunque habiendo investigado con detenimiento la historia, de lo que fue el descubrimiento y el legado español en América. Y, además, da una visión desconocida con frecuencia para los españoles: la conquista de América la realizaron, sobre todo, los americanos. Y para los americanos es fundamental el conocimiento de ello. Como diría Octavio Paz: odiar a Cortés no es odiar a España, es odiarse a sí mismos los mexicanos. Zunzunegui habla de un mutuo enriquecimiento que debe ser contado: «Qué bonitas Españas hicieron los españoles en las Indias, y qué grandezas les dieron las Indias a los españoles (…) Qué soberbia y magnífica nos quedo nuestra civilización…, y qué triste y patética historia nos contamos al respecto».

Zunzunegui sobre los mitos de la conquista

Así, en Al día siguiente de la conquista, Zunzunegui desgrana y desmonta los mitos relativos a la conquista. Por ejemplo, el día anterior a la conquista, no existía la conciencia de unidad en el continente americano ni un nombre para la totalidad del territorio, al contrario de las denominaciones que, de forma sesgada, están intentado aplicar para alimentar el mito de los pueblos precolombinos:

«El nombre de Anáhuac, o único mundo para los pueblos huas, solo hacía referencia a lo que hoy es el centro de México, igual que el Tahuantinsuyo, las cuatro regiones del mundo, se refería solo a la cordillera de los Andes. No existía una identidad territorial ni un nombre para referirse como iguales a todos los habitantes, ni había una religión, cosmovisión o cultura común que los uniera o identificara y les hiciera pensar que en esencia eran todos iguales».

¿Qué había entonces? El día anterior a la conquista, cuenta Zunzunegui que existía la guerra florida, tributo en sangre que los mexicas le impusieron a sus pueblos sojuzgados. Esta era una «guerra planeada con antelación, que se desarrolla una vez al año, y que sirve para que los mexicas entrenen hombres para sus sacrificios humanos».

Guerreros tlaxcaltecas luchan en una guerra florida

Zunzunegui liga esta cuestión con la habitual práctica de sacrificios humanos practicada por los mexicas: «A Huitzilopochtli, rey del sol y de la guerra, deidad titular de los mexicas, se le ofrendaban corazones a diario, pues a diario sale y se mete el sol. Además del sacrificio cotidiano de algunas docenas de humanos, cada veintena había una fiesta sagrada que implicaba la necesidad de sacrificios».

Para Zunzunegui, ese era uno de los aspectos de la subyugación a la que estaban sometidos los pueblos americanos que hicieron la conquista con Cortés, como los 100 000 tlaxcaltecas, texcocanos, cholultecas, huexotzincas, cempoaltecas y totonacas que, junto a los españoles, derrotaron a los mexicas. Pues, como Zunzunegui afirma, la fe católica y la cosmovisión llevada por los españoles a América se presentaba liberadora: frente al dios que exige tu sangre, llega el que se sacrifica por ti.

El historiador mexicano incide en que con los españoles no solo llegó la fe, sino el derecho castellano, la ética, el humanismo, la racionalidad, la filosofía, la metafísica, la ciencia y la esperanza, todo lo que quedó Al día siguiente de la conquista.

Zunzunegui tampoco huye de una de las cuestiones más manidas sobre la conquista: ¿Hubo un genocidio? No. El mexicano sigue las tesis ya expuestas por historiadores como Elsa Malvido, que achacan el 90% de las muertes durante las primeras incursiones al factor vírico. Pero también incide en que, desde América, otras enfermedades se propagaron al mundo, como la sífilis.

Incluso destaca que «La respuesta de Hernán Cortés fue fundar el primer hospital de América que sigue funcionando hasta la fecha, el Hospital de Jesús, en 1524. Nadie hace hospitales para curar al pueblo al que supuestamente quiere masacrar en un genocidio».

Y, próxima a la tesis de un hipotético genocidio –que no existió–, está la relacionada con la esclavitud. Pese a los excesos que hubo al comienzo de la conquista, Zunzunegui repasa los esfuerzos que se hicieron desde la Corona española para mitigarlos. Y lo hace a través de tres hitos legislativos fundamentales: el testamento de Isabel la Católica de 1504, las Leyes Nuevas de 1512 y las Leyes de Burgos de 1542. Incluso sobre la detención de la conquista durante un año para reflexionar sobre su legitimidad (1550-1551), por orden de Carlos V. Es decir, desde España se luchó y legisló para combatir y mitigar dichas acciones.

No se detiene ahí, pues incide en el esfuerzo intelectual que hicieron los frailes españoles en recopilar lenguas como el náhuatl, el quechua o el maya, no muy distantes de la recopilación de la Gramática de la lengua castellana que Antonio de Nebrija le presentó a Isabel la Católica en 1492. Y, como señala Zunzunegui, no haces esfuerzos por entender a quien quieres exterminar.

En definitiva, Al día siguiente de la conquista es la narración de la herencia compartida entre España e Hispanoamérica. Es la historia de la forja de esa Hispanidad que no solo se hizo con la espada y el morrión, sino que se fraguó con las instituciones y las leyes promovidas por la Corona, la construcción de ciudades, el humanismo de las universidades, la fe de los frailes y misioneros –materializada en iglesias y catedrales– y a la lengua que hoy comparten 550 millones de personas.

Y también es una apelación a no achacar los males actuales a sucesos de hace cinco siglos, pues ya han pasado 200 años de las independencias, al hermanamiento a través de esa herencia compartida y a no dejar que nuestros enemigos cuenten la hazaña y la revolución que supuso ese encuentro entre dos mundos.

(Ilustración: detalle de Bautizo de Ixtlixóchitl, por José Vivar y Valderrama)

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