A Bukowski le gustaba mucho citar aquella anécdota relacionada con John Cage, según la cual el célebre músico vanguardista salía al escenario, se comía parsimoniosamente una manzana y se marchaba; y cobraba luego un dineral. Lo cierto es que —bromas aparte— el espectáculo de la «representación del silencio», planteado en esos términos, tiene muchísimo poder. En el caso que nos ocupa, hemos de suponer que se habrían oído los restallidos de los mordiscos, amplificados por el sistema de sonido de la sala de conciertos, al ir siendo deglutida la manzana.
En San Lorenzo de El Escorial, de noche, entre los graníticos muros de la hospedería en la que trazo en un blanco folio estos renglones, también se oye el sonoro restallido del silencio, cuyo eco puede llegar a ser abrumador.
Es posible que no haya cosa más sublime que el silencio, del cual el hombre se ha pasado la historia entera intentando huir. El ser humano, crónica viva de una interminable vocación de bulla, es un animal que juega, razona, trabaja y hace ruido. Incluso estando solo, silba o canta en la oscuridad, para ahuyentar el miedo ancestral; o para jeringar sencillamente la marrana, con el afán infantil de llamar perpetuamente la atención de los demás, y a través de ella reafirmarse.
El silencio es milagro, maravilla, serena llama que aletea en el sagrario de nuestra más recóndita intimidad. No hay nada bueno sin él; y no hay nada bueno que no surja, de algún curioso modo, de él. Ciertas órdenes monásticas tienen la regla del silencio, y no es por capricho ni por casualidad.
¿Es la poesía el sonido del silencio? ¿Es la poesía el crujir de aquella hiperbólica poma escénica de John Cage? Puede que sí. Al fin y al cabo la literatura no es más que el guante al revés de nuestra inaudible música interior.
Quizá yo sea hoy un guante al revés. Ha sido un día largo, bastante agotador. Había pensado trabajar esta noche en un poema que escribí hará un par de semanas, tras darme un paseo por el centro de Madrid. Redacté originalmente la pieza en forma de misiva (más bien fue un correo que se metamorfoseó en poema sobre la marcha); y después, hace pocos días, regresé sobre ella, y la cuadré y pulí, y no me pareció que quedara demasiado mal. Pero me acabo de dar cuenta de que en este momento yace en las entrañas del disco duro de mi ordenador, en casa, y no tengo acceso al borrador; de manera que el poema deberá esperar hasta mi regreso a la ciudad.
Ahora, habiéndole arrojado al mono de mi grafomanía el frugal maní de estos párrafos, voy a recoger el tenderete y echarme unas horas a dormir. Lo más probable es que sueñe con manzanas, que en su onírica condición serán forzosamente de Tántalo, pero eso no deja de tener de su lírico aquel; los sueños son, como el silencio, lenguas mudas de nuestra misteriosa condición.