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Revel ante la Europa náufraga

En 'La obsesión antiamericana', el escritor francés diagnostica la irracionalidad fóbica del pensamiento europeo, hoy muy presente

En L’obsession anti américaine. Son fonctionnement, ses causes, ses inconséquences[1], Jean-François Revel dejó escrito un libro imprescindible para el lector europeo en los inicios del siglo XXI. Lo es quizá más aún para el español, puesto que entre nosotros el antiamericanismo sigue siendo, aún hoy, más una patología nacional que una actitud política.

El objetivo de Revel era diseccionar la enmarañada patología en la que parecía haberse perdido la inteligencia europea a la hora de reflexionar sobre los Estados Unidos de América. No sólo en lo político o en lo económico. También en cada aspecto de lo cultural, lo artístico, lo moral, lo cotidiano. Sus raíces aparecían, para Revel, muy claras:

“El antiamericanismo de derecha en Europa se debe a que este continente perdió en el siglo XX el papel que le correspondía desde el siglo XV como principal centro de iniciativa –y conquista— del planeta, y dejó de ser el foco artístico y científico más importante y casi el amo de la organización político-estratégica y de la actividad económica del mundo. Ora uno ora otro país europeo era el que encabezaba esa mundialización antes de tiempo, pero todos participaron en ella poco o mucho, simultánea o sucesivamente. Ahora bien, hoy no sólo ha perdido Europa esa capacidad para actuar a escala mundial, sino que está, a su vez –en grados diversos, según los problemas, pero siempre en cierto grado–, situada en la estela de la capacidad de acción de los Estados Unidos y obligada a recurrir a su ayuda. En Francia es donde la pérdida de la condición –real o imaginaria– de gran potencia causa una amargura más intensa. En cuanto al antiamericanismo de extrema derecha, su motor, como el de extrema izquierda, es simplemente el odio a la democracia y a la economía liberal, que es su condición”[2].

Europa habría inventado, de este paradójico modo, una realidad norteamericana a la medida exacta de sus frustraciones y de sus resentimientos. Quizá sea la deuda excesiva que los europeos han contraído con quienes los salvaran, en el siglo XX de los dos grandes totalitarismos, bajo cuyo peso estuvo el continente al borde mismo de sucumbir: el hitleriano en los años de la segunda guerra mundial, y el estaliniano en el casi medio siglo de guerra fría que vino luego. Una deuda de esa envergadura es imposible de pagar. Y nada dispara un mayor resentimiento que el favor al cual no se está capacitado para dar contrapartida.

Si el problema es viejo, lo que hemos pasado a vivir después del 11 de septiembre resulta difícil de entender en términos racionales. La complacencia con el ascenso del más reaccionario movimiento social desde hace muchos siglos, la teología política islamista, y el apenas camuflado regocijo por el golpe que los impulsores de esa nueva guerra de religión asestaran en el corazón de Manhattan, es uno de los más sombríos fantasmas que Europa ha visto emerger en su historia reciente.

El dictamen de Revel acerca del horizonte en el que se sumerge la Europa que se abre al nuevo siglo es inequívocamente pesimista:  

“En la esfera del antiamericanismo, el grado máximo de degradación –ni siquiera menciono la ignominia moral, que produce hastío, hablo sólo de la incoherencia de las ideas– se alcanzó en septiembre de 2001, después de los atentados contra las ciudades de Nueva York y Washington. Pasado el instante de la primera emoción y de las condolencias, en muchos puramente formalistas, se empezó a presentar aquellos actos terroristas como una réplica al mal que, al parecer, causaban los Estados Unidos al mundo. Esa reacción fue, en primer lugar, la de los países musulmanes, pero también de dirigentes y periodistas de ciertos países del África subsahariana, no todos los cuales son de mayoría musulmana. Se trataba de la evasiva habitual de sociedades en quiebra crónica, que han fracasado completamente en su evolución hacia la democracia y que, en lugar de buscar la causa de su fracaso en su propia incompetencia y su propia corrupción, acostumbran a imputarlo a Occidente de forma general y a los Estados Unidos en particular. Pero, a parte de esos clásicos de ceguera voluntaria aplicada a uno mismo, también en la prensa europea, sobre todo en la francesa, naturalmente, entre los intelectuales y algunos políticos, no sólo de izquierda, sino también de derecha afloró al cabo de unos días la teoría de la culpabilidad americana”[3].

Todo va a valer, en esa apuesta irracional contra Estados Unidos, se dice Jean-François Revel. Todo está valiendo, podemos constatar nosotros, dos decenios más tarde. Y hoy ese todo toma la forma de los movimientos más fascistizantes –por mucho que se camuflen bajo máscaras izquierdistas–: antisemitismo que llega a su exasperación brutal en nuestros días, proislamismo vergonzante que se dice izquierdista, retóricas proclamas pacifistas contra Gobiernos americanos cuyos movimientos de tablero, tras el 11 de septiembre, difícilmente podrían calificarse como otra cosa que como respuesta mesurada ante riesgos de desequilibrio mundial sin precedentes.

Todo vale ahora. Incluido ese fantástico disparate que proclama la conveniencia de destruir la globalización de la economía, a la manera en que los luditas proclamaban la apocalíptica destrucción de las “inhumanas” máquinas en el siglo XIX. “¿Acaso es nociva la mundialización por el simple hecho de que parezca confundirse actualmente con la americanización?”, se preguntaba Revel. “¿Acaso hay que negarse a ver el éxito que representó la multiplicación de la producción mundial por seis y del volumen de las exportaciones de mercancías por 17 entre 1948 y 1998? ¿Acaso hay que proscribir las inversiones directas en el extranjero, motor del desarrollo de los países menos avanzados, con el pretexto de que la mayoría de ellas son americanas? Lo que padecen los países menos avanzados es más bien una insuficiencia de mundialización, ya que ésta sigue siendo en la práctica muy parcial, pues la gran mayoría de los intercambios y las inversiones se hacen hoy entre la Unión Europea, la América del Norte y el Asia del Pacífico occidental … Por mucho que destrocen los opositores antimundialistas en Seattle o Niza, no se ve qué solución podrían aportar para sustituir la mundialización en curso. ¿O es que quieren volver al socialismo tercermundista que en unos decenios hizo hundirse el continente africano de la semipobreza en la más completa miseria”[4].

Jean-François Revel, hace veintidós años, construyó un libro que aspiraba a ser sencillo monumento al sentido común, un libro imprescindible para enfrentarse a la irracionalidad fóbica que no ha hecho, desde entonces, más que acentuarse. Esta que lleva a los herederos de la vieja izquierda de los años sesenta a defender los movimientos más reaccionarios y homicidas de nuestro tiempo: desde el Isis a Hamás. La pena es que, frente al delirio fóbico, poca cosa pueda hacer la inteligencia. Aunque esté tan bien documentada y expuesta como la está en ese imprescindible análisis de nuestros miedos y nuestros rencores que fue, que sigue siendo, La obsesión antiamericana.


[1] París, Éditions Plon, 2002. Existe traducción española:  La obsesión antiamericana. Dinámica, causas e incongruencias; Barcelona, Ed. Urano, 2003, 247 páginas. Para mayor comodidad, citaremos siguiendo la edición española.

[2] REVEL, J.-F.: ed. cit., p. 16.

[3] REVEL, J.-F.: Op. cit., p. 23.

[4] REVEL, J.-F.: Op. cit., p. 71.

(Utiel, Valencia, 1950). Filósofo y ensayista, es Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, profesor desde 1974 y catedrático desde 1988.

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