El eterno retorno del «pueblo elegido»

De los rasgos que comparten los grandes imperios de la Historia, uno de los más intrigantes es su necesidad de justificar la posición alcanzada

“Tu regere imperio populos, Romane, memento…”

Nadie que hubiera contemplado al centenar largo de peregrinos puritanos hacinados en el Arbella, rumbo a la Bahía de Massachusetts, podría haber visto en ellos la semilla de un imperio. Y, sin embargo, el abogado y predicador John Winthrop, nombrado gobernador de la futura colonia, les habla en la ocasión como si fueran algo aún más grande.

Lo de Winthrop entonces no fue una arenga, fue un sermón religioso una de cuyas frases quedará esculpida en el inconsciente de la nación que habría de nacer siglos después en el lugar del desembarco: Seréis, les dijo, “como una ciudad sobre una colina”, observados por el mundo entero. Pocos, banda de hermanos, no están ahí por casualidad, sino por Providencia; no les espera en la costa aún lejana un medio de vida, sino una misión mesiánica.

De todos los rasgos que comparten los grandes imperios de la Historia, uno de los más intrigantes es su necesidad de justificar la posición alcanzada. El estudioso podrá explicar que el imperio en cuestión ha llegado a su situación hegemónica por tal o cual conjunto de circunstancias económicas, geopolíticas o de cualquier otro tipo natural. Pero el propio imperio, el pueblo imperial, rara vez lo explica así, la historia que se cuenta a sí mismo es otra: han llegado porque estaba escrito en las estrellas que llegaran. No es un “por qué”; es un “para qué”, una misión, un legado.

El propósito de un sistema es lo que hace, y lo que hacen los imperios, una vez se estabilizan en la primacía, es construir un relato retrospectivo de su propia fortuna. Hay algo antinatural en el dominio de todos por uno sola, así que hay que justificarlo, y no basta con la victoria de las armas. Hay que escribir una historia de la propia peripecia en la que todos los episodios apunten a lo mismo.

Roma lo hizo con una claridad que aún hoy resulta deslumbrante. Virgilio es el encargado de hacer explícita esa misión de Roma por orden del propio emperador Augusto. En su Eneida, el autor explica que el romano no está llamado a competir con otros pueblos en las artes o en la filosofía. Su tarea es otra: gobernar, imponer la paz, establecer el orden. Parcere subiectis et debellare superbos. Perdonar al sometido y abatir al soberbio.

Es una teología geopolítica. Roma no se ve a sí misma como una potencia entre otras, sino como el eje en torno al cual gira el mundo. Su dominio no es contingente: es necesario, la manifestación de un orden superior que se encarna en ella y no el resultado de guerras eventualmente victoriosas.

Pero todos los grandes imperios sienten la necesidad de establecer ese relato en su madurez, en su “momento unipolar”. El Imperio británico –la Roma respecto a la cual Estados Unidos es Bizancio– no se limita a gobernar territorios: es un como agente de civilización, lleva “la carga del hombre blanco”. Su expansión la entiende más como difusión –de instituciones, de comercio, de ley– que de conquista. Es una versión sobria y hasta burocrática de las palabras de Virgilio, pero con el mismo fondo: Inglaterra no domina porque puede, sino porque debe.

No es algo que se quede en los despachos, al contrario: tiene que hacerse popular, debe creerlo el pueblo que ha creado el imperio. Por eso se canta: “¡Britannia, gobierna las olas!” (“Rule, Britannia! Britannia, rule the waves”), porque los británicos tienen ese derecho de dominar los mares como algo natural, casi biológico. Y permanente.

Estados Unidos, que ha llegado a la cúspide en una era menos romántica y religiosa y más intelectualizada, no deja de recuperar la profecía de Winthrop y reformularla con pretensiones académicas. Es la idea permanente de la “nación indispensable” de la que hablaban Madeleine Albright u Obama, una América que no es prosaicamente poderosa; es excepcional.

Los americanos no han elegido su destino, es algo que les ha tocado. América es la fuerza del bien. No pueden renunciar al papel que les ha adjudicado la Providencia. No es una nación entre otras, es la que permite la existencia de las otras, “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios».

Implícito, esa noción subconsciente permea todo su mensaje al mundo en discursos, en manuales, en Hollywood, en la cultura popular, porque es una fe tácita sobre su lugar en el mundo.

Es un patrón que se repite, aunque nunca sea de forma idéntica. Rusia, en su formulación más rotunda, se define como la Tercera Roma. Dos han caído, la tercera permanece, y no habrá una cuarta. Es una afirmación escatológica: no habrá una cuarta porque antes llegará el Fin del Mundo.

La Monarquía Católica española introduce un matiz interesante en su justificación providencial, muy explícito. España no se ve a sí misma como una potencia cualquiera, sino como instrumento de una misión: la defensa y expansión de la fe. Pero en ese mismo marco aparece una conciencia más acusada de fragilidad, de pecado, de decadencia posible. El imperio es querido por Dios, sí, pero también puede ser castigado. Es una creencia menos complaciente, más barroca.

Incluso los imperios más alejados de la tradición europea desarrollan versiones propias de este mecanismo. Los mongoles, a los que realmente empuja la necesidad, casi el hambre, a convertirse en imperio gigantesco, elaboran rápidamente la idea de que su dominio responde a un mandato del Cielo. También ellos están llamados por Tengri a gobernar el mundo. La casualidad se hace destino a marchas forzadas.

En todos estos casos, el poder genera su propia justificación, pero una justificación no cosmética, no ( o no solo) de cara al mundo, sino interiorizada como una forma de fe.

Pero este proceso tiene un precio. Y es que un imperio que se ve a sí mismo como necesario deja de pensarse como pasajero. Eso es lo que ciega a todos los imperios en su final, lo que les lleva, como en una tragedia griega, a un destino muchas veces sangrientos porque lo que puede ver todo el mundo desde fuera es inconcebible desde dentro. Puede aceptar dificultades, crisis, incluso derrotas puntuales, pero no que su posición en el mundo pueda alterarse. Si su ascenso no fue casual, su caída no puede serlo tampoco.

Es cuando las señales de la decadencia –la aparición de nuevos actores, la transformación de los equilibrios, los límites materiales– se interpretan como anomalías pasajeras, desviaciones temporales, errores corregibles dentro de un marco que se considera inmutable.

Y justo cuando más necesario sería que el imperio tuviera una conciencia clara de sus limitaciones es cuando le ciega su propia mitología de justificación que le sostuvo en su dominio indisputado. Es el mito interiorizado lo que le impide adaptarse a un nuevo marco de realidad en el que tiene que compartir poder con otras naciones, por muy poco “providenciales” que parezcan.

La historia está llena de episodios en los que potencias consolidadas toman decisiones estratégicas que, vistas con distancia, resultan difíciles de entender: conflictos prolongados más allá de lo razonable, sobreestimación de las propias capacidades, infravaloración sistemática del adversario. No es, como suele creerse, mera arrogancia del poderoso, menos aún simple ignorancia. Es algo más profundo, más indisolublemente fijado en su conciencia colectiva y que ahora funciona como una forma de ceguera estructural, la de quien no puede imaginar un mundo en el que su posición no sea central.

Al contrario: en la decadencia, el recurso a la propia mitología se intensifica. Se insiste más en la excepcionalidad, en la misión, en la necesidad histórica. No porque sea más evidente, sino por todo lo contrario, por la necesidad de aferrarse a las certezas psicológicas en tiempos de incertidumbre y duda.

Los imperios no caen cuando pierden poder. Caen cuando dejan de entender que pueden perderlo.

(Ilustración: Virgilio lee la Eneida a Livia, Octavia y Augusto, de Jean-Auguste-Dominique Ingres)

Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

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