Russell, Los Beatles y el crepúsculo liberal

Se cumplen estos días 80 años de la publicación de su influyente «Historia de la filosofía occidental»

Está la política británica que da gusto verla, como aquel alienígena de La cosa que en plena fase de mutación hacia no se sabía bien qué extendía nuevos tentáculos y cabezas sin que a su alrededor pudieran dejar de mirarla perplejos pese a tener el lanzallamas en las manos. El primer ministro laborista cayó desde su elección en unas simas de desaprobación popular como no se habían visto antes, fenómeno común a otros países occidentales donde la élite aún dirigente ya no quiere o sabe cómo conectar con sus gobernados. Pero eso no significa, en este tradicional sistema bipartidista, que a los conservadores les vaya mejor, pues su lugar ha sido ocupado por un partido creado hace 7 años que ahora encabeza todas las encuestas, Reform UK.

Su fundador, Nigel Farage, recordemos que fue el artífice en último término del Brexit pues, al haber ganado las elecciones europeas de 2014, logró que el por entonces primer ministro tory David Cameron convocara un referéndum para segar la hierba bajo sus pies que confiaba ganar. El resultado es historia. Ahora bien, el otro lado del espectro político anda igualmente convulso, con un Partido Verde que está cerca de superar ya en intención de voto a los laboristas. Su líder es un actor de teatro e hipnotista que ha dado clases en el National Centre for Circus Arts. Con tal bagaje estaba claro que debía dedicarse a la política.

No se crean que ahí acaba la cosa, dado que por ese flanco ha rugido una nueva formación inmediatamente tildada de populista a cargo de todo un veterano como Jeremy Corbyn, que es algo así como si en España resucitara Julio Anguita para refundar la izquierda. Las disputas internas que lo afligen indican, sin embargo, que esta nueva izquierda de la vieja escuela no termina ser del todo nueva ni del todo vieja, porque uno de los debates más agrios en su seno gira en torno a los transexuales. Otro asunto, particularmente cargado de significado, estuvo en el término de una de sus conferencias, cuando no se les ocurrió mejor idea que entonar Imagine, de John Lennon. Mal empezamos si se aspira a presidir un país mientras se canta que ojalá no existieran los países, pero el motivo de controversia estuvo en que el verso «And no religion too» que molestó a los musulmanes simpatizantes del partido.

Aparte de constatar la dificultad de la agenda progresista para armar una coalición de minorías, cuyos intereses contrapuestos quedan solo superficial y momentáneamente galvanizados por la creencia paranoica en una mayoría que las oprime a todas, este episodio resulta revelador sobre lo comatosa que está ya la herejía anglicana, pues tiene que llegar otro credo de fuera para mostrar cierta capacidad de reacción ante un ideario como el esbozado en esa canción, que no es otra cosa que la esencia misma del orden liberal posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aunque ya es bastante explícita, hay otra canción de Lennon menos conocida, God, que recreaba también el mismo planteamiento ateo/liberal/individualista:   

No creo en la magia

No creo en I Ching

No creo en la Biblia
No creo en el Tarot
No creo en Hitler
No creo en Jesús
No creo en Kennedy
No creo en Buda
No creo en el Mantra
No creo en Gita
No creo en el Yoga
No creo en los reyes
No creo en Elvis
No creo en Zimmerman
No creo en Los Beatles

Solo creo en mí, en Yoko y yo

Ya dijo Thatcher que «no existe la sociedad», solo el individuo, atomizado y encerrado en sí mismo, sin lazos nacionales, comunitarios, religiosos… de esa manera los trasvases migratorios no pasarían de coger un puñado de canicas de una bolsa para ponerlos en otra y, cabe añadir, si nada real, externo, colectivo, vincula al sujeto, no es de extrañar que este acabe percibiendo el sexo biológico como una imposición a su soberano querer y a su particular identidad libremente elegida. Por lo tanto, esta izquierda tan radical ella, paradójicamente resulta ser thatcheriana hasta la médula, aunque si alguien se lo hiciera saber reaccionarían como la niña de El exorcista...

Dicho todo lo anterior, y sin desmerecer la aportación artística de Los Beatles, es innegable que fueron hijos de su tiempo y de su país, que triunfaron porque navegaron en favor de la corriente, adaptándose a sus circunstancias. Un contexto político-cultural en el que coexistieron y aprendieron del intelectual pop por excelencia, Bertrand Russell.

Él les mostró el camino a seguir, con su ejemplo y su consejo, como explica en el vídeo de arriba el propio Paul McCartney sobre sus encuentros personales en Londres. Cabe decir aún más, Russell contribuyó decisivamente a configurar el mundo liberal en el que ellos crecieron y del que fue su mayor profeta. Estos días se cumplen, precisamente los 80 años de la publicación de su influyente Historia de la filosofía occidental, si bien para entender apropiadamente lo que pensaba debemos remontarnos unos años antes de su mismo nacimiento. 

Descendiente de una larguísima estirpe tan aristocrática como liberal, su abuelo Lord Amberley Russell llegó a ser primer ministro a mediados del siglo XIX, mientras que su padre John logró un escaño en el Parlamento, pero lo perdió poco después debido a sus opiniones impías sobre religión, aborto, métodos anticonceptivos y sufragio femenino. Era un aliado tan concienciado de la causa feminista que llegó incluso a convencer a su mujer para que mantuviera relaciones sexuales con el tutor que habían contratado para sus hijos… una estampa tan inglesa que nos lo imaginamos tomando el té mientras tanto. 

En cualquier caso, la muerte prematura de ambos progenitores dejó al joven Bertrand Russell al cuidado de su abuela, que le proporcionó una educación privilegiada con tutores particulares en lugar de acudir a la escuela, aunque él la percibió autoritaria y opresiva, particularmente en lo referido a la religión y la moral sexual, ámbitos en los que secundó con entusiasmo las enseñanzas de su padre. Rechazó la influencia de su abuela con tal virulencia que llegó a plantearse el suicidio en su adolescencia, idea que acabó rechazando porque entonces no podría aprender más matemáticas. Esto definiría buena parte de su trayectoria intelectual de adulto, cuando se propuso la tarea de eliminar la influencia del cristianismo en la cultura occidental. Nunca supo entender la religión en lo que tiene de anhelo de sentido, consuelo, esperanza y de brújula moral con la que guiarnos en este valle de las sombras. Como él la percibió como una imposición —la «doctrina del miedo» la llamaba—ya no podía ser otra cosa distinta para nadie más.

Tampoco fue capaz de apreciar, en consecuencia, el universalismo cristiano que encuentra un valor intrínseco en cada vida humana, de ahí que en cierto momento defendiera un ataque nuclear preventivo contra la URSS y que en Prospects for Industrial Civilization sostuviera: «La población [debe mantenerse] estacionaria o casi… La población blanca del mundo pronto dejará de aumentar. Las razas asiáticas tardarán más, y los negros aún más, antes de que su tasa de natalidad caiga lo suficiente para estabilizar sus números sin ayuda de la guerra y la pestilencia… Hasta que eso ocurra… las razas menos prolíficas deberán defenderse de las más prolíficas…». Digamos que el aristócrata victoriano de su interior le brotaba sin esfuerzo. También en su vida privada, apreciablemente muelle.

Por otro lado, sería injusto minusvalorar su vehemencia pacifista ante guerras como la de Vietnam; vivir casi un siglo le dio para acertar y equivocarse unas cuantas veces en todos los ámbitos en los que se manejó, que fueron muchos y de los que aquí solo hemos dado un par de pinceladas al respecto. Ya en los últimos años se convirtió en un icono popular de los medios de masas, encarnó el arquetipo de intelectual-activista capaz de posicionarse sobre cualquier asunto de actualidad. Si no apareció en la portada de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band fue, quizá, porque su espíritu lo sobrevolaba y añadirlo como un personaje más hubiera menguado su importancia. La emancipación hedonista, la abolición de toda creencia, institución o costumbre restrictiva del deseo, fue la estrella moral e intelectual que orientó a Bertrand Russell y fue, también, el fundamento de la revolución cultural de los años sesenta, momento álgido de un mundo ahora en retirada.

Nacido en Baracaldo como buen bilbaíno, estudió en San Sebastián y encontró su sitio en internet y en Madrid. Ha trabajado en varias agencias de comunicación y escribió en Jot Down durante una década, donde adquirió el vicio de divagar sobre cultura/historia/política. Se ve que lo suyo ya no tiene arreglo.

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