[Versión ampliada de la aparecida en inglés en The European Conservative]
Alberto Franco Nogueira, antiguo ministro de Asuntos Exteriores (1961-1968) en los últimos gobiernos de concentración nacional de Antonio Oliveira Salazar y primer biógrafo suyo, escribe en las páginas preliminares del primer tomo de su Salazar (1977) que “después de la Revolución del 25 de abril de 1975 se genera en Portugal un clima de odio contra la figura histórica y humana de Oliveira Salazar”. Pero el “Presidente do Conselho”, el dictador introvertido y mohíno que ha levantado el Estado Novo portugués y cuyo carácter se opone polarmente a la facundia del demagogo fascista, nunca se ha engañado sobre sí mismo ni sobre el destino de su obra política. El 20 de mayo de 1936, vísperas del X aniversario de la Revolução Nacional y divisoria entre los años áureos de la dictadura y la galerna de las grandes crisis que principian con la Guerra de España, se somete a una entrevista del filósofo español Eugenio d’Ors. En la glosa de su conversación publicada unas semanas después del encuentro registra d’Ors su “felicitación por la salvación del país”, pero también estas palabras graves del Dr. Salazar en la despedida: “Se salvará el país, pero los salvadores no se salvarán”. No es don de profecía, sino “imaginación del desastre”, la marca de todo realista político, cualidad de los espíritus baqueteados por la experiencia –la propia y la ajena, en la que es preferible encontrar el escarmiento de nuestras intenciones y propósitos– y buenos conocedores de la materia política –la naturaleza humana, la humana condición–.
Ningún régimen termina bien. Todos encuentran los más acervos detractores en sus sucesores inmediatos, pues los nuevos poderosos necesitan legitimarse, justificarse a costa de la potencia derribada. La historia es un cementerio de dinastías y gobernaciones, pues no hay constitución eterna. Pero de todas las instituciones políticas es la dictadura, efímera e interina por esencia, la que vive y muere más expuesta a la damnatio memoriae. No importan sus logros ni el favor de la opinión pública nacional y aun internacional del que gozara, ni siquiera las condiciones políticas objetivas que la invocaron como un mal necesario. Expulsada de los tratados de derecho constitucional, no hay, sin embargo, quien pueda aniquilar ese momento de intensificación del poder, velado o retenido en la situación normal, como león dormido; desencadenado en la situación de excepción (Ausnahmezustand).
Las dictaduras son como esas semillas que aguardan en el seno de la tierra a que ciertas anomalías atmosféricas o telúricas desencadenen su germinación una o dos veces por siglo. El último gran periodo de floración europea de dictaduras se corresponde con los años 20 y 30 del siglo XX. En el prólogo a la primera edición de La dictadura (1921), registra su autor, Carl Schmitt, la súbita cristalización de los regímenes de autoridad. Echa para ello mano del lamento de un jacobino de 1793: On parle sans cesse de dictature. También en la primera posguerra mundial se habla todo el tiempo de dictadura. El 4 de enero de 1849, casi tres años antes del golpe de Estado más famosos de la literatura política del siglo XIX, el del príncipe Louis Napoléon Bonaparte (2 de diciembre de 1851), Juan Donoso Cortés detecta el rumor del despotismo y la revolución, ante los que no cabe, nos dice, más alternativa que la dictadura del puñal o la dictadura de la espada.
*
Una situación política semejante y límite experimenta Portugal, vieja nación europea abocada a grandes decisiones. Antes incluso de la Gran Guerra, Portugal “era um cataclismo em marcha”. Ese es el diagnóstico inapelable del entonces, año 1912, joven estudiante de Derecho de la Universidad de Coímbra António Oliveira Salazar. Portugal, vejado y humillado por las grandes potencias europeas (ultimátum británico de 1890), ha visto cómo la cuasilegitimidad de la monarquía constitucional (Guglielmo Ferrero), que trasmina todo el siglo XIX portugués una vez aprobada la constitución liberal de 1822, corroe la solidez del más antiguo imperio ultramarino de Europa. La monarquía, transformada poco a poco en república coronada, sobrevive a la invasión napoleónica y a la Guerra Peninsular, incluso a la independencia del Brasil, al conflicto dinástico y al anticlericalismo liberal, también al doctrinarismo republicano, pero no a la anarquía social, a la que da alas el magnicidio del rey Carlos I (1908). En 1910 se proclama la república y resigna sus poderes el rey Manuel II. Pero la república y su dictadura parlamentaria aceleran la descomposición moral, política y económica del país: se agrava la crisis fiscal del Estado, pues el servicio de la deuda lo asfixia; el Tesoro es mal pagador y nadie le presta. El Corpo Expedicionário Português (CEP), contribución de Portugal al esfuerzo de guerra, combate en Francia, pero acaso no hubo realmente casus belli, sino improvisación politiquera y mucha temeridad. Ni Sidonio Païs, el presidente-rei (Fernando Pessoa dixit) partidario de la no beligerancia, asesinado en 1918, puede enderezar el fuste torcido de la república.
En poco más de quince años, la república en Portugal ha conocido nueve jefes de Estado y cuarenta y tantos gobiernos revolucionarios, impuestos estos –o expulsados– por ocho parlamentos. Un total de quinientos ministros, procedentes de no menos de veinte partidos, se han sentado en el consejo de ministros. La constitución de 1911 sufre la acometida de más de veinte revoluciones y pronunciamientos. La etiqueta “Revolucionario civil” se hace profesión en Braga, Porto y Lisboa y hay quien la pone en sus tarjetas de visita. Pero el 28 de mayo de 1926, sin apenas violencia ni efusión de sangre, “casi sin tiros”, comienza la Revolução Nacional. El pronunciamiento del general Gomes da Costa, africanista y héroe de la Gran Guerra, triunfa sin encontrar apenas obstáculos, éxito que oculta a la mayoría del país los aspectos repentistas del suceso, típicos de la política romántica.
Salazar, antiguo seminarista, es uno de los jóvenes valores de la democracia cristiana en el sentido de León XIII –demofilia–. Lector asiduo de L’Action Française, debe sus ideas políticas y sociales, mayormente, a escritores franceses: Charles Maurras y Jacques Bainville, Frédéric Le Play y Gustave Le Bon, pero también al magisterio de Pío X sobre la Acción Católica y los sindicatos cristianos. Catedrático de Economía Política y Hacienda Pública en su alma mater conimbricense (1918), su formación hacendística es de cuño liberal, pero convencional y académica, pues apenas existen para él la Escuela Neoclásica (Marshall, Walras, Pareto) o la Joven Escuela Histórica Alemana (Schmoller, Wagner). Su demonio económico es el endeudamiento y su manía el “santo temor al déficit”. Escéptico y pragmático, es elegido diputado en 1921, pero abandona el parlamento. El poder es para él una cruz (Gonzague de Reynold), sin embargo, antes de iniciarse en la vía dolorosa de la política ha dicho “siento que mi vocación es la de ser primer ministro de un rey absoluto”.
El nuevo gobierno de un Estado en bancarrota no sabe a dónde va y le ofrece la cartera de Hacienda en junio de 1926. Asume el cargo, pero en cinco días lo abandona al no obtener garantías para su programa de reformas. Vuelve a Coímbra, escribe en la prensa artículos sobre la situación económica y elabora para el gobierno el dossier de una reforma tributaria. Cuando la situación no da más de sí recibe de nuevo el mismo encargo ministerial, acompañado en esta ocasión del veto absoluto sobre las cuentas de todos los ministerios, concesión extraordinaria de un poder criptoconstituyente. “Sé muy bien lo que quiero y hasta dónde quiero llegar”. Salazar o la determinación: “Que o País estude, represente, reclame, discuta, mas que obedeça quando se chegar à altura de mandar”. Es decir, que Portugal obedezca cuando se le mande. Es el mensaje fundamental de su primer discurso político, el día de su toma de posesión como Ministro das Finanças (27 de abril de 1928).
Al equilibrio presupuestario le siguen la reforma fiscal, la estabilización monetaria y las reformas económicas, condiciones sine qua non, a su juicio, de la catarsis política que Portugal necesita y que se codifica en la Constitución de 1933. Para entonces, Salazar es el presidente del consejo de ministros (“Presidente do Conselho”), magistratura que desempeña ininterrumpidamente desde el 5 de julio de 1932 al 27 de septiembre de 1968. El caso portugués no fue, en realidad, muy diferente de otras experiencias políticas de fortalecimiento y racionalización del poder ejecutivo frente a la anarquía del parlamentarismo, doctrina fijada por los constitucionalistas Boris Mirkine-Guetzévitch (Les nouvelles tendences du droit constitutuionel 1931) y Herbert Tingsten (Les pleins pouvoirs: l’expansion des pouvoirs gouvernementaux pendant et après la grande guerre, 1934). Pero al margen de esta doctrina jurídica política rigurosamente ortodoxa, resulta que la dictadura se ha vuelto contagiosa, como en otro tiempo lo fue el credo de la libertad (Paul Valéry).
António Ferro, el “San Pablo del Estado Novo”, ha dicho que “Salazar no es un dictador… sino de sí mismo”. ¿Cuál ha sido, en realidad, la naturaleza de esa “dictadura ética”? El Estado Nuevo es antiparlamentario, antiliberal y antitotalitario. Refractario al intervencionismo económico y, a fortiori, al político y moral, el salazarismo no desentona al lado del no-conformismo francés de los años 30, tampoco al lado del liberalen Autoritarismus (Hermann Heller) o del ordoliberalismo.
Crítica del paleoliberalismo, del colectivismo y del colosalismo social, promoción de la vivienda en propiedad, del derecho a la herencia y de la autoorganización social, espiritualismo contra descivilización, política social desproletarizadora, rechazo de la plutocracia, “flor del mal” del peor capitalismo… todo eso se encuentra en los Discursos e notas políticas (1928 à 1966) de Salazar (última edición de 2015), pero podría pasar por acotaciones del político portugués a Die Gesellschaftskrisis der Gegenwart (1942) o Civitas humana (1944) de Wilhelm Röpke. Friedrich Hayek, en 1962, le envía un ejemplar dedicado de su The Constitution of Liberty (1960): “Con la esperanza de que este esquema preliminar de nuevos principios constitucionales pueda ayudarle en los esfuerzos para concebir una constitución preservada de los abusos de la democracia”. Por otro lado, el portugués no es violento y su dictadura tampoco podría serlo sistemáticamente. Pilsudski, el dictador polaco, solía decir: “Bienaventurado sea Portugal, un país cuya Siberia está en Madeira”.
*
El sociólogo Carlo Gambescia (Il grattacielo e il formichiere. Sociologia del realismo politico 2019) ha distinguido el realismo político estándar, indiferente al mal y limitado a la lucha por el poder, su conquista y conservación (política cratológica), del realismo político consciente, temperado, razonable, inmerso en el presente y atento a las consecuencias de la acción (realismo político a quo), pero también proyectado hacia el futuro, pues contempla los efectos de la acción a largo plazo (realismo político ad quem). Este realismo político consciente tiene en cuenta lo que Jules Monnerot llamaba “heterotelia” y Max Weber “paradoja de las consecuencias”. En su concepto, el poder es un remedio terapéutico y el realista consciente opera “como el médico que te salva la vida, aunque puede ser veneno su fármaco” (política farmacológica). En mi opinión, a Salazar como estadista le cuadra el realismo político a quo y acaso también el realismo ad quem. No es esto un juicio extemporáneo sobre su obra política, pues no ha transcurrido el tiempo suficiente y la retórica de la intransigencia bloquea todo esfuerzo razonador, sino el apunte preliminar de una elemental caracteriología política que pudiera tener algún interés.
Salazar es la simplicidad –cualidad tal difícil de cultivar como la perfección–, por eso Gustave Thibon veía en él a un campesino, “al hombre paciente y reconcentrado que trabaja en colaboración con las fuerzas eternas de la naturaleza y de la vida, el hombre que en medio de las tormentas artificiales que sacuden el mundo, cuida de las raíces, de la realidad interior, del alma de una nación”. En la raíz de toda auténtica política del espíritu (política do espirito), en lucha contra lo feo, lo grosero y bestial, está el pesimismo y Salazar es un pesimista antropológico: los ángeles no necesitan del gobierno, ha dicho con voz vacilante en un discurso, pero los hombres sí. El gobernante que no es solo un político, sino hombre de Estado tiene que conocerlos a fondo, saber lo que hay en ellos de defecto natural, imposible de extirpar, o de vicio adquirido, susceptible de reforma y redención por la educación. Con todo, Salazar pensaba que “los hombres en general cambian poco y los portugueses en particular casi nada”.
“Hay verdades inmutables y eternamente duraderas en el gobierno de los pueblos”, pero para deducirlas y confirmarlas es necesario someter a un examen crítico los conceptos políticos, “algunos de ellos tan estereotipados que podrían venderse como esos libros de cartas de amor” … pero Salazar, un estajanovista del tiempo, no lo tiene para escribir sobre ellos y encuentra que hay otras formas de servir mejor al Estado. Nada tan escaso y perentorio para él como el tiempo, que lo vuelve todo “aparente, movedizo e incierto en la conciencia de los gobiernos y los pueblos”.
Vive el doctrinario “separado de la vida real por el carácter de sus a priori teóricos, y del pasado por la ambición de construir un futuro que no es continuación de aquel. El realista, en cambio, vive sostenido por poderosas amarras y por algunos principios fundamentales que la razón y la experiencia de los siglos han consagrado en el ejercicio del poder… No duda de la debilidad de la razón humana, pero es posible distinguir entre la verdad y el error… La verdad existe, pero es difícil de encontrar… En todo momento crítico hay que saber sacrificar lo accidental a lo esencial, la materia al espíritu, la grandeza al equilibrio, la riqueza a la equidad, el derroche a la economía”. “Dada la brevedad de nuestra fugitiva existencia”, Salazar se duele de no poder aprender más para equivocarse menos. Desfondada tal vez su resistencia moral frente a una opinión pública cada vez más adversa, que no le reconoce mérito alguno y solo quiere destruirlo todo, apunta estas agudezas maquiavelianas: “Politicamente só existe o que se sabe que existe”, pues “polìticamente o que parece é” y “a aparência é uma realidade política”.
Mas hay dos aspectos acusadamente realistas en el imaginario político salazarista. La crítica del pseudomorfismo político, noción spengleriana que denuncia los efectos deletéreos de la copia indiscriminada de modelos constitucionales foráneos, y la prudente apreciación de la correlación de fuerzas internacionales en el contexto de la Guerra Fría y el neoimperialismo de la descolonización. Salazar sugiere que el “drama del siglo XIX portugués” es la imitación del parlamentarismo inglés, proceso subvertido adaptativamente por la “partidocracia”, causa inmediata del dominio de los partidos sobre la nación… Tal vez “un día se [reconozca] que Portugal tiene [por fin] un sistema original, adecuado a su genio, historia y geografía”. La descolonización, por otro lado, afecta de lleno a las provincias ultramarinas de Portugal, una nación todavía pluricontinentel resuelta, sin embargo, a permanecer (“Determinaçao de ficar”, discurso de Salazar de 13 de abril de 1966). Salazar tiene conciencia del declive político de un Occidente “colonialista”, irresoluto y abrumado por un creciente sentimiento de culpa. Decía Julien Freund que el abandono de las posiciones territoriales en el mundo constituye el síntoma objetivo de toda decadencia política, particularmente de la europea. Por eso dice Salazar que “el hombre que se queda, vivo o muerto, ocupa de hecho el territorio; el que huye deserta y abandona. Solo el primero, perpetuándose durante generaciones, adquiere un derecho de ocupación y apacentamiento que la historia consagra como base de la sociedad y de su participación en el poder. Al otro le faltan los lazos que ligan la tierra con la sangre y cohesionan a las generaciones para que se sucedan en cuerpo y alma y críen una nación que pueda considerar su patria”. Sin embargo, en el caso de los intentos de anexión de Goa (“Estado da Índia”) por parte de la India, Salazar ha fijado prudentemente los límites de la resistencia portuguesa en un contexto de inferioridad no moral, sino militar y política: “La posición de Portugal es hacer los sacrificios necesarios, sin exceder sus posibilidades normales, para que la situación pueda ser mantenida indefinidamente” (A. Oliveira Salazar, “Goa and the Indian Union. The Portuguese View”, en Foreing Affairs, abril 1956).
*
El Estado es “una doctrina en acción” y el gobierno “la dirección superior de una colectividad nacional”. La nación necesita un Estado fuerte “independiente de la opinión y el dinero”, pero no hay Estado fuerte sin gobierno fuerte, siendo esta “la verdad política mejor demostrada por la experiencia”. A fin de cuentas, la política es algo grave, “a gravidade da vida”: “La paz o la guerra, el orden la autoridad, la disciplina, el crédito de la nación, la honra del Estado… todo esto es demasiado serio para no ser una preocupación constante y no dejar marcas profundas en nuestra conciencia” (A. Oliveira Salazar, Comment se relève un État, 1937). Pero la gravedad, la imaginación del desastre (realismo a quo) no significa desaliento, sino “la imaginación del acontecimiento auspicioso” (realismo ad quem). Siempre se puede decir, pues, que “aún se puede salvar todo, pero todo puede perderse también” (“tudo ainda se pode salvar; mas tudo também se poderá perder”).