Sirat, la izquierda y los placeres plebeyos

La aclamada película de Oliver Laxe, candidata a los Oscar, confirma los límites culturales del progresismo español

Antes de entrar en faena, una advertencia para tardones: haré varios destripes de la trama en este texto, así que absténganse de seguir leyendo quienes quieran conservar el efecto sorpresa. Sirat es una de esas películas que acudes a ver con ganas, pero a mitad de proyección ya andas agotado y desplomado. La cultura rave implica, sobre todo, alegría, exploración del placer y de los límites de tu cuerpo. Para quienes no la conozcan, se trata de montar fiestas electrónicas autoorganizadas. Una vez comprendes cómo funcionan, no son tan distintas de otras celebraciones populares.

Recuerdo estar un sábado de julio, a las siete de la tarde, sumergido en una tormenta de techno y arena en el festival de los Monegros, cuando dos chicos a mi lado comentaron con pena que “a quién se le ocurre poner este festival coincidiendo con sanfermines”. Son básicamente lo mismo, una mezcla imbatible de hedonismo, tradición —más corta o larga— y ganas de reforzar vínculos a través de experiencias hedonistas inusuales. Sirat  transcurre en un desierto muy parecido al de los Monegros (quizá el mismo: parte se rodó en Aragón). La escenas musicales son bonitas y con voltaje. El problema es que ocupan una porción modesta de la película.

La trama principal es la historia de un padre que va en busca de su hija adolescente, perdida en el mundo de los raveros nómadas.  Le acompaña otro hijo menor, de unos diez años, que nadie se explica por qué no ha dejado en casa. Se hacen amigos de unos hippies cincuentones que viven de organizar estas fiestas alegales. Desde mitad de la película, empiezan a morir personajes, comenzando por el crío. Muchos espectadores compramos la entrada esperando una estetización memorable de discjockeys y masas bailando, pero nos encontramos con un dramón bajonero, que podría haber encargado Hazte Oír para alejar a la juventud de este tipo de juergas. O podría ser un capítulo de la llorosa serie Autopista hacia el cielo, la de Michael Landon, que el guionista hubiera escrito con resaca de fentanilo.

Al salir de los cines Verdi de Madrid, me quedé escuchando la conversación de un grupo de chavales que habían ido juntos a verla, esperando pasar un buen rato. Uno de ellos hizo la mejor microcrítica posible: “Esto es como lo del Barça con el PSG: ir a por Verrati y quedarse sin Neymar”.  Estallaron en una carcajada colectiva. “No me extraña que el cine español viva de subvenciones: ¿quién va a querer pagar por ver estas pelis?”, soltó otro. Resulta complicado encontrar un público fiestero dispuesto a pasar dos horas llorando ante un desfile de personas deprimidas o descuartizadas.

Un tercer chaval de aquellos cristalizó el comentario que a todos nos rondaba la cabeza: “Hay que ver cómo engaña el tráiler”. Imaginen que van a ver una comedia romántica situada en las Fallas, donde el minuto que ensamblan como promoción es todo pólvora, puestas de sol y sensualidad, pero luego dos tercios de la historia transcurren en la sala de urgencias de un hospital de Valencia donde sufren una colección de pacientes con quemaduras de primer y segundo grado. Eso es Sirat.

La entrañable escena de los chicos criticando a la puerta del cine sirve para hacernos una idea de la enorme distancia que separa a nuestro cine cultureta —el de los Goya, El País y Movistar+— del pueblo llano. De hecho, la izquierda es el campo más alérgico al talento de nuestras clases populares (les pilla igual de lejos Óscar Mulero que Leo Harlem). Mientras caminaba hacia el metro, recordé una confesión del director  progresista Fernando León a la revista Rolling Stone en los dosmiles: explicaba —con encomiable candidez— que nunca había sido capaz de comprender la música electrónica. Admitirlo le honra, ya que es algo habitual en los izquierdistas de su edad, pero otros prefieren menospreciar los géneros de abajo —también el reguetón— en vez de reconocer que escapan a su compresión cultural.

El director de Los lunes al sol no añadía ninguna explicación, pero la aporto yo con un alto grado de certeza: nuestra izquierda cultural es tan antigua que les cuesta comprender cualquier género musical que no contenga letra con “mensaje”, a ser posible firmada  por un artista comprometido o incluso iluminado (Silvio Rodríguez, Bob Dylan, Joaquín Sabina…). Digo más: les descoloca sobremanera que algo cultural pueda ser al mismo tiempo divertido, sospecho que por eso Laxe mete con calzador la sobredosis de drama que hunde Sirat en el barro (ahora que recuerdo, la serie sobre la ruta del bakalao que hizo la productora de Sorogoyen naufragaba también por sus excesos depresivos). Muchos progresistas miran escenas de chavales de clase trabajadora gozando y solamente ven alienación, no gente escapando por unas horas de su triste destino de semiesclavos del sistema. Les separa la pared de su clase social, real o aspiracional.

Añado otra cosa, que quizá merece artículo aparte: gran parte del izquierdismo no comprende cierto tipo de diversiones populares (fútbol, toros, baile…) por las mismas razones por las que no procesa algunas de las opciones políticas plebeyas (los populismos de izquierda y, sobre todo, de derecha). No entienden que se ponga la comunidad por encima de la distinción. Sirat ha gustado también en el mundo académico, en ocasiones, por las razones correctas: lean el espléndido artículo de Guillermo Más Arellano donde usa la terna “sangre, sudor y arena” para conectar la película con la cultura  tradicional europea. ¿Puede llevarse Laxe el Óscar? Es complicado de adivinar, pero resulta curioso que en Hollywood pase algo parecido a lo que ocurre aquí: cada vez comprenden menos los placeres populares, y tampoco hacen películas sobre música electrónica, aunque gran parte de la mejor haya nacido en Detroit y Chicago.

Una vez emitido el veredicto, aprovecho para decir que hay una escena preciosa donde el personaje que interpreta Sergi López confiesa a una de las raveras maduras que a él no le gusta la música techno, tan machacona y con tanto volumen. Ella trata de explicarle por qué engancha, mientras repara uno de los bafles gigantes. Lo importante de Sirat, pienso ahora, es que anuncia que nos quedan grandes y vibrantes películas por hacer sobre techno, house, acid… Por favor, que no las vuelvan a hacer intensitos de izquierda.

(Fotografía: MOVISTAR PLUS+)

Víctor Lenore (Soria, 1972) es periodista cultural. Ha colaborado en distintos medios, entre ellos El Confidencial, Vozpópuli, El País, La Razón y Rolling Stone. Es autor de los ensayos 'Indies, hípsters y gafapastas' (Capitán Swing, 2014) y 'Espectros de la movida. Por qué odiar los años ochenta' (Akal, 2018)

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