El país más militarizado del mundo, sólo superado por Corea del Norte, es Yibuti, donde, en un espacio poco mayor que la provincia de Badajoz y poblado por menos de 1,5 millones de personas, hay instalaciones militares de Francia (que acoge tropas españolas y alemanas), Estados Unidos, Italia, China y Japón. El mérito de tener a tantos militares extranjeros, junto con sus aviones, buques y carros, sin que a ninguno se le escape un tiro, es de la familia que gobierna la antigua colonia francesa desde su independencia en 1977. El presidente, Ismail Omar Guelleh, ocupa el cargo desde 1999 y es sobrino de su predecesor, Hassan Gouled Aptidon.
La importancia de Yibuti radica en su control de la costa occidental del estrecho del Bab el-Mandeb, por el que se penetra en el mar Rojo, frente al Yemen, sumido en una guerra civil desde 2014, con implicación de iraníes y saudíes. Por este mar transita cerca del 12% del comercio marítimo global en volumen, que sube a un 30% en el caso del tráfico de contenedores, que provienen de puertos asiáticos, sobre todo chinos; mismo porcentaje en cuanto al tráfico de petróleo. Casi todos estos portacontenedores y petroleros acaban sus singladuras en Europa, la cual, aunque envejecida, sigue consumiendo energía, comida y coches.
CHINA, LA GRAN PERJUDICADA
En la frontera sur de Yibuti acaba de entrar en el juego de la geopolítica Somalilandia, colonia británica desde principios del siglo XX, integrada en la república federal de Somalia en 1960 y escindida de ésta en 1991 (en la imagen, mujeres somalilandesas vistiendo los colores de la bandera nacional). Se trata de un territorio de casi 180.000 kilómetros² y con más de seis millones de habitantes. Los clanes que lo controlaban rompieron con el gobierno central, en Mogasdicio, y desde entonces, emitieron su moneda propia, organizaron su política y su economía y se mantuvieron apartados de las matanzas y guerras del resto de Somalia. Incluso se han celebrado varias elecciones.
Ningún otro Estado había reconocido su existencia independiente hasta que lo hizo el gobierno del primer ministro Netanyahu el 26 de diciembre pasado. El “orden basado en reglas” que exhibe la Unión Europea frente a Rusia por su invasión de Ucrania ha recibido dos golpes en poco más de una semana: éste y la intervención de EEUU en Venezuela. Y la potencia más perjudicada por ambos actos es China, porque pierde suministro de petróleo y acceso a mercados. Con Somalilandia emerge un arrecife en el que puede estrellarse la parte marítima de la “Nueva Ruta de la Seda”.
A España también le afecta en el sentido de que una de esas reglas vacilantes es la inviolabilidad de las fronteras, de la que se benefició durante el procés separatista catalán.
Por el contrario, resurge uno de los principios inmutables de las relaciones entre Estados, anteriores a la ONU, el “do ut des” (“te doy para que mes des”), o principio de reciprocidad. El gobierno de Somalilandia se convierte en otro país musulmán que establece relaciones diplomáticas con Israel, en la senda de los Acuerdos de Abraham, promovidos por Donald Trump al final de su primer mandato, en 2020. Los dos Gobiernos han anunciado que abrirán embajadas en las capitales respectivas.
Hace unas semanas, el presidente Trump dijo de la república de Somalia: “ni siquiera es una nación, son solo personas que andan por ahí, matándose entre sí”. Si el gobierno de Mogadiscio ha achacado el reconocimiento de Somalilandia como posible destino para la deportación de palestinos gazatíes, quizás el nuevo país africano podría acoger a otras personas que encajarían mucho mejor: los miles de somalíes instalados en Minnesota y otros lugares de EEUU contra los que ahora hay un enorme malestar debido al descubrimiento de que han defraudado cientos de millones de dólares en subsidios, muchos de los cuales han acabado en Somalia, incluso en manos de yihadistas.
Es seguro que en los próximos meses asistamos a nuevos reconocimientos diplomáticos, no sólo por pequeños países del Pacífico y del Caribe, sino tal vez de Estados Unidos y también de la vecina Etiopía, mayoritariamente cristiana, con 126 millones de habitantes, sin litoral desde 1994 y que emplea los puertos de Somalilandia para su comercio. Cuando las conexiones y las comunicaciones circundan todo el mundo, asoma la importancia de la “geopolítica de los accesos”.
En resumen, estamos ante otro episodio que confirma el cinismo o el pragmatismo que dirigen la política exterior de los países que de verdad influyen en el mundo. No es el caso de una España cuyos gobernantes aceptan desde 2004 la supeditación a diversos centros de poder extranjeros o a sus intereses personales.
CAEN IMPERIOS Y BROTAN REPUBLIQUITAS
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el mundo ha asistido a una fragmentación de las grandes áreas políticas y al surgimiento de una miríada de estados, muchos de los cuales sobreviven gracias a las transferencias de fondos de potencias mayores o al parasitismo (paraísos fiscales o tráficos ilegales). La primera asamblea de la ONU convocó a delegados de 50 países; hoy, los representados son 193, casi el cuádruple. En consecuencia, las decisiones se preparan y aprueban en el Consejo de Seguridad, formado por quince miembros, de los que cinco forman la realeza: son permanentes y gozan de derecho de veto.
En 1945, Alemania y Japón quedaron arrasados y controlados por los vencedores. Luego las dos superpotencias, EEUU y la URSS, decretaron el desmantelamiento de los imperios coloniales europeos. Las divisiones se produjeron también en varias de las naciones recién independizadas, como la India británica, que se separó en dos países, India y Pakistán, y luego de este último se escindió Bangladesh. Con el triunfo comunista en la guerra civil china en 1949, los derrotados se refugiaron en la isla de Taiwán y constituyeron otro estado.
El principio de autodeterminación, introducido en la política internacional por Wilson y Lenin tras la Primera Guerra Mundial, y los juegos de los poderosos, sigue generando desorden. En los años 90, las quince repúblicas que formaban la URSS se declararon independientes. Yugoslavia y Checoslovaquia, creaciones del sistema de Versalles posterior a 1918, se desmembraron, en el primer caso con varias guerras y en el segundo de manera pacífica. Las amputaciones prosiguieron. La región de Kósovo, poblada por musulmanes de origen albanés y una minoría de serbios, se separó de Serbia, por intervención de la OTAN a fin de impedir matanzas de civiles y “limpiezas étnicas”.
En este período, sólo unos pocos países han aumentado su territorio mediante la fuerza, aunque sin reconocimiento internacional unánime. Son la Rusia poscomunista mediante la anexión de regiones de Ucrania y Georgia; Turquía, a costa de Chipre; China, que conquistó totalmente el Tíbet; o Marruecos, que ha invadido la mayor parte del Sáhara Occidental. El único proceso de agregación exitoso es la Unión Europea, aunque no ha supuesto la desaparición de ningún estado.
En 1914, antes de la Primera Guerra Mundial, las potencias presentes en las orillas del mar Rojo eran sólo cuatro: el imperio británico (Egipto, Sudán, Adén y Somalilandia), Francia (Yibuti), Italia (Eritrea y Somalia) y el imperio turco. En la actualidad son: Egipto, Sudán, Eritrea, Yibuti, Somalia, Yemen, Arabia Saudí, Israel y Jordania. Pero que aumente el número de jugadores no significa que todos se sienten en la mesa de “los mayores”.
A medida que se produzcan otros reconocimientos de Somalilandia, las conmociones geopolíticas se extenderán a las minorías europeas subyugadas no por pueblos opresores, sino por la peste nacionalista y el odio a sus vecinos, inculcados por oligarquías incompetentes y corruptas que desean impunidad para sus fortunas y su poder.
Uno de estos miserables, el delincuente Carles Puigdemont, ha celebrado el “nacimiento” de Somalilandia, de modo que el catalanismo pasa de soñar con ser la Dinamarca del sur de Europa a soñar con la Somalia del Mediterráneo. Mientras tanto, en algunas comarcas catalanas ya se vive como en el Marruecos profundo.