Que la historia es impredecible es obvio en el impacto del retorno de Donald Trump sobre la política exterior estadounidense: prácticamente inexistente sobre las grandes crisis que heredó de Joe Biden (Ucrania y Palestina) y tremendo en algo que nadie jamás vio venir, el marco central del comercio internacional.
Como ya he explicado aquí, Trump y su equipo económico están intentado utilizar una agresiva política arancelaria para paliar los efectos del dilema de Triffin, que implica que la moneda del país dominante en el sistema internacional se convierte en objeto de deseo de todos y eje de las reservas de sus socios y rivales. Esto encarece los productos de la metrópolis imperial (en este caso, EEUU, pero el dilema ya lo sufrió mucho antes el imperio español) y lleva a persistentes déficits comerciales y, lo que es aún peor, persistentes déficits presupuestarios porque pocos políticos pueden resistir la tentación de endeudarse a costes bajísimos.
La verdad es que EEUU puede imprimir una cantidad casi infinita de dólares sin desplomar su valor, lo que le otorga una clara ventaja sobre los demás países del mundo. Este estatus también implica que EEUU atrae importantes entradas de capital y, entre 2022 y 2023, recibió el 41 % de todos los flujos de capital del mundo. Esta cifra es muy desproporcionada, ya que el producto interior bruto (PIB) estadounidense representa tan solo alrededor del 26 % del PIB mundial, y su población un 4%.
Tales números muestran la magnitud de los cambios que Trump puede generar con sus aranceles. Nos encontramos en un máximo histórico de globalización económica, con la interconexión de las economías mundiales en su punto álgido, y hasta ahora EEUU ha dominado todas las oleadas de globalización en el último siglo.
No es de extrañar que los grandes lobbies estadounidenses estén con los pelos de punta. Foreign Affairs, ilustre revista publicada por el Council of Foreign Relations (CFR) impulsado por Woodrow Wilson después de la Primera Guerra Mundial, recientemente publicó un reporte que aparatosamente titula que “el sistema de comercio global tal como lo conocíamos ha muerto”. Hay que entender que son gente importante y ya un poco mayor de Washington que no están para sustos, pero merece la pena revisar lo que dicen, porque puede ser que no anden muy desencaminados.
El argumento del autor del reporte, Michael Froman (el presidente del CFR, nada menos), es que los aranceles de Trump han tenido el efecto, sí, de dejar a la Organización Mundial del Comercio (OMC) fuera de combate, pero la organización ya venía medio noqueada de antes.
Recordemos que la OMC, que hace un par de décadas estaba en boca de todos por la incorporación de China a lo que venía a ser el club capitalista por excelencia, se basa en principios fundacionales como la idea de que los miembros han de concederse unos a otros el trato de «nación más favorecida» (NMF), lo que implica que, pongamos, España no puede decidir tener mejores relaciones comerciales con Argentina que, pongamos, Dinamarca; las condiciones comerciales que demos a Argentina se las tenemos que dar a Dinamarca.
Esto siempre fue más una aspiración que una realidad: no solo están las barreras no arancelarias (limitaciones fitosanitarias, subsidios encubiertos, etc) sino que también hace más de una década que EEUU impone sanciones “secundarias” (ideas de la administración de Barack Obama) a aquellas compañías y países que hacen negocios con países bajo sanciones, como Irán, lo que explica por qué, aunque a España ni le va ni le viene, Repsol no puede explorar los yacimientos de combustible fósiles en aquel país.
De Rusia ni hablemos, porque es un país sometido a sanciones draconianas que es, a diferencia de Irán, miembro de la OMC. Me enternece que Mr. Froman y su CFR, tres años después, sigan sin acordarse de que las sanciones impuestas a Rusia son, con las normas de la OMC en la mano, algo que igual debería haber matado a la OMC bajo el mandato de Biden, pero eso ya da un poco igual.
Lo que Froman argumenta es que las aspiraciones de la OMC nunca se han alcanzado del todo, y ahora ya se han guardado en el baúl de los recuerdos. Froman es el primero en reconocer que “tanto demócratas como republicanos en Washington han acogido con entusiasmo esta postura contra el comercio global en los últimos años”, y lo que le preocupa es que no hayan calculado bien los costes de la postura.
Al fin y al cabo, si las dos economías más grandes del mundo, China y EEUU, operan al margen del sistema de la OMC, otros países tendrán incentivos para hacer lo mismo, lo que generará una mayor incertidumbre que afectará al comercio internacional. Esto parece de cajón.
Lo que propone Froman es crear un sistema con nuevas reglas. Le pone muchos lacitos a su descripción, pero al final se basa en la vieja idea de la “preferencia imperial británica”: recrear un sistema de libre comercio centrado en la metrópolis, sus vasallos y sus colonias, es decir, la UE, Japón, Australia… como el que tuvo el Reino Unido mientras pudo (es decir, hasta que se quedó sin vasallos y sin colonias y se metió en la OMC); y si los chinos montan su propio sistema, pues qué se le va a hacer.
Lo que dice Froman obviamente busca que todo cambie para que todo siga igual, como en El gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, pero lo que dice tiene sentido. Cuando se estableció la OMC sobre la base de anteriores sistemas que básicamente unificaban a las economías capitalistas, en 1995, tenía 76 países miembros. Ahora tiene más de 160, que representan el 98% del comercio mundial. Es un club que ha crecido tanto que ha perdido sentido. Y está China, dominándolo todo.
Washington asumía que China se beneficiaría en gran medida de su pertenencia a la OMC, pero también contaba con que esa pertenencia coadyuvaría a una mayor democratización o al menos liberalización del régimen comunista, lo que a todas luces no ha ocurrido. Al final, EEUU esperaba que la OMC fuera un Caballo de Troya para China, y ha sido China la que resultó un Caballo de Troya para la OMC. Llama la atención que siempre acabe siendo Trump el que se da cuenta de estas cosas.