Trump y el dilema del imperio español

Los efectos del dilema de Triffin y los paralelismos del declinar imperial

La tormenta de los aranceles de Donald Trump dominó los periódicos financieros durante la primera mitad del año, y desde entonces ha bajado significativamente. El mundo sigue dando vueltas, y las economías internacionales no parecen haber sido afectadas, al menos de momento.

La historieta de los aranceles debería ser una enseñanza valiosa para todos. En primer lugar, para los liberales españoles, siempre un pelín retrasados respecto a las corrientes internacionales, con ese aire del tipo que llega el partido de fútbol en el minuto 80 y pregunta que cómo van.

Es mejor, amigos liberales, que dejen de dar la vara con los aranceles son malos, van a haceros x% más pobres en tantos años. Todos lo sabemos. Ya nos lo repitieron con el Brexit, con su insistente lema del “el PIB británico será un 5% más bajo en una década si salís de la UE”. Todo el mundo lo entendía; y la respuesta del votante británico fue “quiero recuperar la soberanía nacional y si el precio es un 5% del PIB pues adelante”. Y ésa es exactamente la respuesta del trumpismo.

El trumpismo no quiere que EEUU sea el núcleo vaciado y drogado de un imperio progresista occidental, sino un país con industrias productivas donde la gente tenga un trabajo digno. Lo que no sabemos es si lo van a conseguir, porque los trumpistas se enfrentan a una ley histórica implacable que tiende a hundir los imperios, que ya hundió al imperio español, y que se conoce como dilema de Triffin.

Este dilema fue identificado en la década de 1960 por el economista belga-estadounidense Robert Triffin y explica el conflicto de intereses económicos que surge entre los objetivos a corto plazo de una nación, como la República estadounidense o España en el siglo XVI, y los objetivos internacionales a largo plazo de un imperio.

En resumen, el conflicto es resultado de la necesidad imperial de contar con una moneda ampliamente disponible como medio de intercambio para vasallos, neutrales e incluso rivales. Recuerden que las monedas españolas durante la época imperial, como los reales de a ocho y los doblones, fueron el sueño dorado de generaciones de piratas anglosajones. Fueron tan populares durante siglos que el conocido símbolo del dólar estadounidense, de hecho, era originalmente un símbolo que hacía referencia a la pieza de a ocho.

De hecho, cuando se creó el dólar, la Ley de Acuñación de 1792 lo definió como con «el valor de un dólar de plata español, tal como está vigente en la actualidad». Esta importancia de las monedas españolas explica por qué en la Alpujarra sigue existiendo la leyenda de que el municipio de Dólar dio su nombre a la moneda estadounidense. No es una idea absurda.

Los esfuerzos imperialistas de España se vieron favorecidos por la popularidad y la fortaleza de su moneda, ya que todos ansiaban recibir pagos o sobornos con ella. Sin embargo, esto tuvo repercusiones en España, al igual que la popularidad global del dólar ha impactado en Estados Unidos.

Estos impactos son una consecuencia inevitable de la dualidad de todas las monedas (como reserva de valor e instrumento de intercambio), especialmente cuando se expanden por todo un imperio. Esto explica en parte por qué Bitcoin sigue cayendo cada vez que hay una crisis en los mercados financieros, a pesar de que muchos esperan que sea una reserva de valor.

Dicha dualidad ha existido desde los albores de la civilización. En última instancia, una moneda de reserva global, como el dólar o el doblón imperial español, debe estar disponible para todos. Esto implica que el país que acuña la moneda de reserva inevitablemente incurre en un déficit comercial, como ha ocurrido en Estados Unidos desde el fin del patrón oro, a partir de la década de 1970.

La demanda de la moneda imperial implica que se intercambiará regularmente por bienes y servicios: sale dinero, entran importaciones, y durante un tiempo esto parece un intercambio excelente. Dado que otros compran la moneda regularmente —y la almacenan como reserva— se vuelve más valiosa, lo que erosiona la competitividad general de la metrópoli: antes del colapso de los fabricantes de automóviles de Detroit, se produjo el colapso de la industria textil de Castilla, floreciente y dominante en el siglo XV, superada por los países del norte con monedas más débiles —principalmente la británica y la holandesa— en el siglo XVI.

El resultado es un déficit comercial perenne que solo puede contenerse con aranceles punitivos, como los anunciados hace días por Donald Trump. Al mismo tiempo, estos aranceles solo pueden conducir al declive imperial, ya que la moneda del imperio se vuelve menos útil para el intercambio o almacenamiento, y al imperio le resulta más difícil endeudarse para reclutar ejércitos; por otro lado, llega un refuerzo de la base industrial de la metrópoli mediante la sustitución de importaciones.

Por supuesto, cualquier comparación entre la monarquía católica española de la Edad Moderna y la república estadounidense contemporánea, con su retahíla de bases militares, siglas y aliados, será imperfecta. Sin embargo, este reciente estudio sobre el declive económico de España durante la era imperial sugiere las similitudes: España, al igual que los Estados Unidos modernos, era una potencia militar respaldada por la riqueza derivada de las materias primas: oro y plata de América en el caso de España, mientras que Estados Unidos es el mayor productor mundial de petróleo y gas natural.

Al observar los efectos del dilema de Triffin en la España imperial, los paralelismos son evidentes. Por ejemplo, la creación de una suerte de complejo militar-industrial, dedicado a mantener una serie de guerras permanentes que buscan la expansión de la democracia/ salvación de las almas, la acumulación de deuda a medida que los compradores chinos/banqueros alemanes se lanzan a prestar dinero a bajo intereses, y el surgimiento de una «meritocracia» imperial llena de aventureros tipo Hernán Cortés o consejeros reales que supieron gestionar problemas de gobernanza complejos en lugares tan distantes como Filipinas y Sicilia.

Puede que los aranceles de Trump no resuelvan los problemas imperiales de EEUU. Aun así, Trump es la única persona desde Bill Clinton (quien, con todos sus infinitos pecados, fue el último presidente estadounidense que logró estabilizar el presupuesto) que ha presentado un plan a largo plazo para arreglar lo que durante más de una década ha parecido un desplome descontrolado del que nadie se sentía responsable.

Madrid, 1973. Tras una corta y penosa carrera como surfista en Australia, acabó como empleado del Partido Comunista Chino en Pekín, antes de convertirse en corresponsal en Asia-Pacífico y en Europa del Wall Street Journal y Bloomberg News. Ha publicado cuatro libros en inglés y español, incluyendo 'Podemos en Venezuela', sobre los orígenes del partido morado en el chavismo bolivariano. En la actualidad reside en Washington, DC.

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