Tras un apoteósico final del estilo wagneriano que tanto gustaba al Tercer Reich el 9 de mayo de 1945 se rindió incondicionalmente, dando así comienzo a una nueva época. Ese mismo día, cinco años después, el ministro francés de Exteriores Robert Schuman proclamó en solemne discurso que la uniónfranco-alemana en algo tan mundano como la producción de carbón y de acero sería la semilla de la paz mundial y la primera etapa de la federación europea. Apenas cuatro años después Francia comenzó una guerra colonial en el norte de África que causaría casi medio millón de muertos, pero no nos distraigamos: estábamos hablando de algo tan hermoso y motivo de entrañables villancicos como es la paz en la Tierra, que sería cimentada por la CECA, a partir de 1957 llamada CEE y en los años noventa llegaría a conocerse como Unión Europea, cuyo día conmemorativo ha pasado a ser precisamente el 9 de mayo.
Ahora bien, se ve que la paz como mito fundacional tiene sus limitaciones. Si te preguntan qué tal el día y respondes «bien, hoy nadie me ha pegado», estarías planteando unos baremos realmente bajos. Uno no se casa con alguien simplemente porque no discute con ella, hacen falta más elementos para justificar esa unión; algo te tiene que atraer de esa persona aparte de que no te insulte ni te lance la zapatilla. La ausencia de conflicto no puede ser lo más significativo de la existencia, necesitamos cierta meta común que oriente nuestra vida colectiva más trascendente que la no agresión mutua.
Por otra parte, la reconciliación francoalemana ni puede ni debe ser la seña de identidad de todo el continente, donde cada una de sus partes tiene su propia historia que no tiene por qué reemplazar por ninguna otra. El planteamiento de posguerra era amansar a Alemania diluyéndola en un ente supranacional para que no volviera a atacar al mundo («¿Quién se creía que era? ¿Marte?» bromeaba Norm MacDonald) y por esa vía toda Europa ha terminado compartiendo una inmerecida culpabilidad sobre su pasado. Hay una profunda impostura en ver a políticos españoles hablando del Desembarco de Normandía como algo propio, cuando nuestro país no participó en ninguno de los dos grandes conflictos mundiales. Estábamos a otra cosa y a mucha honra.
La cuestión es que a la paz nos acostumbramos rápido y la damos por supuesta, pasan los años haciendo que el recuerdo de aquella guerra vaya difuminándose… y de forma simultánea vemos cómo paso a paso nuestras élites están cogiéndole el gusto a la retórica belicista, al fin y al cabo, ni ellos ni sus descendientes tendrán que ir al frente a combatir. Como si en el minuto 40 de la película el villano se desnucara cayéndose por las escaleras, necesitamos sobre la marcha una nueva narrativa que sostenga el tinglado; hay que darle a la tribu otro tótem que venerar, porque el trágala de la construcción europea —es decir, la progresiva disolución de las naciones que la integran— no es algo que la mayoría de la población esté dispuesta a hacer por propia iniciativa.
Véase a ese respecto cómo en 2005, sesenta años después de la II Guerra Mundial, los referéndums sobre la Constitución Europea de Francia y Países Bajos mostraron un claro rechazo a continuar ese camino. Fueron todo un varapalo para el europeísmo. Curiosamente ese mismo año comenzó el Régimen de Comercio de Derechos de Emisión de la UE, también llamado EU-ETS, formidable negocio para algunos en torno a la compraventa de derechos de emisión de CO2.
Para 2007 el Consejo Europeo adoptó los objetivos «20-20-20» (reducción del 20% en emisiones, aumento del 20% en renovables y mejora del 20% en eficiencia energética), mientras que en 2008 se aprobó el Paquete Europeo de Energía y Cambio Climático. En 2015 se firma el acuerdo de París y poco después Greta Thunberg comienza a aparecerse en nuestras vidas para sermonearnos con celo calvinista sobre nuestras vidas llenas de contaminante pecado, profeta de la medianoche del mundo, de la decadente Edad de Hierro de idolatría del becerro de oro, el Kali Yuga de las escrituras hindúes. A lo largo de esa segunda década la propaganda apocalíptica ya estaba desatada, con medios como El País planteando que tener hijos es inmoral e insensato debido al cambio climático. La parte positiva es que leyendo esas cosas podíamos descansar un rato de la propaganda feminista que ocupa el resto del tiempo.
En cualquier caso, la intromisión en cada aspecto de nuestras vidas particulares ha venido siendo exasperante: a cada paso que diéramos dejábamos huella de carbono. La particularidad es queel estilo de vida ecológica se convertía en un lujo que permitía distanciar a la élite pudiente y concienciada de la chusma pobre e ignorante; la adopción del modo de vida progresista como una versión actualizada de los clubs de caballeros decimonónicos. Siendo un ejemplo paradigmático las ZBE de los núcleos urbanos inaccesibles a los coches baratos. O el empeño en que los viajes en avión, democratizados en las últimas décadas, vuelvan a ser una experiencia al alcance de una minoría selecta.
Pero prosigamos con el repaso cronológico, dado que en 2019 y 2020 la lucha contra el calentamiento global pasó a ser el pilar central del proyecto europeo, con el Pacto Verde y la Ley del Clima, donde expresamente se manifestaba que «las acciones para frenar el calentamiento global y proteger la naturaleza son imperativas para el futuro de la UE» y léase lo siguiente teniendo en mente la voz del dios de Zardoz: «la neutralidad climática es el destino europeo». Ahí no acaba la cosa, porque en respuesta a la pandemia de 2020 y el hundimiento del PIB que trajeron los confinamientos se planteó una inyección masiva de fondos en la economía llamada NextGenerationEU de más de dos billones de euros donde la prioridad sería… «la lucha contra el cambio climático, con el 30% de los fondos de la UE, el mayor porcentaje en la historia del presupuesto europeo». Cuando solo se tiene un martillo se ven clavos por todas partes.
Aunque todo esto tenga elementos milenaristas y apele al pánico en las masas, hay en ello una lógica: si se quiere promover una arquitectura política supranacional entonces es necesario plantear problemas y necesidades que por ser de alcance global superarían el margen de actuación de un tradicional Estado-nación. Ahí el cambio climático encaja como un guante, es la causa globalista por excelencia. Como sus objetivos son a tan largo plazo, además, se vuelve imposible exigir un rendimiento de cuentas ¿Quién estará vivo dentro de un siglo para constatar si fue o no efectivo en su impacto medioambiental este fantástico trasvase de dinero de unos bolsillos a otros que se celebra con tanta alegría ante nuestros ojos?
En Falsa alarma: por qué el pánico climático no salvará el planeta, Bjørn Lomborg enfoca el asunto desde una perspectiva muy razonable. Argumenta que, si los políticos pidieran a los científicos una forma casi infalible de reducir a cero las muertes en carretera, la respuesta técnica sería simple: fijar un límite nacional de 5 km/h. Con esa velocidad no moriría nadie. Pero la ciencia no propone imponer ese límite; solo señala que es el modo más eficaz de lograr el objetivo. La decisión política, en cambio, busca —o debería buscar, la realidad ya vemos que va por otro camino— un equilibrio entre seguridad y movilidad, no la eliminación absoluta del riesgo a cualquier precio. Lo mismo cabe aplicar a la cuestión ecológica que nos ocupa. Un balance entre intereses y objetivos plurales que no suponga un empobrecimiento colectivo ni se vuelva invasivo en nuestros hábitos y estilos de vida, sería sin duda mucho mejor para los europeos. Para el proyecto europeísta ya no tanto.