We the hispanos

El nuevo documental del cineasta López-Linares explora el patrimonio hispano de los Estados Unidos de América y profundiza en la hispanidad

El director cinematográfico José Luis López Linares ya tiene en los cines la última película de su trilogía sobre la Hispanidad: We the hispanos.

Si en España, la primera globalización liquidó la “leyenda negra” y en Hispanoamérica, canto de vida y esperanza prueba que la expedición española a América nunca tuvo un carácter colonialista; We the hispanos resulta una diatriba sutil, pero inmisericorde, a los Estados fallidos que surgieron de las guerras de independencia contra la monarquía española.  

La importancia que en la película se otorga a los inmensos espacios abiertos nos remite a los westerns clásicos de Ford o de Anthony Mann.

Con su ya habitual maestría fotográfica el director pinta un paisaje majestuoso, casi onírico, que pretende dejar testimonio tanto de un imperio como de una frontera.

Fotograma de We the hispanos

Pero si en términos formales el documental entronca con el western, el planteamiento material de la obra también tiene unas claras reminiscencias de película del Oeste, pues durante las casi dos horas de duración el duelo entre Hispanidad y Estados fallidos está susurrado en la gran mayoría de sus secuencias, de conformidad con lo que me atrevo a llamar el método “López-Li”.

Con su peculiar técnica consistente no en buscar, sino en encontrar, López Linares nos presenta unos hechos históricos (la influencia española en la creación de USA o la diáspora hispanoamericana hacia USA) con la esperanza de que surja el hallazgo imprevisto.

Para ello cede a los intelectuales a los que denominé “Generación 21-21” (Roca Barea, Adelaida Sagarra, Zunzunegui, Gullo…) el papel de «sujeto de la investigación» para reservarse la modesta posición del que escucha con el fin de encontrar lo que se desconoce.  

Ese trueque, ese pasar de director a “escuchante” le permite ofrecernos lo que nadie ve, aunque lo tuviéramos delante.  

El producto del método “López-Li” siempre es algo inesperado, pues lo que la pantalla refleja no es el resumen de una búsqueda (el rastro español en el nacimiento de EE.UU.) sino el fruto de un encuentro: en el caso de We the hispano, una genealogía de la Hispanidad donde la contribución de los Estados que toman el relevo de España queda representada en una breve secuencia donde miembros del “Cártel Jalisco Nueva Generación” posan orgullosos con su moderno arsenal militar.

Así, la decisión del director de convertir su tarea cinematográfica en la actividad de escuchar nos permite descubrir que en la radical diferencia entre Hispanidad y Estados fallidos reside la causa degenerativa de los pueblos hispanos.

Hispanidad y Estados: un problema no resuelto

Gracias al análisis político de la cámara de López Linares entendemos por qué un emigrante, digamos, peruano, padece esquizofrenia cuando celebra en Madrid o en Nueva York el día de la independencia del país del que tuvo que huir.   

¿Cómo puede festejar la existencia de un país del que salió corriendo?

La diáspora hispanoamericana ignora que lo que celebra con las banderas estatales no es otra cosa que su participación en la comunidad hispanoamericana, no su corporación política fracasada.

Si en Europa comprendemos con nitidez la diferencia entre Estado y Nación, esa dicotomía no resulta útil en Hispanoamérica porque allá la divisoria esencial es entre Hispanidad (Comunidad) y Estado.

En la América hispana la idea de Estado-Nación no puede cuajar porque los elementos espirituales o identitarios que definen una nación (lengua, costumbres, religión) ya estaban definidos en la supranacional Hispanidad desde el periodo virreinal.

Por eso, el hecho nacional en Hispanoamérica sólo es un epifenómeno de la Hispanidad porque ninguna nación es independiente o diferente de aquélla.

Mientras desgrana el papel de los españoles en la constitución de USA y nos aporta los datos que acreditan la relevancia actual de los hispanos en el imperio useño, la lección política de We the hispanos nos va calando gota a gota: la pujante Hispanidad desborda los Estados-Nación que surgieron de las guerras de independencia porque los pueblos no anhelan soberanía, sino Estados seguros donde desplegar con libertad el modo de vida hispano.   

En la existencia de una comunidad supranacional (la Hispanidad) diseminada en una miríada de pretendidos Estados-Nación donde la idea de nación es superflua y el Estado una carga, reside el nudo gordiano de la América hispana.

López Linares, con su característico esteticismo, nos muestra que la Hispanidad crea añoranza, mientras que los Estados, con independencia de sus objetivos fundacionales, fabrican exiliados que huyen de situaciones de barbarie.

Gracias a esta evidencia, velada por el fugaz prestigio de una exigua minoría hispana exitosa en EE.UU.; de repente entendemos por qué a la mayoría de los venezolanos no les importa que USA haya secuestrado a su presidente, pues ellos (o los cubanos) no necesitan una ilusión de “soberanía nacional”, sino una real seguridad estatal donde vivir su vida de conformidad con sus creencias y tradiciones, esto es, según su condición de hispanos.

Esa gigantesca diáspora hispanoamericana que ha creado una potente comunidad en un Estado ajeno como USA nos reafirma en la idea de que sus Estados originarios no contienen naciones étnicas identificadas con un terruño exclusivo, pues la categoría de hispano es previa a cualquier espacio estatal y no está vinculada a un único territorio, sino a muchos.

Precisamente por ello la Hispanidad ha logrado constituir o modificar espacios políticos en Estados distintos a los suyos (véase USA) pues su naturaleza ni estatal ni nacional le permite adaptarse a cualquier forma política. El caso de Puerto Rico es paradigmático y está por ver si el destino de Cuba o el de Venezuela no termina siendo el de los puertorriqueños.

Los hispanos llegan a USA en tanto espacio seguro, pero llevando consigo su pertenencia a una civilización distinta y denunciando con su exilio el fracaso de su forma estatal. 

En definitiva, los hispanos no huyen de la Hispanidad, sino que lo hacen de sus Estados portando su modo de vida hispano que nunca terminan de abandonar.

Al identificar el lastre estatal que se ha apoderado de la Hispanidad durante los dos últimos siglos, López Linares opera un giro copernicano en la avergonzada mentalidad hispanoamericana y señala dónde se encuentra la falla tectónica.  

La comunidad hispana en USA es la prueba de que la Hispanidad existe, pero en sus territorios de origen no ha encontrado la forma política que garantice un orden en el que desarrollarse.

Ahora bien, no encontrarán en We the hispanos la reivindicación de una unidad política superadora de los Estados actuales.

La comunidad hispanoamericana no necesita crear una institucionalidad nueva, no necesita un mega Estado al modo de la UE porque no tiene enemigos interiores a los que conciliar mediante la cooperación económica, como ocurrió en Europa después de la Segunda Guerra Mundial.

La Hispanidad unió hace siglos lo que la UE sólo ha conseguido reunir a medias.

Por ello es un Gran Espacio comunitario que dispone incluso de un “ius publicum hispaniarum», a pesar de sus Estados barbarizantes.

No obstante, aunque el realismo político obligue a desechar cualquier revolución desde arriba que cambie de raíz los actuales Estados, sigue subsistiendo el problema de que todo Gran Espacio sólo puede ordenarse mediante múltiples agrupaciones que hagan posible la aplicación práctica del ideal comunitario.  

Aunque la Hispanidad sea administrada por Estados fracasados, de esos hay que partir. No para crear estructuras políticas más grandes, sino mejor ordenadas.

¿Cómo salir del callejón sin salida que supone tener una comunidad mal administrada que no vislumbra otra forma de administración?  

Es obvio que López Linares ni siquiera lo propone porque no es el motivo de la película, pero sí quedan designados con nitidez los responsables del desastre: los Estados de los que huyen sus habitantes.

A modo de conclusión, el planteamiento a contracorriente de la trilogía de López Linares le ha permitido acumular un capital simbólico que ha generado un movimiento cultural que reivindica la Hispanidad como obra humana civilizadora con proyección en el s. XXI si encuentra un cauce político adecuado. 

El director deja testimonio en We the hispanos de la existencia de un patriotismo hispanoamericano que fluye atravesando las fronteras de sus Estados fallidos, que no necesita para manifestarse una asamblea constituyente en el sentido de la tradición constitucional europea, ni siquiera una voluntad política unitaria.

Sólo así pueden entenderse las palabras de uno de los protagonistas del film cuando, a pesar de sus lamentables situaciones políticas, afirma que en español se puede soñar con salvar el mundo.

                                                                             

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