14 de julio

Los hombres que con toda razón lloran los siniestros males de la Revolución deben hacerlo también por los males que la precedieron

Muchos liberales aún se arrodillan ante la Revolución Francesa como los sacerdotes ante Dios. No cabe duda de que las cuatro décadas anteriores a la toma de La Bastilla, lugar emblemático en el que se ha querido ver una Edad Media cristalizada con toda su barbarie, en el régimen político de la monarquía borbónica ya comenzaba a atisbarse desconchados, sordos rumores de futuros derrumbes. Así, la querida de Luis XV, madame de Châteauroux, que no era nada tonta, dice en 1743: “Veo venir un gran trastorno si no se pone remedio”.

La toma de La Bastilla, una cárcel siniestra en la que desaparecen en sus sótanos los desafectos a la monarquía cuyos presuntos crímenes ya no se recuerdan, y que los pocos que emergían tenían las orejas y las narices roídas por las ratas, simboliza un nuevo humanitarismo y los límites del poder político en una sociedad civilizada. Mas el mundo, a pesar de los que tomaron La Bastilla, seguiría cubierto de cárceles para los desafectos, desde Spielberg a Siberia, desde Spandau a Mont-Saint Michel. Si la Revolución, a partir de 1791, tuvo momentos de espantosa violencia, crueldad, crímenes, masacres y totalitarismo, también es verdad que el Estado de Luis XIV, Luis XV y Luis XVI, sometió en innumerables ocasiones al pueblo francés a un yugo brutal e inhumano, de los que podríamos dar muchos ejemplos. Por ello los hombres sensibles que lloran con toda razón los males más siniestros de la Revolución, perpetrados por gentes como Marat, Hebert o Robespierre, también deben derramar sus lágrimas por los males que la precedieron y que la causaron. Antes de la “civilizada” guillotina aún se quemaba a los condenados, se les metía en la rueda o se les descuartizaba vivos. Es justo ser plañideras del rey y de la nobleza si también empatizamos con los sufrimientos innúmeros del pueblo.

Los Estados Generales elegidos prácticamente por sufragio universal –Necker sabía que el sufragio universal tiene resultados más conservadores que el censitario, como la Revolución demostró al exigir cierta propiedad a los votantes, y que Kautsky ha explicado muy bien en su obra Democracia y Parlamentarismo– representaba no tres órdenes, sino tres naciones, y la reducción gracias al verbo de Mirabeau y al genio de Sièyes a una única Asamblea supuso por primera vez en  Europa el nacimiento de una única nación, la nación francesa. Más aún, aquella primera Asamblea Nacional ya no representaría, según Robespierre, ni los órdenes ni las provincias, sólo la Nación. Ya mucho antes, el 12 de mayo de 1789, el bretón Guy Le Chapelier afirmaba que “una vez abiertos los Estados, no hay ya diputados de orden ni provincia, sino solamente representantes de la Nación”.

    La Prensa, de un lado y del otro, además de abrir los caminos de la Revolución, envenenó en seguida la hermosa fraternidad que se había conseguido en el primer año de Revolución. Infectó de furor criminal a las masas, que enfermas de hidrofobia se degradaron en algunos momentos a locos perros que mordían. Una mujer llegó a comer literalmente el corazón de Belsunce. Marat en su periódico, “El amigo del pueblo”, publicaba los domicilios de sus enemigos, calle, número y piso, para que las turbas criminales, gente de muy buena voluntad, no tuvieran que entretenerse pidiendo informes para poder cortar el cuello a los enemigos de Marat, no de Francia ni de la Ciencia, como fue el caso de Lavoisier. El periódico, “Padre Duchesne”, de Hebert, se componía con las palabras más innobles, los juramentos de las tabernas y las mancebías. Pero los diarios de los realistas, como “El Amigo del Rey” o “Las Actas de los Apóstoles” respiraban la misma brutalidad y sed de sangre enemiga. “Marchad – decía un ejemplar del último diario–; vengad a Dios; id a matar a los impíos”. La contrarrevolución católica triunfó en Nimes y en Montauban en mayo de 1790; lo que convirtió a la Revolución prácticamente en una prolongada Guerra Civil hasta el Directorio. Esta guerra civil también fue una guerra de religión, pues la fe de la Revolución se parecía demasiado a la fe religiosa. Fe contra fe. Y nuestra Guerra Civil del siglo XX también tuvo mucho de eso. Se puso encima de la Bestia –las masas– un carbón encendido.

    Pero la Revolución, en un principio, no estaba llamada a reemplazar el cristianismo y la cosmovisión cristiana, sino a reformarla, renovarla, y hacerla más evangélica. El humanitarismo de Voltaire y la fraternidad de Rousseau –hombre, sin embargo, muy resentido– fueron forjadores de la primera mentalidad revolucionaria. “¡A todos los hombres, a nuestros enemigos mismos, juramos amar y defender!”. Los inmigrantes tendrían los mismos derechos que los franceses. Y así decía Clootz: “Los hombres serán como deben ser y cada uno podrá decir: el mundo es mi patria. Entonces no habrá emigrantes”. Hubo meses, los ocho o nueve primeros desde la caída de La Bastilla, en que existió una inocente credulidad en la eficacia de las promesas humanas más santas.

    El Rey, aunque era un buen hombre, quizás el mejor borbón francés, sin embargo, ya desde el principio, fue a remolque de la Revolución. El 23 de junio de 1789, sin considerar que iba a provocar una revuelta que acabaría en Revolución, el Rey anula los acuerdos de los diputados del Tercer Estado, declarándolos “nulos, ilegales y anticonstitucionales”. El conde de Artois, antiguo amo de Robespierre, ebrio de insolencia entre los nobles más bravos, envió a decir al Juego de Pelota, en donde estaba reunido el Tercer Estado, que nadie entrase allí al día siguiente, porque iba a ir él a jugar una partida. Guy Le Chapelier, mi héroe favorito de la Revolución Francesa, junto al girondino Vergniaud, proponía que se redactase un mensaje “para advertir a Su Majestad de que los enemigos de la patria obsesionaban al Trono y que sus consejos tienden a colocar al monarca a la cabeza de un partido”. Y tenemos que recordar que en junio de 1789 la Asamblea era enteramente monárquica, sin exceptuar a uno solo de sus miembros. Le Chapelier, entre otras muchas propuestas de raíz puramente liberal, fue quien por primera vez hizo que declarase la Asamblea Nacional la inviolabilidad de la correspondencia, derecho que la tecnología hodierna ha liquidado. Desde la toma de La Bastilla Necker sabía que el Rey tenía que ir a París a confiarse al pueblo, a liderarlo, a aceptar los objetivos de la Revolución, y como se resistió, tuvieron que ir las mujeres en octubre, conducidas por Maillard, a Versalles, para llevárselo a París junto a la Reina, el Panadero y la Panadera. La famosa Madelaine Chabry llamó así a los reyes, porque estaba convencida de que sólo ellos garantizarían el abastecimiento de pan en París. El país de Juana de Arco, de Juana de Montfort y de Juana Hachette tuvo grandes heroínas en aquel gigantesco trance histórico, y todas ellas pagaron con sus vidas el amor a la libertad y su entrada por vez primera en un ámbito exclusivo de los hombres, la pólis.

    El 10 de junio de 1790, a propuesta de un diputado del Mediodía, y apoyada por Montmorency y por Lafayette, la Asamblea Nacional abolió la nobleza hereditaria con todos sus títulos. Los hijos no pueden heredar ni los méritos ni los crímenes de sus padres. Y la nueva aristocracia quiere ser la de la inteligencia, y no la del nacimiento. “Somos verdaderos atenienses”, decía Desmoulins. Lo que nos indica lo eufóricos que se sentían los ilustrados de la Revolución Francesa. Volvía la Atenas de Pericles.

     Los jacobinos, por su conducta, parecían los herederos directos de los sacerdotes. Imitaban su irritante intolerancia y soberbia, por las cuales los curas tantas herejías habían suscitado.

    El pensamiento republicano llegó por vez primera cuando el duque de Orleans, una dinastía infinitamente más corrupta que la Casa de Borbón, se propuso cobrar una vieja dote de la época de Luis XIV, cuatro millones de francos, sacándoles el dinero del bolsillo a los ciudadanos y sangrar así el Tesoro Público. Robespierre llegó a decir que la República “se había colado” por aquella infame codicia que no estaba fundada en ningún derecho, e inmediatamente Orleáns dejó de ser el candidato de la monarquía democrática. Ante esta situación algunos miembros de la Asamblea propusieron que nadie de la nobleza pudiera salir de Francia por si llevaba con él su fortuna. Fue entonces cuando nuestro héroe Guy de Chapelier pronunció un hermoso discurso en el que defendió el derecho natural de todos los seres humanos de trasladarse por todos los países que se les antojara, obedeciendo sólo a su propio capricho. Fue así cómo las viejas tías de Luis XVI, las Mesdames, pudieron salir del reino.

     Después de la muerte de Mirabeau la Revolución iba a rodar por una pendiente rápida y sombría hasta su propia tumba. La Revolución tomó en seguida su terrible carácter; cayó toda entera en las manos intolerantes y violentas del partido jacobino. Pero todavía tuvo algunos momentos hermosos, como cuando Le Chapelier propuso una Ley contra la partidocracia en mayo de 1791, declarando que si no se aprobaba esta Ley los partidos se convertirían en los únicos actores de la libertad política, que los clubes políticos, como los sindicatos, no eran representantes ni de los ciudadanos ni de los trabajadores, sino sus usurpadores. Pero Robespierre y Pétion se opusieron a Le Chapelier, defendiendo la partidocracia naciente con toda su energía y, al final, acabarían con la propia vida del gran Le Chapelier. Hoy el discurso de Robespierre y de Pétion sigue vigente en las democracias europeas. Otro gran momento fue la propuesta de Duport para abolir la Pena Capital. “¿Una sociedad que se proclama legalmente asesina, no enseña a asesinar? ¡Que el hombre sea respetado por el hombre!”. Y después de aquello vino la masacre. Llegará el día en que el noble diputado Vergniaud intente salvar la vida del Rey con estos mismos argumentos, y pierda también él la suya.

    Honremos siempre los dos primeros años de la Revolución Francesa, sobre los que se erige una civilización ilustrada y humanitaria, pero maldigamos los tres siguientes, fundamento de todos los horrores políticos que ha sufrido la Humanidad desde entonces.

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