“Las Cortes, que son uno de los más principales órganos del Poder y como una irradiación del Gobierno, mueren sin duelo y viven sin alegría. ¿Por qué? En primer lugar, porque la inmensa mayoría del pueblo español está vuelta de espaldas, no interviene para nada en la vida pública. De lo que queda, dividid las muchedumbres socialistas, anarquistas y libertarias, restad las masas carlistas y las masas republicanas de todos los matices, id contando mentalmente lo que os queda, subdividid entre las fracciones gobernantes y decidme la fuerza verdadera que le queda en el país a cada una de las fuerzas que representa cada órgano gobernante con su mayoría, con su voto decisivo, con la acción y dirección que ejerce la nación”.
Así se expresaba Antonio Maura y Montaner en el Parlamento el 15 de julio de 1901. Se trataba de uno de los más lúcidos e incisivos diagnósticos de la situación política española tras el Desastre de 1898. Pero no fue la única vez en que el político mallorquín incidió en los males que aquejaban al régimen de la Restauración. En su respuesta a la encuesta propiciada por Joaquín Costa en Oligarquía y caciquismo, Maura señaló de forma taxativa: “Debajo de la mentada armazón constitucional, lo que de veras existe es un cacicato editor de la Gaceta y del presupuesto”.
Nacido en Palma de Mallorca el 2 de mayo de 1853, Antonio Maura y Montaner fue, siguiendo la perspectiva del filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson, uno de los hombres más representativos de la política español de comienzos del siglo XX. Para Emerson, la representatividad se encontraba asociada al “heroísmo”, a una “actitud militar del alma”, cuyo fundamento no era otro que “el desprecio por la seguridad y la tranquilidad que constituyen el atractivo de la guerra”. De humildes orígenes mesocráticos, Antonio Maura se distinguió, desde el principio, por su brillantez como abogado y como uno de los oradores más elocuentes de la época. En un principio, militó en el Partido Liberal dinástico y luego en el Partido Conservador. A ese respecto, no dudó en señalar que “la libertad se ha hecho conservadora”. En todo momento, se mostró como un político audaz, capaz de realizar, como ya hemos señalado, diagnósticos sumamente certeros, sino de elaborar proyectos ambiciosos de reforma. Fue presidente del Consejo de Ministros en cinco ocasiones, entre 1903 y 1904, entre 1907 y 1909, en 1918 y 1919 y entre 1921 y 1922. Igualmente, ocupó el ministerio de Ultramar, entre 1892 y 1894, presentando un ambicioso proyecto de autonomía para Cuba. Ministro de Gracia y Justicia entre 1894 y 1895. Y ministro de Gobernación entre 1902 y 1903, donde destacó por su política de limpieza electoral frente al caciquismo. En ese sentido, su figura siempre resultó sospechosa para los representantes del establishment de la Restauración, reacio a reformas e innovaciones sociales y políticas.
A diferencia de Joaquín Costa, Rafael Altamira o Ricardo Macías Picavea, Maura no fue partidario de la comisoria “dictadura tutelar” o del “cirujano de hierro”. La indudable crisis de legitimidad que padecía el régimen de la Restauración debía ser solventada mediante reformas de carácter político. A ese respecto, hizo célebre el lema de “la evolución desde arriba”. Maura fue siempre un conservador liberal, defensor de la Constitución de 1876, del sistema parlamentario, de la Monarquía constitucional y del catolicismo como “médula” de la nación española. El momento estelar de toda su carrera política tuvo lugar en el denominado “gobierno largo”, entre 1907 y 1909. Desde la perspectiva maurista la “revolución desde arriba” consistía fundamentalmente en reformas de carácter político para lograr lo que denominaba “descuaje del caciquismo” y la movilización de las “masas neutras”; lo que pasaba por la renovación de la vida local, de los procedimientos electorales y de la representatividad parlamentaria, que intentó plasmar en sus discutidas leyes de Administración Local y de Reforma electoral. Fue, sin embargo, su pretensión de descentralizar y de introducir el voto corporativo en la vida municipal, así como la elección de segundo grado en la designación de los diputados provinciales, lo que más polvareda levantó en la oposición liberal y republicana. Al lado de la aprobación de estos proyectos, Maura intentó una política de reconstrucción militar, sobre todo en la Marina; y de reafirmación de los valores que él y sus partidarios consideraban inherentes a la tradición nacional, sobre todo la influencia social de la Iglesia católica. El gobierno aumentó la escolaridad obligatoria de los seis a los doce años, Se creó el Instituto Nacional de Previsión y se aprobaron las leyes de Conciliación y Arbitraje, que sentaron en jurisprudencia el concepto de “jurados mixtos”, el de huelga, etc,
Sin embargo, el “gobierno largo” no consiguió plasmar realmente estos proyectos. Los graves sucesos de la “Semana Trágica” de Barcelona produjeron una ofensiva antimaurista, tanto en el interior como en el exterior, a la que se sumó el Partido Liberal, rompiendo así la solidaridad del “turno”, que terminó con la caída del gobierno y el final de la experiencia reformista de Maura.
Su caída en 1909 provocó una profunda crisis en el seno del conservadurismo dinástico, e incluso en el propio sistema de la Restauración, cuyo “turno” de partido quedó seriamente dañado. Caído Maura, Alfonso XIII abrió el paso al partido liberal en la persona de Moret, que pronto fue sustituido, gracias a la iniciativa real, por José Canalejas, que no fue capaz de llevar a buen término sus proyectos de democratización del régimen y de secularización de las instituciones. Su asesinato en 1912 acentuó aún más la crisis y la división de los grupos dinásticos. La renovación de la confianza real a los liberales, que benefició en esta ocasión al conde de Romanones, fue la causa de la dimisión de Maura de la jefatura de los conservadores y de su renuncia al acta de diputado. Caídos los liberales y llamado a la presidencia del Gobierno Eduardo Dato, cuya promoción dio lugar al grupo que Maura calificó despectivamente como “idóneo”, consumó la escisión de los conservadores, produciéndose en el seno del grupo una serie de réplicas escalonadas. El maurista Ossorio y Gallardo dimitió de la jefatura del Partido Conservador de Zaragoza; mientras que Gabriel Maura hacía lo mismo en Santander. Las Juventudes Conservadoras cambiaron su nombre por el de Mauristas. Y el 30 de noviembre se celebró una asamblea en Bilbao, de la que surgió el maurismo como grupo político diferenciado. Maura y los suyos contaron con el apoyo de El Debate y de ABC; no así con el de La Época, que en todo momento dio aliento a Dato. Y pudo dotarse de órganos periodísticos propios como Vida Ciudadana, Ciudadanía, Maura, sí, La Tribuna, y finalmente La Acción, fundado en 1915.
Por de pronto, la irrupción del maurismo en la vida pública supuso un cambio notable en las pautas de comportamiento que hasta entonces habían caracterizado al conservadurismo dinástico. El hecho era entonces poco menos que insólito; por vez primera en la España de la Restauración una fuerza política de la derecha dinástica se propuso, con no pocas insuficiencias, movilizar a su potencial base social. Por el contrario, el sector “idóneo” del Partido Conservador, acaudillado por Dato, y cuyas figuras más representativas fueron, aparte de su propio líder, Joaquín Sánchez de Toca, Luis de Marichalar y Monreal –vizconde de Eza-, José Sánchez Guerra y Manuel Burgos y Mazo, no abordó en ningún momento el intento de movilización política o de reforma del sistema político; tampoco recurrió al nacionalismo español. Con acierto, el profesor Carlos Dardé ha definido su proyecto político como “reformismo social sin nacionalismo”.
Frente a estos hombres plenamente insertos en la alta sociedad y en el sistema político de la Restauración, el maurismo supuso la entrada en la arena política de jóvenes de la clase media y alta destinados en el futuro a un papel de primer orden en la vida del país. Tal es el caso de Antonio Goicoechea, José Calvo Sotelo, José Félix de Lequerica, Félix de Llanos y Torriglia, Ángel Ossorio y Gallardo, el conde de Vallellano, César Silió, Luis de Galinsoga, Alfredo Serrano Jover, etc. Desde su óptica, las reformas políticas propugnadas por su líder iban a tener un carácter más preciso y concreto. Se trataba de un proyecto de racionalización económica y social, cuyo objetivo último era el establecimiento de las premisas a partir de las cuales se hiciera viable el desarrollo industrial y la modernización social. El “descuaje del caciquismo”, el saneamiento de la administración, el aumento del aparato burocrático, el intervencionismo económico fueron algunos de los puntos cardinales del pensamiento sociopolítico de los mauristas, coincidente en ese proyecto de “modernización conservadora”. Se trataba del ideario de Maura adaptado al nuevo contexto social y político inaugurado por el estallido de la Gran Guerra, el proceso de “corporativización” (Charles S. Maier) de las sociedades europeas y el triunfo de la revolución bolchevique en Rusia. Como diría Antonio Goicoechea, el maurismo significaba la superación del canovismo. No era el liberalismo doctrinario, sino la democracia conservadora; no el centralismo, sino el regionalismo; no el individualismo posesivo, sino el intervencionismo estatal; y, sobre todo, no el resignado pesimismo canovista, sino la fe “en el espíritu creador y en las inagotables energías de la raza”. El maurismo se convirtió en portaestandarte del nacionalismo económico, propugnando la continuidad del modelo de desarrollo hacia adentro que se había erigido en la opción fundamental, gradualmente reforzada, del capitalismo español. El Estado debía de participar directamente en la actividad económica garantizando el proceso de industrialización en un sentido abiertamente proteccionista, a partir del fomento de la iniciativa privada y el estímulo de las industrias nacionales. Lo cual implicaba igualmente una transformación del Estado, aumentando el nivel de burocratización y las exigencias administrativas. No se imponía la especialización burocrática, sino la tecnificación, en razón de las complejas materias que el Estado tenía que asumir; era el tiempo de las “especialidades y de los especialistas” Estas transformaciones no debían acarrear una pérdida de la identidad nacional. La “revolución desde arriba” no sólo había de respetar la espiritualidad genuinamente española, sino restaurarla. En el discurso maurista, la tradición adquiría un claro sesgo normativo, de orientación de la acción política y generación de consenso. Esta vertiente tradicionalista del ideario maurista es perceptible en su idea de nación. La explicación del hecho nacional se realiza con referencia al pasado. En la tradición de la Monarquía y de la religión católica se encuentra la esencia de la Patria.
En lo relativo al problema social, el conjunto de los mauristas asumió el programa reformista social-católico. El teórico social más lúcido de los mauristas fue José Calvo Sotelo. Nacido en la localidad pontevedresa de Tuy en 1894, Calvo Sotelo se mostró en todo momento como representante del conservadurismo social, preocupado sobre todo por los problemas relacionados con el desarrollo económico y de perfeccionamiento técnico. Su posición política se encuentra en el ambiente ideológico del regeneracionismo, esperando de un Estado fuerte el control y la regulación de las relaciones sociales. La impugnación del individualismo liberal, que ya aflora en sus primeros escritos, se encuentra inserta en las corrientes del organicismo jurídico. Frente al individualismo liberal, Calvo Sotelo levantaba la doctrina del “abuso del derecho” como puente tendido entre el atomismo contractualista y los nuevos retos a los que se enfrentaban las sociedades contemporáneas. Calvo Sotelo apuntaba aquí a la utilización del aparato estatal como instrumento económico y social, pasando de su labor de mero gendarme a un Estado administrativo e interventor, que era lo que exigían las nuevas circunstancias. Esta crítica del liberalismo no llevaba al planteamiento de una alternativa revolucionaria, como el socialismo. Nacido como crítica radical a la sociedad capitalista, el socialismo no era una solución racional y justa a la problemática generada por la autorregulación del mercado.
El remedio se encuentra no en la revolución sino en la reforma social, en la edificación de un Estado social, que hiciese más tolerable la vida cotidiana de las clases trabajadoras, mediante la organización general de retiros y pensiones, de seguros contra el riesgo y la enfermedad. Ello significaba, en fin, la corrección por el Estado de los efectos disfuncionales de la sociedad capitalista competitiva.
Igualmente, el maurismo consiguió la adhesión de un número importante de intelectuales de la derecha. Hubo dramaturgos, como Jacinto Benavente, quien convirtió a Maura –“El Desterrado”– en protagonista de su famosa obra La ciudad alegre y confiada; y novelistas, como Ricardo León, autor de la célebre Casta de hidalgos, a quien el propio Maura hizo académico de la Lengua. Al mismo tiempo, destacó el apoyo de una serie de historiadores a Maura y su grupo. En ese sentido, destacan Félix de Llanos y Torriglia, estudioso de la España de los siglos XVI y XVII, biógrafo de Germán Gamazo; Pío Zabala y Lera, cuyo objeto de estudio fue la España de los Borbones; Melchor Fernández Almagro, erudito historiador del siglo XIX español y futuro biógrafo de Cánovas del Castillo.; Antonio Ballesteros Beretta, autor de una monumental Historia de España y su influencia en la Historia Universal. Y Gabriel Maura Gamazo, experto en el reinado de Carlos II. Próximo al maurismo, Julián Juderías, célebre crítico historiográfico de la Leyenda Negra.
Antonio Maura y el maurismo han dejado una huella indeleble en la historia política española del siglo XX, en general, y de su derecha en particular. Lo triste es que el centenario de su muerte, acaecida el 13 de diciembre de 1925, no haya propiciado la elaboración de una biografía académica de su trayectoria vital y política. Triste sino el de nuestros próceres.