Cómo Marruecos usa a España

España absorbe una población preseleccionada por la política marroquí por sus rasgos antisociales y propensión a la delincuencia

El mito fundacional de los libelos anti-Trump data de 2015, cuando el entonces candidato a la nominación republicana dijo que un problema grave para EEUU es que los emigrantes mexicanos que llegan a aquel país son gente más pobre, más violenta y más cerril que la media. Ésta es la cita exacta:

“Cuando México envía a su gente, no envía a los mejores. No te envía a ti. Envía gente con muchos problemas, y nos los tenemos que tragar. Traen drogas. Traen delincuencia. Son violadores. Y algunos, supongo, son buenas personas”.

Esta razonable declaración fue manipulada por los sospechosos habituales (incluyendo casi todos los medios de comunicación) y convertida en “todos los mexicanos son violadores y traficantes”. Y ahora me temo que tenemos una dinámica parecida en España con la inmigración del Norte de África: cuando uno estudia la historia del Maghreb, uno no puede dejar de sentir simpatía por gente que sistemáticamente ha acabado en el lado equivocado de la historia, aferrada a una religión tribal y primitivista. Pero cuando uno estudia a las comunidades magrebíes en España, uno no puede dejar de lamentar que el Maghreb no nos está enviando a los mejores.

Esto puede parecer una obviedad, pero no lo es para nada. Un argumento central del lobby pro-inmigración se basa en lo que los especialistas llaman el “efecto de autoselección”. Esto viene a decir que el emigrante que cruza mares y desiertos para llegar a la tierra prometida de Occidente es más listo, más espabilado, más enérgico y más valioso que el que se queda en el Rif cuidando cabras.

Como es habitual, hay un “paper” científico para que el lobby pueda citarlo, que estudió el coeficiente de inteligencia medio de los emigrantes dominicanos durante dos décadas de emigración sobre todo hacia EEUU (casi nada hacia España, era el periodo 1970-1990) y encontró que los emigrantes tenían diez puntos de media que los que no emigraron.

La cuestión aquí no es atacar al estudio, que parece bastante riguroso, sino entender que este tipo de estudio no se puede aplicar, para nada, a la emigración norteafricana que llega a Europa y, muy en particular, a la que llega a España, como señaló en un valioso análisis reciente un comentarista europeo de origen norteafricano que ha estudiado el tema y escribe bajo el pseudónimo Asmy.

Durante el periodo del estudio dominicano, los inmigrantes (todos ellos legales, lo que es clave) que querían llegar a EEUU precisaban la aprobación de visado estadounidense, con patrocinio familiar, autorización de empleo o estatus de estudiante. Éstos son filtros que, obviamente, no se aplican a la gran mayoría de la inmigración en España y otros países europeos, y muy en particularmente no en el caso de inmigrantes magrebíes.

Como explica Asmy, con los inmigrantes magrebíes hablamos de jóvenes que han tenido que pagar tarifas de contrabando de entre 3.000 y 6.000 dólares que raramente costean ellos. A menudo los costes se financian con deuda o con colectas entre familias. No hay ninguna selección positiva por inteligencia o estudios, sino que lo que se selecciona es una capacidad para correr grandes riesgos a cambio de muy pequeñas recompensas (cobrar una paguita). De hecho, los estudios disponibles indican que los inmigrantes ilegales suelen ser, como corresponde a ese perfil, gente con menos estudios que la media. Pero eso no lo es peor.

Piensen en el tipo de emigrante marroquí que llegaba a España (e Italia) en los 1990 y comienzos de los 2000s. La gente con planes, ahorros y títulos iba a Francia, para empezar porque el marroquí educado habla francés. Aquí llegaban aquellos dispuestos a trabajar en la cosecha del campo por 500-700 euros al mes, vivir en la clandestinidad y aceptar la inseguridad laboral estacional.

Esto explica en gran media por qué los marroquíes de España son la peor comunidad inmigrante, como ya expliqué en un artículo sobre la mafia de las remesas. Aparte de los altos niveles de indigencia y paro, los ciudadanos marroquíes en España están extraordinariamente sobrerrepresentados en la población carcelaria respecto a su proporción poblacional.

Pero esto, aún con todo, no es lo peor. Lo peor lo estamos viendo en las últimas dos décadas con el dumping activo de ni-nis. Asmy explica que su madre, que creció en Marruecos y mantiene lazos familiares allí, observó algo que se extiende desde la dinámica familiar hasta la política nacional: las familias marroquíes juntan sus recursos para facilitar la hrraga (cruce ilegal) específicamente para sus miembros más problemáticos.

El cálculo familiar es brutal y al mismo tiempo racional. En lugar de tragar con el menudeo de drogas o el vandalismo habitual de un primo o sobrino, se financia su travesía en patera a España, o el cruce de la frontera por Ceuta y Melilla. Todo el mundo sale ganando: el tipo que trae vergüenza a la familia muere intentando cruzar el Estrecho de Gibraltar o llega a España y envía remesas. Marruecos se quita un problema de encima y, con un poco de suerte, gana un flujo de ingresos más o menos permanente. Y si el problema roba, viola o mata en España, no haberle recibido.

Esta dinámica explica por qué el estado marroquí se beneficia del proceso y lo fomenta activamente. El gobierno marroquí no es estúpido, no quiere que futuros doctores e ingenieros se vayan a España a trapichear con hachís. Quiere que ésos se queden. Lo que no quiere es a los otros. Es como el viejo chiste en el que un ministro neozelandés expresaba su satisfacción por la emigración a Australia, explicando que “sube la media de inteligencia en ambos países”.  España absorbe una población preseleccionada por la política marroquí por sus rasgos antisociales y propensión a la delincuencia. Y encima damos las gracias.

Todo esto es solo una pieza más en el inmenso puzzle migratorio, el colosal negocio basado en sustituir a la población nativa europea por mano de obra barata que es la razón de ser de muchas organizaciones internacionales, incluyendo la Unión Europea. Es hora de que lo digamos abiertamente.

Madrid, 1973. Tras una corta y penosa carrera como surfista en Australia, acabó como empleado del Partido Comunista Chino en Pekín, antes de convertirse en corresponsal en Asia-Pacífico y en Europa del Wall Street Journal y Bloomberg News. Ha publicado cuatro libros en inglés y español, incluyendo 'Podemos en Venezuela', sobre los orígenes del partido morado en el chavismo bolivariano. En la actualidad reside en Washington, DC.

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