Cómo se inventó el mito de la convivencia en Al-Andalus

Refrito en el siglo XXI del antiguo debate entre Américo Castro y Sánchez Albornoz

El 11 de Septiembre de 2001, ciertas personas mataron a ciertas personas en EEUU, lo que curiosamente resultó el primer paso hacia un acercamiento entre la OTAN y Al Qaeda que llevó a la actual situación en la que un veterano de aquel grupo terrorista ha sido colocado por Turquía como presidente de Siria. Lo que les quiero decir es que los grandes hechos geopolíticos suelen tener reverberaciones curiosas.

La más curiosa de las reverberaciones producidas por los atentados de las Torres Gemelas de hace veinticuatro años fue, sin embargo, inmediata. Rápidamente, el gobierno estadounidense y sus aliados entendieron que, ya que se iban a embarcar en años de conflicto con países de mayoría islámica, les convenía subrayar que lo que se venía encima no era un retorno de las cruzadas medievales, sino algo mucho más progresista, tolerante, multicultural y respetuoso con la realidad del Otro musulmán.

Así las cosas, no tardó en aparecer el tema de Al Andalus. Ya entonces había una corriente de arabistas que llevaba tiempo dando caña con el tema de que en realidad no había habido Reconquista porque en realidad España no era una realidad preexistente cuando invadieron los árabes (“y, oigan, ¿están seguros de que invadieron? Porque toda la mitología sobre Don Rodrigo y Guadalete y tal podría ser mentiras ocultando una pacífica penetración del límpido, culto Islam en una España Península Ibérica porquera y andrajosa…”) así que sería mucho mejor describir la época medieval como una de interacción productiva entre religiones, las Tres Culturas, una época dorada destruida por salvajes cristianos fachas totalitarios destructivos racistas.

Todo esto puede sonar completamente estúpido e iletrado para alguien que sepa algo de historia, pero esto era ya en 2001 una corriente muy poderosa en la historiografía medieval sobre España la Península Ibérica tanto aquí como en otros países. Los hechos de las Torres Gemelas convirtieron a esa corriente en un recipiente favorito de subvenciones, ascensos y cátedras en todo el mundo y, como todo el mundo académico siempre se gira hacia el dinero, cual girasol buscando el calor, de inmediato tuvimos una inundación de libros sobre la “Convivencia”, palabra española que los académicos yanquis encontraron encantadora.

Esta excrecencia académica ha producido muchos grandes momentos. Está, por ejemplo, The ornament of the world. How Muslims, Jews and Christians created a culture of tolerance in Medieval Spain, publicado en 2009 por María Rosa Menocal y pronto traducido al español. El título, observen, incluye muchas palabras claves: “ornamento”, “cultura”, “tolerancia”. Lástima que la editorial, preocupada porque muy pocos lectores anglófonos tengan idea de que es la “Península Ibérica”, insistió en meter la palabra “España” en el título.

Gente con (aún) menos escrúpulos que la profesora Menocal se apresuró a meter la palabra “Convivencia” donde pudiera, como fuera: así tenemos grandes “éxitos” como La Convivencia: fuentes arábigo-islámicas del humanismo renacentista (2017), Espiritualidad y convivencia en al-Andalus: 101 (2006) y, muy recientemente, Eine sizilianische Convivencia? Religiöse Freiheiten und Rechtsverhältnisse der Muslime unter normannisch-staufischer Herrschaft (2022).

Hace unos años, la (auténticamente) prestigiosa y erudita experta Maribel Fierro escribió sobre el libro de Menocal con la cautela precisa para proteger su posición académica, explicando que “la ‘tolerancia’ del título de su libro no equivalía a garantías de libertades religiosas comparables a las que esperamos de un estado moderno, sino «a la aceptación a menudo inconsciente de que las contradicciones —en uno mismo y en la cultura a la que uno pertenece— pueden ser positivas y productivas”.

Observen la hábil selección de las palabras aquí: éste es un baremo extraordinariamente bajo para medir las relaciones étnico-religiosas en una sociedad, que convierte al Dixie esclavista sureño de EEUU de antes de 1861 en una sociedad ideal. Fierro luego describe el sistema islámico bajo el que los fieles de otras religiones son tratados como Dhimmi:

Los no musulmanes pertenecientes a las religiones dotadas de una Escritura revelada tenían un lugar en las sociedades islámicas, pero ese lugar era —para entendernos— el de ciudadanos ‘de segunda clase’. Prueba de que ese sistema funcionó es la pervivencia hasta hoy en día de comunidades cristianas en países como Egipto, Líbano e Iraq entre otros, también de comunidades judías, aunque la creación del estado de Israel ha ido llevando a su progresiva desaparición por emigración.

Al final, todo el debate sobre la Convivencia ha sido meramente un refrito en el siglo XXI del antiguo debate entre Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz, concluido antes de la Guerra Civil. Cualquiera con conocimientos sobre el medievo español sabe que aquel debate llevó a una clara victoria de Albornoz porque Castro no sabía de lo que hablaba. Era una persona que no tenía ni conocimiento sobre el periodo ni interés por tenerlo, como discretamente señala Fierro:

Para Castro, España se formó por la ‘convivencia’ de las tres comunidades religiosas que existían en la Península Ibérica y por tanto, todas ellas —independientemente de su destino— forman parte de la historia de España. Su interés no se centraba en lo que ocurrió en las regiones bajo gobierno musulmán. Castro, en tanto que historiador cultural, desarrolló otros conceptos relacionados con el de convivencia (‘vivencia’, ‘vividura’…), deudores en gran medida de una visión todavía romántica de los pueblos.

Antes de que se pusiese en circulación el término Convivencia, ya existía lo que algunos llaman el ‘mito de Sefarad’ (Sefarad sería el equivalente judío de Al Andalus), alimentado entre otros por el historiador polaco Benzion Netanyahu (1910-2012), padre de quien se pueden imaginar. Sefarad era tan mítico como el de la convivencia, pero siempre ha habido un público ansioso por alimentarse de mitologías que oculten la realidad, cabezonamente cristiana y española, de la Reconquista que apoyaron, impulsaron y alabaron los obispos portugueses, los mercaderes de la Generalitat catalana y los hispanohablantes reyes de Navarra.

Américo Castro no apareció en un vacío, sino que se había nutrido en parte para desarrollar sus ideas de las investigaciones de la escuela de arabistas españoles – Francisco Codera (1836-1917), Julián Ribera (1858-1934) y Miguel Asín Palacios (1871-1944) – que, en tiempos de anticlericalismo y masonería, estaban ansiosos por buscar pepitas en la ciénaga cultural y espiritual que realmente fue Al Andalus.

Todo esto deja a Castro expuesto como lo que era: un charlatán. Maya Soifer (autora de Jews and Christians in Medieval Castile: Tradition, Coexistence, and Change, 2016) ya escribió hace tiempo que la convivencia de Castro es una pura ficción que nunca respondió a las realidades sociales y políticas de la interacción entre judíos, cristianos y musulmanes.

De hecho, es clave que Castro estuviera exiliado en EEUU: como todos los demás vendedores de humo medieval, su público estaba allí y no en España, donde saben que hay demasiada gente que puede leer libros sobre la historia medieval española. En España hay también mucho vendehumo, pero por cada uno hay un medievalista que sabe que, mucho antes de persecuciones contra judíos y musulmanes en España, las hubo contra judíos y cristianos en al-Andalus: por ejemplo, el pogromo antijudío de 1066 en Granada (el primero de la historia de Europa) y las persecuciones y conversiones forzosas de judíos y cristianos desde el primer momento.

Como señala Fierro, fuera del mundillo medievalista ha sido más fácil promover la ficción de la Convivencia. En el episodio de la serie “El ministerio del tiempo” dedicado al Cid, un musulmán andalusí afirma que son los beréberes almorávides los que han estropeado las relaciones entre musulmanes y cristianos, lo que es un absurdo colosal. Muchos turistas se van de Córdoba sin haber oído a ningún guía describir a Abderramán III como lo que era: un psicópata violador (de hombre y mujeres, como es común en la tradición islámica) y uno de los grandes criminales de la historia de España la Península Ibérica.

Al final, es triste que la afición a hablar de “Convivencia” y de “Al Andalus” no demuestre un auténtico interés en estudiar y discutir ese periodo fascinante, maravilloso, que fue la Edad Media española y europea (y la china, pero eso es otra historia). Estamos ante otro código tribal para identificarte como miembro de la tribu de los buenos, de los progres que dicen “Convivencia”, y no de la tribu de los malos, los fachas que dicen “Reconquista”. Al final, siempre lo mismo, la política como superior natural de la ciencia, las artes y las letras.

Madrid, 1973. Tras una corta y penosa carrera como surfista en Australia, acabó como empleado del Partido Comunista Chino en Pekín, antes de convertirse en corresponsal en Asia-Pacífico y en Europa del Wall Street Journal y Bloomberg News. Ha publicado cuatro libros en inglés y español, incluyendo 'Podemos en Venezuela', sobre los orígenes del partido morado en el chavismo bolivariano. En la actualidad reside en Washington, DC.

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