(Este artículo, que publicamos en homenaje a don Dalmacio en el aniversario de su fallecimiento, apareció por vez primera en inglés en el número de invierno de 2025 (n.º 37) de la revista The European Conservative)
Confrontar el pensamiento de Benedetto Croce (1886-1952) con el Dalmacio Negro Pavón (1931-2024) no es toreo de salón, sino un verdadero desafío intelectual. No obstante, con ocasión del primer aniversario de su muerte me limitaré a una modesta cata para reconocer el terreno. Nada definitivo ni demasiado ambicioso.
Croce (en la fotografía), filósofo italiano y sombra protectora de la cultura de la primera mitad del siglo XX, es el icono de un liberalismo ético e historicista; Negro Pavón, pensador que despunta en su segunda mitad, proyectándose en lo que llevamos del XXI, anatomopatólogo del Leviatán moderno, simboliza al politólogo liberal.
Un filósofo (Croce) y un historiador de las ideas políticas (Negro Pavón). Dos mundos. Sin embargo, los dos comparten una certeza: sin la distinción entre Estado y gobierno, la libertad se reduce a un mantra privado de consecuencias.
Croce defiende el Estado como prolongación del ethos, un aliado, siquiera molesto, de la libertad. Negro Pavón, en cambio, nos pone en guardia: el Estado moderno es un dios secularizado que reclama sacrificios como todos los falsos dioses.
La comparación aquí propuesta se concentra esencialmente en la Etica e politica de Croce (Laterza 1931; traducción castellana: Ética y política, Imán 1952) y Il dio mortale de Negro (Edizioni Il Foglio 2014; prefacio y traducción de A. La Fata; edición italiana ampliada y revisada de Gobierno y Estado, Marcial Pons 2002). Textos que encarnan el concepto nuclear de sus reflexiones sobre el Estado y el gobierno, sin que ello agote la riqueza de sus obras respectivas. Los dos escritores políticos, a pesar de aquello que los separa –la época y su formación intelectual–, hacen pie en un mismo zócalo: el de la crítica al poder político moderno.
Benedetto Croce: el Estado como momento del ethos
Croce no ha sido nunca un filósofo de negociado ministerial: su liberalismo es una genuina religión de la libertad, no un manual para burócratas. En Ética y política pone las cartas boca arriba: la libertad no es una planta ornamental, sino la sustancia misma del devenir histórico. Quien reduce la política a técnica, a cálculo o a simple administración pretende sustituir el Estado por una oficina de correos.
Para Croce, el Estado constituye un momento del ethos, es decir, una de las formas en las que toma cuerpo la libertad del hombre en la historia. El Estado no es un cuartel en el que se obedece, ni un cajero automático del que obtener ventajas, ni una entidad pararreligiosa, sino una institución en la que se encarna el orden moral concreto de la vida real. El ethos incluye tanto a quien defiende como a quien impugna al Estado, pues la eticidad no depende de la fidelidad incondicional, sino de la dialéctica de los contrarios, la dialéctica de sus valedores y sus antagonistas. El Estado no es infalible –Croce no era un monaguillo–, pero forma parte de un marco indispensable y necesario para dar sentido a la acción colectiva.
En suma, pasan los gobiernos y el Estado también. Permanece la eticidad superior, en el sentido de un ethos común: un repertorio de comportamientos, normas, valores y creencias compartidos. Por eso ha podido decir Croce que la concepción liberal es una religión laica supraindividual: no es un dogma, sino un espíritu crítico contra toda forma de idolatría política. Religión del ethos, si se prefiere. Y es precisamente la aceptación de este espíritu crítico lo que mide la diferencia entre un liberal y un enemigo de la libertad.
Dalmacio Negro: el Estado como producto de la secularización
Dalmacio Negro, en su Il dio mortale, juega una partida diferente. No parte de la ética, sino de un diagnóstico histórico: el Estado moderno nace cuando Dios muere –o mejor, cuando es expulsado por la política–. A partir de ese momento, el hombre moderno fabrica un ídolo nuevo: el Estado soberano. ¿Resultado? Un poder que se presenta como laico y neutral, pero que exige una obediencia religiosa. Negro Pavón nos advierte: el Estado moderno es un “dios terrenal”, el hijo de la secularización y de una refacción mitificadora de la idea de polis, ya problemática desde su aparición entre los antiguos griegos. El Estado promete libertad, pero detrás de la fachada se acumula el poder. El aparato estatal-gubernativo (en el que los dos elementos de coaligan) crece como un Leviatán insaciable. Estado y gobierno se identifican y actúan utilitariamente al unísono: más impuestos, más normas, más controles. El derecho se transforma en legislación. Estado y gobierno apelan a su facultad legisladora, siempre, se dice, en nombre de la libertad. El Estado moderno, sobre todo en su última versión asistencialista (Estado del bienestar), quiere obligar a los hombres a ser libres, como vaticinara Rousseau. Esta es la ironía trágica desenmascarada por el profesor Negro Pavón: el Estado se proclama garante de la libertad cuando en realidad la restringe. El pueblo es corrompido por la legislación, pero se busca regenerarlo con lo mismo que lo pervierte: con las leyes.
Para Negro Pavón, la distinción entre Estado y gobierno resulta esencial: el Estado es estructura, el gobierno es gestión. Confundirlos tiene su peligro, pues significa creer que el Estado se encarna automáticamente en el gobernante y que el Estado es una especie de idea superior, como la de Dios, pero un dios mortal sujeto al ascenso y declive de las élites –o, más propiamente, oligarquías– que se apoderan de él. Por tanto, dice Negro Pavón, los gobiernos usan el Estado como escudo para consolidar su propio poder oligárquico. De este modo, el Estado se transforma en un ídolo, mientras que el gobierno oficia como sacerdote que administra los sacrificios.
Convergencias y divergencias
A pesar de todo, Croce y Negro Pavón se encuentran en un terreno común. Los dos son liberales: no consienten el poder absoluto, desconfían de la confusión entre Estado y gobierno y reivindican el papel de la sociedad civil como contrapeso. Para ellos, el Estado no es la sociedad y la sociedad no es el Estado. Distinción que puede parecer obvia, pero que en un tiempo como el nuestro, en “estado de emergencia permanente”, se convierte en algo revolucionario.
Aquí termina, no obstante, la luna de miel. Croce ve en el Estado un momento de la libertad ética, lo que remite a una dialéctica transhistórica y religiosa a medias o tal vez pararreligiosa –el ethos– capaz de englobar a vencedores y vencidos. Negro Pavón, en cambio, percibe el Estado, disfrazado de benefactor, como un usurpador artificial del gobierno, el cual, no obstante, debería ser la expresión empírica de la natural espontaneidad de la vida humana colectiva. Croce advierte en el Estado la prolongación del ethos. Negro Pavón lo desmonta, como se desmontaría una máquina defectuosa.
Actualidad de los dos pensamientos
Hoy, en un contexto caracterizado por la crisis de confianza en las instituciones y en el crecimiento de los gobiernos de emergencia, ambas concepciones demuestran tener una sorprendente actualidad.
Croce nos recuerda que la política no es nunca mera administración de las cosas: un Estado privado de ethos se hace automatismo. La lección de una época tecnocrática como la nuestra constituye una invitación a restituir políticamente el cuerpo social, comprendido en él el gobierno, pero un gobierno con ethos.
Negro Pavón, por su parte, nos pone en guardia contra un Estado que se expande desmesuradamente. Cuando todo se hace “cuestión de Estado” –desde la salud a las costumbres cotidianas–, el Estado deja de ser un garante, asfixia al mismo gobierno y se convierte en el amo, tanto del individuo como de la sociedad.
Benedetto Croce y Dalmacio Negro se encuentran dentro del horizonte de lo que Jerónimo Molina ha denominado “imaginación del desastre” (L’immaginazione del disastro. Raymond Aron realista politico, Edizioni Il Foglio 2024), es decir, la disposición crítica que ve en la representación preventiva de lo peor la única posibilidad de conjurar el peligro que esto supone.
En este sentido, los dos mensajes se complementan: Croce invita a no banalizar el Estado, Negro Pavón a no divinizarlo. Ambos escritores políticos, siquiera con un acento diferente, evocan, precisamente para evitar lo peor, un retorno al gobierno como escuela de simplicidad. Una lección preciosa para sociedades como las nuestras, oscilantes entre la burocracia sin alma y el poder sin límites.
Conslusiones
Croce y Negro Pavón representan dos caras del liberalismo: Croce, confiado en el Estado como marco ético de la libertad, marco que, como bien sabe, puede a veces incorporar al gobierno; en cambio, Negro Pavón, receloso ante el Estado como artificio secularizado y peligroso, se da cuenta de que el gobierno es un dadivoso tutor de la espontaneidad social.
Pero los dos nos recuerdan que el poder del Estado o del gobierno debe ser limitado y que la libertad es siempre el verdadero criterio valorativo: transhistórico y concreto al mismo tiempo.
No se trata de escoger entre uno u otro ni de adherir una lógica del aut-aut, sino de optar por la del et-et, esto es, comprender que la fuerza del liberalismo reposa en la misma tensión entre Estado y gobierno, sobre la cual convergen, con sus modulaciones, el pensamiento de Croce y el de Negro Pavón.
Creo, pues, que, tanto para Benedetto Croce como para Dalmacio Negro, la libertad auténtica nace del contraste entre confianza y sospecha, entre ética y prudencia. Y, consecuentemente, de la capacidad de mantener vivo este equilibrio sin bajar nunca la guardia.