Pueden leer muchos obituarios de Alan Greenspan con alabanzas al ex presidente de la Reserva Federal estadounidense que murió hace unos días, centradas en su capacidad de lograr consensos en torno a la política económica y al uso de los bancos centrales como herramientas para asegurar estabilidad macroeconómica. Yo no les voy a vender esa moto.
Les voy a explicar cómo Greenspan forjó la leyenda del banquero central circunspecto e inescrutable, un oráculo de los mercados al que acuden los mortales para saber qué traen los dioses de las finanzas para su futuro. Les voy a explicar cómo todo era todo un montaje y lo sigue siendo, y además es un montaje que es clave para explicar por qué la inmigración masiva se ha convertido en una política irrenunciable para todos los partidos políticos de Occidente excepto la derecha patriótica.
Alan Greenspan fue el hijo único y tímido de una madre soltera, abandonada por el padre de Alan. Greenspan empezó como libertario en el círculo de Ayn Rand, un lugar excelente para hacer contactos útiles. Mientras la mitad de sus coetáneos hacían carrera alabando a Stalin, él la hizo en el lado contrario. Luego se encontrarían todos, felices de haber medrado, en los años 1990.
Igual que nos podemos reír de cuando Pedro Sánchez o Tony Blair, en sus años mozos, hacían apología del socialismo soviético y tal, también nos podemos reír un poquito del cinismo del bueno de Alan cuando, como estricto libertario, advirtió en 1959 sobre cómo los bancos centrales podían permitir que los mercados creyeran que el ciclo económico se había controlado, fomentando la complacencia y la asunción de riesgos por parte de los inversores. Sus primeros trabajos académicos declararon a la Reserva Federal, de la que acabó como presidente y mayor paladín en 1987, como uno de los desastres históricos en la historia de Estados Unidos.
Ya presidente de la Fed, con chófer, secretaria y casoplones de vacaciones, Greenspan convirtió al banco central estadounidense en un baluarte contra la inestabilidad, siendo frecuentemente alabado por sus intervenciones frenando diversos pánicos en los mercados. Cualquiera que haya abierto un periódico financiero en los últimos 40 años ha leído sobre todo esto un millón de veces.
La clave aquí, si embargo, es entender que Greenspan no ganó el aprecio de todos por su inteligencia y don de gentes, sino por su enorme habilidad para unir a todos los grandes partidos en torno a una receta de política monetaria que al final se convirtió en el único concepto aceptable, y que se basa en la inmigración masiva. Cuando uno se da cuenta de que políticos, economistas e intelectuales de occidente en el siglo XXI solo tienen en común su defensa de la inmigración masiva es cuando uno entiende el papel central de Greenspan en la historia.
Observen que, en los tiempos del ascenso de Greenspan, la importancia de utilizar la inmigración para reducir los salarios era exclusivamente una preocupación de las grandes corporaciones anglosajonas. Nadie en la izquierda, ni aquí ni allí, hablaba de fronteras abiertas. Fuera de la gran empresa, esto era solo una obsesión particular de economistas de la derecha anglosajona, quienes expresaban públicamente su preocupación de que los salarios más altos provocaran un resurgimiento de la inflación hasta alcanzar los peligrosos niveles de la década de 1970.
Esta circunstancia quedó patente cuando un aún inexperto Greenspan testificó ante el Comité Bancario del Senado como presidente de la Reserva Federal, en agosto de 1987, en una de sus primeras apariciones públicas en el Congreso estadounidense. En ese momento, Greenspan expuso sin rodeos lo que muchos de sus colegas veían como la disyuntiva económica clásica de la época: afirmó que el mercado laboral se estaba “ajustando” demasiado debido a la baja tasa de desempleo, lo que amenazaba con desencadenar inflación, ya que las empresas se verían obligadas a pagar más a los trabajadores para asegurar su mano de obra.
Para evitar este problema, explicó Greenspan, la Reserva Federal probablemente tendría que frenar la economía subiendo los tipos de interés, lo que, inevitablemente, incrementaría la tasa de desempleo. Imaginen el horror de los políticos que le estaban escuchando.
La franqueza de Greenspan fue un grave error político. Senadores de ambos partidos arremetieron de inmediato contra el presidente de la Fed, quien acababa de admitir que su objetivo explícito era dejar a la gente sin trabajo para satisfacer un modelo económico abstracto: uno que consideraba los salarios como el principal motor de la inflación y la inflación como el mayor peligro económico.
¡Los políticos llevaban razón! Esa idea de que los salarios son una fuente perniciosa de inflación es, para empezar, errónea: los principales motores de la inflación son los impuestos y las burbujas en precios de bienes y servicios fundamentales como la energía y los alimentos, que están casi siempre relacionadas con errores políticos como el paso acelerado hacia la energía renovable en Europa. Y, de modo más abstracto, luego uno puede preguntarse para qué narices sirve la economía si no es para hacer a la mayoría (que son los asalariados) más rica, en lugar de más pobre. Pero los políticos no lograron convencer a Greenspan; en su lugar, se alcanzó el consenso de que se pueden mantener tipos bajos sin disparar la inflación, siempre que se pueda utilizar la inmigración para contener la subida de salarios. Éste es, en el fondo, el consenso clave PP-PSOE, el consenso clave en cualquier país occidental, desde entonces.
Donald Kohn (entonces asesor principal de Greenspan y posteriormente vicepresidente de la Reserva Federal) relató que, en cuanto terminó la comparencia, Greenspan reconoció que hablar con una transparencia tan cruda y académica era contraproducente. Le explicó a Kohn que jamás volvería a pronunciar explícitamente la frase “aumentar la tasa de desempleo” ante el Congreso. Y, ya que no iba a cambiar su política, Greenspan cambió su vocabulario.
Durante las décadas siguientes, él y los presidentes de la Reserva Federal que le sucedieron trabajaron bajo los mismos supuestos, pero los expresaron con jergas solo para iniciados, utilizando frases como “dinamismo en el mercado laboral”, “utilización de recursos” o “reequilibrio de la demanda agregada”: así nació lo que muchos celebrarían como el “lenguaje de la Reserva Federal” (“Fed-speak”), un idioma financiero particular que solo entienden los profesionales y que aún así les resulta opaco y obtuso. Para el común de periodistas, financieros y políticos, les sonaba como si Yoda de Star Wars se hubiera puesto al mando de la política económica de Occidente.
En particular, Greenspan cautivaba a Wall Street cada vez que testificaba en el Capitolio. Con sus tristes ojos de auditor, pronunciaba declaraciones monótonas y prolijas con voz templada, de narrador de documental que está esperando a que usted se duerma delante del televisor. «Desde que soy banquero central, he aprendido a balbucear con gran incoherencia», bromeó en una de sus primeras comparecencias después de su patinazo de 1987. «Si les parezco demasiado claro, es que no me han entendido».
En la década de 1990, Yoda Greenspan alcanzó la cima del estrellato político mientras Estados Unidos emprendía una larga expansión económica tras el fin de la Guerra Fría. En 1999, apareció en la portada de la revista Time, como figura principal de lo que la revista denominó “El Comité para Salvar el Mundo”, tras desactivar ciertas crisis financieras en Asia y Rusia que a la gente de entonces le parecían morrocotudas y que son una fiesta flamenca comparado con lo que tenemos ahora encima.

Durante un debate presidencial republicano en el año 2000, al ser cuestionado sobre si mantendría a Greenspan como presidente de la Fed, el candidato John McCain bromeó que, si muriera, pasearían su cadáver como el del Cid durante la defensa de Valencia (aunque McCain, no muy ilustrado, usó una metáfora cinematográfica que no se refirió directamente al Cid).
Con los años, Greenspan empezó a refocilarse en su habilidad para mantener a los mercados y a los políticos en vilo, envolviendo sus ideas en una sintaxis compleja y confusa. «Paso una cantidad considerable de tiempo intentando esquivar preguntas y me preocupa muchísimo terminar siendo demasiado claro», bromeó en 1995. Para cuando yo le veía en directo como corresponsal, a principios de los 2000s, era una especie de Jack Nicholson de la macroeconomía, siempre interpretando el mismo papel para deleite del público, siempre recibiendo ovaciones en pie después de haber hecho exactamente lo mismo que en la película anterior.
La creación de este personaje, el banquero central opaco, capaz de manejar datos abstrusos, que controla los mercados sin preocuparse mucho por su omnímodo poder, es el auténtico legado de Greenspan: el ascenso del funcionario al estrellato. O incluso aún más: el ascenso del funcionario al nivel de oligarca, permitiéndose el lujo de dar consejos y avisos al gobierno elegido por el parlamento o por los votantes. Y su consejo fundamental, su aviso central, sigue siendo que tenemos que importar más inmigrantes por tierra, mar y aire: no lo olviden.