Los genios invisibles del Real Madrid

Momento decisivo en la evolución de la identidad del club

Luis XVI convoca los Estados Generales en 1789, más de un siglo y medio después de que lo haga el segundo de los Borbones en el trono de Francia, su bisabuelo Luis XIII. Lo que vino después, es de sobra conocido. Florentino Pérez no ha tenido que esperar tanto para convocar sus segundas elecciones a la presidencia del Real Madrid, pero digamos que la comparación sirve a este articulista para presentar argumentos preliminares. Argumentos que pueden ser, juzgue el lector, un tanto pretenciosos, pero que responden al propósito de examinar, no tanto la situación deportiva del club, sino lo que podríamos llamar, acudiendo a la analogía con el derecho constitucional (ese subgénero de la ciencia ficción), el estado de la nación.

Los comicios, es cosa sabida, pueden convocarse para reforzar un poder amenazado por un déficit de legitimidad. Pero ninguna voluntad, ni siquiera la del poder, escapa a las consecuencias indeseadas, la heterogénesis de los fines que Giambattista Vico formuló al analizar la historia. De los Estados Generales de 1614 emerge un desconocido Armand Jean du Plessis, joven obispo de Luçon que llegará a ser el hombre de rojo, el cardenal ministro Richelieu. En las elecciones al Real Madrid se ha dado a conocer Enrique Riquelme, quien seguramente dará que hablar de aquí en adelante. La jugada en corto de Florentino tendrá, con toda probabilidad, una inesperada (e indeseada) consecuencia a medio y largo plazo en la institución que todavía preside. A las elecciones, como suele decirse, las carga el diablo.

Si el lector intuye bien pensará que Florentino podría ser Luis XVI, pero que pudo ser también, en una vida o mandato anterior, Luis XIV. Si a las intuiciones le siguen las deducciones, entenderá efectivamente que en un mismo hombre pueden conjugarse los vaivenes de toda una estirpe, una estirpe que da cabida en su seno tanto al Rey Sol que afirma “el Estado soy yo” como al monarca que ha perdido la cabeza sin saberlo, antes incluso de que una nueva oligarquía de abogados ambiciosos y oprimidos (la historia es cementerio de aristocracias, nos sopla Pareto) decida amablemente separársela del tronco.

Si intuye, deduce y además entiende la historia en sus tiempos largos (in the long run), el lector asumirá que hay una revolución acechando siempre que la mandíbula del tiempo mastica la vida de los pueblos, y esto lo hace, por lo general, sin prisa, pero también sin pausa. Las semillas de las revoluciones están siempre en el mundo que no termina de morir antes de brotar en las raíces del mundo que no termina de nacer. Y casi nunca hacen falta guillotinas sanguinolentas para que la historia dicte su inapelable sentencia. Más bien estas guillotinas aparecen cuando principados y potestades se niegan a acatarla. ¿Qué genios invisibles a los ojos de los hombres dirigen el curso del destino?

La segunda venida de Mourinho coincide con un momento delicado en la evolución de la identidad del club que le reclamó por primera vez, en pleno éxtasis del barcelonismo comandado por Josep Guardiola i Sala, Dalai Lama de una grandiosa superpotencia balompédica y moral. A pesar de un balance incontestable de éxitos coronados por la gloria europea y mundial, el florentinismo vive hoy sus horas más bajas, acaso quizá comparables a las que marcaron su primera salida del club.

Sin embargo, esta vez no hubo salida. Tal vez en previsión de una crisis insuperable, Florentino ha decidido dar un gran salto hacia delante convocando, a sus casi ochenta años, las que serán con toda probabilidad sus últimas elecciones. Luis XVI elude la guillotina, César se anticipa a su destino. Pero este Florentino no es ya aquel empresario indómito que gana, contra todo pronóstico, a un Lorenzo Sanz seguro de su victoria. Tan seguro como que se presentaba ante los socios con la octava Copa de Europa bajo el brazo.

Y es que la idea imaginada del futuro, con su irracional proyección de expectativas, resulta a veces más poderosa en el ánimo de los hombres que los logros adquiridos. ¿Acaso no responden a este patrón todas las revoluciones, esas convulsiones que aquejan a los pueblos prósperos? Dice Gómez Dávila que “la humanidad se divide políticamente en dos bandos: el de aquellos que están más contentos que descontentos y el de aquellos que están más descontentos que contentos. Los unos tratan de impedir un cambio que temen, los otros de favorecer un cambio que anhelan”. ¿No ha sido esta la situación en que se encontraban, por decisión seguramente calculada del mandatario de la nave madridista, los socios llamados a ejercer el voto en las pasadas elecciones?

Quizá no todos los socios que trataron de impedir un cambio que temían aceptaran colocarse entre quienes están más contentos que descontentos. Tampoco es seguro que quienes se sintieran más descontentos que contentos estuvieran seguros de favorecer con su voto el cambio que anhelaban. Lo que sí es seguro es que en el estado de ánimo de los hombres las expectativas imaginadas del futuro se disputan un lugar en la voluntad que compite con el miedo por perder lo logrado ante un horizonte incierto. Y el miedo es, de entre todas las contradicciones que encierra la naturaleza humana, la contradicción fundamental. El hombre es el más miedoso de los seres. Es un ser que constantemente pugna por imponerse a los miedos reales o imaginarios que le atenazan a lo largo de su vida. Lo decía un escritor italiano de la primera mitad del siglo pasado al que nombraremos, con toda justicia, un poco más adelante, en un momento más propicio.

Florentino, Hombre de la situación

El primer Florentino gana porque demuestra ser el hombre de la situación. Toda situación es un presente tan hecho de recuerdos como de presagios. Si algo quiso decir su victoria es que el Real Madrid no podía conformarse ni siquiera con los mayores logros deportivos. Había que ir más allá (¡Plus Ultra!) si se quería ocupar un lugar en un futuro tan indeterminado y precario como preñado de posibilidades. El primer Florentino es un Florentino no solo populista (siempre lo ha sido) sino casi comunero. Pese a sus evidentes carencias como caudillo, el ingeniero industrial y hombre de negocios que resume con su biografía el ideal sansimoniano (¡el nuevo cristianismo!), garantiza también con su discurso presidencial de aquel entonces que el Real Madrid quede siempre en manos de los socios. Mientras tanto el resto de clubes se resigna a la fatalidad de las sociedades anónimas.

Entre Luis XIV y Luis XVI, Florentino Pérez con las 15 Copas de Europa

No obstante, el primer Florentino es también un presidente dispuesto a afrontar el reto de la internacionalización y la conquista de los mercados globales. Realismo político es acatar la doctrina de los hechos. La ley Bosman impone un nuevo orden jurídico. Adiós al Ius Publicum Eurodeportivum, bienvenido el Ius Gentium Balompedicum. Sin profetas, Vitorias ni Escuelas de Salamanca que sirvan de suave transición histórica, desaparecen súbitamente las fronteras, primero en Europa, después en el mundo. Victoria aplastante del Mar sobre la Tierra, por hablar en schmittianos términos. Poca sorpresa para el jurista de Plettenberg.

El genio del primer Florentino es tal vez el de saber mantenerse en el Aura Mediocritas, pues mantiene el equilibrio entre un tono optimista en la preservación de la identidad histórica del club y las ansias de grandeza de un escudo que, al fin y al cabo, siempre alcanzó sus mayores glorias fuera de sus fronteras. Además, como club fundador de la Europa de las naciones del fútbol, no puede replegarse en su aldea castellana ante los retos por venir. Por aquel entonces, el Florentino comunero puede pactar todavía con el Florentino que quiere hablar el nuevo latín sin sospechar que se trata de un esperanto encubierto. Seamos justos: no se puede negar que la vieja Roma de Chamartín ha mantenido las fronteras del Imperio en la era del florentinismo. Incluso sería justo reconocer que las ha ampliado. Pero los éxitos de este Imperio anuncian ya los signos de su decadencia.

No hace falta esforzarse mucho para entender que aquella imagen del futuro futbolístico que se presentaba con el nuevo milenio, incierta pero promisoria, poco tiene que ver con la actual, lúgubre y amenazante. El multiculturalismo globalista no nos trajo el Reino del Espíritu del fútbol, sino las pateras de makeleles low cost financiadas por las mafias, la ruina de las canteras nacionales y, sobre todo, los clubes-Estado con su escrupuloso cumplimiento del fair play financiero. Por aquel entonces no sabíamos que fair play se traduciría unos años después como law fare. El caso es que, del mismo modo que la ilusión joaquinita del Nuevo Orden Mundial solo representó un paréntesis tramposo antes del regreso del choque de civilizaciones y sus grandes espacios, el Ius Gentium Belompedicum fue la engañifa que facilitó la invasión de los grandes magnates árabes con su tecnocracia experta en convertir petrodólares en hat tricks noruegos. Malditos de vosotros, Oppas de la pelota, obispos de mala andanza. Nunca jugasteis al fútbol en el recreo, y ahora os vengáis predicando evangelios en Excel.

Con un nuevo Al-Andalus gobernando el juego inventado por los anglosajones –metáfora no solo balompédica– el viejo Florentino ya no promete tanto. El futuro ya no es, para él, lo que era. Después de su fracaso con la Superliga y la faraónica obra del Bernabeu (pilares de un credo utópico-futurista que se desvanece ante nuestros ojos), su apuesta es hoy claramente conservadora. Con el regreso de Mou, Florentino admite a regañadientes que ya no aspira a ser el Francisco de Vitoria del balón, que renuncia a un retrato en la sede de la FIFA como el que luce nuestro fraile dominico en la de la ONU. Hoy solo acierta a repetir machaconamente su balance victorioso, la ruina del club antes de su llegada, el esplendor de los balances financieros que hacen del Real Madrid la institución deportiva más valiosa del mundo.

El jeque Mansour bin Zayed Al Nahyan, propietario del Manchester City

La llamada a Mourinho tiene algo de recurso desesperado, el repliegue de un Rey que se esconde en las faldas de su Guardia Suiza en el Palacio de las Tullerías. El Real Madrid, que descubrió el Mediterráneo y la América del fútbol, ya no decide el futuro deportivo del orbe. Solo queda defender las fronteras del Imperio. Pero tal vez ese Imperio se derrumba porque habla la misma lengua de los bárbaros. De hecho, frente a lo que dice la leyenda, la Guardia Suiza no era contrarrevolucionaria, sino todo lo contrario.

La rebelión de las elites y el enigma Anas Laghari

El verdadero futuro, el que finalmente se transforma en presente, nunca es lo que barruntamos en nuestra imaginación. El florentinismo vive hoy una de sus mayores paradojas: nunca acumuló tantos éxitos deportivos y, sin embargo, jamás proyectó tanta incertidumbre sobre su propio futuro. Un futuro que tendrá que vérselas, más pronto que tarde, con el retiro de su fundador. No hubo verdadero gaullismo sin De Gaulle, ni franquismo sin Caudillo, ¿qué quedará del florentinismo sin Florentino?

Y aquí aparece la enigmática figura de Anas Laghari. No como sucesor de Florentino Pérez, ni siquiera como su hombre de confianza, sino como el símbolo de una mutación histórica. El Florentino que conquistó la globalización gracias a su intuición empresarial ha terminado rodeándose de quienes interpretan el fútbol como una sofisticada arquitectura financiera global. ¿Qué papel está jugando y jugará Laghari? Nos recuerda a Necker, el banquero suizo de Luis XVI.

Jacques Necker, el Anas Laghrari de Luis XVI

En los años que precedieron a la Revolución francesa, Luis XVI depositó buena parte de sus esperanzas en este extranjero que no procedía de la vieja aristocracia del Estado. Su prestigio no nacía de la política, sino de las finanzas. El rey vio en él al técnico capaz de resolver una crisis que los instrumentos tradicionales de la monarquía parecían incapaces de afrontar.

Llamado para preservar el orden con una suave transición reformista, quizá sea el caballo de Troya de una verdadera revolución. Pero, como nos descubrió Tocqueville, no hay mayor elogio del Antiguo Régimen que la Revolución Francesa, porque las revoluciones son los padecimientos de los pueblos prósperos.

En efecto, los síntomas de la revolución ya están a la vista de todos. En la grada, las tribunas y los palcos del estadio parecen simbolizar el derecho de pernada del capital vagabundo y anónimo. Ni rastro de mocitas madrileñas, alegres y risueñas. En el césped, el Real Madrid es capaz de presentarse sin un solo jugador español en su once titular nada menos que en unos cuartos de final de la Liga de Campeones. No puede sorprender, en ese contexto, que la selección española acuda a una cita mundialista sin un solo jugador del principal equipo español de fútbol. Podría argumentarse que la sed insaciable de gloria de un club como el Real Madrid no puede colmarse solo con talento nacional. Pésimo argumento: los 25 años de florentinismo coinciden con la cima del fútbol español a nivel de selecciones (un Mundial, tres Eurocopas). Hasta un madrileño ha sido capaz, recientemente, de ganar el codiciado Balón de Oro. Nunca vistió la camiseta del Real Madrid y quizá no lo haga jamás.

La colonización llega a todas partes. Pero con Laghari se ha cruzado una preocupante línea roja. Su figura representa mejor que nadie la emblemática rebelión de las elites que nos reveló Christopher Lasch. La rebelión de las elites apátridas, sin arraigo popular, cosmopolitas y progresistas, resulta hoy más grave incluso que la de las masas en su día teorizada por Ortega. Y es más peligrosa aún si cabe en el mundo del fútbol, espectáculo de masas donde los haya. En nuestro mundo líquido, Estados y fondos de inversión se apropian de clubes centenarios sin rastro de oposición. En ocasiones, los abandonan y solo queda de ellos un solar. Legitimando la rebelión de las elites alógenas, un pueblo se entrega inconsciente y pacíficamente, sin invasiones ni conquistas, a unos nuevos amos sin rostro. Servidumbre voluntaria que ni Étienne de la Boétie llegaría a imaginar.

Resulta paradójico porque esta revolución en marcha choca con la voluntad declarada de Florentino de defender su legado y de mantener el orden por él construido a lo largo de su largo mandato. Nada mejor que unas elecciones para representar esta ambivalencia. Las dos caras de Jano, lo sabemos, se dan cita en la soberanía electoral. Después de haber sido, en el siglo pasado, el instrumento del radicalismo político, el sufragio universal se convirtió, como lo previó Tocqueville, en mecanismo conservador. El plebiscito como instrumento del statu quo. El statu quo como pretexto de los hechos consumados por las revoluciones.

Plebiscito en Valdebebas. Votan Florentino y el candidato Riquelme

Ni Necker ni Laghari son simples técnicos financieros. Simbolizan una mutación del centro de gravedad del poder. Florentino fue capaz de encarnar por sí solo la identidad del modelo presidencialista del club en un medio cada vez más marcado por la confianza y el prestigio exigidos en el mundo de los mercados y el crédito. Su lenguaje era un pacto equilibrado entre la razón de Estado clásica y la “nueva razón del mundo” hecha de balances, empréstitos y reputación financiera. Florentino cabalgó el tigre y, en cierta forma, domesticó el destino. Hoy el destino parece escapársele de las manos.

Como ocurrió con Luis XVI, no es que el gobernante haya dejado de gobernar. Lo que cambia es el prisma desde el que contempla la realidad. Cuando Necker se convirtió en indispensable para la Corona, la monarquía ya había dejado de creer que podía resolver por sí misma sus problemas. Si Anas Laghari ha adquirido un papel tan relevante en el entorno de Florentino Pérez, el mensaje que se nos transmite es que el Real Madrid puede dejar pronto de ser una potencia soberana. No nos importa tanto quién es Laghari como quién ha terminado siendo Florentino.

El primer Florentino es Luis XIV. Es el Grand Siècle, nuestro Siglo de Oro. Es el constructor del sistema. Centraliza el poder, reorganiza las instituciones, convierte al Real Madrid en la potencia hegemónica del fútbol mundial. Su autoridad descansa en una visión política del club. El segundo Florentino se parece más a Luis XVI. No porque sea un rey débil —sería una comparación injusta—, sino porque hereda un sistema extraordinariamente complejo, cuya conservación exige soluciones cada vez más técnicas. Ya no se trata de conquistar el mundo, sino de impedir que el mundo cambie en contra del Real Madrid. Aquí aparece Laghari, como apareció Necker.
Ambos son hombres formados en la lógica de las finanzas internacionales. No llegan para hacer política, sino para resolver, mediante instrumentos financieros, una crisis estructural del sistema. Y ahí cristaliza finalmente la inversión histórica que las estructuras del Antiguo Régimen habían favorecido.

Florentino, imperial y comunero

¿Qué quedó del primer Florentino? ¿Cómo podía ser al mismo tiempo comunero y globalizador?

La respuesta es que no se trataba de principios opuestos. El primer Florentino entendía que la universalidad del Real Madrid debía descansar sobre una comunidad política concreta: sus socios. También Roma conquistó el mundo sin dejar de ser Roma.

Como Roma, el Real Madrid podía aspirar a la universalidad precisamente porque conservaba un centro político perfectamente definido. La ciudadanía romana hacía posible el Imperio; la comunidad de socios hacía posible la expansión mundial del club. El Madrid era universal porque seguía siendo inequívocamente madridista, y seguía siendo madridista porque continuaba siendo, en última instancia, una institución española gobernada por sus socios.

Ese delicado equilibrio parece haberse ido erosionando con el paso de los años. La internacionalización ha dado paso al cosmopolitismo. Son conceptos que suelen confundirse, pero no significan lo mismo. Lo internacional presupone la existencia de naciones, identidades y comunidades que dialogan entre sí. Lo cosmopolita tiende a diluirlas en un espacio homogéneo definido por los flujos del mercado, la comunicación global y unos valores pretendidamente universales. El primer Florentino internacionalizó el Real Madrid sin desespañolizarlo. El último parece resignarse a la desespañolización como consecuencia natural de la globalización.

Futurismo y cosmópolis en Chamartín

Esta metamorfosis no se percibe únicamente en la composición de la plantilla ni en las gradas del Bernabéu, convertidas cada vez más en un espacio de turismo global. Se detecta en el lenguaje institucional del club, en sus prioridades comerciales e incluso en la forma de presentar públicamente sus grandes proyectos. La ideología dominante es la ideología de la clase dominante. Marxistas estamos. El discurso, la autoimagen del club, se han transformado, quizá irreversiblemente.

El tránsito de lo comunero a lo imperial y de lo imperial a lo cosmopolita explica mejor que ninguna otra cosa la evolución del florentinismo. Ese desplazamiento —de comunidad a mercado, de ciudadanía a audiencia, de socios a consumidores— es el auténtico hilo conductor del presidencialismo florentiniano. Por el camino el Real Madrid no ha dejado de ser un gran club, pero ha dejado de ser Roma.

Cuando una comunidad política posee una identidad suficientemente sólida, no necesita justificar moralmente su vocación universal. Roma no conquistó el Mediterráneo en nombre de la humanidad. Lo conquistó en nombre de Roma. El Real Madrid tampoco levantó sus primeras Copas de Europa porque creyera estar prestando un servicio al fútbol mundial. Las conquistó porque quería ser el mejor.

El Real Madrid pudo ejercer durante décadas una autoridad semejante mientras su legitimidad descansó sobre tres pilares inseparables: una comunidad concreta —sus socios—, una identidad nacional reconocible y una superioridad deportiva indiscutible. Cuando esos tres elementos comienzan a debilitarse, aparece la necesidad de buscar una legitimidad distinta. Ya no basta con pertenecer, vencer y mandar. Ahora también hay que convencer.

“Venceréis, pero no convenceréis”. La larga sombra de Guardiola y los genios invisibles del rectángulo de juego.

Cuando la universalidad deja de apoyarse en una comunidad concreta, pasa a justificarse por valores abstractos. Ahí es donde el club deja de ser imperial para convertirse en cosmopolita. Al cambiar el demos, cambia también el discurso. La moral de la victoria es sustituida por la victoria de la moral. En nombre de esa moral, lo sabemos, los gobiernos occidentales, cada vez más impopulares, deciden sustituir a sus pueblos para mantenerse en el poder. ¡Es la Gran Sustitución! La sustitución comienza en la grada y en el terreno de juego. Es cuestión de tiempo que llegue a los despachos y al palco presidencial. Este cambio arrastra consigo una metamorfosis en las formas ideológicas de legitimación. Para entenderlo, conviene recordar el comentado episodio de la convocatoria electoral, que nos reveló un Florentino desconocido a los ojos de casi todos.

En efecto, sorprendió ver a Florentino enzarzarse con periodistas en esa jornada memorable. No es solo un problema de estilo ni de saber estar, hay algo más profundo e inquietante. ¿Tiene sentido que el presidente que ha reinado sin oposición durante casi 25 años en el club deportivo más importante del mundo pierda los nervios por los artículos firmados por un plumilla cualquiera, por mucho que firme sus deposiciones en el ABC?

La explicación es sencilla, y para entenderla hay que volver a un clásico llamado Guglielmo Ferrero, el italiano al que citamos el principio de este artículo. Ferrero nos dice que Florentino, como Napoleón, teme a los genios invisibles de la ciudad, es decir, los fundamentos del mando y la obediencia, los principios de legitimidad que rigen en silencio el orden profundo los pueblos.

Florentino se dirige a la afición en la presentación de Mbappé

Bajo el mandato de Florentino Pérez el Real Madrid ha conquistado siete Copas de Europa. Con este dato, ha superado objetivamente los legendarios logros de la figura central del madridismo, el presidente que presta nada menos que su nombre al templo del club. ¿Cabe imaginar mayor legitimidad para un presidente que la de superar a su refundador? ¿Cabe imaginar mayor legitimidad para un club, y para el deporte en general, que la de victoria, el triunfo y la gloria? ¿Cabe imaginar mayor legitimidad que la sentencia de las deidades de la arena, la que se manifiesta en las copas y celebraciones de nuestra Magna Mater, la diosa Cibeles? Pero he aquí que Florentino, como Napoléon, está preocupado, tiene miedo, le inquieta lo que la prensa deportiva y el ABC (¡el periódico al que se suscribió su padre!) puedan decir. A un hombre de casi 80 años, propietario de una empresa valorada en treinta y cinco mil millones de euros, presidente del club deportivo más prestigioso y laureado del planeta; a un presidente que ha gozado de un apoyo casi norcoreano, apoyo que para sí quisieran cualquiera de los jefes de gobierno del mundo actual, le quita el sueño lo que puedan escribir periodistas que, vaya usted a saber, quizá mañana aparezcan en la libreta de los 61 (¿o 610?) de Leire Díez, nuestra Charo Charo Siete, la indiscutible musa del sanchismo.

A Guglielmo Ferrero no le hubiera sorprendido este último Florentino. Florentino cree que los últimos 25 años de gloria madridista no han sido suficientes para derrocar el gran metarrelato que se ha adueñado del mundo del balón, la Cordicópolis que la santa iglesia azulgrana impone con auctoritas incontestada en la opinión pública. Los valors, la cantera antes que la chequera, la superioridad moral de un estilo de juego que, si no vence con sus mejores jugadores en el campo (los Lionel Messi, los Ronaldinho, los José María Enríquez Negreira), siempre puede dictar sentencia en las ruedas de prensa.

Perderéis, pero convenceréis como Xavi Hernández, justamente famoso por ganar todos los partidos ante el tribunal de los micrófonos y las cámaras. Los genios invisibles de la ciudad hablan en catalán, y esa es la lengua que se enseña en la Liga de Fútbol Profesional, en el Comité de Árbitros, en la FIFA y en Movistar Plus, y ni siquiera el gran Florentino, el Luis XVI que eludió la guillotina transformándose si es preciso en Rousseau, Robespierre y Napoleón, ha podido contrarrestar su influencia.

Venceréis, pero no convenceréis, una angustia unamuniana parece haberse apoderado de nuestro César Florentino que, adelantándose a los puñales de todos los Brutos, le reclama a su pueblo un último chute de legitimidad presidencial. No basta con haber aplastado a Guardiola más veces de las que recuerda nuestra memoria, hay que adoptar la fragancia moral de los humillados y ofendidos. Consolemos el llanto de las víctimas que dejamos sangrando en el campo de batalla, que nadie nos reproche la crueldad de nuestros verdugos.

“Me pregunto”, dice un personaje de Los demonios, “a quien debemos darle las gracias por haber trabajado las inteligencias tan hábilmente para que nadie tenga ya ni una sola idea propia”. He aquí, don Miguel, la verdadera raíz de la muerte de la inteligencia, no se encuentra en los arrebatos de legionarios tuertos y mancos. Tu Salamanca se hunde con esta efusión de falsos Gandhis.

“Mírenlos, escúchenlos, ya han llegado, están todos, pertenecen todos -escribe el gran Philippe Muray en El Imperio del Bien– a la misma familia, son las versiones de San Vicente de Paul de la gran mafia de la caridad. ¿Para qué citar nombres? ¿Emisoras? ¿Programas? Lo grandioso es el colectivo que forman. Lo que farda es la Charity Connection completa.(…). La banca mundial de los derechos del hombre es el formidable organismo que usan para blanquear capitales. Una sola declaración filantrópica les abrirá a ustedes los más vastos paraísos fiscales, mil veces más inexpugnables que las islas Caimán o Panamá”. Tiene mérito revelar esto a la humanidad antes del último tour de force de Zapatero, nuestro presidente enjoyado, el señor leonés de los anillos.

¿Tú también, Florentino, te has dejado seducir por los cantos de sirena del gran partido beato hoy convertido en programa mundial?

Real Madrid y nada más

Traicionando a los hijos de la loba has olvidado que, como escribió don Colacho, solo Roma supo mandar sin pretextos ideológicos. ¡¿Y qué eran los romanos sino madridistas avant la lettre?! ¡Y aquí tenemos a Florentino, que quiere una Superliga para que los niños de África vean el fútbol gratis! ¡Socialdemocracia planetaria! ¡Nada menos! El corazón tiene sus razones, que la razón bancaria conoce.

Pero Florentino no puede emular la sonrisa sardónica de Zapatero, por mucho que quiera. Florentino solo tiene un pasatiempo y es el Real Madrid. Después de sus famosas y ya poco clandestinas grabaciones contra sus propios jugadores (especial mención a Casillas y Ozil), sería difícil creerle en un impostado papel de apóstol del antirracismo (ese comunismo del siglo XXI, Finkielkraut dixit) junto a Vini Junior.

Ahora le pide al pueblo romano lo que le ha negado con su discurso. Quiere volver a ser tribuno de la plebe quien ya no recuerda la letra del centenario, que reclama que el universo “sepa cómo juega el Madrid”, pero sin llamar al club de la Castellana a su plena fusión con el cosmos.

Florentino, como un nuevo Epicteto, le dice a Lisias que no es ciudadano de Grecia, sino ciudadano del universo. Florentino olvida que siempre ha sido por España por donde campean nuestras glorias deportivas. Florentino, tú qué borras del escudo nuestra cruz para no ofender a perseguidores de cristianos, ¿acaso te avergüenzas también de nuestras coronas? ¿Acaso negarás “la historia que tú hiciste” en “mi viejo Chamartín”? ¿Negarás la belleza de la lucha y los gritos que aprendimos? ¿Llevarás a tus hijos a Tesalia –le pregunta Platón a Florentino.- y los privarás de la ciudadanía ateniense?

Con su giro moral, Florentino nos ha llamado a olvidar nuestros altares para que en ellos levanten su morada los mandarines de la internacional cursi. Real Madrid, ¿club de fútbol u organización no gubernamental? No cabe mayor postración, el Real Madrid humillado por el fascismo buenista. El problema comienza cuando Roma acepta discutir sus razones ante un tribunal de vencidos y metecos.

¿Qué culpa tenemos nosotros de las reglas que inventaron esos gentleman que gobernaban imperios tan extensos como el nuestro? Y lo peor, ¿quién enseñará a nuestros guerreros a hablar el politikés de la agenda 2030? ¿No nos bastó con Valdano?

Hala Madrid y nada más. ¡Y nada más! Hemos aprendido, con la lección magistral del sudor, con la tinta de la sangre y el baño de las lágrimas, que un simple “nada más” encierra toda una filosofía. Un filosofía noble y desnuda, sin arabescos (con perdón) ni engaños. Una filosofía tan española como verdaderamente universal.

El viejo Mourinho, un hombre con una misión

Florentino debe reconciliarse con el niño al que su padre llevaba al viejo Chamartín. Lo que allí aprendió, no puede haberlo olvidado del todo. Ese niño es el único Florentino con quien el presidente del Real Madrid debería pactar.

Mourinho tiene un único encargo: vencer o morir. Vencer o morir sin pretextos ideológicos, sin coartadas morales. En caso de derrota, siempre habrá Termópilas donde morir. ¡Abajo la moral de esclavos! ¡Que regresen los dioses fuertes!

Péguy escribió que todo comienza por la mística y todo termina por la política. Pero él sabía también, con Léon Daudet, que solo donde hay tumbas puede haber resurrecciones.

Y si hablamos de resurrecciones pocos saben tanto como el escudo y la historia del Real Madrid. Así pues, que todo vuelva a empezar.

Que vuelva la mística y el espíritu de Juanito.

¡Real Madrid Vincit!

Y nada más.

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