La función del clima como coartada no es asunto tan novedoso como quizá pueda imaginarse. Es conocido el papel que ha jugado en la historia militar, en la que abundan los ejemplos que culpabilizan abusivamente a “los elementos” –pues rara vez explican los desastres militares por sí solos–, aunque el que más célebre ha hecho la expresión quizá no sea uno de ellos.
Muy particularmente, las operaciones en el mar siempre han estado sujetas a condiciones más allá del control de los hombres, incluso en la época más reciente: el desembarco en Normandía estuvo pendiente hasta el último momento del parte meteorológico, y el de Alhucemas tuvo que posponerse 24 horas a causa del viento de levante.
En tierra, el barro, la nieve, la lluvia, la bruma o el hielo, han tenido un protagonismo quizá mayor que el calor extremo, la humedad o el sol. Por supuesto, la guerra rara vez se libra sobre un terreno ideal y bajo las condiciones más deseables; pero lo cierto es que todo lo que se desvía de ese paisaje idílicamente teórico es esgrimido como justificación por el derrotado. La realidad es que sólo en contadas ocasiones –las hay– esas condiciones se alteran lo suficiente con respecto a lo previsto como para atribuirles la responsabilidad del propio fracaso.
De entre esos factores climáticos, el elemento más recurrente a la hora de elaborar la coartada de la derrota es, sin duda, el frío. Y si el frío lo ubicamos en Rusia, ya tenemos el mito por excelencia: el general Invierno.
Quiere la leyenda que Carlos XII, Napoleón y Hitler sufrieron las adversidades climáticas en sus respectivos intentos de invasión del gigante eslavo, siendo derrotados finalmente por ellas; tampoco habían enviado a sus tropas a luchar contra los elementos, por lo que sus superiores condiciones militares naufragaron ante la inclemencia meteorológica.
La realidad es, sin embargo, un poco distinta.
Y lo es, en primer lugar, por la sencilla razón de que el clima ruso es bien conocido; su crudeza invernal se extiende durante cuatro largos meses, a los que añadir otros dos o tres más homologables a un invierno europeo. Durante esa época, el mercurio desciende normalmente en torno a los 30ºC bajo cero en, al menos, dos terceras partes del territorio. Y no son raros aquellos en los que se alcanzan horrores aún más pronunciados. Sólo las regiones del sur cercanas al mar Negro, al Caspio y al Cáucaso se libran de tales extremos, y en parte Ucrania (aunque en 1935 se llegó a medir en Lugansk – 42ºC).
La literatura rusa está repleta de narraciones con el frío de protagonista, algo que han utilizado desde Dostoievski a Pasternak, pasando por Tolstoi, vinculándolo a la idea de sufrimiento; o Tchaikovski en su Tierra de Desolación. Con mucha antelación, la Crónica de Moscovia o la de Novgorod –que se remonta al siglo X– recogen igualmente la realidad de la dureza invernal del país; e incluso los cuentos populares, que abundan en el mismo asunto. Nadie que preste un mínimo de atención a Rusia puede dejar de tenerlo en cuenta.
No cabe, pues, extrañeza ante la proverbial crueldad de las condiciones climatológicas rusas.
Cuando el aún joven y algo ensoberbecido Carlos XII de Suecia marchó contra Moscovia en 1708 decidió, sin embargo, que su genio militar –indudable– era mayor que cualquier contratiempo. Victorioso de las campañas del norte en las que había derrotado al imperio ruso, entre otros enemigos, juzgó oportuno asaltar la guarida de su adversario, al que menospreciaba, y por cuyo territorio aspiraba a expandir su reino.
Las columnas suecas invadieron Rusia a principios de verano, como harían Napoleón y Hitler mucho tiempo más tarde, quedando atrapadas en el fango de la raspútitsa, producto de un tardío deshielo primaveral; inmovilizados, los abastecimientos no llegaron al frente. Los rusos, entre tanto, se retiraban desolando su propio país pero, rehecho el ejército al estilo europeo por el zar Pedro I, aguardaban la oportunidad de caer sobre el invasor.
Fue en Poltava, al noreste de la actual Ucrania, el 8 de julio de 1709. La jornada amaneció cálida y algo húmeda, típica del verano ucraniano. El ejército de Carlos, reducido a la mitad de sus efectivos a causa de las penurias invernales y de las deficiencias de abastecimiento, presentó sobre el campo de batalla unos 20.000 hombres frente a los más del doble del enemigo. El choque se torció desde el principio, y luego ya no resultó posible enderezarlo; tres días más tarde, los rusos daban alcance a los suecos cerca del Dnieper, y estos capitulaban.
Los soldados capturados fueron empleados en la construcción de San Petesburgo, en condiciones tan atroces que murieron por miles. Y Carlos se refugió en la corte de Ahmed III, en Moldavia, donde tuvo que esperar cinco años antes de regresar a su Palacio Real de Estocolmo.
La misma tierra quemada encontrarían los franceses un siglo más tarde, cuando en 1812 Napoleón Bonaparte siguiese los pasos del monarca sueco. Acuciado por la ruptura rusa del bloqueo continental que había decretado contra Gran Bretaña, al tiempo que seguro de su poderío militar, el corso lanzó lo mejor de su nutrido ejército contra Alejandro I. Inició su ofensiva el 23 de junio, alcanzando Borodino a comienzos de septiembre; aunque la batalla que tuvo lugar allí terminó en tablas, su desenlace le permitió cubrir los 120 kms. de distancia que le separaban de un desolado Moscú, incinerado por los rusos y casi completamente deshabitado.
Desde allí, Napoleón trató de forzar la negociación con Alejandro, convencido de que en una situación como aquella el zar se avendría a razones. Pero este, resuelto a resistir a toda costa y confiado en la ventaja que le ofrecía la geografía, se negó a dar su brazo a torcer, limitándose a aguardar. Un mes después de haber tomado Moscú, Napoleón la abandonaba, emprendiendo una retirada que le condujera a los más confortables cuarteles del oeste, al otro lado de la frontera.
Militarmente, su campaña había fracasado sin que el invierno hubiese siquiera asomado. Bien es cierto que el posterior viaje de regreso hacia Polonia fue devastador para la Grand Armée. Sólo en esta etapa final el frío se cebó con aquella altiva fuerza –otrora orgullo del ejército francés– convertida en una hueste andrajosa. Acometida sin descanso por la caballería rusa, que cayó sobre ella hasta la práctica aniquilación, a duras penas consiguió devolver a casa a unos 30.000 hombres de sus 600.000 efectivos originales. El desastre fue completo.
Habían de pasar 129 años antes de que otro orgulloso invasor desafiara la inconmensurable geografía rusa: el 22 de junio de 1941 la Wehrmacht lanzó a tres millones de hombres contra la Unión Soviética. Tras una ruptura arrolladora, durante las primeras semanas se sucedieron una serie de éxitos sin precedentes por su magnitud en la historia militar.
Quiere la leyenda que los alemanes sólo se vieron frenados ante las puertas de Moscú por la consuetudinariamente imprevista crueldad del frío invernal, y que fue la furia del general Invierno la que deshizo la soberbia teutona hasta su exterminio. Pero casi nada de ello es cierto.
Como en los casos anteriores, el invasor alcanzó el corazón del enemigo –en este caso, Moscú– tras haber sido duramente castigado, y con numerosas bajas humanas y materiales que erosionaron muchas de sus mejores unidades. En realidad, la Wehrmacht había sido contenida por el Ejército Rojo entre julio y septiembre en Smolensko, momento a partir del cual ya no podía ganar la guerra. Agotado el impulso inicial, nunca más podría organizar una ofensiva en los tres ejes de ataque, al modo en el que había lanzado la invasión. Hitler fracasaría finalmente ante Moscú, pero incluso en el caso de que hubiera conquistado la capital, ello no hubiese significado un final victorioso de la campaña.
Puestos a señalar razones climáticas que incidieran en la derrota, tuvo un mayor impacto el lodazal de la raspútitsa otoñal, en el que se ahogaron las inmovilizadas divisiones germanas, que las tempranas nevadas de 1941. De hecho, fueron estas las que permitieron a la Wehrmacht reemprender las operaciones contra Moscú al congelar el suelo, facilitando así la reanudación de la guerra de movimientos. La última oportunidad del ejército alemán para tomar la capital se produjo mediado octubre, pasado el cual los soviéticos amortiguaron eficazmente la embestida enemiga. A comienzos de diciembre, algo parecido al pánico se apoderó del mando alemán, que presionó a Hitler para que autorizase una retirada general; este, por el contrario, ordenó a las tropas pegarse al terreno y resistir –concediendo una relativa y puntual flexibilidad operativa a sus generales– lo que fue decisivo para que la Wehrmacht no se viniese abajo, algo que sin duda hubiese ocurrido en caso de huida.
Paradójicamente, con el brutal descenso del termómetro –se llegaron a medir ¡53ºC bajo cero– los alemanes se desenvolvieron mejor, y contuvieron la ofensiva del Ejército Rojo.
Con todo, es innegable que la crudeza invernal perjudicó más a los alemanes que a los soviéticos. Pero la responsabilidad por ello no puede recaer en la climatología –variable independiente con la que siempre hay que contar, por más relativamente excepcional que se presentase en 194. – sino en quien no la tuvo en cuenta: el alto mando alemán.
En ninguno de los tres casos, ni en el de Carlos XII, ni en el de Napoleón, ni en el de Hitler fue el invierno la causa de la derrota. Lo fueron, en todo caso, su imprevisión y la desconcertante ignorancia de un factor de tal importancia que terminaría por convertirse en su principal coartada.
Y quizá esa hybris con la que los dioses de la guerra alimentan los sueños de la desmesura.