Una de las características más notables de la prensa británica es la falta de respeto por los muertos. A diferencia de la prensa española, que suele convertir los obituarios en ristras de alabanzas, en el Reino Unido la tradición siempre fue más directa y, digámoslo así, incisiva: la idea es que, si hay que criticar a alguien fallecido, no hay mejor momento que su obituario, que puede ser lo último que el público común lea sobre el finado.
En ese espíritu, permítanme que sea menos respetuoso que otros sobre el legado del filósofo alemán Jürgen Habermas, quien murió hace unos días después de una larga vida que empezó en la Alemania Nazi, donde Habermas fue miembro de las juventudes hitlerianas, y acabó como estrella de los discursos de Irene Montero.
Es difícil evaluar cómo verán a Habermas las generaciones venideras. En el mundo académico su fama se basa en la promoción de grandes obviedades como la “esfera pública”, un concepto muy de su época (recordarán la “aldea global” de Marshall McLuhan) y su pertenencia a la llamada Escuela de Frankfurt, uno de los grupos de pensadores más perniciosos de la historia occidental.
Habermas tuvo la fortuna de ser percibido como un centrista, debido a su pasado Nazi, mientras se alineaba con posiciones típicas del progresismo europeo, y luego de ser productivo al tiempo que longevo, lo que dio un aire de sabio intemporal al que no se puede criticar sin haberse leído antes sus cientos de libros, ensayos y meditaciones. Los humanos respetamos a los mayores, lo que está muy bien; pero Habermas ya no es mayor, así que vamos a ser un poquito honestos sobre su legado, si les parece.
Un momento clave para entender el legado de Habermas es su muy público debate con el filósofo también alemán Peter Sloterdijk. En 1999, Sloterdijk publicó sus Reglas para el zoológico humano, un ensayo sobre el destino del humanismo. Desde la época romana, argumentó Sloterdijk, el mensaje latente del humanismo había sido que «leer los libros adecuados calma a la bestia interior» y su función era seleccionar una «élite secreta» de letrados. Sin embargo, en la era de la cultura de masas saturada de medios, la lectura de grandes obras había perdido su función selectiva.
«¿Qué puede domar al hombre cuando el papel del humanismo como escuela de la humanidad se ha derrumbado?», escribió. Inspirándose en Heidegger y Nietzsche, Sloterdijk imaginó un «superhumanista» que podría utilizar la «reforma genética» para asegurar «que una élite sea criada con ciertas características». En Alemania, donde la sola palabra «selección» basta para desatar la alarma, el ensayo de Sloterdijk causó un terremoto. ¿Acaso abogaba por la eugenesia?
Todo el mundo alemán de la cultura se volvió hacia el venerado Habermas, ya entonces en su séptima década de vida. Y creo que su respuesta fue muy relevadora sobre el tipo de argumentación intelectual que hemos venido aceptando en Occidente como pensamiento moderno sofisticado. En lugar de debatir con Sloterdijk, aclarar el significado y la extensión de sus propuestas, lo que hizo Habermas fue describir toda la obra de Sloterdijk (no solamente su provocador ensayo de 1999) como un corpus con «implicaciones fascistas» e incitó a otros escritores a atacarlo.
Sloterdijk salió curiosamente airoso del encuentro, porque demostró la vacuidad y superficialidad del venerado Habermas que, como un tertuliano estándar de La Sexta, solo pudo echar mano al cliché de fascismo cuando se encontró con algo con lo que estaba en desacuerdo. Recordemos que la eugenesia no era tanto una idea nazi como una idea típica de los años 1920 y 1930, que se aplicó con gran entusiasmo (por ejemplo) en los democráticos EE. UU. Pero Habermas, el presunto pensador, no tenía interés en pensar: prefirió acusar a su rival de algo (el fascismo) que es literalmente ilegal y que literalmente te puede llevar a la cárcel en Alemania.
Es importante tener en cuenta que Habermas basó su carrera en ese truco básico, pueril, de ser el ex nazi que podía acusar a cualquiera de nazi porque, como un antiguo jesuita que ahora se volvió ateo, se podía presentar como especialista en trucos jesuíticos.
Esto se vio claramente ya incluso en los 1980, cuando Habermas afrontó otro debate famoso en círculos filosóficos, el llamado “Revisionismusstreit”, contra su compatriota Ernest Nolte (quien falleció en 2016). Nolte entonces argumentó que el nazismo fue solo una ideología tóxica como hubo muchas otras en el siglo XX, relacionándolo con diversos totalitarismos no solo de derechas sino de izquierdas, y que por ello no puede ser considerado como algo incomparablemente malvado, ni siquiera en el contexto del siglo pasado.
¿La respuesta de Habermas? Ya se lo esperarán: que Nolte era un revisionista apologético y, lo más importante, que relativizar, contextualizar, es exculpar. Detengámonos en este punto, porque es muy importante: Habermas era un filósofo académico, profesional. Y su opinión era que cualquiera que busque relativizar un mal (un “dolo” en filosofía o en teoría jurídica) lo que está haciendo es exculparlo. Ustedes saben cómo funciona no solo la ley, sino toda la filosofía occidental desde la era kantiana: se basa en la idea de que la intención de un acto ha de ser tenida en cuenta, y no solo sus consecuencias. Si yo quiero ayudarte cuando estás enfermo y a consecuencia de mis errores médicos mueres, yo no he comedido un asesinato: he cometido un homicidio imprudente. Son cosas muy diferentes.
Pues no. La idea de Habermas nos lleva a dejar atrás esa idea de intención y contexto (la diferencia entre ser el conductor de un coche que se estrella causando la muerte de un pasajero, y haber apuñalado al pasajero) si gracias a ello puede evitar que esa característica clave del progresismo moderno, la consideración del nazismo como mal supremo del siglo XX, pueda ser erosionada.
Después de lo que les he explicado, no creo que les sorprenda mucho que les revele que, como buen progresista, Habermas era un enamorado de la inmigración ilegal. No veía ningún problema de ningún tipo en que la ley sea violada, siempre que sea violada en favor de sus preferencias; ahí el contexto sí que importa.
Sería cansino describir todos los escritos pro immigración de Habermas, porque son muchos: desde Die postnationale Konstellation en 1998 pasando por L’Europe et ses populations issues de l’immigration en 2006 has la ristra interminable de artículos, manifiestos y libros que publicó en la última década, en absoluta ignorancia del caos causado y el rechazo generado en toda Europa a sus preferencias. Todos sus argumentos los han leído un trillón de veces: son tan falaces como tediosos. Nada más insoportable que el sabio avejentado que te suelta tópicos como piedras en el tono de presentarte secretos misteriosos.
Para Habermas, la verdad era lo que se argumenta en favor de los suyos, y la democracia lo que le gusta a los suyos. Por si lo olvidaron, el significado de “filósofo” es “amante del conocimiento”. Habermas no era un filósofo. Si acaso era un abajofirmante. Si ahora mismo está afrontando el juicio eterno, no creo que pueda salirse de rositas con la clase de argumentos que utilizó en nuestro mundo cruel.