Bajo el paraguas de la victimización la progresía ampara la guerra contra las sombras: el racismo, la Iglesia, Franco, el heteropatriarcado…todos ellos enemigos abatidos o en trance que sólo existen en el imaginario maniqueo del pensamiento progre. Y excusen el oxímoron. Las guerras ficticias de la progresía exigen un adversario mequetréfico, anémico. Una sombra sobre la que vomitar la impotencia de una rebelión fake.
El objetivo no es el poder; quiero decir, el combate contra el poder. Todo lo contrario. De hecho, la alianza con el poder es el método. Una alianza simbiótica, como el Ejército de Liberación que secuestró a Patty Hearst y que universalizó el Síndrome de Estocolmo, y con la que el propio sistema se bautiza como paradójica expresión de la rebelión.
¿Rebelión contra qué?
Año tras año, los días que anteceden a la canícula nos dan una pista, cuando vemos cómo a la vera de la enseña del colorín, el lobby tremola a los vientos sus coloridos pendones, bajo los que encuentran cobijo tanto la usura financiera de Ana Patricia Botín como los presuntos propósitos revolucionarios (¡ja, ja!) de Pablo Iglesias. Tesis y antítesis en armónica convivencia, sin más síntesis posible que el fin de la civilización.
Los juegos en torno al trapo multicolor y sus derivados desempeñan el papel del Carnaval en nuestros pretéritos siglos dorados: una inversión catártica de las relaciones de poder y de las jerarquías, cuando la estructura era casi tan segura como lo es hoy, destinada a reforzar los mimbres del sistema.
De tener algo de revolucionario el trapo del colorín, a buen seguro ni las teles ni las finanzas lo habrían adoptado como a ese michino domesticado que, de cuando en cuando, hace saber de su inquietud con suaves maullidos quejumbrosos. Menguantes, si se sabe descender adecuadamente la mano por el lomo. Pero ¿no habíamos quedado en que el sesentayochismo era la respuesta sustitutiva –que sí, revolucionaria– ante la deserción de la clase obrera machirula, futbolera y cervecera? Pues salvo que el Deutsche Bank esté en el ajo –improbable– de la revolución marxista, va a resultar que se trata de otra cosa.
El trapo multicolor, con todo su cortejo, no es la revolución por otros medios. Que no. ¿Qué demonios de revolución, cuando las grandes financieras, los monarcas, la Guardia Civil y hasta un sinnúmero de iglesias “cristianas” se envuelven en el andrajo? Y que no. El trapo multicolor, y todo el sesentayochismo, son justo lo contrario: la expresión colérica de la frustración ante lo imposible.
Es, si se me apura y si no también, Hegel frente a Marx, Judith Butler dixit. La idea como génesis de lo real: antimarxismo de la más baja ralea, un anti peor que lo que niega. Marx llama a transformar el mundo, su naturaleza material y las condiciones objetivas, en lugar de aletear sobre la superficie del pensamiento y ya. Y la excrecencia de género viene a ser lo opuesto: la negación de la realidad objetiva y la afirmación de que no somos sino una serie terminable de momentos que constituyen toda nuestra esencia. No tenemos otra, así que no existe ningún yo que nos contenga. No somos, desde luego, el producto de fuerza ciega alguna que nos haya conformado desde instancias exteriores. Podemos ser el producto de nuestra exclusiva voluntad o de su dejación. Identidad y realidad no son preexistentes, sino que se construyen a partir de un proceso autocreador.
¿A qué transformar ningún mundo?
El método genealógico de Nietzsche en la construcción de los valores morales se filtró a través de Foucault hasta Butler, y lo impregnó todo: la identidad pasó a ser un espejismo, un simple constructo, modificable a voluntad. Así salta por los aires cualquier límite, de modo que no es extraño que Busquet haya archivado a Foucault –el gran santón– en el cajón del neoliberalismo. Lo que no está, no, mal tirado.
No hay ninguna revolución acechando –sus mentores han arrojado la toalla– ni es la revolución por otros medios, por grande que sea la convulsión. De lo que se trata es de prevenirla, de ahí la conformidad y hasta el júbilo con el que el privilegio se envuelven en el trapo.
Es, más bien: no habéis querido la revolución, ¿verdad? Pues os vais a joder.
Es la ira de Nietzsche en Ecce Homo:
«Algún día mi nombre irá unido al recuerdo de algo monstruoso: de una crisis como jamás ha habido sobre la Tierra, de la más profunda colisión de conciencias, de una sentencia pronunciada contra todo lo que hasta ahora ha sido creído, exigido, santificado”.
Exactamente eso.
La respuesta nihilista a un fracaso sin precedentes en forma de destrucción incondicional. Todos sus visionarios, todos sus profetas, todos sus apóstoles, se han acunado al son de las nanas nietzscheanas, aunque lo hayan sido en brazos de sus abuelos postmarxistas frankfurtianos. El éxtasis de una voluntad deificada por omnipotente, en la que Dios no ha muerto, solo ha transmutado en encarnación satánica. Es, solo, destrucción.
El trapo multicolor ha extendido su iridiscencia al Orden Mundial Globalista, que no por coincidencia adopta idéntica gama cromática en su escudo de armas. Ese que lucen, engallados, nuestras más augustas autoridades. El salvoconducto arcoiris de una minoría sexual tan publicísticamente atropellada, hace tiempo que se convirtió en un pasaporte universal. Desbordando sus propios límites, no es hoy otra cosa más que la enseña que se alza sobre las ruinas de nuestra civilización. Su rescate, el rescate civilizatorio, pasa por la resuelta erradicación del luminoso colorido del dichoso trapo y de sus derivadas en los más insospechados ámbitos.
Porque a estas alturas, las políticas de género se ciernen como una torva amenaza sobre el futuro de la humanidad. Y es que sus trompeteros, tampoco por casualidad, tocan en la orquesta en que las Big Tech interpretan la siniestra melodía del transhumanismo. La exigida deconstrucción del hombre es sólo el primer movimiento.