«Es la economía, estúpido» es una famosa frase acuñada durante la campaña para las presidenciales estadounidenses de 1992. En un momento de recesión, el asesor James Carville (en la fotografía, junto a Sarah Palin) la sugirió para atacar al presidente George HW Bush (el primer Bush). Meses después, con Bill Clinton en la Casa Blanca, se convirtió en un mantra político en todo occidente.
Esta frase es uno de estos tópicos que uno querría que se dejaran de lado, pero que persisten porque resultan ser verdad, continuamente: los votantes priorizan su situación financiera personal y la economía por encima de cualquier otro asunto, y el olvido de esa máxima ya le costado una seria derrota a la derecha patriota en Hungría, y puede muy bien llevar a otra en poco tiempo en Italia.
Esto es clave porque, como indiqué recientemente, todo político que quiere luchar contra la inmigración ilegal tiene la tentación de centrar sus esfuerzos en ese ámbito y otros relacionados, lo que resulta en cierto olvido de las reformas económicas que precisan todos los países europeos para salir del marasmo en el que se encuentran.
Hace pocas semanas, la economía fue el elemento clave que llevó a la derrota de Viktor Orban en Hungría. Orban hizo mucho bien, desde el tema de la inmigración hasta el fomento de la natalidad; sin embargo, la falta de dinamismo económico en Hungría le expuso a ataques políticos que al final le hicieron perder el control del centro y el poder. A Hungría no le fue mal económicamente desde 2010 y, de hecho, los primeros años de Orban fueron algunos de los más prósperos de la historia húngara, pero la falta de ritmo de crecimiento después resultó mortal, en particular en comparación con el dinamismo de otras economías ex comunistas en la Unión Europea, como Chequia y Polonia.
Orban se va con honra desde el punto de vista económico –cuando llegó, la renta per cápita de Hungría era del 66% de la media de la UE, y ahora está en torno al 76% – lo que no es suficiente para contrarrestar dos décadas de ataques desde Bruselas y el eje globalista. Y algo parecido le puede pasar a Giorgia Meloni en Italia.
Desde que llegó al poder en 2022, Meloni ha estado en el centro de la atención. Al final y al cabo, por mucho que hiciera Orban, Hungría es un país secundario en el mundillo europeo. Italia es otra cosa, y se ha convertido en una prueba de fuego clave para la derecha patriótica del continente, sobre todo teniendo en cuenta que el partido de Meloni, Hermanos de Italia, ganó las elecciones con contundencia con una plataforma antiinmigración, nacionalista y euroescéptica sin tapujos.
Como explica en un artículo reciente en la revista Foreign Policy Giovanni Legorano, Meloni se encuentra en una situación políticamente delicada porque no ha llegado tan lejos como Orban en la implementación de esa plataforma. Su enfoque ha sido menos agresivo tanto a nivel nacional como internacional, lo que suena muy bien en la teoría y le ha permitido mantener un aire de centrista que evita que la llamen cosas feas en Bruselas. En la práctica, no ha contentado del todo a nadie, aun habiendo logrado el logro (nada baladí) de haber dirigido lo que pronto será el mandato más largo en Italia desde la Segunda Guerra Mundial.

Esto quedó claro el 23 de marzo, cuando el gobierno de Meloni sufrió una dura derrota en un referéndum constitucional sobre la reforma judicial, eje central de su programa legislativo. Dado el carácter técnico del referéndum y su celebración un mes después del inicio de la guerra con Irán, la votación se convirtió en una prueba de popularidad: y Meloni no pasó la prueba.
Unos días después, el presidente estadounidense Donald Trump reprendió a Meloni en una entrevista, exasperado por su negativa a apoyar la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Y el 21 de abril, Meloni se vio obligada a aceptar modificaciones a un controvertido proyecto de ley de repatriación de migrantes tras la presión de la presidencia italiana.
Meloni ha hablado con frecuencia de la compleja situación económica que se encontró, y de los pequeños éxitos que ha logrado, incluyendo pequeñas reducciones de impuestos y la simplificación del sistema tributario italiano, conocido por su complejidad bizantina. Todo eso suena a muy poco.
El PIB de Italia creció un 4,8% el año en que Meloni asumió el cargo, debido en gran medida a la recuperación tras la contracción sufrida por la pandemia de COVID-19 y las medidas adoptadas. Después, las tasas de crecimiento disminuyeron considerablemente hasta el 0,9 % en 2023, el 0,8 % en 2024 y el 0,5 % el año pasado, en contraste con otras economías del sur de Europa que se vieron gravemente afectadas por la pandemia, como España y Grecia, que experimentaron un crecimiento del PIB superior al 2 % anual durante esos mismos años, en gran medida debida a la importación de inmigrantes ilegales que expanden el PIB aunque perjudiquen la renta per cápita. Como explica Legorano, los salarios reales italianos siguen siendo inferiores a los del primer trimestre de 2021, antes del repunte inflacionario pospandémico, mientras que la productividad laboral ha disminuido desde su máximo pospandémico de 2023.
El desempleo ha bajado hasta un mínimo de 20 años del 5,1%, lo que es muy importante y señal de que cerrar el grifo de ilegales ayuda a la contratación incluso en un país dominado por el chanchullo y los pagos en negro como Italia. En general, es en el campo de la inmigración donde ha logrado sus mayores éxitos: las entradas de irregulares han caído en picado, y solo ha repuntado con la llegada de (¡por fin!) auténticos refugiados de guerra genuinos, los ucranianos, en lugar del menú habitual de embaucadores que aseguran huir de alguna guerra africana imaginaria.
Meloni se ha encontrado con muchos obstáculos para cumplir promesas como usar la marina italiana para acabar con las redes de transporte de ilegales, o el establecimiento de centros para solicitantes de asilo en Albania, medidas bloqueadas con las habituales artimañas de la judicatura europeísta. Y aún así ha logrado que su mensaje cale algo en Bruselas, después de que Orban pinchara en hueso durante años.
Todo ello no servirá para nada, sin embargo, si la economía italiana no repunta. Las medidas que ha tomado Meloni para controlar la inmigración se pueden desmontar en una semana, y eso es lo que prometen hacer sus enemigos políticos. Es la economía, estúpidos.