En los últimos años han proliferado las críticas a la inmigración. Artículos, columnas de opinión, manifiestos, diatribas que caben en 120 caracteres, peer-review studies y libros de toda índole y desde infinitas perspectivas. Parece que todo lo que tenía que decirse acerca de la inmigración y su problemática ya se ha dicho. ¿Y ahora qué?
Los que se oponen a la inmigración encuentran argumentos de peso para ello: datos de criminalidad, razones económicas o motivos de incompatibilidad entre modelos culturales. También nos ofrecen otros argumentos, menos racionales, pero no por ello desdeñables. La voluntad de seguir siendo de una forma y no de otra, el querer no ser un extraño en el país propio o el mero deseo de legar a los hijos lo que un día les transmitieron sus padres y abuelos.
Todo el mundo especula acerca de qué es lo que les —nos— mueve. ¿Odio? ¿Miedo? ¿Un lavado de cerebro, quizá? No. Las conjeturas de una esclerótica y endófoba izquierda deben despreciarse. Tampoco entraré a refutar tales cuestiones. Pero diré más. Los argumentos de algunos bienintencionados tampoco sirven para defender una postura antinmigración, pues no dejan de ser una legitimación encubierta de la sustitución demográfica con su “que vengan, pero sólo si se adaptan” o “que vengan, pero sólo si curran, cotizan y pagan las pensiones”.
Ni siquiera la oposición históricamente más reactiva frente a la izquierda presenta argumentos de peso contra el fenómeno, al emplear unas coordenadas metafísicas acertadas, por lo general, pero política y existencialmente insuficientes. Rafael Gambra, uno de los grandes pensadores tradicionalistas, hablaba de la «teoría de superposición y evolución de los vínculos nacionales», según la cual, los vínculos que determinan la existencia de un pueblo experimentan un progreso y perfeccionamiento al alejarse del factor material.
En este sentido, una religión compartida permitiría articular comunidades políticas más amplias, duraderas y estables, integrando en un Todo común a pueblos diversos y particulares. Esto es cierto y, en parte, es la base de la filosofía del Imperio, pero, ¿cómo conseguirlo si ni siquiera entre españoles compartimos tales vínculos de carácter superior? Es más, esta concepción —que se opone a la inmigración sólo cuando ésta amenaza la cohesión espiritual de un grupo— tiende a sobrestimar la capacidad unificadora del vínculo espiritual y a minusvalorar dimensiones previas y objetivas de la realidad humana.
Asimismo, tampoco podemos tomar en serio el lema del “todos somos católicos culturales” que sacan a relucir algunos. Entiendo lo que quieren decir, pero, o eres católico, o no lo eres.
Considero que, en lo tocante a este tema, hay que volver a un planteamiento más simple, y por ello la crítica a la inmigración debe partir de dos cuestiones fundamentales: una existencial, la supervivencia como necesidad, y otra ética, la identidad como bien.
La primera es una cuestión entendible fácilmente a través de la fórmula clásica del silogismo:
1. Toda nación que pierde su continuidad demográfica y cultural deja de existir como tal.
2. España está perdiendo su continuidad demográfica y cultural debido a la combinación de natalidad insuficiente y entrada masiva de población extranjera.
3. Por tanto, España dejará de existir como nación.
No se trata de que los inmigrantes que vienen sean peores o mejores, o que compartan ciertos rasgos de nuestra cultura o no. La cuestión es mucho más simple y se trata del hecho fáctico, comprobable, de que sin españoles no existe España. No se trata de ser un buen español o uno malo, sino simplemente de serlo. Para asegurar la continuidad de España, los españoles deben no solo existir, sino predominar. ¿Acaso no se descompone el agua en oxígeno si pierde dos átomos de hidrógeno? ¿No dejaría un campamento de niños de serlo si solo van adultos? ¿No sucedería lo mismo con España si dejara de haber españoles? ¿No se convertiría en…otra cosa?
Por ello la crítica a la inmigración debe partir de lo elemental. En este caso, se trata de la supervivencia. De una necesidad básica e instintiva que es la voluntad de vivir. Queremos seguir siendo lo que somos, y que esto que nosotros somos, se prolongue en el tiempo. Porque la existencia del Nosotros es la condición de posibilidad del resto de cosas. Sí, se trata de una discriminación, y toda discriminación implica una preferencia. Llamadlo coste de oportunidad, como los economistas, si discriminación no suena muy friendly. Pero lo cierto es que cuando entramos en un supermercado y decidimos comprar yogures en lugar de tarta, estamos discriminando la segunda opción. Optamos por los yogures porque los preferimos a la tarta. De la misma forma ocurre con la inmigración.
Para que yo siga siendo, tú no puedes ser. Al menos no según el principio de no contradicción aristotélico, según el cual «es imposible que lo mismo se dé y no se dé en lo mismo a la vez y en el mismo sentido». Es decir, que no puede haber una España de españoles y una España de no españoles. Elegimos lo nuestro, antes que lo ajeno porque lo preferimos, porque consideramos que lo propio y su prolongación en el tiempo es mejor que lo extraño. Es, o debería ser, el derecho a la diferencia. A ser nosotros y no otros.
Por este motivo se trata de una cuestión existencial. Sobrevivir implica seguir siendo. Y la supervivencia se convierte en una necesidad, porque, como he mencionado antes, es la condición de posibilidad del resto de cosas. Yo no puedo conducir un coche si no tiene ruedas, de la misma forma que tú no podrás reivindicar una España feminista si España no existe.
Aquí es donde entra en juego la identidad, que consiste básicamente en diferenciar lo que nosotros somos de lo que no. El mundo neoliberal trata de desdibujar estas diferencias porque, como dice De Benoist, considera a los hombres intercambiables al concebirlos sólo de manera abstracta y genérica. Como respuesta, surgieron y todavía proliferan los identitarismos fraccionarios e individualistas, que en el fondo son un instrumento del proyecto desdiferenciador del globalismo porque, siguiendo a Erriguel, lo que hacen es «deconstruir las viejas naciones históricas, preparar el camino hacia el hombre desarraigado y genérico del turbo-capitalismo». Es decir, identidades volubles que se construyen en el supermercado de los sentimientos y apetencias y, por tanto, se fundan desde una perspectiva mutilada y falsa de la realidad.
Sin embargo, la idea de identidad que defiendo aquí parte de un dato objetivo, que es la realidad dada, y que se convierte en un bien a defender, no solo para la supervivencia de España, sino para su renovación y estabilidad. Santo Tomás dijo que la verdad se descubre a través de la adecuación entre el intelecto y la cosa. España existe. Tiene una existencia ontológico-histórica concreta y diferenciada. Y esta existencia de España es un hecho social total, que diría Marcel Mauss; una verdad que no solo se hace presente en la realidad material, sino que se da en la psique, en la memoria colectiva del Nosotros, y que incluye una historia, cultura, lengua, gentes, símbolos, creencias, amores compartidos y vínculos de parentesco, entre otras cosas.
Para que pueda haber identidad, debe existir un Nosotros, y para que esto se dé, tiene que haber una relación preferencial hacia los miembros del Todo común. Esto implica que debe subsistir un clima de amistad social. Pero esta no nace esporádicamente. Para que exista es necesario que haya concordia; para que haya concordia, debe haber confianza; y para que haya confianza debo poder reconocerme en el otro. ¿Cómo se da esta confianza? A través de los procesos de identificación intersubjetiva.
En estos procesos, dice Lardiez, la persona «acentúa las similitudes con unas categorías y enfatiza las diferencias con otras, estableciendo así ingroups y outgroups (endogrupos y exogrupos)». El endogrupo sería aquel con el que hemos desarrollado una afiliación o vínculo en el que el Yo se reconoce. El exogrupo estaría conformado por aquello con lo que el Yo no puede identificarse. Así, la identidad como dato se refuerza con estos procesos de identificación e implica una predilección por ciertas asociaciones y una discriminación de otras. El endogrupo sería el Nosotros, en el que las personas se reconocen mutuamente, generándose sentimientos de confianza y pertenencia, y que se transforman con el tiempo en lazos y vínculos afectivos.
Si el hombre es un animal político, sociable por naturaleza, la identidad se convierte en el mayor bien a preservar para la prolongación temporal del Nosotros. Huelga decir que estos procesos de identificación no se dan como creaciones de un voluntarismo, sino como actos objetivables de reconocimiento.
Por otro lado, es cierto que no podemos ser amigos de todos los españoles, ni siquiera conocer a todos los miembros de una comunidad política. Pero eso no significa que no se puedan desarrollar los procesos de identificación con el español desconocido. Jouvenel nos recuerda que «la disposición favorable que uno tiene hacia la familia, desconocida, de un amigo, se puede también tener hacia los miembros desconocidos de un conjunto». Y esta disposición favorable hacia ciertas personas y no otras es la clave en los procesos de identificación.
A lo anterior se añaden las dificultades propias de nuestro tiempo. En el mundo globalizado de las ciudades de millones de habitantes en la que los estímulos sobrepasan la capacidad de análisis de la información recibida, es prácticamente imposible conocer a todas las personas con las que nos cruzamos. Por ello, la interacción inmediata con el otro entraña un juicio superficial y generalmente prerreflexivo. La decisión de confiar en el otro o no, debe darse en milisegundos, y solamente cuando vemos en éste un reflejo del yo, confiamos. Simple y llanamente porque reconocemos una serie de patrones observados con anterioridad. Lo que vemos se parece a nosotros, nos resulta familiar. De manera instintiva entendemos que actuarán de la forma en la que esperamos. Así, la capacidad para predecir los actos de los demás se convierte en el primer paso hacia la generación de confianza. Cuando veo al otro, en realidad me estoy viendo a mí mismo y puedo anticipar el modo en el que se conduce. Esto no se da con las personas extrañas a la comunidad a la que pertenecemos. Y viceversa. No debería sorprendernos que cuando vienen a nuestros países formen comunidades herméticas, con sus propios códigos en base a un reconocimiento e identidad compartidos.
Como vemos, la supervivencia es la condición de posibilidad para que se den el resto de cosas dentro de una comunidad. La identidad del Nosotros, por su parte, sería el bien a preservar para asegurar su prolongación y estabilidad. Langella nos advierte que el derecho al arraigo es la prolongación natural del derecho a la vida. El derecho a una identidad propia y diferenciada es condición para garantizar nuestra forma preferencial de ser y estar en el mundo. Supervivencia e identidad, por tanto, son los dos argumentos clave contra un deseo etnomasoquista de las élites españolas y contra una inmigración que está sustituyendo, poco a poco, lo que somos. Los teóricos de la Nouvelle Droite acertaron al adivinar que este siglo sería el de la Identidad.
Schopenhauer también tenía razón. La mayoría de hombres viven el presente como algo provisional, cegados por la esperanza de un cambio, que no se producirá a no ser que actuemos ya y de manera decisiva. No seamos como la mayoría de hombres. ¿A qué esperamos para afirmar nuestra voluntad de sobrevivir y defender nuestra identidad?
(Ilustración: Los poetas contemporáneos, de Antonio María Esquivel)