El académico John Mearsheimer acostumbra a señalar 2017 como un año crucial, cambio de paradigma, que en los años venideros será comparable a 1989 o 1914 por dar fin a una época, en este caso la del «orden liberal internacional» (otros lo llaman globalización/globalismo) y alumbrar el comienzo de otra que, cuando pare un momento quieta y nos permita recobrar el aliento, ya la bautizaremos de alguna manera. Lo curioso es que, para España, en su particular devenir nacional, aquel también fue un año extraordinariamente significativo, tal como habíamos concluido la semana anterior.
Los éxitos futbolísticos de años previos habían liberado a la enseña rojigualda de carga radioactiva a ojos del ciudadano medio, así que su reacción intuitiva, popular, ajena a cálculos políticos y sofisterías posmodernas, frente al intento de secesión catalana fue precisamente la de ondearla en manifestaciones, colgarla de balcones, porque comprendió de inmediato que más allá de la retórica legalista en la que algunos se enredaban lo que estaba en juego era la nación misma. Ese fue un cambio de enfoque fundamental, aunque naturalmente buena parte de las élites no se dio por enterada y siguieron con lo de siempre.
Recordemos por ejemplo la campaña electoral para las elecciones Generales de abril de 2019 de Cayetana Álvarez de Toledo, como candidata del PP por la provincia de Barcelona, que proporcionó titulares recurrentes en torno a la misma idea: «los independentistas no quieren vivir con otros españoles y eso es xenofobia». Reparemos en la frase porque tiene enjundia. En primer lugar, referirse a los separatistas/secesionistas como «independentistas» presupone una relación previa de dependencia (colonial), que es el marco ideológico que ellos necesitan para articular sus exigencias propias del periodo descolonizador, como el llamado «derecho de autodeterminación». Pero lo más grave aquí es que el rechazo a lo español pasa a ser, según su criterio, equivalente al repudio a lo extranjero y por lo tanto algo malo, porque en el orden globalizador vigente (hasta 2017, decíamos) «xenofobia» era el peor pecado laico o «crimental» concebible. Así que un sevillano, donostiarra o coruñés que se plantase en Barcelona sería entonces más o menos como un senegalés o un vietnamita, nos cuenta Cayetana, pero como no hay que ser xenófobo —¡Dios nos libre!— se debe dar la bienvenida a todos ellos por igual. Lo nacional no existe como categoría propia y por ello Borrell andaba diciéndonos por entonces que el golpe separatista era equivalente al Brexit.
Toda esta confusión en torno a qué definir como propio o extranjero no era, lamentablemente, fruto singular de sus cabecitas sino parte de un magma cultural más amplio en el que ambos estaban inmersos y que se limitaban a repetir. De hecho, sigue aún muy presente, pues hace unos días un conocido youtuber nos explicaba que «Madrid siempre fue una ciudad de inmigrantes, la hicieron y la siguen haciendo los llegados de fuera. Siempre cupieron todos, a nadie se le echa cuentas por su origen. Madrileño es quien decide vivir aquí». Es decir, que la ciudad del Pirulí no sería ya «el rompeolas de las Españas» en honor a su capitalidad, sino una urbe global, e inmigrante bienvenido sería por igual el nacional que proviene de Asturias o Jaén, como el natural de Bolivia o Tanzania. Fijémonos en que esa presunta hospitalidad de la que hace gala estaría disolviendo todo vínculo nacional, de tal manera que, si alguien de Barcelona dijera algo semejante, considerando al andaluz y al marroquí igualmente extraños pero bienvenidos (siempre que aprendan catalán y agiten la estelada, claro), entonces estaríamos ante el discurso habitual del secesionismo catalán durante las últimas décadas. Al menos hasta ahora.
Los nacionalismos periféricos han gozado desde los años 70 de una considerable ventaja al carecer enfrente de un discurso españolista consistente, lo que les permitía expandirse como un gas en el vacío. No obstante, también sufrían una considerable restricción interna al haber adoptado los valores globalistas contemporáneos como propios y encerrado en el baúl las proclamas raciales decimonónicas más ruidosas. El nacionalista vasco o catalán quería seguir considerándose de alguna manera «superior» al homo mesetario, al resto de España, y la mejor manera que encontró fue la de considerarse más moderno, más tolerante, más europeísta y más progresista (los humoristas y presentadores televisivos catalanes centraron toda su carrera en ello). Esto significaba implicarse con más fervor en las políticas climáticas, ser aún más pro-LGTB y feminista —recordemos que en 2017 una de las consignas separatistas fue crear una «República feminista»— y, por supuesto, ser más antirracista y más hospitalario con la inmigración que ese enemigo centralista reaccionario ante el que se reafirmaban en sus cabezas.
En Estados Unidos suelen hablar de «token minority» a la inclusión simbólica en algún ámbito, a modo de florero, de un miembro de una minoría para aparentar así diversidad. Pues bien, ambos nacionalismos periféricos adoptaron esta práctica con entusiasmo, de manera que no es casualidad que la primera musulmana en el Parlament, Najat Driouech, fuera por ERC.Por otra parte, sin desmerecer su talento deportivo,la devoción con la que se ha tratado a los hermanos Williams en el Athletic de Bilbao tiene algo de eso también, al igual que los negros hablando euskera que adornan las series de ETB.
Ahora bien, la realidad tiene la molesta costumbre de imponerse al margen de nuestras autocomplacientes fantasías ideológicas, de forma que el flujo migratorio en todos estos años se ha mantenido implacable. Con barrios de Bilbao convertiros en guetos y con un tercio de Barcelona de origen extranjero en 2025, la población inmigrante no encaja ya en ese papel de mascota y trae consigo sus propias reglas. Los atentados de Las Ramblas fueron un aviso de todo lo que puede conllevar tal multiculturalidad, a pesar de la grotesca negación de la realidad que inicialmente supusieron ceremonias en las que se reivindicaba a Barcelona como una «ciudad abierta, diversa y acogedora de la que estamos orgullosos. Más que nunca tenemos que defender el modelo de diversidad, que es nuestra fortaleza». La diversidad como altar en el que sacrificar a los compatriotas que haga falta… el problema es que, por desconcertante que nos pueda parecer, las cosas siguen estando ahí cuando cerramos los ojos.
Los separatismos vasco y catalán habían estado las últimas décadas puliendo sus aristas para sustentarse en un equilibrio imposible de ser nacionalismos sin planteamientos identitarios, que viene a ser como un vaso sin bordes. No era posible seguir manteniendo que una llegada, ya anecdótica o inexistente, de población del resto de España al País Vasco y Cataluña podía suponer algún tipo de amenaza para la identidad regional, mientras se debía fingir indiferencia ante la llegaba un vasto contingente de población significativamente diferente de la local desde miles de kilómetros. La contradicción era insoportable y por eso en 2020 Silvia Orriols fundó Aliança Catalana, logrando ser alcaldesa de Ripoll en 2023 e ingresar al Parlament en el año siguiente. Ahora, en 2025, las encuestas muestran que estaría cerca de liderar el nacionalismo catalán. Por su parte, Bildu ha desbordado al PNV en las encuestas como fuerza más votada y Otegi, posible futuro lehendakari, lleva ya un tiempo alertando de que «nuestra identidad nacional está en riesgo» debido a la inmigración.
Los maketos y charnegos pasan a ser otros, lo que supone alterar drásticamente la narrativa maniquea donde España, los españoles, encarnaban la alteridad, el enemigo frente al que definirse. De paso, hace también añicos el esquema mental tan satisfactorio para los identitarios periféricos de que encarnaban el progresismo biempensante y abierto frente a la cerrazón mesetaria/andaluza. En este nuevo contexto se vuelve más sencillo confrontar a los separatismos desde una perspectiva nacional española, siempre y cuando, claro, sepamos señalar que el problema en ellos no es que sean genéricamente «xenófobos» (otorgarles el monopolio al rechazo a la inmigración masiva sería suicida, Cayetana al rincón de pensar), sino que son antiespañoles, y que aquello que nos une va más allá de las leves diferencias en nuestras tradiciones, valores y costumbres, desde los San Fermines a las procesiones sevillanas, del pulpo a feira a la paella, del ejque al ¡aupa!, hermosas y simpáticas reinterpretaciones regionales de una misma partitura de muchos siglos de antigüedad.