El escritor Juan Manuel de Prada ha destacado en alguno de sus artículos la frase que escogió Mel Gibson para abrir su brutal su película Apocalypto (2006): “Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro”. El texto continúa así: “Las causas esenciales de la decadencia de Roma residieron en su pueblo, su moral, su lucha de clases, su comercio en decadencia, su despotismo burocrático, sus impuestos agobiantes y sus guerras devastadoras”. No hay que ser doctor en Historia para detectar las similitudes con nuestra época. El autor de la reflexión es Will Durant, un admirable educador antielitista que vivió en los siglos XIX y XX. Su obra más popular, Historia de la civilización (1975), escrita junto a su esposa Ariel, ocupa once tomos publicados a lo largo de cuatro décadas y ha servido de marco cultural a un número incalculable de lectores. ¿Cuántas de las personas que usted trata conocen los pilares de la cultura occidental en la que vivimos?
La cita de Durant viene a cuento porque un número creciente de figuras públicas actuales parecen estar de acuerdo con ella, hasta el extremo de convertirse al catolicismo. Antes de explicar con detalle algunos casos, citaré otro fragmento de la obra de Durant, que ilumina el conflicto que vamos a tratar: “No hay mayor drama en la trayectoria humana que ver a unos pocos cristianos, despreciados u oprimidos por una sucesión de emperadores, soportando todas las pruebas con feroz tenacidad, multiplicándose silenciosamente, construyendo orden mientras sus enemigos generaban caos, combatiendo la espada con la palabra, la brutalidad con la esperanza y, por fin, derrotando al Estado más fuerte que la historia haya conocido. César y Cristo se habían enfrentado en la arena y Cristo había ganado”, celebra. No se me ocurre una forma más precisa de extender ante nosotros el mapa de la batalla que nos toca afrontar, una desafío que otros ganaron ya en peores condiciones.
La mayor celebridad que se ha convertido al catolicismo en tiempos recientes es J.D. Vance, actual vicepresidente de Estados Unidos. Se trata de un líder conocido antes de llegar a la Casa Blanca, sobre todo por el enorme éxito popular de sus memorias tempranas, tituladas Hillbilly: una elegía rural (2016), que más tarde fue adaptada a televisión por Netflix. Vance fue criado como cristiano en el seno de una familia disfuncional de los Apalaches, una de las zonas con mayores índices de pobreza de Estados Unidos, de la que escapó tirando de esfuerzo estudiantil y después de la disciplina militar que le proporcionó su paso por los marines. Gracias a una beca del ejército, consigue ingresar en Yale y allí abraza la doctrina libertaria y la admiración a Aynd Rand. Pero, por algún motivo, no lograba quitarse de encima cierta sensación de incomodidad respecto a esas ideas.
En un ejercicio de autocrítica poco habitual, se fue dando cuenta de que “las exenciones fiscales y los recortes a la Seguridad Social eran formas socialmente aceptables de ser conservador entre la élite estadounidense” y que, en realidad, él abrazaba esos dogmas para caer bien a sus nuevos compañeros de la Ivy League (las universidades de clase alta de Estados Unidos). Una conferencia en su facultad del magnate tecnológico Peter Thiel resultó ser un punto de inflexión, no por el relato de sus éxitos económicos sino por el descubrimiento del intelectual católico René Girard, que le abre los ojos con sus teorías del ‘deseo mimético’ (se da cuenta de que muchos de sus objetivos son simple imitación de los de las élites con las que convive) y sobre todo del ‘chivo expiatorio’ (a través de la cual descubre la sofisticación de la relación de Cristo con la sociedad). La lectura de La ciudad de Dios (426) de san Agustín y de la Doctrina Social de la Iglesia le ayuda a ver claro que el nunca ha sido un darwinista y que lo que siempre le ha hecho feliz es algo cercano al comunitarismo, de ahí su admiración por el catolicismo y por la revolución conservadora de Viktor Orban, actual primer ministro de Hungría.
Estamos ante una conversión intelectual, pero no del todo. Su deseo de ingresar en la Iglesia católica también se basa en la experiencia personal de que la plentitud es un camino largo y tortuoso. “Uno de los aspectos más atractivos del catolicismo es que el concepto de gracia no se expresa en términos de epifanía. No es recibiendo la gracia que de repente uno pasa de ser una mala persona a ser una buena persona. Es necesario trabajar constantemente en nosotros mismos. Eso es lo que me gusta. Siento que es bastante difícil ser una buena persona”, explica en una excelente entrevista centrada en su conversión formal en 2019.
Otro caso estimulante es el de Byung Chul-Han, reciente Premio Princesa de Asturias. El filósofo surcoreano es conocido en todo el planeta por sus ensayos breves y comprensibles sobre las angustias del mundo moderno. Su catolicismo sorprende a muchos de sus entrevistadores, sobre todo el hecho de que escoja acudir a misa cuando millones de personas han dejado de hacerlo. “Asisto a diario, en una iglesia de Berlín donde apenas nos reunimos diez personas”, explicó al diario español El País en octubre de 2023. Su pensamiento fue sintonizado poco a poco con la visión católica, pero de una manera muy profunda, hasta el punto de que el Papa Francisco alude tres veces a sus textos en la encíclica Dilexit Leo (2024), que trata sobre “el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo”.
Del catolicismo, Han aprecia sobre todo el elogio de la vida contemplativa –inseparable de la dignidad del trabajo– y la priorización de la esperanza sobre la crítica (visión contraria a las actuales facultades de Filosofía). Han destaca que la muerte de Dios anunciada por Nietzsche es un acto de arrogancia con pésimas consecuencias para las sociedades humanas. En realidad, y a la contra del pensador pionero del existencialismo, cualquier pausa en una sociedad frenética ayuda a descubrir que existe algo más allá de lo material. “El trabajo de jardinería ha sido para mí una meditación silenciosa, un demorarme en el silencio. Ese trabajo hacía que el tiempo se detuviera y se volviera fragante. Cuanto más tiempo trabajaba en el jardín, más respeto sentía hacia la tierra y su embriagadora belleza. Desde entonces tengo la profunda convicción de que la tierra es una creación divina. El jardín me transmitió esta convicción, es más, me hizo comprender algo que para mí se ha convertido en una certeza y ha asumido carácter de evidencia”, explica en su texto Loa a la tierra (2021).
Otra historia relevante es la de la intelectual somalí Ayaan Hirsi Ali, que huyó de África a Holanda escapando de un infierno dominado por las amenazas de ablación y matrimonios concertados. Su compromiso con la libertad de las mujeres la llevó a presentarse con éxito al parlamento de Holanda y a colaborar con el cineasta Theo Van Gogh, asesinado por radicales islamitas como represalia a su trabajo en el documental Sumisión (2004), que denunciaba el sometimiento femenino en esa religión. Desde entonces, la pensadora inició un camino vital que la llevó a convertirse al cristianismo, tanto por motivos espirituales como políticos. “Mi mensaje es: ¡que las iglesias católicas de Europa compitan por la mente y el corazón de los inmigrantes! El cristianismo es más atractivo. ¡Empezad a competir!”, proclamó a finales del año pasado, durante una conferencia en la universidad San Pablo-CEU.
A lo largo de la charla mostró su rechazo tanto el nacionalismo étnico como al paradigma multicultural, aunque muchas personas abracen este último con toda su buena voluntad. La intelectual somalí está casada con el historiador británico Niall Ferguson y decidieron un bautismo familiar conjunto, ya que también se animaron sus dos hijos. El próximo libro de Irsi Ali trata sobre su conversión, a la que ve beneficios personales y también colectivos. “Cuanto menos cristianismo, más crisis social, más confusos están los jóvenes, más enganchadas las chicas a las redes sociales, más chicos pensando en el suicidio. En las familias cristianas, todo eso casi no existe. A nivel civilizatorio, vemos el declive de Occidente, en relación con otras potencias, como China, Rusia –que se quiere apoyar en la Iglesia Ortodoxa– y el Islam que quiere conquistar el mundo”, defiende.
En el mundo del espectáculo también crece en el interés por Dios, aunque con diferentes intensidades y trayectorias. El cómico británico Russell Brand, adicto rehabilitado al sexo y las drogas, decidió en 2024 abandonar el budismo y bautizarse en la fe cristiana. Todavía no se ha convertido de manera formal al catolicismo, pero se ha declarado usuario de la app católica Hallow y mostrado su admiración por el sacerdote Mark Schmitz. Hasta ha subido algún vídeo a su canal rezando el rosario. Su esposa, la católica Laura Gallacher, le acompaña en el camino. En España, el popular actor Jaime Lorente ha vuelto a la fe después de un recorrido accidentado: sus padres pertenecen a Camino Neocatecumenal y le educaron en los códigos de esa comunidad, de la que luego se alejó, cayendo a los 24 años en lo que ha descrito como “una etapa muy oscura de su vida” con “un sufrimiento muy heavy”. En este último año, “lo único que me quedó fue echarme de rodillas”, con el resultado de que “todo cambió” desde ese momento.
Tampoco es que estemos ante un fenómeno nuevo: en nuestra esfera académica, siguen siendo influyentes intelectuales conversos de primer orden como G.K. Chesterton y Joris-Karl Huysmans. Este último ha marcado incluso la obra de degenerados con afinidades católicas como el francés Michel Houellebecq. Una de sus novelas de mayor impacto, la superventas Sumisión (2015). “Empecé el libro con la idea de escribir uno a modo de conversión católica al igual que Huysmans, pero fracasé. El cristianismo está creciendo mucho ahora en Francia, algo que yo no entiendo, pero ocurre. Después pensé en describir una guerra civil entre católicos e islamistas, aunque también fracasé. No tengo planes a priori de lo que voy a escribir, como se ve. Al final surgió esta idea y decidí seguir adelante”, explicó en 2015 al diario español La Razón.
La idea que Houellebecq utilizó finalmente es que la civilización islámica, al haberse aferrado a sus estructuras religiosas, es mucho más robusta que la Europa católica, que cuestiona y menosprecia sus raíces espirituales. A partir de ahí construye una trama de política-ficción en la que un partido islamista, apoyado en la creciente demografía musulmana, termina por hacerse con el control de Francia y comienza a seducir a los católicos. La novela causó gran polémica, sin duda porque había tocado un asunto sensible, que muchos intuían sin atreverse a abordar (voces como Enoch Powell y Will Durant lo habían advertido, de manera profética). Cada vez parece más claro que la política no es suficiente y que en el magisterio de la Iglesia católica aguarda la solución a gran parte de los conflictos que nos desgarran.