La Espiral del Silencio se ha roto. En este caso con la Iglesia hemos topado (si se me permite el tópico). El palmetazo en la mesa de Santiago Abascal ha desatado –no podía ser de otra manera– un oleada de apoyos calurosos –»¡Ya era hora», gritamos interiormente muchos– y las consabidas y esperadas contracríticas por parte de algunos de los prelados y los católicos «buenistas».
El «mal» ya está hecho. A fuerza de ser profeta en vez de historiador, no creo que esto lo pare nadie. Si no quieren leer más, acá les dejo el resumen:
1. Lo que ha pasado era necesario para VOX, para el país y, muy especialmente, para la Iglesia española.
2. Los obispos van a tener mucho más cuidado, a partir de ahora, en apoyar públicamente eso que se ha dado en llamar «el consenso progre».
Un alemán de la parte oriental de ese país –hacia 1985– se monta en un tren y, de forma animada, se pone a criticar al gobierno con el desconocido que tiene enfrente. Huntington, en su Tercera Ola: democratización a finales del siglo XX, explica que ese pequeño detalle significa que la población ya ha dejado de tener miedo al gobierno: ahí empieza la caída, aunque el régimen todavía no lo sepa. Se ha iniciado la transición a la democracia.
Noelle-Neumann publicó su importantísimo trabajo, La Espiral del Silencio, en 1974. La teoría de comunicación es más o menos bien conocida por gran parte del público: los seres humanos somos gregarios y no queremos ser expulsados de los grupos a los que pertenecemos; mucho menos por opinar de forma distinta a la mayoría. La Espiral del Silencio se rompe de la misma forma en la que se crea: un pequeño grupo, compacto y muy ruidoso, se esfuerza por todos los medios en expresar sus opiniones; la fortaleza y convencimiento de este pequeño grupo hace que otros se unan; la espiral suba un nivel más. Conseguido esto, se da pasa al siguiente nivel y, si tiene éxito, se llega al caso en el que toda una sociedad se calla por temor a tener represalias o por el temor a ser excluida o ridiculizada. Para romperla, sólo hace falta otro pequeño grupo que quiera ir en dirección contraria al consenso social: se vuelve a empezar.
Santiago Abascal habló. Se le veía incómodo, tenso, las palabras salían a disgusto de su boca. García-Máiquez lo resume así en estas mismas páginas digitales: «Lo que Abascal reprocha a algunos obispos es precisamente que no defiendan ni la nación (con sus loas indiscriminadas a la inmigración masiva ilegal) ni a la doctrina católica (con sus silencios sobre las políticas de género de los gobiernos central y autonómicos) ni a la dignidad humana (con sus cortapisas a toda defensa real del derecho a la vida) ni a la propia Iglesia (con su connivencia con la desacralización del Valle de los Caídos). (…) Una parte de la jerarquía eclesiástica —por ponernos tan delicados como el político de VOX— está desarrimando el hombro —por seguir siendo finos— del sostenimiento de una sociedad que se hunde. De forma que, por omisión —por no abandonar la sutileza—, se está colaborando con los que la quieren hundir».
Buscando en mi memoria –acabo de cumplir mis primeros sesenta– no recuerdo un reconvenimiento de esta envergadura por parte de un líder de un partido de derecha o centro derecha. La razón es muy evidente: a pesar de los pesares, en España todavía queda ese «resto de Israel» que va a misa, que se confiesa y que respeta, obedece y venera a sus buenos obispos. Si eres un partido de derecha es casi un suicidio enfrentarse a la jerarquía. Pero Abascal se atrevió a gritar, ¡El rey está desnudo!
Abascal no dijo nada que no supiéramos, y sufriéramos, ese «núcleo duro» del catolicismo español. Desde los años 70 hemos vivido todo tipo de abusos o dejaciones de obligaciones –en la liturgia, en la moral, en lo social–. Sufríamos y rezábamos en silencio (las tristísimas anécdotas llenarían libros enteros); quizá no tanto por ser excluidos si no porque tocábamos algo que para nosotros es santo –las órdenes sagradas, los sucesores de los apóstoles–: «El obispo debe ser amado por los suyos como un padre por sus hijos, y los fieles deben permanecer unidos a su obispo como los hijos a su padre, para que así el pastor pueda cuidar bien del rebaño». San Cipriano de Cartago (Epistola 66,8).
¿Cómo íbamos a criticar a nuestros pastores? ¿Cómo, en una situación de desconcierto generalizado, íbamos a generar escándalo entre los más débiles en la fe –»Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo hundieran en lo profundo del mar»? ¿Con esa amenaza como espada de Damocles, del mismísimo Cristo, cómo nos íbamos a atrever?
Sin lugar a dudas, la inmensa mayoría de nuestros obispos, desde la transición hasta ahora, han sido buenos pastores, pero es evidente que ellos, como grupo humano, también cayeron bajo la inexorable ley de la Espiral del Silencio. Presionados por la Zeitgeist –el espíritu de los tiempos–, queriéndose perdonar un pasado franquista, intentando poner en práctica el espíritu de convivencia con la democracia –siguiendo a Maritain y los escritos del Concilio Vaticano II–, no querían señalarse y, como agrupación, olvidaron su principal acometido: «Simón, Simón (…) y tú confírmalos en la fe». No hace falta ser ni teólogo ni católico para saber algo que es más que evidente para todos los que llevamos unos cuantos decenios en esta tierra y estamos al tanto de los acontecimientos políticos de nuestro país: no estaríamos donde estamos si la jerarquía católica hubiese actuado como se supone debería actuar.
Abascal no es un pasajero anónimo en otro tren anónimo. Pero García-Máiquez tampoco es otro pasajero anodino, un mindundi, en términos coloquiales. García-Máiquez representa la prudencia y la caridad en cuerpo mortal gaditano rociado de buen jerez. Es capaz de encontrar, y alabar en sus múltiples escritos, la buena mota en una viga de perversidad de sus adversarios políticos. En mi no corta vida no he conocido escritor más positivo y más caritativo con propios y extraños. Su reseña acerca de las palabras de Abascal es demoledora, más viniendo de alguien que se esfuerza diariamente por ser buen católico y buena persona, pero no puede exclamar con grito que sale del alma profundamente adolorida: «El hombre está perplejo y atónito por la posición sistemática de la Iglesia, que siempre cae del otro lado, para entendernos». El dolor es real, tenemos la sensación de que en la sede de la Conferencia Episcopal el retrato de Cristo se ha sustituido por el de Soros o Von der Leyen.
En la reseña de las palabras de Abascal, utiliza «por ponernos tan delicados como el líder de VOX..» o «De forma que, por omisión —por no abandonar la sutileza—, (…)»; es decir, si escribiera todo lo que lleva dentro, las palabras serían mucho más fuertes: se sustituiría «una parte de la jerarquía» por «casi toda» y la palabra «omisión» por… (todos tenemos las palabras en la mente), pero si algo he aprendido de él, o quisiera aprender, es su delicadeza, así es que les dejaré a la imaginación del lector los adjetivos. García-Máiquez no es ni un exaltado, ni un mal católico, ni alguien a quien se le pueda acusar de falta de respeto a sus pastores legítimos. Cuando a los más afectos se les suelta la lengua porque ya no pueden más, es que algo grande está pasando.
El poder de la jerarquía es enorme y ellos lo saben; tanto, que a través de la voz de Monseñor Magán (en la fotografía), se ha respondido al líder de VOX : «Recientemente se escucha un nuevo eslogan que es tan barbaridad teológica como el primero … se ha sustituido por ‘Iglesia sí; obispos, no’. Olvidando que no hay Iglesia de Jesucristo fuera de la sucesión apostólica. Lo demás es construir no sobre roca, sino sobre arena movediza…». El buen obispo acierta en decir que no hay Iglesia sin obispos. Justamente, porque el 13 por ciento de los que vamos a misa todos los domingos –y quizá también el 18 que se considera católico practicante– creemos firmemente eso, no ha habido un movimiento social de los mismos contra lo que ha sido, sin lugar a dudas, una dejación de deberes con respecto a su rebaño desde hace más de sesenta años.
Moseñor Magán lleva razón en lo que dice, pero lo dice fuera de contexto. Quiero pensar que no es por mala voluntad, sino porque cae dentro de los pastores «pastorales pero poco intelectuales», como muchas veces ha señalado Miguel Ángel Quintana Paz: no es que sean malos, es que no entienden lo que está pasando (o, eso es lo que yo quiero entender de los numerosos «tuits» de Quintana al respecto, siguiendo las «delicadezas» de Abascal y Máiquez).
Quiero pensar que el buen obispo no es consciente de que en esa homilía está cayendo en las falacias del hombre de paja y de falsa equivalencia: nadie ha puesto en duda la legitimidad de sus atribuciones y derechos, es todo lo contrario: se critica que las ejerzan no para defender a su grey sino en contra de la misma.
Como colofón para defender mi tesis de que se ha roto la Espiral del silencio, no han sido de menor importancia las declaraciones de monseñor Jesús Sanz Montes: «Extraña polémica con musulmanes sobre celebraciones en polideportivos. ¿Dónde está la reciprocidad negada de los moritos con los cristianos q [sic] asesinan en nuestras iglesias dentro de sus territorios? ¿Ponernos estupendos citando textos civiles o eclesiales, para q nos sigan matando?», escribió en X, desligándose de la declaración oficial de la Conferencia Episcopal Española en el asunto de la fiesta del Cordero en Jumilla. Según el Diario.es, una veintena de obispos, en privado, manifestaron disconformidad con las sabias palabras publicadas en X. Pero como dije, el «mal» ya está hecho: un obispo ha hablado claro en contra de unas declaraciones de la Conferencia Episcopal Española que dejan mucho que desear (esto daría para otro artículo).
Esto ya no hay quien lo pare. La espiral del silencio ya se ha roto. «De internis neque Ecclessiae». No puedo saber lo que hay en los corazones de los prelados, pero si puedo juzgar lo que veo, sus acciones y que, como grupo, les importa más la opinión de los hombres que la de Dios. Son presos de la opinión pública, pero esta ya está cambiando entre los que se consideran ovejas de su rebaño. No es que quieran romper el redil pero ya les están gritando: «¡No se duerman!, ¡No dejen que entren los lobos!, ¡Usen su callado para alejarlos!, ¡No nos dejen solos!».
El cambio está en marcha: si no temen a Dios, le van a temer a la opinión pública.