Veíamos hace unos días en la Casa Blanca a Josu Jon Imaz, ahora como consejero delegado de Repsol, y el efecto era semejante al de algún famosillo haciendo un cameo en una telecomedia. En tales casos sabemos quién es realmente y el efecto cómico suele producirse al encontrárnoslo fingiendo un papel en una trama por completo diferente. A la manera en que el niño de Solo en casa 2 cuando vuelve a ser abandonado (ahí ya debería captar la indirecta) y pide ayuda a un señor que se cruza en su deambular por Nueva York, que resulta ser el mismísimo Trump, al que ahora Josu Jon da la mano con reverencia japonesa incluida.
Ese cameo de quien fue exconsejero y portavoz del Gobierno Vasco en un contexto tan sombrío —dejemos la nostalgia de los 90 para quien no los vivió— causaba cierta extrañeza porque la gran narración de la actualidad del mundo se asemejaba, siquiera por un momento, a las películas de bajo presupuesto en las que aparece el mismo extra en varias escenas ¿Es la realidad no ya Matrix, sino una película de Paul Naschy? Quién sabe… Resulta desconcertante pues si bien ahora gracias a las redes todos podemos experimentar ser famosos durante cinco minutos (aunque sin dejar de ser pobres), hasta hace bien poco era bastante difícil volverse una celebridad, como para lograrlo dos veces por caminos distintos. En este caso podríamos explicarlo por la magia de las puertas giratorias, aunque ha habido fenómenos genuinos, logrados a golpe de puro talento, y es ahí donde podríamos incluir a Scott Adams.
Víctima de un cáncer esta semana abandonó nuestro mundo, quizá para acceder a otro mejor, pues no siendo creyente durante buena parte de su vida en sus últimas palabras se encomendó a Jesús considerando que «la parte de no ser creyente podrá solucionarse rápido si me despierto en el Cielo, no necesitaré nada más convincente que eso. Y espero estar suficientemente cualificado para entrar». Sería injusto desdeñarlo como una conversión de última hora porque siempre mostró un gran interés por cuestiones religiosas, de hecho su primer libro tras los dedicados a las tiras cómicas de Dilbert fue Los escombros de Dios, en el año 2001, una peculiar elucubración teológica que comenzaba en su introducción advirtiendo: «si usted piensa que le ofenderán las visiones poco tradicionales sobre Dios, por favor no lea este libro». Poco después publicó una secuela, La guerra de las religiones, que continuaba indagando en el mismo asunto que tanto le intrigaba, pues siendo la suya una mente tan aguda e inquieta era inevitable que le atrajeran las grandes preguntas de la existencia, así que a la manera en que los «heterocuriosos» de los que suele hablarnos El País ya sabemos lo que son, entonces podríamos definir a Scott Adams como un ateo-curioso.
Pues bien, aunque muriera una vez, tuvo el privilegio de vivir dos veces, pues en ese último comunicado bosquejó brevemente su biografía aludiendo a las dos grandes facetas en las que destacó. Tras estudiar economía y realizar un máster en administración empresarial, comenzó su trayectoria profesional en varias compañías donde podría haber continuado hasta jubilarse de haber seguido el camino convencional. Los años que pasó en las oficinas de Crocker National Bank primero y Pacific Bell después, no consistieron en ver pasar las horas en su cubículo sino que las aprovechó para convertirse en una esponja de la llamada cultura corporativa, en observar analíticamente la burocracia que le rodeaba, las manías de sus jefes y compañeros, la retórica a menudo hueca y rimbombante de las reuniones de trabajo, las conspiraciones y las apariencias que tanto abundan en ese ámbito, pues toda oficina es la corte de Baltasar Gracián, alma gemela de nuestro autor.
Las viñetas con las que a finales de los 80 comenzó a satirizar todo aquello que veía, por medio de su protagonista Dilbert, a menudo acompañado de su perro Dogbert (¿Habría existido Hora de aventuras sin él?) tuvieron un enorme éxito internacional. Llegó a publicar más de 12.000 en multitud de periódicos, que luego agrupaba en libros en los que, entre broma y broma, asomaba unas cuantas verdades sobre la gestión empresarial y, en último término, el orden social y la misma condición humana. Si Jane Goodall observaba chimpancés, Dian Fossey gorilas y Biruté Galdikas orangutanes, faltaba alguien que estudiara a la especie de grandes simios restante, los humanos. Scott podría ocupar ese lugar.
Al fin y al cabo, a menudo hay cosas que nos hacen gracia porque logran formular en unas pocas palabras algo cierto, iluminando algún aspecto de la realidad, aportando una nueva perspectiva. En su libro Cómo fracasar en casi todo y aún así triunfar, sostenía modestamente que «es posible que yo sea una de las personas con menos credibilidad del mundo. No soy tan orgulloso como para no admitir que, si me dan a elegir entre decir la verdad o decir algo gracioso, tiraré por la vía que lleve a un resultado más entretenido». Pero no es cierto. La búsqueda de la verdad fue progresivamente acaparando su atención, haciéndole alcanzar mayores vuelos filosóficos en los que su personaje de Dilbert ya no le bastaba para expresar lo que quería comunicarnos. De ahí que se pasara ya a comienzos del 2000 a las novelas antes mencionadas y luego a ensayos a veces definidos como libros de autoayuda, aunque sea esta una etiqueta poco agraciada que venga a agruparlo junto a cualquier cantamañanas.

En esas obras, además de dar consejos sobre la vida, mostraba un gran interés por la epistemología, por la manera en que recabamos información del mundo, nuestros sesgos, autoengaños y percepciones ilusorias. Apuntaba, por ejemplo, que existen seis filtros de la verdad:
– La experiencia personal (la percepción humana no es digna de confianza)
– La experiencia de nuestro círculo de amigos conocidos (menos fiable, si cabe)
– Los expertos (trabajan por dinero, no para descubrir la verdad)
– los estudios científicos (correlación no es causalidad, decía)
– El sentido común (una buena manera de equivocarse con total confianza)
– La detección de patrones (los patrones, las coincidencias y los prejuicios personales se parecen)
Por ello, el mejor «filtro antitrolas», decía Adams, consiste en lograr una confirmación a través de al menos dos de estos puntos. Uno solo no debe bastar, por mucho que desde los medios aquellos a menudo autodenominados expertos quieran que solo creamos en ellos y en nada más. La búsqueda de la verdad es por tanto un largo camino para cada uno de nosotros donde se van acumulando pequeños hallazgos antes que grandes iluminaciones, y a veces incluso hemos de desandar parte del camino y detenernos ante las encrucijadas, pues la certeza no es buena compañera de viaje: «Ojalá fuera más tonto para poder estar más seguro de mis opiniones», dijo en cierta ocasión.
Junto a la búsqueda de la verdad a Scott Adams le iba fascinando cada vez más otra cosa en parte relacionada con ella: la persuasión. Sus escritos, vídeos y podcasts han venido girando en torno a esa idea desde hace ya unos cuantos años. No es sorprendente, entonces, que a mediados de la pasada década llamara de inmediato su atención una figura política tan versada en esas dotes como Trump. Así nació el Scott Adams comentarista político y simpatizante MAGA, una nueva etapa biográfica que le supuso innumerables polémicas y no pocos disgustos. Estamos tan habituados en el ámbito político-mediático a ver que aquellos que se lanzan a la piscina miren si hay agua antes, y si está tan tibia como ellos, que estas últimas palabras suyas que citaré a continuación causan vértigo, tenía espíritu socrático, decíamos antes, así que esta fue su cicuta: «Cuando decidí que iba a tirar por la borda toda mi vida social para apoyar a Trump y cuando, con el tiempo, acabé tirando por la borda toda mi carrera —que, incluso antes de que me cancelaran, ya había visto cómo mi negocio de licencias y las ventas de libros se reducían prácticamente a nada— por el hecho de estar apoyando a Trump lo sacrifiqué todo. Sacrifiqué mi vida social. Sacrifiqué mi carrera. Sacrifiqué mi reputación. Puede que haya sacrificado mi salud. Y lo hice porque creía que merecía la pena».