MONTEJURRA, LA TUMBA DEL CARLISMO

El carlismo fue un movimiento político fundamental en España, hasta que lo enterraron la «apertura» de la Iglesia y su división, que culminó en Montejurra hace cincuenta años

Después de morir Francisco Franco, en noviembre de 1975, su sucesor, el príncipe de España, fue proclamado rey como Juan Carlos I y éste mantuvo en la presidencia del gobierno a Carlos Arias Navarro. La calma (salvo algún atentado terrorista, como el asesinato por ETA del alcalde de Oyarzun, Antonio Echevarría Albisu) fue general hasta el cambio de año.

En la primera mitad de 1976 se produjeron infinidad de manifestaciones y huelgas. La izquierda, desde la UGT a los grupos más extremistas como la ORT, el MCE y ETA, quería conseguir la ruptura por la fuerza. En ese forcejeo con el Gobierno, se contaron varios muertos. El caso más doloroso fueron los cinco obreros tiroteados por la Policía Armada en Vitoria el 3 de marzo.

Manuel Fraga Iribarne, uno de los políticos que sonaban para dirigir la transición a la democracia, era vicepresidente del Gobierno y ministro de Gobernación, encargado por tanto del orden público. Pretendía atender tanto a su departamento como hacerse propaganda. Había dejado pudrir la situación en Vitoria, manipulada por agitadores de ultraizquierda, y encima la mañana del 3 de marzo marchó de viaje a Alemania, a dar una conferencia. El paletismo español: conferenciar y ser aplaudido en Alemania. Adolfo Suárez, compañero en el Gobierno como secretario general del Movimiento Nacional, quedaba encargado de su Ministerio.

A partir de entonces, Fraga recurrió tanto a la mano dura como a la diplomacia para asegurar un Primero de Mayo tranquilo. En abril, permitió la celebración del XXX congreso de UGT (donde Nicolás Redondo reivindicó el golpe de estado realizado por el sindicato y el PSOE en 1934, con unos 1.400 muertos), aunque detuvo a los principales miembros de la Platajunta, una organización de oposición cuyos dirigentes eran burgueses bien asentados en sus profesiones y sus puestos de funcionario.

Pasó el temido día sin grandes incidentes. Y de nuevo Fraga se marchó al extranjero, en este caso a Venezuela, gobernada por el socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, uno de los protectores del joven socialista Felipe González. Como en marzo, quedó Suárez al frente de Gobernación.

Carlistas en la cima de Montejurra alrededor de 1967

UNA BRONCA ANUNCIADA

El domingo 9 de mayo se realizó la romería anual de los carlistas al monte de Montejurra, cerca de Estella, en recuerdo de sus caídos en la guerra. Desde hacía años, en ella, como cuenta Fraga en sus memorias-agenda (En busca del tiempo servido), se producían incidentes entre las dos facciones en que se había dividido el movimiento. Reconoce también que, aunque se había pensado prohibirla, no se hizo, porque a él no le pareció oportuno… cuando días antes había detenido a la Platajunta. ¡Curioso criterio! El Gobierno Civil de Pamplona se limitó a enviar un destacamento de la Guardia Civil en previsión de nuevos tumultos.

Pero se presentaron los dos caudillos, Carlos Hugo, que entraba ilegalmente en España cuando quería, y Sixto de Borbón, ambos hermanos e hijos de Javier de Borbón-Parma (1889-1977), quien pretendió revivir la dinastía carlista, extinguida con el fallecimiento en Viena de Alfonso Carlos de Borbón y Austria Este en septiembre de 1936.

Carlos Hugo (1930-2010) había esperado que Franco le designase a él su sucesor; y cuando el generalísimo optó por Juan Carlos en 1969, se pasó al socialismo autogestionario inventado en la Yugoslavia comunista, la autodeterminación de los pueblos de España y el Estado federal. Por ese motivo, su padre y Sixto rompieron con él. A partir de 1975, Sixto encabezó el sector tradicional del carlismo y mantuvo la adhesión al 18 de julio.

Montejurra el 9 de mayo de 1976

En el monasterio de Irache y en la ermita de Montejurra, a los huguistas les atacó un grupo menor de sixtinos. Entre éstos formaban varios italianos y franceses de ultraderecha huidos de sus países por actos de terrorismo, pero que se movían impunemente por España y encima armados. A consecuencia de los disparos murieron dos huguistas: Ricardo García Pellejero y Aniano Jiménez Santos.

Aunque algunos de los implicados en el tiroteo fueron detenidos y encarcelados más tarde, no se les juzgó. Como tantos crímenes perpetrados esos años, incluido el magnicidio del almirante Carrero Blanco y el secuestro y desaparición de tres gallegos en San Juan de Luz (José Humberto Fouz, Fernando Quiroga y Jorge Juan García), los autores materiales e intelectuales de los sucesos de Montejurra se beneficiaron de la amnistía de 1977, aprobada por las Cortes a instancias de las izquierdas y los nacionalistas.

Para Fraga “los sucesos fueron muy oscuros”. Otro ministro de ese Gobierno fláccido, Alfonso Osorio (De orilla a orilla), también subraya la oscuridad y la ignorancia: “En mi opinión, aplicando a los hechos un criterio puramente lógico (…) los (enfrentamientos) que tuvieron por escenario la cumbre de Montejurra fueron premeditados y que alguien, de alguna manera, deseó que así sucediese. ¿Quiénes fueron los terroristas? Lo ignoro, no sé la respuesta”. Asombra que ambos ministros admitan su desinformación. ¿Para qué les servía entonces la Policía?

Desde entonces se han acumulado indicios y testimonios de la implicación del Ministerio de Gobernación y del SECED (Servicio Central de Documentación) en el acarreo y la protección de los acompañantes de Sixto.

El tiroteo y los muertos acabaron de quemar a Fraga. José Miguel Ortí Bordás, entonces procurador en las Cortes y partidario de la reforma, resume así las consecuencias que tuvo para Fraga esa revuelta consentida (La Transición desde dentro): “A los sucesos de Vitoria les siguieron después los inexplicables hechos acaecidos en Montejurra, donde los carlistas se enfrentaron entre sí. Los partidarios de Sixto de Borbón atacaron a los de su hermano Hugo. A golpes, a pedradas y hasta a tiros. Fraga estaba de nuevo fuera de España. Lamentablemente, esta nueva y grave alteración del orden público, unida a la de Vitoria, le debilitaron”.

LOS CARLISTAS, ¿PODRÍAN LEVANTARSE DE NUEVO?

¿Y quiénes ganaron con la bronca entre los dos bandos carlistas? Para contestar a esta pregunta hay que conocer el pasado del carlismo.

Desde su nacimiento en los últimos años del reinado de Fernando VII, recogió a los resistentes a la modernidad y los perjudicados por ella y provocó tres guerras civiles en el siglo XIX. En los años 30 combatió a la II República y nutrió las filas del bando nacional en la guerra de 1936-1939. Esas columnas de requetés que surgieron con sus boinas rojas y sus fusiles en el verano del 36 fueron su último resplandor: 60.000 voluntarios ofreció el carlismo por Dios, por España y por un Rey ya desvanecido en brumas.

La Iglesia católica dio la extremaunción al carlismo cuando en el Concilio Vaticano II renunció a la confesionalidad del Estado. El movimiento podía subsistir sin monarca y sin unidad, como ya lo había hecho en otros momentos (después de la Gran Guerra, Jaime de Borbón, que era aliadófilo, desautorizó a Juan Vázquez de Mella, que había defendido a los Imperios Centrales, y éste rompió con su soberano y montó otro partido), pero no sin la fe.

Sin embargo, la extinción no estaba clara en los años 60 y 70. Tanto el régimen franquista que mutaba al juancarlismo como la oposición de izquierdas temían la fuerza del carlismo, dotado de una mística y una estética impresionantes. Las apelaciones a la causa y los nombres de sus dos líderes aún reunían a miles de entusiastas, acostumbrados, además, a vivir a la intemperie. Incluso la división mostraba que los carlistas al menos estaban al tanto de las modas políticas e intelectuales, en vez de vegetar. El enfrentamiento de Montejurra enterró todo ello: los carlistas andaban a tiros y palos, no contra los liberales y los rojos, sino entre ellos.

Así lo comprendió Fraga: “Allí terminó la continuidad de uno de los movimientos legitimistas más interesantes y duraderos de la Europa contemporánea”.

Pancarta con el lema «Franco sí. Juanito no» (en alusión a Juan Carlos de Borbón) en Montejurra en 1969

UN PRÍNCIPE QUE NO QUIERE CORONA

Muchos piensan que Montejurra 1976 constituye un ejemplo de la estrategia de la tensión, tan en boga en Europa de los 70, donde había irrumpido el terrorismo de extrema izquierda. Dicho de otra manera, un trabajo de las alcantarillas del Estado con la colaboración de los típicos ultras descerebrados. Y de ser así, triunfó.

En las elecciones generales de 1977, los carlistas quedaron fuera de las Cortes por primera vez en un siglo. En Navarra, la lista carlista tradicional, Alianza Foral, quedó cuarta, con 21.900 votos; la carlista socialista, Montejurra-Federalismo-Autogestión, obtuvo sólo 8.451 votos. El pueblo carlista siguió, en su mayoría, la vieja bandera.

La situación del movimiento se agravó al matar ETA a varios carlistas, desde Juan María Araluce Villar, presidente de la Diputación de Guipúzcoa, asesinado el 4 de octubre de 1976 junto con su conductor y tres policías, hasta a José María Arrizabalaga Arcocha, jefe de la Juventud Tradicionalista de Vizcaya, asesinado el 27 de diciembre de 1978. A algunos de ellos, los terroristas les infamaban atribuyéndoles responsabilidad en las muertes de Montejurra. Los mismos que en el abertzalismo y el socialismo reclaman ahora memoria histórica y honor para los muertos de la romería se los niegan a los otros.

En 1978, Carlos Hugo se reunió con Juan Carlos I en el Palacio Real de Madrid. A la salida, declaró a la prensa: “Ni yo, ni mi familia, ni los intereses políticos que pueden atribuírsenos tenemos ahora mismo ambiciones de ocupar el puesto que ocupa Juan Carlos”. El periodista Carlos Carnicero, militante durante diez años en el Partido Carlista, que acabó participando en Izquierda Unida, escribió esta confesión sobre su príncipe cuando falleció: “se abstuvo de plantear en todo momento un pleito dinástico con el Rey Juan Carlos para facilitar una democracia parlamentaria sólida”.

¡El pretendiente carlista aceptando y reconociendo al usurpador liberal! Un príncipe que se no se cree su corona es como un obispo que no cree en la resurrección de Cristo: un trasto que sólo molesta. Y ese sentimiento debía de tener Carlos Hugo, porque en 1980 anunció mediante una carta de dos líneas que se daba de baja de su partido. Luego se marchó a Estados Unidos, a dar clases en la Universidad de Harvard.

Cumplidos cincuenta años de esta emboscada, Sixto se apaga en una residencia de ancianos francesa, abandonado por su círculo íntimo, que le veneraba como “abanderado de la tradición”. Parece que está a punto de cerrarse el último candado en el cofre del carlismo. Cuando oigamos ese golpe, quienes no somos carlistas pero hemos admirado este movimiento por sus ideales y su lealtad portentosa a una causa perdida nos estremeceremos al sentir que una parte de la mejor España ha desaparecido.

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