Newman, doctor de la Iglesia

¿Pero quién es este Newman, este nuevo hombre que pasará a formar parte de una de las listas más exclusivas que hayan existido en la historia de la humanidad?

   El Papa León XIV ha anunciado que nombrará Doctor de la Iglesia a san John Henry Newman. Para tener una idea de la importancia que este reconocimiento tiene en el mundo católico, de la excepcionalidad con la que se otorga este título, basta mencionar que con esta nueva incorporación el número de doctores de la Iglesia católica asciende tan solo a treinta y ocho. En dos mil años de historia. Treinta y ocho. Ya es difícil ser declarado santo (que el lector pruebe a ser uno si no me cree), y sin embargo se estima que son más de diez mil los hombres y mujeres cuya santidad ha sido reconocida por Roma. Pero un Doctor de la Iglesia, además de ser santo —requisito indispensable—, debe haberse distinguido por un inusual entendimiento de las cuestiones de fe y por una enseñanza eminente de la doctrina cristiana. A veces, como en el caso de san Ireneo de Lyon, ese reconocimiento llega mil ochocientos años después. No es fácil, por lo tanto, entrar en ese selecto grupo y codearse con san Agustín, santo Tomás de Aquino o san Gregorio Magno.

   ¿Pero quién es este Newman, este nuevo hombre (valga la redundancia) que pasará a formar parte de una de las listas más exclusivas que hayan existido en la historia de la humanidad? John Henry Newman nació en Londres el 21 de febrero de 1801. Cursó sus estudios universitarios en Oxford, primero en el Trinity College, donde se graduó en 1820, y más tarde en el Oriol College, donde fue elegido fellow en 1822 para pasar a ejercer de tutor. Fue ordenado sacerdote anglicano en 1825, por lo que tuvo que compaginar sus compromisos parroquiales con la vida académica: clases, artículos, traducciones del griego y del latín, ensayos históricos y teológicos, conferencias, etc. Su prosa era… bueno, mejor que lo explique James Joyce, uno de los escritores más celebrados del siglo XX: «nadie ha escrito prosa en inglés que pueda compararse con la de un pequeño y aburrido párroco anglicano que después se convirtió en príncipe de la única Iglesia verdadera». Otros escritores y críticos literarios de la talla de T.S. Eliot, John Ruskin o George Steiner han alabado su prosa, considerada hoy como una de las cumbres de la lengua inglesa. Pero no sólo era un virtuoso de la escritura; muchos de sus contemporáneos dejaron también constancia de su tremenda capacidad oratoria. El poeta y crítico Mathew Arnold recordaba al respecto:  «Nadie era capaz de resistir la fascinación de aquella figura espiritual, que avanzaba como en volandas, en la penumbra de la tarde, por la nave de Santa María, ascendía al púlpito y, con la más sugestiva de las voces, rompía el silencio con palabras y pensamientos que eran música religiosa, sutil, dulce y severa. Me parece oírla todavía».

   Con estas dotes poco comunes, unidas a su vasta erudición y a un carácter afable y serenamente carismático, no es de extrañar que pronto aumentara su reputación hasta convertirse en una de las figuras más significativas de la Iglesia de Inglaterra. Tenía asegurada, por lo tanto, una vida de confort, honores y respeto público. Sólo tenía que quedarse como estaba.

   Pero entonces llegó el gran seísmo que sacudiría de arriba a abajo toda la sociedad de Inglaterra y cuyos efectos todavía se hacen sentir más de un siglo y medio después: John Henry Newman se convirtió al catolicismo. En la Inglaterra del siglo XIX el hombre que se convertía al catolicismo debía estar preparado para enfrentarse a la exclusión social, a la discriminación, a la dificultad para acceder a ciertas profesiones, a la incomprensión familiar y a toda una serie de desventajas que podían ser consideradas en sí mismas una forma de martirio. Un hombre de condición humilde, que no ocupara ningún cargo importante ni gozara de una posición destacada, sufría al menos todos esos inconvenientes de una manera mucho más reservada, en su pequeño círculo de influencia. Pero en este caso se trataba de una figura pública, de uno de los más destacados miembros de la iglesia anglicana, una autoridad en Oxford y en la vida intelectual de Inglaterra.

   El escándalo fue tremendo. En el ámbito familiar tuvo un efecto devastador: su padre dejó de hablarle, y aunque con el tiempo retomaron el contacto la relación nunca volvió a ser la misma; su hermana Harriet no habló con él nunca más; su hermana Jemima continuó escribiéndole, pero no admitía a John en su casa ni le permitía tener ningún contacto con sus hijos; su hermano Charles cortó toda relación, y su hermano menor, Francis, se distanció cada vez más. Entre sus amigos la desbandada fue general, la mayoría de ellos huyeron y a su lado tan sólo quedaron unos pocos, esas rara avis de la amistad que permanecen en su sitio cuando los demás despliegan las alas. Por último, la opinión pública fue despiadada e implacable. Pocas personas han recibido un ataque colectivo a su reputación tan numeroso y duradero como el que tuvo que sufrir John Henry Newman. Durante los años posteriores a su conversión no se hablaba de otra cosa en Inglaterra. Desde la prensa se vertían calumnias e injurias contra él diariamente, se ponía en duda la sinceridad de su conversión o bien se atribuía a motivos poco honestos, se insinuaba que había perdido el juicio, se alimentaban todo tipo de rumores y leyendas. Y lo que pasaba en la prensa era tan sólo un reflejo de lo que pasaba en la calle. Un hervidero de cotilleos, de hipótesis descabelladas y contradictorias, de habladurías y chismes morbosos, un fuego cruzado de «he oído» y «me han dicho» que se reanudaba cada día y parecía no tener fin. Todo el mundo se sentía con derecho a opinar sobre la decisión que un hombre adulto había tomado, aunque esa decisión sólo le afectaba a él.

   Pero todas estas desventajas sociales era predecibles y por lo tanto no hacían más que demostrar que la conversión de John Henry Newman al catolicismo estuvo motivada únicamente por la búsqueda incansable de la verdad. Por lo demás, no fue una conversión repentina, una de esas conversiones súbitas que suelen catalogarse como «místicas», sino un proceso gradual de aceptación de la verdadera fe. Su estudio de los Padres de la Iglesia le llevó a la certeza de que la religión católica era la única verdadera, de que el anglicanismo y toda la cohorte de sectas cristianas modernas tenían tan poca legitimidad como las herejías de los primeros siglos. Habían cambiado los nombres y los errores, pero en el fondo todas se encontraban en la misma situación, mientras que la Iglesia católica seguía en el mismo lugar, hoy como ayer, imperturbable desde que fuera fundada por Jesucristo.

   La historia de su conversión, escrita para responder a todos sus difamadores, y en especial a un tal Charles Kignsley, clérigo anglicano y profesor de Historia en la Universidad de Cambridge, se encuentra en su obra más conocida: Apologia pro vita sua. Esta obra se ha convertido en un clásico de la literatura inglesa y universal y es, junto a las Confesiones de san Agustín, la autobiografía espiritual que mayor repercusión ha tenido en el mundo católico.

   La adaptación de John Henry Newman al catolicismo no fue nada fácil. Una cosa era la teoría, la aceptación racional de que la Iglesia católica era la única verdadera, y otra cosa era la adaptación a todos los usos y costumbres, a la liturgia y el culto, a todo el aspecto formal del rito católico. Era un nuevo mundo para él. Por otra parte, algunos miembros de la jerarquía católica le recibieron con reservas. Incluso fue acusado de herejía por el contenido de un artículo titulado Sobre la consulta a los fieles en materia doctrinal, aunque finalmente Roma desestimó la acusación. El tiempo fue calmando los ánimos. Poco a poco el recelo hacia el neófito fue disminuyendo y Newman logró adaptarse, siendo nombrado cardenal en 1879. Moriría tan solo un año después.

   Su conversión sigue siendo la más famosa y controvertida de todas las que han tenido lugar en Inglaterra. He comentado antes que los efectos de esa conversión todavía perduran. Y es cierto. En el siglo XX un gran número de intelectuales ingleses se convirtieron al catolicismo: Chesterton, Hilaire Belloc, Christopher Dawson, Evelyn Waugh, Graham Greene o Robert Hugh Benson son algunos de los más célebres. El ejemplo de John Henry Newman estaba directa o indirectamente implicado en esas conversiones. Algunos se habían sentido estimulados por su vida, otros simplemente se beneficiaron del camino que él había allanado. Puede decirse que la conversión de Newman atrajo hacia sí todo el escándalo y en cierta manera lo agotó, de manera que los que se convirtieron después no tuvieron que pasar por el mismo calvario. La opinión pública estaba exhausta. Y todas esas conversiones del siglo XX han influido a su vez en el revival católico del siglo XXI en Gran Bretaña, sobre todo entre los jóvenes. Así es como por una cadena de acontecimientos aquella difícil decisión de Newman, aquel coraje que demostró en su amor por la verdad, sigue dando frutos hasta el día de hoy.

   Ahora va a ser nombrado Doctor de la Iglesia y sus obras se estudiarán todavía con más cuidado, pero, ¿qué aspecto de su enseñanza será aquel por el que se le recuerde? San Agustín es el Doctor de la gracia, san Atanasio destaca por su contribución al dogma trinitario, santo Tomás de Aquino por defender la compatibilidad entre fe y razón. Cada Doctor de la Iglesia tiene su especialidad. ¿Y san John Henry Newman? Creo que su mayor aporte teológico se encuentra en su obra Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana. En esa obra explica cómo la doctrina de la Iglesia no cambia, sino que se despliega sin dejar de ser la misma, definiéndose y concretándose cada vez más. Pero para evitar que cualquier desvío en la doctrina pueda justificarse como desarrollo, Newman deja claras las notas que debe poseer todo desarrollo doctrinal legítimo. En total son siete: preservación del tipo, continuidad de los principios, poder de asimilación, sucesión lógica, anticipación de su futuro, acción conservadora de su pasado y vigor perenne. A lo largo de la obra explica cada una de estas notas y aporta ejemplos históricos de algunas de ellas.

   Aunque Newman no fue el primero en escribir sobre la manera en que la doctrina cristiana se desarrolla en el tiempo (él mismo reconoce que Joseph de Maistre había escrito ya sobre esta cuestión), sí fue quien perfeccionó la idea y la expuso con mayor rigor teológico, quien fijó la teoría con detalle y precisión. Escribió otras obras más populares, más filosóficas o literarias, pero creo que este ensayo es el gran legado que deja a la Iglesia y por el que será reconocido en ese Parnaso de los teólogos donde está a punto de entrar.

Alonso Pinto Molina (Mallorca, 1 de abril de 1986) es un escritor español cuyo pensamiento está marcado por su conversión o vuelta al catolicismo. Es autor de Colectánea (Una cruzada contra el espíritu del siglo), un libro formado por aforismos y textos breves donde se combina la apologética y la crítica a la modernidad. Colabora como articulista en varios medios.

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