Es una ley casi universal de todas las literaturas imperiales (Roma, Persia, Bizancio, Imperio Carolingio, etc.) que los escritores más imperialistas, más comprometidos con el «destino» del imperio, fueran «provinciales», de las tierras conquistadas. Eso pasa con Tito Livio para con Roma, y con el gran Gogol para con Rusia.
El significado de «malorossiano», o sea, ucraniano –Malorossia fue el antiguo nombre de Ucrania– señala lo ruso popular, lo raigal étnico, porque históricamente Ucrania, con su centro en Kíev, dio origen al Estado ruso y, según palabras de Gogol, un genio ucraniano total, pasó a ser un arca del folklore y de las tradiciones nacionales rusas. Entre los muchos proyectos que Gogol, cuyos cuadros de la naturaleza ucraniana nos recuerdan la novela pastoril, tuvo en su exitosa juventud fue el de escribir una Historia de Ucrania, que nunca llevó a término, pero no cabe duda de que en todas sus obras, desde las iniciales Veladas en el caserío cercano a Dikanka o Mirgorod, el elemento popular ucraniano está descrito con amor y detalle, como el contexto étnico en el que se desarrolló el alma rusa. Mírgorod es la ciudad que gracias a Gogol ha llegado a ser conocida por los lectores del mundo entero. Su padre, el célebre Vasili Tanski, que mereció la reputación del «Moliere ucraniano», había escrito comedias en lengua ucraniana, y ese aire básico del espíritu ruso «inicial» nunca lo perdieron las obras en magnífico ruso de Nikolai Gogol, nacido en la ciudad de Poltava el 20 de marzo de 1809, lugar no lejano de Jarkov, y donde ya ha caído algún misil Oreshnik en esta absurda guerra entre eslavos que nos encoge el corazón.
En las cercanías de Poltava parece que todavía se encuentran los enormes y centenarios robles cantados por el mismo Pushkin. Ahora bien, Gogol a los 23 años empieza a vivir en San Petersburgo, y la perspectiva sobre el Imperio Ruso y su misión en el mundo se hace más amplia: ahí están sus Arabescos, conjunto de tres novelas, y La nariz, editada por su amigo y maestro Pushkin, o El capote, una alegoría sobre un Estado sin alma, pero configurado por funcionarios probos y sensitivos. San Petersburgo emerge en estas cinco novelas, de suerte que la visión de Rusia se ensancha, sin perder su existencia raigal ucraniana. Ya no ve a Ucrania como una unidad nacional, sino como la primera tesela del inmenso imperio ruso pilotado por el zar Nicolás I, al que Gogol llega a elogiar, para disgusto de Turguénev.
Para el crítico Olés Gonchar, Gogol se convirtió en el símbolo de la amistad entre las gentes de Rusia y de Ucrania. Después de Taras Bulba, que convierte a Gogol en el Walter Scott ruso, y Almas muertas ya no se puede entender la novela rusa sin estas obras, que bucean en la historia política, el carácter ruso y subgéneros literarios ancestrales, como la novela picaresca. Hoy la comarca gogoliana debería ser el espacio espiritual en que rusos y ucranianos se encontrasen en aras de la paz y la amistad que exige el espíritu familiar grande/pequeño ruso. Malorossia ha de ser, efectivamente, el arca secreta en la que se conservarán siempre los rasgos más vivos de la fisonomía eslava y los mejores recuerdos de la vida eslava. Por muy espléndido y magnífico que sea el talento de Dostoyévski, el mejor novelista junto a Cervantes, Gogol, el poeta de la vida real, siempre será el Colón de la inconmensurable e inextinguible esfera de la creación dostoyevskiana. La vida rusa para Gogol no guardaba secretos; todas las capas sociales se ven sometidas alternativamente por él a un despiadado análisis, y muchas expresiones de sus obras se han hecho proverbiales. Y tiene toda su lógica que sus restos descansen en Moscú, el corazón de Rusia, que tan profundamente conocía y a la que amaba tanto, tan fervorosamente, que esa llama de amor late en cada una de sus palabras escritas.
Por otro lado, a Gogol podría considerársele el padre del surrealismo en Europa, lo cual hace de Rusia la vanguardia de la literatura occidental. Así, su novela La nariz, en la que un peluquero encuentra una nariz dentro del bollo que tomaba como desayuno, la nariz del asesor colegiado Kovaliov, es un precioso argumento que seguro encantó en su día a Fernando Arrabal. Es un hecho que los peluqueros han constituido el sector profesional históricamente más reaccionario y conservador. El arreglo del pelo nace con los príncipes y los nababes. La peluquería fue un lujo de los grandes. La masacre del Campo de Marte, en la Revolución Francesa, se debió a la venganza de los peluqueros de la corte contra la plebe revolucionaria, que había ajusticiado a dos peluqueros granujas, con decapitación, que debajo de las gradas del Altar de la Libertad, en el Campo de Marte, habían hecho varios agujeros para poder ver los culos de las jóvenes amigas de los girondinos, que se sentarían allí para seguir los actos conmemorativos de la Revolución. Lo que ocurre al Kovaliov desnarigado es que su nariz se ha independizado de él; va por libre, y Kovaliov la persigue con todo su celo, porque la nariz es suya y no está presentable sin nariz. No puede haber una nariz díscola que pertenezca sólo a ella misma. Todas las narices del mundo pertenecen a un rostro. ¿Será Ucrania la nariz de Rusia?
«- ¿A usted se le ha perdido la nariz?
- Exacto.
- Pues ya está localizada.
- ¡No me diga! ¿Cómo ha sido eso?
- Por rara casualidad: la capturamos casi en camino; ya se disponía a montar en la diligencia para fugarse a Riga. Llevaba un pasaporte extendido tiempo atrás a nombre de cierto funcionario. Y lo más extraño es que yo mismo la tomé al principio por un caballero. Pero, por fortuna, tenía conmigo las gafas y me percaté en seguida de que era una nariz. Su nariz de usted está intacta.
- ¡Ella es! ¡La misma! Quédese conmigo a tomar una taza de te.
- Lo haría con mil amores, pero no puedo. Debo ir al manicomio.»
En 1928 se estrenó la ópera La nariz, de Dimitri Shostakóvich, basada en los fragmentos de esta vanguardista novelita de Gogol.
Nikolai Nekrásov decía del ucraniano Gogol, padre de la narrativa rusa, que era el escritor con el carácter más ruso. Es por ello que Rusia y Ucrania podrían tener la feliz ocurrencia de hacer al alimón un simposio literario sobre la obra del gran Gogol, y quizás las fuentes de esta colectiva investigación podrían llevarlos a entender las malditas sinrazones de que se maten los unos a los otros, siendo hermanos, en una guerra civil que ha urdido el extranjero, ya bien conocido y calado por el propio Gogol, y su sucesor Dostoyévski.
«¡Rusia! ¿Qué quieres de mí? ¿Qué vínculos incomprensibles median entre nosotros? ¿Por qué me miras así y por qué cuanto en ti existe ha vuelto hacia mí los ojos llenos de expectación?»
No ha existido en el mundo un escritor que haya tenido tanta significación para su pueblo como Gogol para Rusia.
La Revolución Rusa veneró a Gogol a través del gran poeta y dramaturgo Maiakovski. El poeta de origen georgiano, otro advenedizo del Imperio, tiene toda su obra llena de ecos gogolianos. Maiakovski escribía en la lengua de Gogol. La chinche, de Maiakovski, viene a ser una versión de El inspector gogoliano. Maiakovski decía que «el teatro no es un espejo que refleja, sino un cristal de aumento». Aproximadamente de la misma manera determinaba su teatro, su método de generalización a través de las imágenes también Gogol: «La comedia no es una ilustración libresca, sino más bien su portada». «La portada» de Gogol y «el cristal de aumento» de Maiakovski son muy parecidos.
Rusia y Ucrania, separadas por el comunismo, pueden volver a entenderse hablando la lengua de Gogol. «En la cruz de tu risa se crucifica un grito torturado”.