Por qué España fue a Marruecos

Los años del Protectorado resultaron una pérdida de sangre, dinero y prestigio

Acaba de cumplirse el centenario del desembarco del ejército español en Alhucemas. La campaña se prolongó casi dos años más, hasta la rendición de las cabilas rebeldes y la huida del cabecilla Abd-el-Krim. El 10 de julio de 1927, el general Sanjurjo dio por terminada la guerra. Pero, ¿cómo se implicó España en Marruecos?

Dos factores explican la presencia española en el norte de Marruecos, presencia que costó miles de vidas y docenas de miles de millones de pesetas, además de una inestabilidad política y social permanente entre 1909 y 1923.

El primero, de carácter interno, es la necesidad de España de volver al concierto internacional, después de la derrota ante Estados Unidos (1898) y la pérdida de los restos americanos y asiáticos del Imperio.

Además, el norte de África, donde, aparte de Ceuta y Melilla, España ya tenía varios islotes bajo su soberanía, era de importancia para mantener su independencia. Como declaró Antonio Maura en el Congreso en 1919, “España sería vulnerable estratégicamente y dejaría de contar como gran potencia si cualquiera otra se asentaba en el norte de Marruecos”. Misma idea que tenía Juan Donoso Cortés, tal como dijo en 1849: “¿Qué sería de nosotros con una Francia al norte y otra al mediodía? ¿Qué sería de España? Se convertiría en un departamento de la Francia”. Hoy, cuando ya limitamos al norte con Francia y al sur también, sufrimos los efectos de estar cogidos en una pinza.

El segundo factor, de carácter externo, era la disputa entre las grandes potencias por Marruecos. Los planes de las potencias terrestres (Francia, Alemania e Italia) consistían en dominarlo, como a China, para obtener puertos en el Atlántico y explotar sus recursos. Inglaterra, potencia marítima, pretendía proteger su ruta a la India y su hegemonía naval, en las que Gibraltar era una pieza clave, por lo que prefería ceder la costa norte a España, país manipulable y débil.

ESCAPAR DEL AISLAMIENTO

Desde 1898, los Gobiernos españoles del turno entre conservadores y liberales buscaban de manera frenética garantías sobre Canarias, Baleares y las posesiones españolas. Ansiaban abandonar el aislamiento, que no la neutralidad, que impuso Antonio Cánovas del Castillo a la política exterior española para, según creía el andaluz, evitar males mayores.

El creador de la Restauración era una excepción en una Europa que se expandía por el mundo y formaba alianzas. Su propuesta era desentenderse de enredos en el extranjero a fin de solucionar los problemas internos de España. Así lo expresó en un discurso en los años 80 del siglo XIX: “Todo el mundo sabe que soy enemigo declarado de toda injerencia de España en las aventuras exteriores. Bastante tiene con sus dificultades interiores”. Tanto su obra como la de su contraparte liberal, Práxedes Sagasta, que dominaron la política entre 1874 y 1898, pueden juzgarse como fracasadas por las altas tasas de analfabetismo, pobreza y mortandad, el escaso peso de la industria, la pequeña red de ferrocarriles y el pésimo estado del ejército y de la armada.

Pero ni liberales ni conservadores se ponían de acuerdo sobre la manera de volver a la escena internacional y con qué aliados. El sistema de la Restauración impedía el acuerdo y, también, la estabilidad. Entre 1833 y 1923 hubo 113 gobiernos distintos. En 1880, el embajador de Francia, Benjamin Jaurés, se quejó de que había tratado con seis ministros de Asuntos Exteriores en un año.

Sin embargo, no se puede huir de la geopolítica. La posición geográfica de España se imponía: las potencias la consideraban imprescindible para controlar Marruecos, aunque ella prefiriera la abstención. El imperio jerifiano era, junto a Liberia y Abisinia, uno de los tres estados independientes que sobrevivían en África, pero a finales del siglo XIX, la dinastía alauita empezó a perder el control sobre sus súbditos y surgieron numerosos rebeldes, el más famoso de los cuales fue El Raisuni, caudillo de las tribus de la Yebala, en la comarca de Tetuán.

El 8 de noviembre de 1902 se firmó un pacto entre los gobiernos de Francia y España sobre Marruecos, pero se deshizo debido a las vacilaciones de un sector de los conservadores, que pensaba que era imposible que Inglaterra lo aceptara, dada su enemistad cuasi eterna con Francia.

A pesar de semejantes seguridades, el 8 de abril de 1904, Londres y París firmaron la Entente Cordiale, que marca el fin de los enfrentamientos seculares entre ambas naciones desde entonces hasta hoy. Se distribuyeron las esferas de influencia en el norte de África: París reconocía el interés británico en Egipto; y Londres, el interés francés en Marruecos. Unos meses más tarde, Francia y España suscribieron un convenio sobre Marruecos, con la aprobación británica. La zona otorgada a España se encogía respecto a la de 1902.

El Reich alemán no quería quedar excluido. El 31 de marzo de 1905, el emperador Guillermo desembarcó en Tánger y defendió la independencia del imperio jerifiano.

EL ACTA DE ALGECIRAS

Para solucionar la crisis, se convocó una conferencia internacional que comenzó en Algeciras el 16 de enero 1906 y a la que asistieron trece potencias, incluidos Estados Unidos (que no quería colonias, según su doctrina oficial) y Marruecos, cuyos ministros tuvieron que aceptar la injerencia extranjera. El acta, firmada el 7 de abril (en la fotografía), sometía al país a un protectorado ejercido por Francia y España, aunque sin delimitar sus zonas respectivas. Alemania, que siempre ha tenido una diplomacia nefasta, no recibió nada.

Al año siguiente, los esfuerzos, entre inconstantes y timoratos, de la clase política española obtuvieron una pequeña recompensa. El 16 de mayo de 1907, los gobiernos español, británico y francés suscribieron los Acuerdos de Cartagena.Las partes declaraban su intención de mantener el statu quo en el Mediterráneo occidental y el Atlántico, en especial sus posesiones insulares y costeras. El acuerdo salvaguardaba las Canarias y las Baleares y vinculaba a España con la Entente, pero como no era un tratado no fijaba más obligaciones entre las partes.

El 7 de enero de 1908 las Cortes aprobaron la ley que detallaba el Plan Naval del Gobierno de Maura. España empezó a construir una escuadra diez años después del Desastre. Y, junto a esta buena noticia, otra humillante: el 5 de agosto el embajador británico comunicó al Gobierno español el inicio de la construcción de una verja en la zona neutral de Gibraltar, que se mantiene hoy. ¡Este es el trato que daban a España sus supuestos aliados!

Unas bandas de rifeños atacaron en el verano de 1909 a grupos de obreros españoles que construían un tren para la Compañía Española de Minas del Rif, entre cuyos accionistas figuraban varios oligarcas, como el conde de Romanones y el conde de Güell. La movilización de reservistas decretada por el Gobierno de Maura provocó la Semana Trágica (más de un centenar de muertos) y, en octubre, su caída por la campaña de los liberales y republicanos que doblegó a Alfonso XIII. El 27 de julio, más de cien soldados españoles murieron en combate con los rifeños en el barranco del Lobo.

Tan atrasada estaba España respecto a las experiencias del resto de Europa que la primera tropa colonial especializada, el Cuerpo de Regulares, se estableció el 30 de junio de 1911. La Legión se fundó en 1920, cuando la francesa existía desde 1831, al poco de comenzar la conquista de Argelia.

La penetración francesa desde la vecina Argelia irritó tanto a los marroquíes que en julio de 1911se produjeron sublevaciones contra el sultán en Fez, Mequinez y otros lugares. París aprovechó la ocasión para enviar tropas con permiso del sultán. El liberal José Canalejas, presidente del Gobierno y, junto a Maura, uno de los pocos políticos españoles enérgicos, ordenó la ocupación militar de Larache y Alcazarquivir, porque temía que Francia se apoderase de todo Marruecos. Alemania, impotente, envió un cañonero a Agadir, gesto que sólo reforzó la alianza entre París y Londres.

El 30 de marzo de 1912, el sultán de Mulay Hafid firmó con Francia el Tratado de Fez y luego abdicó. Francia se comprometió a repartir el protectorado con una España ausente, lo que se hizo el 27 de noviembre de 1912, cuando se suscribió el Tratado Hispano-Francés que delimitaba las zonas. La española se limitaba a dos franjas, una desértica al sur (hoy Tarfaya), y otra al norte, montañosa y agreste, que incluía el levantisco Rif. El día 12, Canalejas había sido asesinado, el tercer presidente de Gobierno desde 1870.

A partir de entonces, España tenía el compromiso internacional de pacificar su zona a su costa y en beneficio del sultán de Rabat.

LECCIONES DE ANNUAL Y DE ALHUCEMAS

¿Qué supusieron para España los años del Protectorado, hasta 1927? Sólo pérdida de sangre, dinero y prestigio. Entre julio y agosto de 1921, el ejército sufrió el mayor desastre militar de una potencia europea en África. Los rifeños de Abd-el-Krim, antiguo empleado de la Oficina de Tropas y Asuntos Indígenas en Melilla, mataron a unos 10.000 militares españoles, junto con 2.000 marroquíes aliados.

Dos años más tarde, el general Primo de Rivera, partidario de abandonar el Protectorado, tomó el poder en Barcelona con el aplauso general. Hasta el PSOE colaboró con su dictadura. Ocho años más tarde cayó la Monarquía. Y en 1936, los generales que, como jóvenes oficiales habían combatido a los rifeños, se sublevaron contra políticos republicanos habían medrado en política con campañas contra la guerra.

Los sucesivos desastres que se sucedieron en Marruecos y, como consecuencia, en la Península deberían meternos en la cabeza a los españoles dos ideas:

La primera es que un país dividido, como lo era el Marruecos de principios del siglo XX, acaba siendo juguete de los poderes extranjeros. Los sultanes alauitas aceptaban ser títeres de los franceses a cambio de dinero, palacios y harenes.

Y la segunda que el aislamiento y la carencia de un destino común suponen, para un pueblo, la pérdida de la soberanía, aunque a la vez se sea miembro de poderosas alianzas. Ante una crisis, sus socios lo sacrificarán sin vacilar, ya que no se puede confiar en él.

Ambas lecciones son tanto más importantes cuando se está en una zona vital del mundo, como es el estrecho de Gibraltar.

El desembarco de Alhucemas, por su parte, debería servirnos para confirmarnos en que si estamos unidos en un objetivo y a él dedicamos nuestras energías se pueden alcanzar la victoria, la paz y el prestigio.

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