Aristóteles describe la situación ideal de un cuerpo social como aquella en la que éste se ha dotado «del nivel más alto de autosuficiencia». Los griegos llamaban a esto autarquía: el estado de cosas en el que una determinada comunidad política disponía de todo lo necesario para «el vivir bien». Este vivir bien —en oposición a la ruda existencia de fieras y alimañas— es la razón última por la que hombres y mujeres se reúnen en grupos humanos que forman aldeas, pueblos y ciudades hasta dar lugar a naciones con el devenir del tiempo. De esto resulta la archiconocida sentencia del estagirita de que «el hombre es por naturaleza un animal social».
¿Qué implica la autarquía? Es la situación en la que una potencia disfruta de total libertad e independencia frente al resto de las que integran el orbe. Para ello se tienen que dar una serie de circunstancias esenciales que el hombre actual —a diferencia de sus antepasados— ha olvidado a causa de la velocidad a la que se suceden los acontecimientos y la sobredosis de contrainformación que recibe acerca de esos hechos de forma instantánea y constante.
¿Cómo se alcanzan esa libertad y esa independencia políticas de las que se compone la felicísima autarquía? La primera opera en el ámbito moral; la segunda, en el material. La autosuficiencia moral está hecha de cuatro ingredientes que deben estar presentes de forma simultánea y sostenida en el tiempo: el derecho a la vida, el derecho a la legítima defensa, la propiedad y sentido de trascendencia —tanto terrenal (noción de la honra personal, del honor), como espiritual (no una obligación religiosa impuesta a cada individuo, sino una conciencia general suspendida sobre el colectivo de la comunidad, porque la irreligión deshumaniza)—.
El cuerpo político que vive en esta esfera moral es el único que tiene capacidad para generar instituciones y normas de conducta social que se encuentren en armonía y lealtad con los elementos mencionados. La suma de unas y otras establece el estado de cosas necesario para sustanciar la independencia material. Ésta se realiza a través de los medios tecnológicos que precisa cada sector económico (primario, secundario y terciario). Para ello requerirá producir energía abundante y barata, una moneda propia y una fortaleza militar que permita a sus capacidades castrenses defender su independencia por sí misma y llegar donde estén sus intereses.
Lo que hemos descrito en los párrafos precedentes es el statu quo ideal, lo que habría de desear una potencia que prefiera la libertad a la servidumbre y aquello por lo que debería trabajar su gobernante. La circunstancia española, sin embargo, dista mucho de la deseable autosuficiencia. De hecho, si nos atenemos a los requisitos reseñados que generan «el vivir bien», se encuentra en una situación catastrófica.
Los españoles viven ajenos a los cuatro componentes morales de la libertad. De este modo, es imposible que sus instituciones y sus leyes puedan ser leales con la libertad y su sustancia moral. La independencia material de España es, consecuentemente, inalcanzable mientras no existan los cimientos que la hagan factible. Tras unos espantosos doscientos años de guerras civiles, de injerencias y de próxenos que siembran la discordia en la casa común, la Nación política española va camino de su disolución a través de su propio ordenamiento; la corrupción ha alcanzado un nivel inimaginable —y que no mejorará con el tiempo mientras viva el 78—; sus capacidades militares disminuyen cada día y las existentes son puestas al servicio de intereses extranjeros; su sector primario ha sido destruido por su Estado; está privada de energía barata y abundante de producción doméstica; la industria manufacturera transita hacia su subdesarrollo con la pérdida del conocimiento acumulado; es esclava de su inmensa deuda; y ha renunciado hasta a su propia moneda.
Nada de esto ha sucedido solo. El número de responsables es inmenso, pero la maquinaria política con cuyo amparo han operado todos ellos durante décadas —aún hoy— tiene un único nombre: Constitución de 1978. Suya es la deuda histórica de haber llevado a España a la posición contraria a la autosuficiencia: la dependencia de terceras potencias. En lugar de en una envidiable autarquía, está sumida en lo que podríamos llamar una exoarquía: un Estado títere tributario de los intereses externos a los que se ha encadenado y a cuyas órdenes opera.
La exoarquía es el resultado del éxito de los próxenos, los esbirros que trabajan en provecho de terceras potencias. Y éstas pueden, a su vez, ser herramientas de otras. Como decíamos en un texto anterior, España está integrada en una cadena de proxenías políticas, militares y económicas —UE, OTAN y BCE— que acaban en la Casa Blanca —con paradas en Rabat, París y Londres—. Las proxenías, como apuntábamos entonces, son como las cadenas tróficas en las que el pez grande se come al pequeño. La proxenía no es un fin, sino un medio. Es el instrumento de fuerzas exteriores para establecer la exoarquía: el Gobierno desde el exterior. Esto es, el mantenimiento de un régimen títere de intereses extranjeros —el pepebotellismo perpetuo—.
El mundo es un lugar terrible en el que todas las potencias son enemigas las unas de las otras, especialmente al norte de los Pirineos y al sur del Estrecho de Gibraltar. El futuro de España está en la hispanidad, en el occidente. Los gobernantes que en todos estos años han alentado y participado de alianzas, amistades, dádivas y óbolos al norte y al sur han sido y son próxenos, señores de la servidumbre. Esta es la respuesta a la pertinente y recurrente pregunta de para quién trabaja el Gobierno de España: para el enemigo.
La exoarquía es un medio a favor de terceros y la peor situación en la que se puede encontrar una potencia, la de sierva. Sobre la autarquía, en cambio, sentencia con acierto Aristóteles desde hace dos mil trescientos años que «la autosuficiencia es, a la vez, un fin y lo mejor».
(Ilustración: detalle de José Bonaparte como Rey de España, de François Gérard)