Rojipardos

Los hombres ofenden antes al que aman que al que temen”.

Nicolás de Maquiavelo

Defienden la patria, critican la inmigración ilegal, reivindican la unidad nacional e, incluso, hablan de Dios. El sueño húmedo de muchas derechas. Convertir a la causa, y que digan lo que en muchas ocasiones no se atreven a decir sus promotores, a socialistas renegados, a marxistas persistentes, a materialistas aún históricos o a revolucionarios ahora «hispánicos» (e incluso a alguno de pasado estalinista).

A España ha llegado también la corriente o «moda» ideológica del rojipardismo. Eso dicen. Quizás sólo como un término despectivo creado, desde la nueva izquierda (la de gobierno, en el congreso y en la sombra), que pretende denominar y descalificar al conjunto de pensadores, influencers y hasta dirigentes (eso sí, menores) supuestamente disientes o traidores del discurso progresista oficial y que, a cuentagotas, va nutriendo columnas de opinión y tendencias virales en los medios y redes cercanos, o ligados, a las derechas españolas (la que abomina ese término o la que lo enarbola).

O quizás, y realmente, como un movimiento plural y limitado, aunque creciente y llamativo, que responde a un fenómeno de trasvase ideológico de más amplio calado. Eso parece. Porque más allá de la definición sectaria, se presenta como concepto útil, historiográficamente, para interpretar en su contexto lo que los unos dicen de ellos (y por qué) y lo que otros hacen con ello (y para qué). Aquí, en la piel de toro, también se llama a sus supuestos protagonistas, con más arte, como neorrancios, y con surrealismo local, como falangistas, y hasta jonsistas, disfrazados. Pero superando la caricatura interesada, el término permite analizar, a modo de categoría de interpretación, cómo diferentes personajes públicos de origen socialista o comunista han encontrado acomodo, y haciendo cierta «fortuna», muy cerca tanto del otrora conservadurismo liberal clásico como del moderno movimiento soberanista, nacionalista o identitario.

En sentido estricto, esta definición se popularizó ante la sorprendente influencia del eurasianismo ruso (con su Cuarta Teoría Política) y el putinismo (como «democracia soberana»), en pleno siglo XXI, en demasiados sectores de los nacionalismos emergentes o renovados del viejo continente (de Le Pen a Orbán) y en los del nuevo (en los bolivarianos más radicales). Remitía, en buena medida, al discurso del inefable filósofo francés Bernard-Henri Lévy, quién los llamaba como fascistes rouges. Es decir, intelectuales y agitadores rouge-brun que evolucionaban, sin solución de continuidad, de la extrema izquierda a la extrema derecha (visible en la Nouvelle Droite y en la «mutación» de sus prohombres Collard, Soral o Benoist), defensores de una nueva «ideología absolutista» claramente antiliberal e históricamente antiamericana, capaz de aunar el etnicismo más derechista y el estatismo más izquierdista, así como la teoría de Gran Reemplazo y la revalorización del marxismo (en especial de la vía china), convirtiendo en una especie de pope al antiguo nacionalbolchevique Aleksander Duguin (gran difusor del proyecto de Eurasia, desde Vladivostok hasta París).

Definición que no quedó ni quedará allí. Roma no paga traidores. Porque desde la nueva izquierda (y desde aliados del liberalismo progresista dominante) se usó, como otras etiquetas, para denigrar o deslegitimar a disidentes y adversarios procedentes de sus propias filas. No sólo había que advertir de los peligrosos quintacolumnistas iliberales o prorrusos, con notable predicamento en redes y parlamentos. También a aquellos que enarbolaban la bandera de un socialismo clásico horrorizado por esa deriva «woke» que no contó con ellos, que no tenía futuro o que erraba al abandonar, a su juicio generalizado, la defensa de su objeto fundacional de protección: el trabajador nacional. Y que, además, flirteaban o se sumaban, sin ambages, a posturas abiertamente «reaccionarias», como instrumento funcional al servicio de ciertas manifestaciones de la antigua o de la moderna derecha, bien por convicción, al ver la luz revelada del «sentido común», bien por interés, ante la oportunidad de medrar.

Los considerados más extremos, los «originales», han tenido su eco, aunque fue frenado en Occidente, temporal y parcialmente, por la Guerra de Ucrania y el silencio oficial a la llamada propaganda rusa y de mucho de lo que se pudiera parecer en nuestro espacio vital. Pero muchos, sin vinculaciones prorrusas y sin aparente militancia ultraderechista, aun compartiendo algunos puntos de vista con los primeros acusados, han ido siendo recibidos con los brazos abiertos por medios, foros y plataformas más bien derechistas. Porque parecían resultar valiosos esos diferentes personajes llamados rojipardos, esos curiosos «conservadores en los valores y obreros en los derechos» para su batalla cultural. Y sobre estos últimos, los más visibles e influyentes, podríamos establecer dos hipótesis de por qué salieron y por qué llegaron a nuestras vidas virtuales o académicas en el campo antes contrario.

La primera hipótesis se traduce en el impacto del fenómeno llamado «patriotismo obrero«. Los números no mienten: los barrios trabajadores son el espacio para conseguir mayorías o para salir del ostracismo. En Europa occidental, las derechas crecen en el mismo, dejando atrás los pretéritos «cinturones rojos» elección tras elección, y en Europa oriental florecen distintas propuestas socialconservadoras con acceso al poder (incluso de origen excomunista, como en Eslovaquia). Y dentro de este fenómeno, ante el persiste caída demoscópica (y finalmente electoral) de la mayoría de las proverbiales formaciones izquierdistas, agostadas por sus posmodernos sustitutos liberal-progresistas (como sus random verdes-capitalistas a la cabeza), estos personajes acusados de rojipardos vieron la posibilidad de sobrevivir en el plano político (como en Alemania, con la escisión de Die Linke) o en el mediático/intelectual, aprovechando el momento, pasando facturas pendientes, o reivindicando que tenían razón ante un barco a la deriva (en el que nunca tuvieron, realmente, sitio).

La segunda hipótesis complementa lo anteriormente dicho: preciados personajes que eran bienvenidos, en mayor o menor medida, por venir de donde venían. En el fondo daba igual si fueron amigos del chavismo o lectores del leninismo, si hablaban de corregir el capitalismo o atacaban sin freno al Estado de Israel, sí colaboraron con medios iraníes o llegaron a defender la independencia de Cataluña. Eran de izquierdas, asumían ciertos ideales o mantras imprescindibles y, sobre todo, renegaban de quienes la dirigían oficialmente. Con eso bastaba. Porque precedían, aunque disidentes, del lugar en el que nacía la hegemonía cultural contemporánea, tan deseada, y la modernidad valórica hipertolerante, tan extendida; eran los vástagos expulsados y críticos de ese mundo tan poderoso que había impuesto una legitimidad moral superior que determinaba a buena parte del país y que había educado a toda una generación en su forma de pensar y vivir, directa e indirectamente.

No se buscaba a un nuevo Pablo Iglesias, como icono mediático utilizable para atacar a la izquierda en el poder desde una izquierda considerada, inocentemente, como marginal y extraparlamentaria per secula seculorum (siempre es interesante recordar el paso del exvicepresidente y exprofesor por Intereconomía). Ni tampoco de una Sahra Wagenknecht (en la fotografía) que funde, como en Alemania, un poderoso partido postcomunista electoralmente antiimigración y supuestamente antiwoke. Aquí, y ahora, parecían ser necesarios portavoces bien controlados y valorados, poco sospechosos de fe antigua y conversos sólo parcialmente. Ayudarían a que se modernizasen tertulias y columnas, enseñarían agit-pro de primera mano y adaptado a lo viral, conectarían con los herederos más jóvenes (y desencantados) de esa hegemonía, y relegitimarían el discurso derechista/conservador lejos de crucifijos y sacristías, desde la construcción o reconstrucción de una izquierda pretérita «buena», razonable, útil. El enemigo de mi enemigo era mi amigo, o debía serlo.

Rojipardos inevitables no sólo en la coyuntura, sino estructuralmente, subraya esta teoría. El fenómeno es muy profundo: cierto complejo histórico de las derechas españolas, ante el pasado, nacional-católico, y ante el presente, soberanista-multipolar. El mayoritario centro-reformista asume año a año los principales postulados socialdemócratas incardinados en el subconsciente colectivo de España, y respeta la práctica totalidad de su obra legislativa de carácter ideológico, social y moral, así como aquellas directrices ordenadoras del globalismo mundial (del ecologismo exprés a la inclusividad extrema) que hay que cumplir sin rechistar y que hay que imponer hasta en los últimos confines del planeta tierra.

Porque el complejo es persistente. Y duro de vivir, en una especie de contradicción permanente. Generaciones educadas en la socialdemocracia dominante, cultural y educativamente, mediática e institucionalmente quieren ir a las fiestas de moda, desfilar por la alfombra roja, y que nos les llamen por los apelativos o etiquetas de siempre. Los líderes actuales del conservadurismo clásico (antes democristiano) defienden con orgullo que habían votado de jóvenes por Felipe González (o militado en Izquierda Unida) y que habrían votado por Joe Biden sin ningún miramiento. Ni diestra ni siniestra proclaman, grandes pactos a la alemana con el PSOE no verían mal, están a abiertos a los votos de nacionalistas etnicistas reconvertidos en supuestos «progresistas» (del PNV vasco y a los catalanes de Junts) por una «causa mayor» (posiblemente más dinero para los unos y los otros), y nada de cambiar las leyes «woke» aprobadas desde la época de José Luis Rodríguez Zapatero (dirán que modificaran alguna, pero al final no cambiarán ninguna, según la «doctrina Rajoy»).

Muy persistente. Básicamente en Europa Occidental. Nada que ver con declaraciones cuasi confesionales en Polonia o Hungría. La vieja derecha se ha homologado a la socialdemocracia en ese «consenso» del que hablaba Dalmacio Negro, como se comprueba en su trabajo común en Bruselas o en su lenguaje compartido sobre temas cruciales (de la Agenda 2030 a los derechos sociales «de nueva generación»). Pero parte de la emergente derecha nacionalista también lo acusa. Y se comprueba en el antiguo Frente Nacional francés y su proceso de «desdiabolización», que aún no ha conseguido llevarle al Elíseo. Partido laico y estatista que, en busca del voto obrero y juvenil, se ha alejado de muchas de sus históricas luchas culturales, al igual que formaciones británicas, neerlandesas y nórdicas similares centradas, casi en exclusiva, en el tema de la inmigración y su impacto multicultural. O en otras formaciones occidentales a las que les tiembla la mano, en ocasiones, a la hora de plantear verdaderas medidas soberanistas e identitarias de calado a nivel interno, o apostar por nuevas alianzas internacionales más allá del sistema atlantista puesto en riesgo por la administración Trump, ante conflictos donde buenos y malos pueden ser a la vez, y en muchos escenarios, nuestros socios eternos o nuestros enemigos acérrimos.

Domina, y ahora como «consenso» liberal-progresista. En las mentes de tantos. Y, por ello, supone una encrucijada para quienes se han criado en sus valores y postulados, y pretenden rebelarse, en mayor o menor medida, contra ese mismo sistema que los ha moldeado en lo más profundo de sus almas. Se apela al pasado (real o mítico), pero no se puede negar el presente (la era del llamado capitalismo «inclusivo»); se quieren revertir ciertas tendencias (de la ideología de género a la transformación migratoria), pero sólo se tocan aspectos muy marginales de las mismas; se habla de la prioridad nacional, pero el dinero internacional pesa y mucho; se quiere reivindicar las «primeras verdades» (como diría Donoso o Pradera) pero el miedo al insulto o a la cancelación pesa demasiado. En ocasiones se está, demasiado bien, al otro lado de la barrera.

Cabalgando contradicciones, también en la reacción. Comerse un kebab con ansias y defender con memes al productor patrio; proteger al pequeño negocio del barrio y ser cliente muy habitual de franquicias multinacionales; hablar de invasión y no tener descendencia como la mayoría de sus coetáneos; reivindicar el legado apostólico, pero no practicarlo en nada; saber que las formas políticas o económicas deben cambiar y aferrarse con desesperación a lo «malo conocido»; defender reformas de calado y ser parte, al final, del sistema al que tanto debes. Quizás Spengler tenía razón y Occidente (otrora Cristiandad) no tiene solución desde dentro.

Un nacionalismo no católico, un patriotismo no clasista, una izquierda no etnicista. Tres aspiraciones históricas (al modo orteguiano) a las que pueden colaborar los llamados rojipardos. España sin la luz de Trento (pese a apelaciones genéricas al cristianismo de pertenencia histórico-cultural), un país donde el obrero deje de votar socialista, y una izquierda razonable alejada de Bildu, BNG o ERC. Y, además, atacando con crudeza al denominado mundo «woke» sin mancharse las manos demasiado ni posicionarse en exceso (desde la cuestión trans a la teoría de Gran Sustitución) aquellos que les abren las puertas y pueden beneficiarse de su influencia viral en cuanto a audiencias o en cuanto a votos.

Poco rojos y muy pardos. Así los definen sus enemigos izquierdas. Meras herramientas o «parásitos» de la derecha de siempre, camuflada como centrista y reformista (Steven Forti dixit). Verdaderos ultraderechistas enmascarados bajo eslóganes y símbolos impostados. El antiliberalismo, el antisionismo o el antiamericanismo son un mal menor ante su colaboración en la causa mayor. Atraen a jóvenes, impactan en redes, y ayudan a superar o minimizar el complejo. Por eso son necesarios. Son pocos, pero dan la batalla por sus patronos en diarios, revistas y televisiones. Por ello son útiles. Son seleccionados, dedicados a esa guerra que puede aún estigmatizar. Por tanto, son alentados. Descartados del 15M y del exitoso proyecto de Podemos, son asiduos en tertulias y columnas; con cientos de miles de seguidores en YouTube, editoriales les abren las puertas sin par o dan conferencias en lugares que antes eran antiguas cunas conservadoras; furiosos como nadie contra la izquierda «woke» de la que ahora son acérrimos adversarios, sueltan contra ellos el odio suficiente. Buenos rojos y nada de pardos. Así los publicitan sus amigos derechistas. Gente con sentido común, adversarios con los que debatir y llegar a acuerdos, ejemplo de la capacidad de conversión, izquierdistas decentes o colegas modernos para demostrar que no se es tan facha, al fin y al cabo.

Defienden la patria con pasión, como si siempre hubieran creído en ella; alertan de los peligros de la inmigración masiva, descontrolada e ilegal, sin ceder ante las denuncias de racismo y xenofobia; proclaman un país unido donde los ciudadanos sean iguales en derechos y obligaciones, no sólo en lo material; y reivindican ciertos valores sociales y morales de antaño, como si fueran un recuerdo familiar y sin tener que hacerlos realidad en su vida. Un sueño hecho realidad. Los antiguos adversarios se suman a la causa; eso sí, sin profesar la fe histórica, que rechazaron o aprendieron de jóvenes, o renunciar al profeta Marx, que los acompaña desde esos primeros pasos.

Decía Hughes de los rojipardos, nuestros neorrancios hispánicos, que «son a la vez muy de izquierdas y muy de derechas«, aunque al final, a la hora de la verdad, «siempre ponen el rojo antes que el pardo. Son antiwoke, pero a su modo también hacen el virtue signalling«. Y por ello son bienvenidos, en esta España moldeada todavía por el consenso liberal-progresista.

Más ideas