¡Qué poco de mi mundo queda en el mundo! Han desaparecido los cines, las corbatas en los conciertos de música clásica y el paisaje humano en las ciudades. Ni las novelas ni los libros de historia que leímos hace décadas tienen nada que ver con la realidad.
Cuando mi generación y las aún mayores escuchábamos la palabra “Inglaterra” pensábamos, sí, en pastel de riñones, pero también en campiñas por las que pasean señoritas en bicicleta camino de la residencia del reverendo para tomar el té y resolver algún que otro asesinato, en palacios rebosantes de criados más educados que sus señores y rodeados de un césped de un verde deslumbrante, en caballeros que pasean por Londres con bombín y paraguas, en la reina Isabel II y en la Royal Navy. Todas esas imágenes ya se han desvanecido, como la bandera del Bismarck cuando se hundía bajo las aguas. Y después de enterrar a Isabel II, le llega el turno a la Royal Navy, a la que muchos europeos, incluido el general Franco, admiraban, como la última línea de defensa de la civilización y hasta un factor de orden en el mundo.
«ONE KING, ONE FLAG, ONE EMPIRE, ONE FLEET»
La supremacía del imperio británico en el siglo XIX se construyó primero sobre el caos y el odio a Francia creados por los revolucionarios franceses y Napoleón. Y luego se asentó sobre el espionaje, la libra esterlina y la Royal Navy. Los barcos de ésta expandían el comercio, protegían a los comerciantes y súbditos británicos en cualquier lugar del mundo, aseguraban el cobro de deudas y controlaban las rutas marítimas. Durante las guerras, desde la de los Siete Años (1756-1763) a la Segunda Guerra Mundial, vulneraban sin remordimientos las leyes internacionales y registraban los mercantes de los países neutrales.
Una de las causas de la Primera Guerra Mundial fue la estúpida carrera naval a la que se lanzó Alemania para tener una armada de tamaño similar a la británica, desafío que las clases altas inglesas, por muchas relaciones familiares y comerciales que tuvieran con las alemanas, no iban a consentir. Y entre los motivos de la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial estuvo el de carecer, no ya de una gran flota de superficie, sino de submarinos bastantes para aislar a Gran Bretaña de su imperio.
Aunque los británicos consiguieron arrasar Alemania y destruirla como rival, lo hicieron a costa de perder su imperio para comprar el apoyo de Estados Unidos. Sin embargo, la Royal Navy, dotada de submarinos nucleares, mantenía su prestigio.
La última vez que lo exhibió ocurrió en las Malvinas, cuando la estúpida junta militar argentina decidió invadirlas en 1982 con el único objetivo de detener las crecientes protestas populares. Contando con la incompetencia argentina y la colaboración de su primo estadounidense, los británicos trasladaron a su flota al Atlántico Sur, desembarcaron tropas en las islas y las reconquistaron.
Pero el espejismo de la paz universal y la difusión de la democracia desde la desaparición de la URSS supuso el desmantelamiento de las fuerzas armadas en toda Europa, a las que se consideraba, a la vez, inútiles y caras. En los últimos años, además, se ha unido otro elemento desmoralizador. ¿Qué jóvenes van a comprometerse a arriesgar sus vidas por la defensa de sus países cuando los gobiernos no sólo los condenan a la precariedad, sino que ponen a los extranjeros recién llegados por delante de ellos en todos los beneficios públicos, desde la asignación de vivienda al empleo?
UN MARZO LLENO DE NAUFRAGIOS
Desde 2022 estamos sumidos en una guerra caliente por el control del mundo, que abarca desde Venezuela a Pakistán, con el poder anglosajón enfrentado al chino y al ruso. En ella, los europeos hacen de comparsas, cuyos principales puntos fuertes son su posición geográfica y sus recursos económicos (mejor dicho, su capacidad de endeudarse, como el Reino Unido en la SGM), pero carecen prácticamente de potencia militar, incluidos los británicos, a pesar de ser “la estirpe más belicista, guerrera y agresiva que existe en el mundo”, como les definió Augusto Assía.
Durante la guerra de las Malvinas de 1982, la Marina Real contaba con más de 130 buques de todo tipo, pero en 2019, ese número se había reducido a 79, incluidos los que estaban en construcción. La situación en 2026, con la guerra en Ucrania librándose desde hace ya cuatro años, ha empeorado. Varios episodios recientes ocurridos en un solo mes, el de marzo pasado, demuestran el deterioro de la antaño todopoderosa marina británica.
El Ministerio de Defensa británico tuvo que pedir prestada una fragata a la Deutsche Marine (sí, sí, a los alemanes) para que actuara como buque insignia de una misión de la OTAN en el Atlántico Norte, al ocupar el lugar del destructor HMS Dragon, enviado por el Gobierno de Starmer al Mediterráneo oriental. Los alemanes, que atraviesan otra crisis de reclutamiento de tal manera que para cubrir las tripulaciones recurren a personal de la Luftwaffe, permitieron que varios oficiales británicos subieran a la F124 Sachsen y dieran órdenes a los marinos alemanes.
El primer ministro, el socialista Keir Starmer, que en enero de 2025 firmó un acuerdo de asociación con Ucrania por cien años, anunció a finales de marzo que su gobierno estaba preparado para interceptar los petroleros de la ‘flota fantasma’ rusa que entren en sus aguas territoriales. La respuesta de Moscú consistió en poner una escolta naval a dos de esos petroleros, y los tres barcos atravesaron el canal de La Mancha sin obstáculos.
Para gran parte de la opinión pública británica, la singladura de la fragata Almirante Grigorovich por aguas que antes se consideraban propias supuso una humillación. A algunos les recordó la Operación Cerbero, uno de las pocas victorias navales alemanas en la SGM. En febrero de 1942, el vicealmirante Otto Ciliax logró trasladar los acorazados Scharnhorst y Gneisenau y el crucero pesado Prinz Eugen, desde el puerto de Brest, al oeste de Bretaña, hasta puertos más protegidos en Alemania, a través del mismo canal. Los intentos británicos de hundirlos fracasaron.
En las mismas fechas, el presidente Trump expresó su enfado por la reticencia de Starmer a enviar algún barco a unirse a los grupos de combate desplegados por EEUU en las cercanías de los estrechos de Ormuz y de Bab el-Mandeb. Dijo que la Armada Real sólo tenía “dos viejos portaaviones averiados”. También el secretario de Guerra, Pete Hegseth hizo otros comentarios mordaces. Y aunque varios políticos, militares y columnistas británicos respondieron a los reproches de los norteamericanos, saben que éstos contienen gran parte de verdad.
La última campanada la dio el general Gwyn Jenkins, jefe de la Marina Real desde 2025. El 1 de abril, un periódico sueco publicó una entrevista en la que el oficial afirmaba que esta rama de las Fuerzas Armadas británicas sólo estaría preparada para una guerra a finales de esta década. ¿Esperará el enemigo a entonces?
OCASO NAVAL, OCASO EUROPEO
La Royal Navy no puede completar sus misiones ni vigilar sus aguas de la inmigración ilegal. El gobierno de Londres acepta nuevas broncas de Trump por el acuerdo con la república de Mauricio que afecta a la isla de Diego García, en las Chagos, donde existe una enorme base militar cedida a Estados Unidos, capital para vigilar la Península Arábiga, Irán y hasta la India. Y el Ejército no tiene capacidad para desplegar los 40.000 soldados que se calcula se necesitarían para constituir una misión de paz en Ucrania.
¿Qué queda del imperio británico, que hace menos de un siglo alcanzó su mayor extensión? Sólo Gibraltar y las Malvinas, porque España y Argentina están más debilitadas aún y porque el Reino Unido, a pesar de todo, mantiene el apoyo de su primo, Estados Unidos.
Según las doctrinas estratégicas, las armadas no sólo defienden las fronteras y las costas de sus naciones, sino que también proyectan su poder, sea a una región o sea a todo el mundo. El declive de la Royal Navy, que coincide con el de las Armadas francesa, española y alemana, revela la decadencia de una Europa que se convirtió en dueña del mundo a partir del siglo XV, precisamente cuando sus barcos empezaron a recorrer los siete mares.
El mundo pertenece a quien domina el mar. Y hoy ese soberano reside en América. Los europeos no pueden controlar ni sus fronteras ni sus territorios, donde campan impunes bandas de delincuentes extranjeros.